Preguntas y comentarios

Artículo “Identificando a los protagonistas: : el mapeo de actores como herramienta para el diseño y análisis de políticas públicas”.

Los mapeos de actores suelen considerar a todas las poblaciones concernidas de una política pública, desde las entidades y organizaciones más representativas, hasta los ciudadanos más desprevenidos.

Las políticas públicas son los instrumentos políticos con los que gobiernos y sociedades intentan modificar la realidad para resolver un problema público. Se sustentan en la consideración de la posibilidad de cambiar el mundo, sobre todo, en que las decisiones y acciones de las poblaciones y grupos que pueden estar ocasionando el problema, sea diferente. Éste énfasis en la importancia de las personas, organizaciones y entidades en la comprensión de los problemas públicos y en su eventual resolución a través de la implementación de la política pública, señala la importancia que para la disciplina tienen lo “actores concernidos”. Esto es, todos los personajes que son relevantes en un escenario social específico.

Este artículo revisa el valor que para el proceso de política pública (Agenda, diseño, implementación, evaluación) tienen las herramientas de mapeo de actores. En particular, reconoce el valor diagnóstico de estas aproximaciones y también, la posibilidad de que se conviertan en sí mismas en herramientas de movilización política para quienes pueden apoyar un proceso de política pública. El artículo revisa tres casos de utilización de metodologías de mapeo de actores en Medellín y Antioquia y señala algunos aprendizajes generales sobre su utilización.

Fatiga

Coronavirus: nuevas señales urbanas para mantener el ...
Muchos espacios públicos buscan nuevas maneras se funcionar reduciendo los riesgos de contagio.

Otro día pasa. Ceder a la rutina, seguir sus pasos, repetir y repetir. Dormir. Otro día pasa. Esperar un cambio, leer noticias con la terca esperanza, decepcionarse. Otro día pasa. Cedemos de nuevo a la rutina, al miedo, a la fatiga.

Mientras las medidas de la cuarentena en Colombia fluctúan, en algunos casos abriendo espacios, actividades y escenarios de interacción, en otros, volviéndolos a cerrar (sobre todo, si así lo consideró el gobierno local), el cansancio del encierro se hace más evidente. La fatiga de cuarentena no solo es real, hace parte de un fenómeno más amplio de fatiga sobre el seguimiento de medidas de protección y seguridad personal que afecta a otros riesgos a la salud de las personas.

La fatiga es la medida en la que algo se nos empieza a volver insoportable.

Esta fatiga permite que reduzcamos lo que hacíamos para cuidarnos en los primeros momentos de la cuarentena (cuando el peligro era presente, urgente y reciente) ¿se acuerdan cuándo limpiábamos cada esquina de los paquetes de servilletas del mercado? ¿O que nos cambiábamos toda la ropa luego de sacar a dar una vuelta al perro? Aparte de que la evidencia ha subestimado la importancia de estas acciones, muchos hemos dejado de hacerlas porque el riesgo del contagio empieza a deslizarse de nuestras prioridades.

Ahora bien, hay niveles de fatiga y formas en las que los que la sufren la han enfrentado. En efecto, hay una distancia enorme entre dejar de hacer alguno de los rituales de limpieza que hacíamos hace tres meses y hacer una fiesta con docenas de invitados. Y aunque sea impopular, deberíamos hacer un esfuerzo por entender ambos casos y antes de los juzgamientos rápidos o incluso los llamados tan comunes a “sanciones ejemplares”, revisar las maneras en las que sería más efectivo reducir estos deslices en el cumplimiento del cuidado en la pandemia.

Lo otro es reconocer que el fenómeno no es, ni mucho menos, “colombiano”, que en todos los países que se han implementado cuarentenas estrictas por varios meses, ha ocurrido algo similar, de ahí las impresionantes fotos de playas llenas de bañistas en el sur de Reino Unido o en la Florida o de los cafés parisinos a reventar de comensales.

También, que la fatiga como la estoy describiendo es en buena parte una prerrogativa del privilegio. Que muchas personas no se han podido dar el lujo de cansarse del estar encerrados en sus casas y que muchas lo hacen en detrimento absoluto de sus situaciones económicas o, irónicamente, de su propia salud. Por eso tampoco podemos ver la fatiga como un fenómeno individual o personal, también es colectiva, institucional, social y política. Nos agotamos todos juntos.

