Esperanzas para 2021.

Todos los años, Pantone propone un “color del año”, luego de los giros inesperados y las dificultades de 2020, a todos nos caería muy bien algo de la predictibilidad y aburrimiento que este amarillo opaco sugiere.

Muchas personas iniciamos los años con una lista de deseos, compromisos y metas para los meses siguientes. En esta planeación hay mucho de esperanza y optimismo; pensamos que lograremos muchas cosas y que resolveremos muchos problemas. En diciembre (o antes) sabremos los resultados, casi siempre, muy por debajo de lo deseado. Esto es normal, lo que queremos o asumimos como necesario suele estar lejos de nuestro control y el azar -la fuerza inconsciente de las circunstancias- no puede ser fácilmente predecible.

Nada de esto convierte en vacías o irrelevantes estas listas de cosas que queremos lograr o que ocurran. Todo lo contrario, la dificultad las hace más importantes. Pensando en cosas que me gustaría que pasaran este año y que son de interés público, sobre todo, tres asuntos me parecen fundamentales en 2021.

Nueva cotidianidad: Sí, es un lugar común e incluso, desde cierta perspectiva, una discusión mezquina. Pero ninguno de estos peros hace menos real su necesidad. La pandemia no ha terminado e incluso con el inicio del proceso de vacunación en varios países, las dificultades que enfrentamos en nuestras vidas se mantendrán más o menos parecidas por varios meses, en el más optimista de los escenarios, y años, en el más realista. Con cuidado y sabiduría, la vida debe continuar y esto supone encontrar respuestas a las preguntas grandes sobre cuidado de la vida, atención en salud y recuperación económica y a las pequeñas, sobre las adaptaciones y cambios que hemos hecho y debemos seguir haciendo en nuestras vidas diarias. Esta lista es grande, pero presenta prioridades, asuntos urgentes, como el inaplazable regreso de los estudiante a colegios, universidades y otros escenarios educativos, una necesidad inaplazable.

Recuperar un poco de libertad: No sin necesidad, el año pasado la humanidad “empeñó” buena parte de su libertad. Lo hicimos porque en ocasiones era nuestra única herramienta contra el virus, pero también hubo excesos e incluso cuando fue inevitable, la pérdida para todos fue enorme. La pandemia nos encerró y algunos gobiernos decretaron los encierros por gusto o ineptitud con mucha más recurrencia de lo deseado. Siguiendo el punto anterior, en tanto reorganizamos la nueva cotidianidad, una variable fundamental es la posibilidad de movernos y tomar decisiones con márgenes de maniobra mucho más amplios.

Reivindicar la moderación: El exceso es otra peste de nuestros tiempos. Exceso en la convicción sobre las ideas, en la forma de discutir y defenderlas, en la calificación de los otros como males, como enemigos, como contrarios irreconciliables. El incremento exponencial del uso y las interacciones de los medios sociales han alimentado este problema. Su naturaleza anónima, lejana, esporádica y el diseño que premia las peleas, las denuncias, los abusos a las personas incentivan comportamientos terribles, normalizan e incluso reconocen lo peor de estos mismos excesos. Una alternativa para esto, una posibilidad en la difícil situación de polarizaciones, violencia e intercambios virtuales, es la moderación. Esto es, la agenda por la cuál promovemos e insistimos en la importancia social y personal de dudar, matizar, controlar, conciliar y lograr moderar formas y fondo. Esta es una propuesta que señala la importancia del “punto medio” y la urgencia de que supere discusiones tontas sobre “tibiezas” y se reivindique como una manera sensata de aproximarse a asuntos públicos y particulares en estos tiempos de exceso.

Las esperanzas son optimistas y el optimismo es riesgo. Riesgo de que lo que esperamos no ocurra y sobre todo (y probablemente) que no ocurra como nos imaginamos que lo hará. Sin embargo, sin esperanzas no hay futuro. Sin futuro no hay nada.

Cinco ideas de las lecturas de 2020

Por estos días de cierre de año muchas personas comparten en redes sus lecturas en este extraño y difícil 2020. La lista puede ser útil para encontrar referencias y dar ideas para las lecturas futuras, pero probablemente sea más interesante conocer las ideas detrás de esos libros. Es decir, las reflexiones y cuestionamientos surgidas de ellos. Aquí hay cinco de algunos de los libros que leí este año, con algunas referencias por si hay antojo para el 2021.

