Darse un lujo.

En medio de la profunda crisis que vive el país, el optimismo puede parecer un lujo excesivo; un privilegio de los privilegiados y a pesar de esto, es absolutamente necesario para poder imaginar un futuro en el que las tensiones se relajen y los problemas, ojalá, se enfrenten. Algunos pueden ser exceptivos respecto al optimismo en medio de la convulsión, pero esas justas dudas no deberían disuadirnos a los que guardamos esperanzas de mantenerlas cerca.

Porque imaginar cómo podemos superar una situación problemática es todo menos ocioso o perjudicial. Si nos negamos esa posibilidad, nos podemos estar condenando al estancamiento de lo que no va bien, de lo que empeora y se enreda. Obviamente, el optimismo sin razones se acerca al delirio. Pero el pesimismo por defecto es igualmente torpe. Primero, porque termina siendo una condenada previa, un fracaso anunciado, una expresión del «complejo del fracaso» de Hirschman. Segundo, porque al poner el énfasis en lo que no parece posible resolver, dejamos de imaginar y probar soluciones. Ese pesimismo puede ser popular en medios sociales, pero puede ser profundamente perjudicial a la hora de abordar problemas colectivos.

Ahora ¿en qué basar el optimismo si no en desesperadas esperanzas?

En las personas. En todas, pero también en algunas. En todas porque hay muestras colectivas y espontáneas de la capacidad que tenemos para encontrar soluciones en situaciones complicadísimas (como especie, nación y comunidad política). Esto requiere de buenos canales de discusión e incidencia y exige una movilización potente de parte de los colombianos, pero su dificultad no es imposibilidad. Es un lío, pero ha ocurrido y ocurrirá; somos «revolvedores de problemas», desde nuestros mecanismos evolutivos de cooperación, hasta nuestras construcciones políticas de resolución de conflictos y distribución del poder son, al final, un kit para superar situaciones como esta.

Pero la confianza en que lograremos encontrar soluciones se puede basar también en «algunos». Esto es, todas las personas, grupos y organizaciones que están poniendo sus ideas, acciones y recursos en el objetivo común de superar esto, de encontrar nuevas soluciones, de movilizarlas de cara a que influencien las decisiones públicas y la conversación colectiva. Hay mucho talento, imaginación y esfuerzo entrando en movimiento.

Por estos días, escuchar, conversar y ver en acción a muchas de estas personas produce esperanza y nos recuerda que hay lujos necesarios.

«Me vacunaron para cuidarme, me vacunaré para cuidarlos» – Una invitación.

Una invitación de Recíproca.

La vacunación es un esfuerzo colectivo que depende en gran medida de la disposición colectiva (y las percepciones sobre esta disposición) para vacunarse. Muchos países, incluido Colombia, enfrentan situaciones en las que porcentajes importantes de sus habitantes señalan reservas a ser vacunados. Abordar esa resistencia es fundamental para el éxito del proceso y los beneficios colectivos de la inmunización. “Me vacunaron para cuidarme, me vacunaré para cuidarlos” señala no solo la importancia de una disposición determinada y mayoritaria a la vacunación, sino que lo enmarca en los precedentes de procesos masivos de vacunación en la población colombiana de los que muchos, además, llevamos testimonios en la piel. De igual manera, sus mensajes buscan señalar a la vacunación como disposición prosocial, es decir, no solo por sus implicaciones para el cuidado personal, sino, sobre todo, por sus implicaciones para el cuidado de los otros. Es en gran medida por ellos y ellas (abuelos, abuelas, madres, padres, hermanos, hermanas, hijos e hijas) que nos vacunamos.

Para sumarte a esta invitación, puedes compartir las piezas y contar en redes y a amigos y familiares por qué, llegado tu turno, te vas a vacunar y en quiénes piensas para cuidar cuando asumes esa disposición.

Para más información sobre el proceso de vacunación, los mensajes para promoverlo y las dudas que puedan surgir sobre sus dinámicas, este enlace reúne información de varias fuentes.