Nada de esto que digo es una apología para que se aumente el ritmo de la reapertura o se eliminen medidas que buscan protegernos, solo la comprensión de un fenómeno que estamos viviendo y que, si no lo gestionamos correctamente, puede hacerle mucho daño al objetivo común de cuidarnos del virus.

Siendo así las cosas ¿qué podemos hacer? ¿hay esperanza de que no nos venza la fatiga de cuarentena?

Hay dos escenarios de trabajo en este sentido. El primero es personal y se refiere a lo que podemos hacer cada uno de nosotros para reducir el efecto de la fatiga sobre nuestra salud mental y los eventuales relajamientos de las medidas que hemos venido tomando para cuidarnos. En este sentido, las técnicas señaladas por muchos medios a inicios de esta pandemia, sobre el uso de la meditación, el ejercicio y el mantenimiento de lazos sociales (así sean desde la distancia física) son clave. Pero lo más importante es encontrar nuevas maneras de enmarcar el riesgo, real y efectivo, al que seguimos estando expuestos. El efecto más nocivo de la fatiga es la subestimación del riesgo que produce, entonces ¿si el miedo inicial ya no es suficiente, que motivación podemos encontrar para cumplir las medidas de cuidado? Nuestra salud, la salud de otros o incluso algo tan aparentemente superficial como “mantener la buena racha de no haberse contagiado” puedan ayudar.

El segundo escenario es institucional y organizacional y se refiere a lo que gobiernos y empresas pueden hacer para controlar los efectos de la fatiga en las personas. Lo más importante es evitar una sobre publicitación del incumplimiento, la policía ha tomado la costumbre en los últimos días de presentar a los incumplidores de la cuarentena como criminales, frente a consolas de música incautadas como si fueran fusiles. Esto es sumamente torpe porque, por un lado, alimenta la idea (probablemente exagerada) de que “mucha gente” está incumpliendo la cuarentena en las personas, y por el otro, no funciona como disuasión de nada. Años de experiencia sobre control de comportamientos de fallos de acción colectiva como este pueden atestiguar que avergonzar a las personas no sirve sino para que intenten ocultarlos.

Seguir avanzando en las intervenciones que permiten ciertas “válvulas de escape” social en circunstancias controlables, también puede ayudar. Me refiero a la demarcación de distancia física en parques, la disposición de horarios escalonados para hacer ejercicio e incluso, el acompañamiento institucional a los eventuales incumplimientos ¿cómo hacer una reunión de personas con los menores riesgos posibles para una familia o grupo de amigos? Aunque nos incomode es una pregunta que vale la pena responder, puede hacer que una oportunidad grande de contagio se vuelva solo una inconveniencia social.

Reconocer esta fatiga no supone ceder a ella completamente, ni dejarse sobrecoger por sus consecuencias. No es una derrota de la voluntad que hemos tenido todos de enfrentar este reto enorme que nos lanzó la fortuna, al contrario, reconocerlo, entenderlo y enfrentarlo es la única manera de ponerlo bajo control. Y que otro día pase.

Capítulo “La Política Pública de Cultura Ciudadana de Medellín: Retos y perspectivas locales de la gestión del cambio cultural”.

Las calles de Medellín, una vista aérea en el Centro de la ciudad.

¿Podemos cambiar el mundo? No es una pregunta retórica, puede resultar empalagosa, pero su respuesta es necesaria. Ahora, digamos que cambiar el mundo en este caso es una visión amplia de la posibilidad de ajustar un poco la realidad, de resolver los problemas cotidianos que enfrentan las personas en sus vidas y que se convierten en el objeto de estudio e intervención de las políticas públicas. La sociedad busca constantemente alternativas para resolver sus problemas públicos, discute su relevancia, sus causas y efectos y la urgencia de su intervención e incluso intenta acordar las formas de su implementación.

Entre 2017 y 2019 la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín asumió ese reto particular que es adelantar un proceso de diseño de una política pública para abordar asuntos de transformación cultural y cambio social. La política pública de Cultura Ciudadana de Medellín incluyó docenas de espacios de socialización, recolección de información cuantitativa y cualitativa para levantar un diagnóstico de los problemas comportamentales y de cultura cívica de la ciudad; asimismo, realizando una revisión detallada de las apuestas conceptuales para entender las implicaciones del enfoque de cultura ciudadana como política pública y las pistas que las teorías del reconocimiento y las normas sociales podían aportarle. Finalmente, construyendo una propuesta de alternativas de solución y diseñando un plan de acción y de seguimiento e implementación para que sus acciones pudieran “salir a la calle”. En esencia, buscar “cambiar el mundo”.