  1. Reconocer el silencioso y fundamental trabajo del inconsciente. En “¿Por qué hacemos lo que hacemos?” Del sicólogo John Bargh hay una explicación detallada de cómo nuestro sistema cognitivo trabaja con órdenes indirectas y nos ayuda en ocasiones a resolver problemitas sin que los abordemos de forma consciente. Los momentos “¡Eureka!” No son místicos o producto del azar, nuestro inconsciente ha estado trabajando para resolver esas cuestiones que nos quitan el sueño. En “Creativity” de John Clesse, un libro corto y genial de un miembro de Monty Python, se conecta esa aproximación a “dejar hacer” al inconsciente con la inspiración creativa. Una dicha.
  2. El miedo al día a día, el pavor a la vida tranquila. Leyendo algunos relatos de H.P Lovecraft, en particular “Las montañas de la locura” y los últimos libros de la novela gráfica “Swamp Thing” escritos por Alan Moore, es imposible no sorprenderse sobre la manera como los relatos de terror y aventura abordan la monotonía, como se obsesionan por encontrar algo extraordinario (en este caso terrorífico) en las esquinas cercanas, en las noticias presentes, detrás de las cortinas.
  3. La historia es presente. Hablar de Nerón, Calígula o el mismo Tiberio nos recuerda imágenes de excesos, despotismo y perversión. En “Dinastía”, Tom Holland revisa la historia de la primera familia de los emperadores romanos, intentando poner matices en donde muchos asumen certezas, sobre todo, respecto a lo “terrible” de los gobernantes “terribles” y de cómo nuestra imagen de ellos depende en gran medida de quienes contaron su historia y el odio que vertieron sobre su memoria. No que fueran santos, por supuesto… Y en “La república romana” y “El imperio romano” de Isaac Asimov y los “Comentarios a la guerra de las galias” de Cayo Julio César, hay mucho más contexto para entender algunas cosas sobre la naturaleza del poder y la historia, y el espejo de los acontecimientos.
  4. Colombia se debe una conversación amplia y juiciosa sobre sus emociones. En “El país de las emociones tristes” Mauricio García Villegas señala que los arreglos emocionales de nuestro país (nuestra cultura) premia la desconfianza, la venganza, el odio y otras emociones que han impedido que las buenas ideas que también existen, funcionen o se consoliden. Su argumento enlaza incluso con la herencia española, pero leyendo a María Elvira Samper en “1989” y a Enrique Santos en “El país que me tocó”, también a Gustavo Duncan en “Democracia Feroz”, se encuentra mucha más evidencia de la influencia que las emociones tristes han tenido sobre las tragedias nacionales como la guerra contra el narcotráfico, el conflicto armado o la corrupción política.
  5. La conexión entre vida cotidiana y cultura popular y conocimiento es la mejor manera de hacer divulgación científica. En “La ideológica de Star Wars” Fernando Ángel Moreno evalúa asuntos fundamentales como las justificaciones del autoritarismo, los problemas de la democracia moderna e incluso las búsquedas de filosofía de vida en la saga de populares películas. En “Pensar la crisis”, editado por Jorge Giraldo y Adolfo Eslava, varios autores intentan encontrarle sentido a la pandemia, usando marcos conceptuales complejos sobre situaciones casi siempre comunes. Los capítulos sobre asuntos cotidianos como el cuidado de los hijos o el teletrabajo, son los mejores.

Un año, un blog, una pandemia.

Durante buena parte de 2020 (desde mayo), semanalmente y en ocasiones con dos publicaciones, he estado escribiendo para este blog. Lo hago por la necesidad cotidiana de comprender algunos de los líos de estos tiempos y por supuesto, como todos los que escriben, por alimentar el ego de compartir esas ideas con otros. Ha sido un año extraño, obviamente. Que la gran mayoría de lo escrito se dedique a  encontrarle sentido a todo lo que ha pasado en la pandemia es apenas normal. 

Por allá en mayo nos preguntábamos sobre la posibilidad de cambiar los comportamientos durante la crisis del Covid-19. Las preguntas sobre comportamientos de cuidado, intervenciones y campañas públicas para promover el uso de mascarillas, la distancia física y el lavado de manos ocuparon buena parte de las publicaciones del año. Desde intentar comprender mejor las razones por las que las personas subestimaba el riesgo de contagio (una reflexión que si algo es más relevante ahora, meses después de que arrancara todo esto) o medidas controvertidas como el “Día sin IVA. O si se nos estaba yendo la mano con las normas y el control de los comportamientos durante la pandemia.

Fue también un año para las predicciones y los pronósticos apresurados. Las columnas en periódicos y notas en medios en los que nos imaginábamos “lo que vendría” luego de la pandemia, como si pensar en eso acelerara el proceso para volver a la normalidad, fueron excesivas. El blog no escapó de esto, y aunque arranquen con aclaraciones sobre lo difícil de predecir el futuro y lo ingrato de la adivinación, “Detrás de la puerta” se metió al cenagoso negocio de la futurología. Igual que “Recuperar el exterior”, una reflexión más nostálgica que realista sobre volver a la calle. O lo que ocurrirá, específicamente, luego de que pase lo más difícil de la crisis de la pandemia.

Los tiempos angustiosos son buena temporada también para esperanzas y este blog mantiene su sesgo prosocial (como su autor). De ahí señalar y poner el énfasis en la mejor manera de comunicar las medidas (enlace) o en reconocer la importancia de comunicar lo deseable, de hacer norma social de los socialmente conveniente. Pero sobre todo, de hablar sobre lo maravillosamente espontáneo, como en “Un mesa en un andén” y las razones de las acciones de solidaridad en la mitad de todo esto.

Por supuesto, no todo lo problemático estaba delimitado por la pandemia (así fuera, en la mayoría de los casos, un telón de fondo). En agosto, las tensiones entre el Alcalde de Medellín, la junta directiva de EPM y varias instituciones y personas que acompañaban el modelo de gobernanza de la ciudad enfrentaron una profunda crisis. Precisamente esa pérdida de confianza entre socios e instituciones dio pie a una serie de comentarios sobre la confianza en organizaciones y personas relevantes en términos sociales.

También hubo preguntas sobre lo que harían los estoicos en la mitad de una pandemia. En particular Marco Aurelio, al que siendo emperador romano le tocó la durísima peste antonina. Pero también, preocupaciones por las angustias cotidianas por los legados de las personas.

La discusión política polarizada, exacerbada por el combustible de los medios sociales y las perspectivas electorales en varios países, delimitaron mucho de lo que parecía sensato e interesante en la conversación pública. En el blog intenté revisar algunas de las razones de esas distancias aparentemente insalvables y  de reconocer la tensionante discusión política  salieron también propuestas, como el “Elogio a la moderación” o “En el medio“. Finalmente, incluso revisamos las perspectivas de la polarización desde las lecciones de Star Wars.

Ya veremos qué nos espera en el 2021.

En el medio.

El centro.

¿Existe el centro como inclinación ideológica? Y si sí ¿Qué lo diferencia de la derecha o la izquierda? Dos preguntas que las últimas semanas han puesto a escribir a académicos y opinadores de todo el país con conclusiones particularmente dispares. La discusión es relevante más allá de implicaciones conceptuales, la negación del centro como lugar de identificación ideológica hace parte de las estrategias electorales de los costados. Y es una estrategia relevante, pues no solo la mayoría de los colombianos se autodenominan “de centro”, sino que hay un candidato que por ahora aparece en los primeras lugares de intención de voto para las presidenciales de 2022 que lo hace.

Este contexto es relevante porque puede explicar algo de la virulencia de esta discusión, sobre todo en redes. Más que añadir a lo que ya es una larga lista de columnas, notas y artículos sobre las especificidades ideológicas o no del centro, me gustaría resaltar un elemento que aunque ha sido nombrado en varias ocasiones es, digamos, “central” en la distinción: la posibilidad de la equivocación, la apertura al error y a nueva información.

Es decir, que si en los extremos todo son certezas, en la mitad hay espacio para las dudas. Esa probablemente sea la más significativa diferencia entre el centro, la derecha y la izquierda, así como la similitud entre estas últimas es lo difícil de convencerlos de lo contrario. Algunos llamaran a esta duda como tibieza o denunciarán lo que ven como “falta de carácter”, pero de inamovibles está también pavimentado el infierno. El centro se puede dejar convencer, se puede preocupar por las ideas según la evidencia que las soporte y la efectividad que muestre para resolver problemas y no, en su etiqueta. Esa es su gran ventaja e incluso atractivo para muchas personas. La política como el esfuerzo por hacer mejor la vida de las personas y no como la plataforma para promover una visión personal y grupal que tengamos del mundo.

Que todo esto presuponga un sistema liberal y democrático ya ha sido señalado por varias personas antes, pero esto tiene poco valor si en ese escenario no se reconoce la posibilidad personal del error y la posibilidad grupal de la equivocación. Es en la duda sobre las percepciones, valoraciones e ideas propias en donde el centro puede ganar en practicidad y efectividad a la hora de gobernar. Para quienes nos consideramos de centro y para quienes hacen política desde ahí, resulta fundamental que este no sea una característica menor de nuestras discusiones. El centro amanece todos los días en la apertura de aprender de los otros lugares, en la oportunidad reconocida de que desde las ideas tradicionalmente asumidas en derecha e izquierda puede haber pistas para resolver nuestros problemas colectivos. En la convicción de que su único inamovible es el compromiso con la evidencia, la deliberación, la democracia, la libertad y el Estado de derecho.

Aparte de esto, su única certeza es la duda.

¿Cuál es el secreto de la Cultura Metro?

En 2018 la Cultura Metro cumplió 30 años. El programa/campaña es más viejo que el mismo sistema.

Hay algo casi místico en la Cultura Metro. Al menos, en buena parte de las conversaciones que se refieren al programa de relacionamiento comunitario, comunicación pública y comportamiento de usuarios del sistema del Metro de Medellín hay siempre una aura particular, como un reconocimiento que todos hacemos de un ingrediente secreto que puede explicar su éxito. Hay muchas especulaciones sobre estas explicaciones, desde conocimiento y sabiduría popular, lugares comunes y respuestas simplistas e incluso, algunos abordajes académicos que han intentado dar algo de luces sobre porqué parece funcionar.

Y por su “buen” funcionamiento me refiero a los logros reconocibles en términos de reconocimiento general, conexión entre su existencia y sus efectos, y las visibles ventajas en términos del comportamiento de los usuarios. Lo interesante es que en las explicaciones de su efectividad hay una buena controversia. Esas conversaciones a las que me refería más atrás suelen girar entorno a una pregunta que ha trasnochado a un par de Secretarios de Cultura Ciudadana de Medellín “¿Por qué no hemos sido capaces de ‘sacar’ la Cultura Metro del metro?”. De nuevo aquí, las respuestas están en disputa y terminan regresándonos a las primeras preguntas, pues ¿Cómo podremos escalar un programa de un sistema de transporte masivo a toda una ciudad (o al menos otros sistemas) si mantenemos dudas sobre lo que precisamente hace que funcione?

De cara a eso, vale la pena revisar algunas respuestas a estas preguntas, que podrían reunirse en estas cuatro hipótesis apresuradas:

*Antes de avanzar es necesario considerar que algunas personas ponen en duda no solo la efectividad, sino la conveniencia de algunas o todas las formas del programa. Aunque pueden haber críticas justas (como en todo) considero que las ventajas del programa y en particular su efecto casi místico sobre el comportamiento de los usuarios, son suficientemente relevantes y convenientes como para subestimarlos.

H1. La insistencia y el largo plazo: la repetición es valiosa. No solo actúa como recordatorio, sino, como oportunidad de señalar una expectativa de comportamiento. Además, como señalan algunos, supone un pilar fundamental de una concepción algo mecánica de educación. Pero no solo sería insistir en normas y formas, también es el tiempo por el cuál eso ha sucedido. Los promotores de esta explicación señalan siempre el hecho de que el programa y la campaña de Cultura Metro existiera antes que el mismo sistema y que haya sido una constante en la comunicación de la empresa.