Este capítulo del libro de presentación de la política pública recoge con algo más de detalle los objetivos y el proceso de su construcción. Revisa también los retos a los que se enfrentaría en su implementación e intenta plantear algunos elementos comunes a los retos que una política pública de esta naturaleza (cambio social y transformación cultural) enfrenta en los entornos locales.

El descuento.

En el decreto 682 quedó reglamentado cómo serán los tres días en los que el Gobierno no cobrará el impuesto del IVA a los colombianos en sus compras.
El 19 de junio de 2020 fue el primer “Día sin IVA” en Colombia.

El 19 de junio, justo antes del amanecer, ya había filas en varios almacenes de cadena. En ocasiones con un metro de distancia entre las personas, en otras, más cerca de lo que nuestras recientemente adquiridas prevenciones lo recomendarían. Abiertas las tiendas, el ingreso fue, de nuevo, organizado en algunos casos, turbulento en otros. La visión de una turba de personas con tapabocas es una que a muchos nos encogió el corazón; del miedo por sus consecuencias sobre el riesgo de contagio del COVID-19, de tristeza por asumir que el duro camino recorrido se va al traste.

En una defensa desesperada -y un poco paternalista- de las personas, hay que decir que las decisiones públicas inconvenientes tienen consecuencias sociales inconvenientes. Lo señalo porque buena parte de las redes sociales y algunos voceros gubernamentales y gremiales culparon a las personas de las situaciones de riesgo y aglomeración que se presentaron. Tienen un poco de razón, pero incluso si reconocemos que la responsabilidad individual fue importante, el problema de lo que pasó el día Sin IVA en Colombia estuvo en otro lado.

Si las autoridades le dan señales a la gente que puede salir, luego de semanas de cuarentena, y que además es deseable que lo haga porque su compra será positiva para la economía, muchas personas van a juntar esas señales para superar sus propias reservas o miedos de hacerlo. Si sumamos que en varios lugares quitaron el pico y cédula y se hicieron invitaciones incluso institucionales a salir a comprar, es apenas natural que muchos usaran todo esto para alimentar su propia subestimación del riesgo.

Esto no excusa las responsabilidades personales de la decisión de salir y quedarse en la aglomeración una vez la persona llegó a la tienda o la de los mismos almacenes con sus medidas para gestionar todo esto. Pero la responsabilidad principal está en quién consideró que esto era conveniente en este momento. La revisión de los efectos de la iniciativa, de la manera como las personas tomarían decisiones y de la preparación de gobierno nacional, gobiernos locales, empresas y personas para gestionarlo no fue suficiente.

Independiente de esto, resulta cuando menos interesante preguntarse por el comportamiento de las personas. En redes se leen muchas suposiciones de “irracionalidad”, “indisciplina”, “consumismo” y demás. Pero ¿qué hizo que los compradores no solo salieran en número de sus casas, sino, que se expusieran en las filas y aglomeraciones como evidentemente, incluso para ellos, no debían?

La información que tenemos sobre las motivaciones de las personas que salieron ese día están referenciadas de alguna manera en las notas (sobre todo internacionales, estupefactas) sobre lo que pasó el 19. Y aunque hay algo de variedad, pareciera existir una combinación de decisión “racional” por aprovechar los buenos precios (sumado en algunos casos al obstáculo presentado por las dificultades de comprar por Internet), más cierta subestimación del riesgo asociado al contagio. En particular, una justificación general de que, aunque hubo aglomeraciones y largas filas, la cosa “no fue tan grave.

Sin embargo, el mismo Ministerio de Comercio reportó a eso del medio día que en todo el país se habían registrado unas 34 aglomeraciones con unas 80.000 personas en total. Sumado a esto, en algunas ciudades como Bogotá o Cali las mismas administraciones municipales se vieron obligadas a cerrar sedes de almacenes por incumplir las normas de distanciamiento físico durante la jornada. No olvidemos que son muchos los casos en países como Corea del Sur, España y Estados Unidos en donde una sola aglomeración fue la culpable de cientos de contagios.