H2. La asepsia, el orden y el control: cercano a las ideas de la ya célebre teoría de Ventanas Rotas, esta explicación señala la relevancia para el comportamiento de los usuarios y el aprecio de los ciudadanos, de los pisos trapeados y las basuras recogidas. De igual manera, la disposición a hacer cumplir estas y otras normas con la ayuda de figuras de autoridad y mensajes indicativos de cuidado del espacio. De ahí la importancia de las señales, mensajes y sobre todo, la presencia de miembros de la policía dentro del sistema. La asepsia en este caso también se entiende como contagiosa, es decir, resulta más difícil que una persona dañe un mobiliario o arroje una basura en una plataforma de metro impecable que en una llena de basuras y en mal estado. El esfuerzo sistemático de la empresa por cuidar cada metro cuadrado del sistema y apresurarse a limpiar, arreglar o cambiar cada cosa que se deteriore es testamento de esa política. Evitar otras expresiones dentro del Metro, como las ventas o las presentaciones de artistas buscan el mismo objetivo.

H3. El orgullo, el sentido de pertenencia y un poco de regionalismo: los medellinenses son los colombianos que, de acuerdo a las comparaciones de las Encuestas de Cultura Ciudadana de los últimos diez años, se siente más orgullosa de su ciudad. Ese porcentaje de personas que sienten un fuerte apego e identificación con Medellín pocas veces baja del 88% y ese orgullo bien puede extender a símbolos particulares de la ciudad, en particular, diría esta explicación, al único sistema metro del país. Esa exclusiva no es menor, no solo supone un orgullo como logro común de una ciudad, sino, como comparación a que en otros lugares no se haya podido lograr a pesar de ingentes esfuerzos. Esto pisa las lindes odiosas del regionalismo (otra de las críticas que en ocasiones reciben campañas como las de Cultura Metro), pero parece estar, al menos, en la cabeza de las personas de la ciudad cuando tienen que explicar las razones de su comportamiento en el sistema.

H4. Las normas sociales y las profecías autocumplidas: lo primero es una expectativa normativa, es decir, que las personas sepan lo que es deseable de ellos en un lugar o situación específica. Luego, que ellos evidencien o sepan que muchos más o la mayoría de sus pares, también hacen eso mismo. Finalmente, que en la manera como la gente se relaciona con esa situación, las dos expectativas se vean como algo “normal”, como lo que “la gente de aquí hace en esa situación o lugar”. Y entonces nace la norma social, el comportamiento colectivo explicado en lo que creemos que otros hacen, esperan que hagamos y valoran positivamente cuando hacemos. En el Metro bien podrían estar en juego normas sociales de comportamiento y una especie de acuerdo colectivo sobre la manera cómo las personas de Medellín hacen las cosas respecto y en el Metro.

Estas hipótesis no son excluyentes entre ellas (o con otras que no estén aquí por descuido o ignorancia mía). Bien puede ser que haya un poco de cada una en la respuesta a la pregunta por el ingrediente secreto y reconociendo que la principal conclusión de esto, a 25 años de funcionamiento del sistema y más de 30 del programa, sigue siendo la necesidad de conocer más y mejor las razones de su éxito.

El día que César quiso saber si podía ser rey.

Marco Antonio ofreciéndole la corona de laurel a César.

En la antigua Roma también se piloteaban candidaturas y se lanzaban ideas de reforma institucional para “medirle el ambiente” a la opinión pública. Similar a la recientes portadas de revistas nacionales y una larga tradición de lanzar globos para ver qué dice la gente en la historia política colombiana. O universal, porque, insisto, ha ocurrido mucho, en muchos lugares, en muchos tiempos. La estrategia tiene ventajas, por supuesto: permite medir el nivel de oposición/apoyo y las dificultades posibles de una medida, candidatura o decisión antes de arriesgarla al mundo real. Tiene sus problemas también, como veremos más adelante. En suma, es un experimento.

Vamos entonces del Magdalena al Tíber.

Probablemente uno de los más llamativos experimentos de este tipo se adelantó durante la celebración del festival religioso de la Lupercalia, el 15 de febrero del año 44 A.C. Bajo la cueva en la que los míticos Romulo y Remo habían sido alimentados por la loba (la “Lupercal”) los hombres romanos se reunían, y vistiendo solo un taparrabos, correteaban a las mujeres jóvenes de la ciudad, azotándolas con correas de piel de cabra para garantizar su fertilidad. La mayoría de los corredores de ese día eran jóvenes, como de costumbre, con una excepción: el cónsul Marco Antonio también vestía el taparrabos y llevaba las correas.

Marco Antonio era el principal lugarteniente de Cayo Julio César, por esos días dictador de la República romana. Para los romanos la dictadura no significaba lo mismo que para nosotros. Era un cargo institucional, una designación que el Senado y el pueblo de Roma realizaba en tiempos de grave crisis, como un presidente con poderes ejecutivos por un Estado de excepción en las democracias modernas. Y aquellos sí que eran tiempos de crisis. Roma había sufrido unos cuarenta años de intermitente guerra civil. Aunque sus causas eran variadas, la principal era particularmente deprimente para muchos romanos: sus políticos se habían vuelto demasiado poderosos como para ver sus ambiciones personales y familiares constreñidas por el sistema republicano.

César era el más reciente ganador de la más reciente guerra civil en ese año 44 A.C y aunque sus enemigos en armas estaban muertos, su posición era todo menos estable. A los romanos no les gustaban los reyes, desde el año 509 A.C, cuando expulsaron al último, Tarquinio el Soberbio, y de la mano de varios representantes de la nobleza (algunos familiares incluso del rey depuesto) fundaron la República. Desde entonces, era un tabú político las referencias monárquicas y se asumía como un insulto particularmente grave cuando a una carrera política se le achacaba la ambición de tomar esa posición.

Sin embargo, es probable que muchos consideraran que era precisamente un rey lo que necesitaba la convulsionada ciudad y su imperio. Es probable también que así lo considerara el mismo César. Pero era difícil saber la reacción de las personas y de esa incertidumbre, la necesidad de un experimento ¿y qué mejor momento para poner a prueba las tolerancias monárquicas del pueblo romano que en un festival público al que todos asistían?

Durante las Lupercanias los hombres recorrían la ciudad, persiguiendo mujeres y en general, causando alboroto. En el Foro, justo sobre la Rostra, la tarima hecha a forma de la quilla de un barco desde donde los políticos arengaban al pueblo en tiempos más comunes, se sentaba César, observando la ceremonia desde un trono alto en su calidad de dictador. Vestía una toga púrpura y unas botas de cuero rojo, indumentaria de los viejos reyes. Antonio se acercó al dictador y le ofreció una diadema de hojas de laurel trenzado. Símbolo inequívoco de la monarquía en Roma. La multitud, expectante en un principio por lo que parecía un acontecimiento importante, aulló y chifló en desaprobación. César, con un gesto magnánimo de la mano, rechazó la corona que le ofrecían. Le respondieron vítores y alabanzas. Antonio insistió, ofreciendo la corona de nuevo. Ante los nuevos gritos, César rechazó la corona y se la dedicó a Júpiter, “ningún otro rey” gritó “tendrá Roma”. Antonio se retiró a continuar la ceremonia y César volvió a su asiento. “Y así fracasó el experimento” (Holland, 2017, p. 60).

Un mes después, el quince de marzo del año 44 antes de Cristo (los idus, como lo llamaban lo romanos), en el teatro de Pompeyo, su gran rival en la guerra civil y porque la historia es ante todo poesía, fue asesinado a cuchilladas Cayo Julio César. No fue, ni mucho menos, la única razón, pero el globo lanzado en las Lupercanias había hecho actuar a sus enemigos. Los conspiradores, que incluían a un descendiente de uno de los protagonistas de la expulsión del último rey -de nuevo, porque la historia es rima-, Cayo Bruto, emboscaron al victorioso general y pródigo político (y dictador aspirante a rey) y le dieron muerte.

En ese sentido, por supuesto, el experimento tampoco funcionó.

Resignificar el servicio público.

El Centro de Medellín.

En 2019 solo el 14% de las personas en Medellín confiaban en los funciones públicos de acuerdo a la Encuesta de Cultura Ciudadana. El promedio en otras ciudades de Colombia en dónde se realiza la encuesta fue del 9%. Es el porcentaje de confianza institucional y grupal más bajo entre las opciones, solo con la excepción de los “políticos” y es una buena muestra de un problema particular en el país alrededor de la percepción y realidades de la función pública.

Por cuatro años (entre 2016 y 2020) trabajé en el sector público. Siempre que hablo de la experiencia parece que la respuesta reflejo de las personas es “tan difícil el sector público”, “tan lentas las cosas de lo público”, “tan maluco el ambiente en el sector público”. En la cabeza de la mayoría de las personas parecen activarse prejuicios con suma facilidad cuando hablan de trabajar en el Estado. Los entiendo porque hasta el 2016 mi percepción era la misma.

A pesar de todo esto (o precisamente por su culpa), resulta muy relevante seguir pensando maneras de resolver estos problemas de percepción y realidad. Estas ideas populares han sido un obstáculo para que muchas personas se den la oportunidad de contribuir a las decisiones y acciones públicas.

Asumir que hay un problema de percepción con el servicio público no pretende desconocer problemas estructurales en la manera cómo funciona en Colombia, ni la necesidad de realizar ajustes grandes que podrían realizarse sobre quiénes y cómo en muchos casos terminen ocupando cargos públicos. En particular, los esfuerzos por reducir el clientelismo, las cuotas burocráticas y las ineficiencias ocasionales de ciertos incentivos organizacionales. Pero las generalizaciones pueden ser injustas y sobre todo, reforzar estas percepciones complejas sobre lo que supone trabajar por las cosas que son de todos.

Lo anterior es relevante porque, como lo señala Francisco Gutiérrez Sanín en una reciente columna en El Espectador, “una buena burocracia es también indispensable para generar procesos redistributivos serios; una vez más, una condición necesaria, aunque no suficiente, para algún éxito concebible”. Concuerda David Escobar, director de Comfama en su columna de El Colombiano, al decir “conozco cientos de empleados públicos competentes que hacen un aporte indispensable”. Así pues, reconocer que la buena burocracia es fundamental para los Estados modernos, democráticos y liberales; y que generalizar la incompetencia o corrupción del servicio público es un absurdo, pero sobre todo, es profundamente injusto.

Lo anterior nos deja con tareas. La primera, la posibilidad de reconocer, visibilizar y poner el acento en funcionarios públicos destacables. En 2017 La Silla Vacía hizo un ejercicio muy bonito y relevante en Medellín, reconocer en una nota a los funcionarios “indispensables” que por su trabajo y en particular, porque habían superado los tránsitos de gobierno, valía la pena exaltar. Lo segundo es señalar el papel que estos cargos desempeñan en el funcionamiento cotidiano del Estado y el bienestar que supone para todos tener un servicio público técnico y juicioso. Este ejercicio de persuasión supone una especie de educación rápida en funcionamiento estatal y cargos públicos; un acercamiento que en instituciones educativas podríamos hacer al soporte de los gobiernos que son estas personas.