Lo otro para considerar es el efecto que sobre todos nosotros tienen esos videos y fotos de personas guardando un televisor de distancia. Los comportamientos son muy contagiosos, luego de meses de calles semivacías, esas puertas a reventar van a hacer un daño enorme en esos, ya de por si flacos, esfuerzos pedagógicos que ha hecho el país. No solo eso, el cumplimiento de las medidas de prevención son un esfuerzo de acción colectiva, a todos se nos pide cooperar para conseguir un bien común en la reducción del contagio. El principal enemigo de las acciones colectivas es el incumplimiento aprovechado que produce una sensación de defraudación en las personas. Esto lleva a que las personas podamos pensar “y yo para qué me molesto, si nadie más lo hace”. También se pueden ver afectadas la confianza de las autoridades y la legitimidad de sus mensajes, medidas y programas para abordar esta crisis.

Y a pesar de todo esto, hay que continuar con los esfuerzos para reducir los contagios, los riesgos y las afectaciones de esta pandemia. Mucho se ha dicho sobre evitar “humanizar” al virus, es decir, darle propiedades como “enemigo” o “contrincante”, y es cierto, al virus no le importa nuestras desavenencias políticas, incluidas, las que puedan salir de este episodio. De ahí la importancia de no perder de vista lo que en este momento es importante: seguir cuidándonos.

Es hora de continuar con nuestras medidas personales, en medio de nuestras posibilidades, para reducir el contacto físico. Y, sobre todo, es momento de recordar la responsabilidad individual y colectiva que nos cabe en cuidarnos entre todos. Tenemos que insistir -con la determinación de la terquedad- con las personas cercanas, familia, amigos, vecinos, en la importancia de la distancia, el uso correcto del tapabocas y el lavado de manos. Las organizaciones deben asumir también esta tarea con absoluta determinación, así como los gobiernos locales; no es solo en la aplicación de las medidas coercitivas -para eso ya está la Policía- sino en la invitación y movilización ciudadana para actuar colectivamente.

El 19 pudo ser un día complicado para la lucha contra el COVID-19, pero en esencia, no puede cambiar lo importante: la decisión colectiva de que, entre todos, superaremos esto.

Artículo “¿Primero yo, luego los míos y de último los otros? Confianza y acción colectiva: retos y políticas públicas”.

Una conversación de todos los días en un parque de Medellín.

La confianza, nos dicen autores como Francis Fukuyama, Robert Putman, Elinor Ostrom o Juan Camilo Cárdenas, es el aceite de las relaciones sociales. En su ausencia (o frente a una distribución inconveniente) resolver conflictos, cumplir normas, movilizar voluntades ciudadanas, emprender negocios, organizar partidos políticos, entre otras actividades cotidianas y sustanciales, son mucho más difícil, cuando no imposibles. Así, las sociedades con altos niveles de confianza interpersonal (la que sentimos por “los demás”) suelen tener mejor desempeño en asuntos como transparencia, desarrollo económico, calidad democrática, progreso educativo, y así. La confianza no solo parece ser ingrediente de cosas buenas, sino, causa y efecto de un ecosistema social incluyente y pacífico; elemento fundamental de las democracias liberales modernas.

De ahí la importancia de entender mejor cómo se reproduce o destruye la confianza y las relaciones que establece con procesos asociados a problemas públicos actuales. Ese es precisamente el objetivo del artículo “¿Primero yo, después los míos y de últimos los otros? Confianza y acción colectiva: Retos y políticas públicas”, revisar la discusión sobre las definiciones del concepto de confianza y mirar su utilidad frente al cumplimiento de normas y la seguridad en una agenda de política pública. El artículo es una co-autoría de los profesores Adolfo Eslava, Andrés Preciado, Andrés Tobón y yo.

Desafíos de la reapertura

Señalización para el distanciamiento físico en el Sistema Metro.

Lo más difícil puede estar por venir. O al menos, eso parece. La reapertura de la economía y la vida social de los últimos días en Colombia (juntos a buena parte del mundo) luego de tres meses de cuarentena, aunque paulatina y esperable, no deja de suponer un reto enorme para el país. En otros lugares donde la reapertura lleva días o semanas, los contagios se han disparado. Que esto no sea sorpresivo no lo hace menos preocupante y, sobre todo, no debería subestimarse respecto a nuestras posibilidades de reducir y controlar la situación.