Abordar la percepción negativa del servicio público es una tarea fundamental. Lograr avances nos puede ayudar a que cada vez más personas consideren carreras en el Estado e incluso, a que quienes ya lo hace revaloren su rol como los pilares cotidianos del Estado.

¿Es posible despolarizar la discusión política actual? Una alternativa desde Star Wars.

Por más columnas como esta.

Es un lugar común señalar que muchos espacios actuales de discusión política están supremamente polarizados (en Colombia, pero también en otros países). Uno podría decir que la polarización supone el alejamiento entre los puntos de encuentro de las creencias políticas de las personas; la situación por la cuál las opiniones divergentes llevan primero a crear adversarios y luego, enemigos. Esto supera a los líderes políticos (algunos de los cuáles seguro toman tinto juntos, mientras se ríen de las discusiones que provocan sus peleas en los medios sociales) y se centra sobre todo en los debates cotidianos que las personas tenemos sobre nuestras posturas políticas. En Twitter, en Facebook, por supuesto, pero también en comidas familiares y espacios laborales, entre amigos e incluso, en eventuales confrontaciones, entre desconocidos.

La polarización (llevada a ciertos extremos, por supuesto) puede ser inconveniente porque desincentiva los acuerdos políticos, enrarece el debate público, exilia la moderación al verla como tibieza y al final, en algunos casos, puede llevar a la violencia. Pero metidos en medio de las pantanosas peleas de “ellos” contra “nosotros” ¿se puede hacer algo para des escalar la tensión de la polarización? ¿Se pueden reconstruir los puentes a los que tantos incendiarios les echaron fuego?

Es obvio que los medios sociales han permitido que los grupos se hagan más estrechos, más unidos y las oportunidades de “demostrar” lealtad (ser más papista que el papa da buenos puntos). De igual manera, ha facilitado que las personas consigamos información que valide nuestras ideas y que construyamos cajas de resonancia en el que nuestras posiciones son validadas constantemente. El conflicto se convierte también en una tentación constante de linchamiento y las posiciones moderadas o conciliadoras no suelen salir muy bien libradas. Sumado a todo esto, el incentivo principal de los medios sociales -me gustan, corazones y compartidas- premian la controversia y el insulto.

En su libro “La mente de los justos”, Jonathan Haidt señala la influencia que la disonancia cognitiva y la disposición evolutiva que tenemos a organizarnos en grupos y desarrollar lealtades grupales que reafirman nuestra identidad, tiene sobre la dificultad para nuestras cabezas de aceptar argumentos contrarios a nuestra ideas iniciales o identidades ideológicas. Para esta herencia de cientos de miles de años, nuestro recién descubierto coctel de auto gratificación social y refuerzo de ideas previas es bastante parecido a una droga.

Un lugar inesperado para pistas interesantes en la superación de esta situación se encuentra en la ciencia ficción de aventuras. En su libro “La ideología de Star Wars” (2017), Fernando Ángel Moreno señala la importancia de los personajes que desescalan conflictos en la resolución de tensiones irresolubles y polarizantes. Este rol es personificado en la primera trilogía de la saga por Luke Skywalker y su reticencia a matar a Darth Vader, su padre, incluso a riesgo de morir el mismo al final de “El regreso del Jedi”. Esta acción remide a Vader, pero también a Luke y señala un punto de quiebre para una historia centrada en la dicotomía absoluta del lado luminoso y el lado oscuro de “La Fuerza”. Luke es al final un extraño protagonista del género y como sostiene Moreno “rompe con el héroe tradicional al renunciar a matar al villano” (p. 146).

El punto central de Moreno es que Luke, el protagonista de la primera trilogía de Star Wars (y de alguna manera, una presencia central en la tercera), es la representación de los puentes entre extremos. El problema de los dos extremos en las películas es que las posibilidades de cercanía, de acuerdo, de resolución no violenta son ninguna (con excepción de la acción de Luke, que va en contravía de las indicaciones de sus maestros y a la vez, lo arriesga a perder su vida). El heroísmo de Luke se presenta al renunciar a “destruir” a su enemigo, una decisión que ni los más encumbrados Jedi habrían considerado (Los dos maestros de Luke le señalan la necesidad de matar a Vader, pero solo él tiene esperanzas en su padre, “aún hay bien en él”, dice). Explica Moreno:

nuestra educación en un mundo de ‘ellos’ y ‘nosotros’, al que estamos acostumbrados día a día, puede despertar cierta simpatía hacia esta lucha y cierto deseo de aniquilar al enemigo, de hacerle trizas, de humillarle (…) Luke no lo hace (…) No se humilla al enemigo, no se le destruye. Es el propio enemigo el que toma la decisión de abandonar su dualismo y rebelarse contra aquellos que desean mantenerse en él.

Moreno 2017, p. 137.

Y con esta acción, mientras su sable laser cae al piso y renuncia a la lucha en esos términos, la dicotomía irreprimible termina (al menos por ese momento). La saga habla de “devolverle el equilibrio a la Fuerza” constantemente, en esa acción particular de Luke de evitar la aniquilación de su enemigo está probablemente la única vez en todas las películas que vemos esto realmente en acción. Evitar la tentación de destruir, humillar, acabar con nuestro contrincante es precisamente eso: equilibrio.