Gestionar una cuarentena total puede ser difícil y angustiante para los gobiernos nacional y locales, pero hacerlo con una invitación parcial al cumplimiento de nuevas normas, junto al desgaste y la fatiga que las semanas de encierro han implicado en los bolsillos y los corazones de las personas, presenta infinidad de problemas. Ahora, esto no solo tiene implicaciones para las autoridades; miles de empresas, entidades y organizaciones, desde la multinacional más grande, hasta la tienda de esquina más humilde, enfrentará el eventual retorno a la normalidad y dependeremos de cómo todos nos adaptemos a estas nuevas expectativas para que la reapertura sea tan manejable como la cuarentena.

Hay algunas pistas interesantes y probadas en otros contextos o abordando retos similares de comportamiento. Ideas y aprendizajes que las ciencias del comportamiento (la sicología conductual, la economía del comportamiento, la epidemiología conductual) pueden ofrecer para que las personas y organizaciones tomemos mejores decisiones a la hora de cuidarnos y prevenir el contagio por COVID-19.

En general, encargados de comunicación pública, institucional, salud pública o corporativa, entre todas las personas que por estos días lideran este esfuerzo de prevención, deberían tener en cuenta cuatro reglas generales del diseño de sus sistemas de prevención. Las acciones que adelanten deben ser sencillas, sociables, repetitivas y transparentes.

Sencillas porque es importante que los comportamientos deseados sean tan sencillos de realizar como sea posible. Esa facilidad debe ser física y cognitiva; mejor dicho, deben ser posibles de realiza y posibles de comprender. Esto supone no solo la señalización de lugares y momentos en donde ocurren estos comportamientos, también, encontrar lenguajes instructivos, visuales y ejemplificantes. La señalización debe ser visible para quién debe tener el comportamiento deseado, pero también para todos los demás, aprovechando un poco la expectativa colectiva del comportamiento.

Efectivamente, las intervenciones deben ser sociales en tanto las personas copiamos los comportamientos de los otros. La importancia de las normas sociales y la influencia social es fundamental en este caso. Eso también lleva a que se expliquen los beneficios sociales del comportamiento, como cuidar a otros, a nuestras familias, a nuestros vecinos, a nuestros compañeros de trabajo o estudio. Esto supone recoger información sobre el seguimiento de los comportamientos deseados de las personas de su entorno y usarla para comunicar los logros colectivos, ya sea el cumplimiento mayoritario o el incremento de este (“9 de cada 10 personas se lavan las manos cada dos horas”, “cada vez más personas usan la flexibilidad del teletrabajo para respetar el distanciamiento físico”).

La repetición de los mensajes ayuda también a reforzar esas normas sociales y sobre todo, puede ayudar a evitar confusiones. No podemos dar por sentado que todas las instrucciones o medidas son claras para todos y menos, subestimar el poder de los pequeños recordatorios. Esto supone establecer mecanismos de recordatorios insistes se esos comportamientos deseados, aunque hay que evitar el exceso, en este caso es mejor pecar por él que por defecto. Resulta conveniente en este caso pensar también muy bien lo lugares y momento en los que esos mensajes llegan, un mensaje de texto que recuerda sobre la conveniencia del distanciamiento físico puede ser más pertinente un viernes en la tarde, que un miércoles en la mañana.

Finalmente, todo lo anterior no sirve de mucho si las personas no confían en el enunciador y tienen dudas sobre la veracidad de la información. Las acciones y la información de la organización sobre el manejo de la pandemia y las medidas tomadas deben ser tan transparentes como sea posible y conveniente. En esto es clave señalar que no solo el Estado tiene esta responsabilidad de contar lo que hace y las organizaciones privadas también pueden ver beneficios en contarle a sus empleados y colaboradores lo que están haciendo. Es probable que las personas se sienten mucho más inclinadas a seguir las instrucciones de una institución en quién confían que una para la que tienen reservas.

Ahora bien, entiendo que todo lo anterior son generalidades y que en ocasiones el paso que termina faltando en este tipo de escenarios es el momento en que podemos definir acciones específicas.  Al respecto, el Centro de Análisis Político y la Maestría en estudios del comportamiento de la Universidad EAFIT está poniendo a sus profesores e investigadores al servicio de quién los necesite, en la convocatoria de su primer Consultorio Abierto. Si su organización (grande o pequeña, pública o privada) tiene necesidad de diseñar y poner en práctica acciones que promuevan el cuidado propio y mutuo en esta coyuntura, pueden aplicar en este enlace y acercarse a la posibilidad de tener una sesión de asesoría.

Entre todos tenemos que pensar en las mejores maneras de abordar estos desafíos; encontrar y unir todo el conocimiento a disposición para que la reapertura no nos supere y evitemos tener que regresar al encierro.

Capítulo “Un juego de espejos: Normas sociales, influencia social y cultura ciudadana en Medellín”.

Unas semanas atrás compartí por aquí los libros que recogían la experiencia de la estrategia de transformación cultural “Medellín está llena de Ciudadanos Como Vos”; estos fueron parte del esfuerzo divulgativo, pero paralelo a estas publicaciones, el equipo que trabajó en este programa realizó varias publicaciones académicas que recogían el soporte conceptual y los hallazgos disciplinares de lo que “Ciudadanos” venía haciendo. En el 2018, Natalia López, Juan Esteban Garro y Juan Pablo Trujillo, parte del equipo de la estrategia, y yo, publicamos un capítulo en el libro “Cultura Ciudadana: Reflexiones y experiencias de ciudad”, editado por la Universidad EAFIT y el Municipio de Medellín, que buscaba precisamente reunir las ideas sobre normas sociales, ignorancia pluralista, influencia social y cambio culturales que enmarcaban las acciones del programa.

El capítulo aborda el marco teórico de “Ciudadanos”, pero también recoge algunos hallazgos iniciales de su implementación (en el momento de publicación llevaba unos ocho meses) y algunas de las perspectivas de su revisión y replicabilidad. Resulta una lectura relevante para quienes trabajan usando la teoría de las normas sociales y la cultura ciudadana y presenta claridades importantes sobre mecanismos de diseño de intervenciones y acciones públicas en cambio social.

Pueden descargar el capítulo complejo aquí:

Recuperar el exterior

Uno de los famosos refugios nucleares de la Guerra Fría.

Por estos días me resulta imposible sacarme de la cabeza la idea de los refugios nucleares que durante los años cincuenta y sesenta se construyeron en Estados Unidos y que fueron tan populares como la solución para proteger a la población estadounidense en el caso de una guerra nuclear con la Unión Soviética. Su versión más elaborada no solo pretendía salvar las vidas que acabarían las explosiones, sino, proveer un hogar subterráneo para que miles de supervivientes pudieran hibernar mientras pasaba el invierno nuclear que se esperaba en este escenario apocalíptico. Estas personas regresarían a la superficie luego de años de encierro, a encontrar un mundo devastado y diferente al que habían dejado y con el objetivo, quizás inocente, de recuperar al menos parte de la vida que habían perdido cuando las bombas empezaron a caer.

Poniendo en cintura el dramatismo (porque obviamente las magnitudes son absolutamente distintas), estos días de reactivación de la vida social, de la actividad económica, de la “normalidad”, dirían algunos, guarda similitudes con ese escenario postapocalíptico que sugerían esos refugios y que, por suerte, evitamos.

En efecto, estos son momentos en los que, para los que evitamos al máximo salir durante estas semanas de cuarentena, y gozamos del privilegio de poder tomar esa decisión, regresar al exterior ha implicado recuperar la luz, el viento, el olor de la vida en movimiento. Ya estamos retornando a nuestras vidas de antes del encierro, al menos a algo parecido. Esto tiene matices, muchos nunca la dejaron y otros ya llevan un par de semanas vagando por ciudades semi desiertas, algo acaso más tenebroso que cuando están solas, como sobrevivientes del fin del mundo.

Sin embargo, hay esperanza en el aire cargado del encierro; vientos de cambio en la descompresión de nuestras casas y apartamentos. En la calle se respira, así sea tras los ocasionalmente sofocantes tapabocas, un aire límpido y aspiracional. Y sobre esto, permítanme cometer un pecado venial que en ocasiones juzgamos con mucha dureza: ser optimista.

Lo que veo de manera individual, colectiva e institucional es un esfuerzo (como suma de muchos esfuerzos) por encontrar soluciones a apremiantes problemas, denunciar injusticias, cambiar la sociedad y superar esta crisis. Los conocimientos de profesores y tecnócratas, la voluntad de directivos y servidores públicos, el compromiso de líderes sociales y voluntarios, acciones colectivas que han permitido conversaciones, reflexiones y acciones que no solo nos están salvando día a día de esta tragedia, nos pueden estar prometiendo cierta renovación para luego de la pandemia.