¿Es posible bajar nuestros sables? No para juntarnos, o renunciar absolutamente a nuestras ideas, al fin de cuentas, hay distancias profundas entre no hacer alianza y destruirse mutuamente. Precisamente en el acto de reconocer en nuestro contrario no a un enemigo, sino a un adversario, en ver en sus ideas, creencias y motivaciones razones tan potentes, así no sean compartidas, como las mías. Y sobre estas ideas, bajar el arma. Romper la rueda. Salir del pantano. Evitar el único aparente desenlace de la lucha sin descanso, de la competencia por quién gobernará sobre las cenizas.

Año viejo.

Una tradición que se resiste, muñecos de años viejo en diciembre de 2019.

Seguro ya los preparan en bodegas y casas; imagino la ropa vieja, los miembros de trapo y la cabeza de papel maché con las extremidades púrpuras del odiado bicho. Los años viejo del Covid-19 estarán pronto asomándose a carreteras intermunicipales y glorietas de todo el país; similar a la urgencia que sentimos todos y que parece ya un acuerdo colectivo de la necesidad de que termine este año. Y los quemarán por montones en esas semanas de festejos sobre lo que queremos dejar atrás, como si los humos de miles de muñecos de trapo pudieran hacer competencia a Pfizer y su vacuna en espantar la pandemia.

En todo el país diciembre es momento de celebración. Las fiestas, reuniones, el consumo de alcohol, la quema de pólvora, la música a altos volúmenes, en fin, las pesadillas del Código de Policía y las de las más recientes y apremiantes medidas de bioseguridad. Pero diciembre también es el momento que millones de colombianos esperan para ver a sus familias, reunirse con amigos y vecinos y obvio, despejar cabezas y corazones. Hay algo catártico en la manera como históricamente asumimos el fin de año. De ahí los anuncios en emisoras populares desde septiembre que “ya llegó diciembre” y las decoraciones de navidad que se asoman por ventanas y balcones desde el 1ro de noviembre y sobreviven hasta casi finales de enero.

Gracias a la suma de esta “expectativa acumulada”, las reuniones y sobre todo, el consumo, no es extraño que el fin de año sea una de las épocas más violentas (en cuanto a convivencia) en las ciudades colombianas. Otros problemas como la quema de pólvora, los incidentes viales y hasta los quemados por líquidos calientes se incrementan. La alegría inunda la navidad como llamadas al 123 el 31 de diciembre. A riesgo de parecer mojigato, y aclarando cualquier sospecha de “grinch”, es necesario señalar que durante el fin de año hay una cantidad de comportamientos inconvenientes que se incrementan en Colombia. El asunto supera (aunque se conecte) con la quema de pólvora y el consumo excesivo de alcohol. Los problemas de convivencia como las riñas, y los delitos como lesiones personales y violencia intrafamiliar, son tristes protagonistas de la celebración.

El fin de año acumula tensiones de los doce meses previos y parece ofrecer oportunidades de válvula de escape. En un año tan complicado como este, resulta preocupante pensar en las cosas que podrían salir disparadas del otro lado. Es importante reconocer -al menos- la probabilidad de que para este fin de año haya todavía más impulsos que en la historia reciente. Esto resulta inconveniente no solo por los problemas comunes de la época, sino por la coyuntura en la que nos encontramos.

Nada de lo anterior debería tomarse como una invitación a echar mano de los repertorios de coerción que los estados locales han desarrollado durante la pandemia. Tampoco, que debamos obviar la pandemia en medio de la que nos encontramos. Discúlpenme la tibieza de pedir por el uso consciente de cada medida en caso de necesidad. Pedagogía y movilización ciudadana siempre que sea posible, coerción y control cuando sea necesario. Para esto contamos con buenas pistas y evidencia sobre grupos manejables, arreglos logísticos seguros e indicaciones de comunicación pública clara y conductual. La subestimación a estas herramientas que superan toques de queda que se intuye en la manera de tomar decisiones de muchos gobiernos no augura nada bueno.

Por ellos también, mejor que acabe el año.

Algunas ideas sobre la promoción de comportamientos deseables

Durante la pandemia, hacer énfasis en los comportamientos deseados (y en el cumplimiento generalizado) puede ser clave para promover el cuidado.

Las personas nos comportamos en ocasiones según lo que creemos que son comportamientos generalizados y generalmente aceptados. Es lo que Cristina Bicchieri denomina una norma social: la expectativa de que muchas personas o la mayoría de las personas se comportan de una manera, o expectativa empírica, y la expectativa de que muchas personas o la mayoría esperan que nosotros nos comportemos de esa manera, o expectativa normativa (2005; 2018). Lo que pensemos que son comportamientos deseables para los demás y para alguna autoridad de referencia, como el Estado, resulta clave para el reconocimiento de una norma social. Incluso, la confianza que tengamos en las personas y las instituciones pueden señalar nuestra disposición a reconocer esa norma (Fortou y Silva, en prensa).

De allí la importancia de que los esfuerzos de estrategias de cambio de comportamiento sean cuidadosos en poner el énfasis de mensajes y acciones en los comportamientos deseables y no en lo contrario. Al fin de cuentas, una norma social puede definir un comportamiento deseable, pero también uno indeseable. Resulta común que gobiernos, empresas y organizaciones que quieren promover un comportamiento social u organizacionalmente conveniente utilicen el señalamiento de lo que “no debemos hacer” como mecanismo de comunicación de sus intenciones para desincentivarlo. El lugar donde se pone el énfasis en estos casos es fundamental respecto a la posibilidad efectiva de cambio y puede llevar incluso a que un comportamiento reducido y extraño se vuelva más común por la “publicidad” que le hacen quienes, precisamente, quieren evitarlo.