Ese será el tono y la forma de lo que nos espera, me caben pocas dudas. Puede que en el camino haya duros tropiezos, ya hemos visto muy de cerca la posibilidad de tener que recuperar la dureza de la cuarentena si el contagio así lo exige y también las dificultades económicas y sociales de estos meses de encierro, pero insisto en que por encima de todo esto, se intuye una voluntad y resolución colectiva que solo pueden engendrar los tiempos difíciles.

No hemos superado todo esto, ni muchos menos, y para muchas personas y comunidades, puede que ni siquiera haya pasado lo peor, sin embargo, al asomarnos a tientas detrás de la puerta que tanto estuvo cerrada, duda en el semblante y preocupación en el ceño, sería injusto no reconocer que al golpe de la luz sobre el rostro le cabe un atisbo de esperanza. Y sobre esa pequeña posibilidad podemos empezar a recuperar el exterior, fuera de nuestros pequeños refugios.

Reseña de “Nudge: un pequeño empujón” de Richard Thaler y Cass Sunstein.

“Un pequeño empujón: el impulso que necesitas para tomar mejores decisiones sobre salud, dinero y felicidad” se popularizó bastante luego de que en 2017 uno de sus autores, Richard Thaler, fuera reconocido con el premio Nobel de economía.

No somos tan racionales como creemos. O al menos, tanto como la tradicional explicación del comportamiento humano de la economía neoclásica nos ha planteado. Según este modelo, el famoso homo economicus, las personas tomamos decisiones y actuamos sopesando cuidadosamente nuestras opciones, lo hacemos de manera absolutamente individual y luego de analizar toda la información disponible. Esta ficción teórica sirvió de modelo explicativo durante buena parte del siglo XX y en ocasiones sigue delimitando la manera como personas e instituciones consideran que los demás toman decisiones. En el diseño de políticas públicas, la definición de reglas de juego corporativas y organizacionales e incluso, en el proceso legislativo, particularmente penal, el homo economicus vive.

Paralelo a su uso, las críticas. Desde la sicología, la sociología y algunas aproximaciones de la ciencia políticas, y luego, desde la misma economía, el modelo de la racionalidad perfecta se ha ido desechando de buena parte de los análisis sobre comportamientos. El ascenso de la economía del comportamiento de la mano de académicos como Daniel Kahneman y Amos Tversky desembocaría en el reconocimiento del primero con un nobel de economía en 2002 y la popularización de la disciplina y sus principales postulados. La economía del comportamiento señala que la complejidad de la forma como las personas piensa, deciden y actúan no puede reducirse al simplista modelo neoclásico, que las personas tienen lo que denominan una “racionalidad limitada”. Esto es, una pretensión de tomar decisiones racionales delimitada por la influencia que los sesgos, las heurísticas y las reglas le imponen.

Siguiendo a Kahneman y a Tversky, el economista Richard Thaler y el abogado Cass Sunstein presentaron en 2008 su libro “Nugde” que presentaba su propuesta de intervenciones conductuales ligeras para modificar la manera como las personas tomaban decisiones. Los “nudge” o pequeños empujones son ajustes pequeños en la arquitectura de las decisiones de las personas que buscan, sin coartar su libertad de tomar una decisión diferente, modificar su comportamiento en su propio beneficio. Son, por un lado, una alternativa novedosa para el Estado, que puede ver ventajas en su efectividad soportada en los aprendizajes sobre la conducta humano de las ciencias del comportamiento y en su compromiso con ser siempre baratas, sencillas y poco intrusivas; también presentan a otras organizaciones con necesidades de cambios comportamentales, la oportunidad de realizar ajustes sin las necesidades en términos de recursos y coerción que suelen estar más de lado del Estado.

“Sesgos, heurísticas y arquitectura de las decisiones: “Un pequeño empujón” como introducción al ‘paternalismo libertario’ de Richard H. Thaler y Cass R. Sunstein” es una reseña publicada en la revista Sociedad y economía de la Universidad del Valle sobre este libro y sus implicaciones como acercamiento a las ciencias del comportamiento. La pueden leer aquí;

Sobre la necesidad de la exploración espacial.

Una emoción que nos regresó a muchos a la niñez rodeó el lanzamiento del cohete Falcon de la misión SpaceX el pasado 30 de mayo. Histórico en tanto el primer cohete de construcción privada que llevaba astronautas a la Estación Espacial Internacional y el primer lanzamiento en casi 8 años que se realizaba desde suelo estadounidense. Pero es innegable que más allá de estas consideraciones, hay algo en los trajes de ciencia ficción de los valientes astronautas, la sala de control de la misión llena de contenido entusiasmo, la plataforma que expulsa vapores y nerviosismo, y el emocionante conteo para el despegue que a muchos nos llena de aventurera alegría. La exploración espacial es probablemente de las empresas humanas más bonitas, emocionantes, esperanzadoras.

Lanzamiento del cohete Falcon de la misión SpaceX.

Ahora, no todos pensamos así. Las redes sociales se plegaron en general al entusiasmo del despegue de la misión SpaceX, pero pudimos ver también revivir de las cenizas de las buenas razones una crítica común a la exploración espacial: su utilidad y “alto costo” respecto a problemas más apremiantes y urgentes de los seres humanos.

Porque siempre que hay un nuevo hito espacial como este se recicla esta crítica común pero descuidada a los esfuerzos de exploración espacial de la humanidad. Según esta idea, los recursos usados para el nuevo cohete, al nuevo trayecto, el experimento novedoso en la Estación Espacial Internacional, la pretensión de volver a la Luna y una eventual misión tripulada a Marte, estarían mejor en algo “útil”, que por qué “con tanta pobreza” en este mundo, nos gastábamos la plata en esas cosas innecesarias.

Este argumento tiene tres problemas. El primero se refiere a lo que se consideraría la facilidad del intercambio de destino del recurso. Es decir, asumir que el tema es tan simple como coger plata de una cosa y usarla para otra. Esto desconoce mucho de la forma cómo los gobiernos, las sociedades y ahora las empresas, definen cómo usan sus recursos y los efectos que el uso de esos recursos tiene sobre otros asuntos. No solo eso, también supone pretender que hay otro montón de usos innecesarios de los recursos comunes que podrían redirigirse a, por ejemplo, el apremiante problema de la pobreza, como el entretenimiento y muchas preocupaciones de investigación científica que no deben tener aplicaciones necesariamente útiles para este problema.

El segundo problema de esta crítica se refiere a la subestimación de los efectos sobre la tecnología y prosperidad económica consecuencia de los desarrollos espaciales. En general este sería el mejor de los argumentos utilitarios de la exploración espacial, pero es que la lista no solo es larga, sino sustancial por los efectos sobre la calidad de vida de las personas de estos desarrollos. Así, las tomografías axiales computalizadas, las luces LED, los sistemas de purificación de agua, la comida congelada y deshidratada, los detectores de humo, las prótesis biónicas, la fórmula para bebes, entre mucho otros, la conforman. Ahora, todo esto supone dejar de lado el conocimiento que hemos ganado sobre nuestro mundo y universo, la exploración del espacio nos ha permitido conocer muchísimo más del planeta que habitamos, su sistema solar y la mecánica del espacio.

Una adenda a este segundo problema tiene que ver con la ciencia y el conocimiento valorado solo por la utilidad económica que produce. Incluso si ignoramos los réditos económicos directos de los desarrollos tecnológicos asociados a la exploración espacial, se podrían justificar en la necesidad humana de conocer más sobre el universo. Siguiendo esa crítica hasta el extremo ¿para qué gastar dinero en observatorios astronómicos, facultares de física, estudios en ingeniería aeroespacial y cualquier otra de las disciplinas que supuestamente no nos ayudan a resolver problemas terrestres?

El tercero es probablemente el menos importante, si se compara con los anteriores, pero no es por eso menos relevante para esta discusión: la posibilidad de inspiración y superación de nuestras limitaciones como humanidad que suponen las misiones espaciales y todo lo que se asocia a su desarrollo. Señalaba el genial divulgador científico Carl Sagan en Cosmos que “la atracción que sentimos por los lugares remotos ha sido moldeada meticulosamente por la selección natural como un elemento esencial para nuestra supervivencia”. Que somos exploradores, necesitados de conocimiento y aventura, inspirador por siempre por nuestra insaciable curiosidad.

Y que de esa necesidad de comprender el mundo está también hecha la humanidad y ese cohete. Y ese cosquilleo en el estómago que nos dio a mucho su despegue.