Esto no supone esconder los problemas o los comportamientos indeseables. Es más, dar esas conversaciones de manera inteligente y controlada puede retroalimentar discusiones sobre ellos, pero sí tener cuidado con la inclinación (en ocasiones común entre medios, organizaciones y gobiernos) de poner el énfasis en lo que no sale tan bien en el comportamiento de las personas. Por otro lado, hacer énfasis en el comportamiento deseado permite que los esfuerzos de cambio de comportamiento echen mano de tres elementos fundamentales: el poder de la influencia social, el poder de las expectativas de comportamiento y las oportunidades de superar brechas de ignorancia pluralista (Silva et al., 2019).

Muchos comportamientos deseables son, ante todo, cooperativos. Es decir, suponen que las personas hagan algo que puede percibirse como un costo individual para conseguir un logro colectivo (Silva, 2020). Pagar impuestos es una pérdida patrimonial individual que, en teoría, se ve recompensada con los servicios públicos que provee el Estado. Pero una motivación fundamental de comportamiento como este es la percepción de que “todos” o “la mayoría” están contribuyendo también. Pagar impuestos es un poco menos doloroso (y puede ser sustancialmente más aceptado) si estamos seguros de que no somos los únicos que lo hacemos y que hay unos pocos o ninguno que no están poniendo de su parte. Una larga lista de intervenciones de promoción del pago a tiempo de impuestos que usan normas descriptivas (“la mayoría lo hace”) son buena evidencia de esto (Larkin et al., 2018).

Esto también nos señala lo relevante que para nuestro propio comportamiento es lo que pensamos que hacen o piensan los otros. Durante buena parte de la segunda mitad del siglo veinte, los experimentos sobre conformidad de Solomon Asch asumieron la tarea de comprender un poco mejor la manera como el comportamiento de los demás determinaba e influenciaba el propio (1995). La influencia de un comportamiento ajeno sobre el nuestro se puede revisar respecto a nuestro grupo de referencia, los creadores de tendencia y las percepciones de mayoría y confianza que tengamos en los demás. Por eso resulta clave que tengamos una percepción positiva de los demás, pero, sobre todo, que pensemos bien de sus motivaciones, intenciones y acciones. Si los comportamientos que consideramos son mayoritarios influencian nuestra propia disposición a seguirlos, más vale que esa percepción de comportamiento generalizado sea respecto a lo que consideramos social o grupalmente deseable.

Aunque no siempre hacer énfasis en el comportamiento deseado es efectivo, como Cialdini et al. (2016) han mostrado, hay algún grado de consenso respecto a que al hacer uso de intervenciones de tipo norma social y comunicación de expectativas en particular, sobre la importancia de señalar lo que queremos promover (Murraín, 2017; Mackie, 2017; Silva et al., 2019). Esto supone un esfuerzo fundamental al momento de diseñar mensajes y acciones que privilegien los comportamientos objetivo y sobre todo, que ayuden a alimentar una percepción positiva respecto a las motivaciones e intenciones de los demás, en particular, los que consideremos como un grupo de referencia.

De ahí la importancia de definir muy bien lo que queremos que sea más común entre las personas y la manera cómo lo presentamos para que complemente una expectativa de comportamiento sobre lo que es mayoritario y deseable. Centrarse en lo deseable, hacerle bulla a lo conveniente y prosocial, volver normal las contribuciones que siendo cotidianas, pueden ser extraordinarias.

Referencias:

  • Asch, S. (1995). Opinions and social pressure. En E. Aronson (Ed.) Readings about the social animal. Nueva York: W. H Freeman.
  • Bicchieri, C (2005). The grammar of society the nature and dynamics of social norms. London, UK: Cambrigde.
  • Bicchieri, C (2018). Nadar en contra la corriente. Cómo unos pocos pueden cambiar los comportamientos de toda una sociedad. Ciudad de México: Ediciones Paidós.
  • Cialdini et al. (2016) Managing social norms for persuasive impact. Social Influence, 1 (1), pp. 3–15.
  • Fortou, J. y Silva, S. (En prensa). Trust and Social Norm Recognition: Evidence from a Latin American City.
  • Larkin, C., Sanders, M.  Andresen, I.  y Algate, F. (2018) Testing Local Descriptive Norms and Salience of Enforcement Action: A Field Experiment to Increase Tax Collection. Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=3167575 or http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.3167575
  • Mackie, G. (2017). Effective Rule of Law Requires Construction of a Social Norm of Legal Obedience. In: Cultural Agents Reloaded: The legacy of Antanas Mockus. Tognato, C. (Ed.). Cambridge: Harvard University Press.
  • Murraín, H. (2017) Transforming expectations through Cultura Ciudadana. In: Cultural Agents Reloaded: The legacy of Antanas Mockus. Tognato, C. (Ed.). Cambridge: Harvard University Press.
  • Prentice, D. A., & Miller, D. T. (1996). Pluralistic ignorance and the perpetuation of social norms by unwitting actors doi:10.1016/S0065-2601(08)60238-5
  • Silva, S.; Garro, J.E.; López, N. y Trujillo, J.P. (2019). Confianza, normas sociales y representaciones del otro. La implementación de la estrategia de cultura ciudadana “Medellín Está Llena de Ciudadanos como Vos”. En: Eslava, A. (Ed.) Lo mejor de las personas. Teoría, implementación y agenda de cultura ciudadana. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT y Alcaldía de Medellín.
  • Silva, S. (2020). Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del covid-19. En: Eslava y Giraldo (Ed.). Pensar la crisis. Perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT.