Conversatorio “‘¿Crisis institucional en Medellín?”.

El pasado 20 de agosto participé en la conversación convocada por el concejal de Medellín Daniel Carvalho para intercambiar impresiones con Laura Gallego y Jorge Melguizo sobre las implicaciones y las características de la situación institucional por la que pasa en este momento la ciudad. La intervención fue en muchos sentidos la ampliación de las ideas expresadas en este texto. Aquí pueden ver la conversación:

¿Está en riesgo el “modelo Medellín”?

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Mapa de vías en Medellín y otros municipios del Valle de Aburrá.

En los últimos días docenas de analistas, opinadores, políticos y académicos han señalado en sendas columnas, notas y comentarios la gravedad de la “crisis institucional” por la que pasa Medellín. La decisión del alcalde de la ciudad de dejar a un lado la Junta Directiva de Empresas Públicas de Medellín para que la empresa demandara al consorcio Hidroituango, al igual que hacerlo para pedirle la renuncia al Director de Ruta N (y nombrar su reemplazo), desencadenó la renuncia de ambas juntas y de algunos de sus miembros en otros escenarios de dirección de las entidades públicas de Medellín.

Creo que una manera de analizar esta situación que puede resultar esclarecedora sobre sus consecuencias (y su gravedad) es hacerlo desde una perspectiva “institucionalista”. Es decir, pensar esto de “crisis institucional” en términos de una crisis en las reglas de juego comúnmente acordadas. Más que cualquier otra cosa, cuando analistas y líderes políticos y económicos hablan de “gobierno corporativo” se refieren a un arreglo institucional, esto es: una serie de reglas de comportamiento y decisión que configuraban, entre otras cosas, la forma de coordinación entre el sector público, privado y social en Medellín.

Incumplir una expectativa de comportamiento -una norma-, no es terrible solo porque vaya en contravía de lo que dicta el sistema, sino porque defrauda a los otros involucrados, cuya confianza estaba puesta en que la otra parte cumpliría ese implícito acuerdo de hacer lo esperado. De seguir la norma que todos pensábamos que estaba en uso.

El lío con pasar por encima de esas reglas de juego es que introduce un elemento de desconfianza e impredecibilidad en el juego. Imaginen una partida de parqués en la que, de un momento a otro, un jugador empieza a poner sus propias y nuevas reglas, ahora cada lanzamiento de dados es doble, ahora él saca fichas de la cárcel cuando quiera, ahora este jugador llega al cielo con un único movimiento. Seguramente, frente a este hecho, los otros jugadores protestarán, pero eventualmente, no tendrán otra opción que levantarse de la mesa. El juego habrá terminado.

Así las cosas, las crisis en los arreglos institucionales llevan a la inestabilidad, al incremento de la incertidumbre. Y en una circunstancia como esta es más probable que los jugadores prefieran cuidar sus propios intereses que cooperar. Destruir este arreglo institucional implica que todos los involucrados no saben que esperar del futuro, que los acuerdos previos ya no funcionan.

Ahora ¿cuál es la importancia de este arreglo institucional local que se encuentra en crisis? Pues que ha puesto en riesgo lo que podría denominarse como la “receta Medellín”, el modelo que durante un par de décadas ha supuesto un marco de relaciones entre los actores sociales de la ciudad. Los acuerdos para trabajar de manera conjunta entre el sector público, privado y social de Medellín para enfrentar sus problemas públicos ha sido un ingrediente importantísimo en esta receta. Uno puede tener reservas sobre algunos elementos de nuestra fórmula, pero desconocer sus logros sería injusto y no preocuparse por su ruptura, inocente o malicioso.

Y esto supone también que todos los que nos inquietamos por los rumbos y las decisiones públicas en nuestra ciudad recelemos de las motivaciones y las consecuencias de esta crisis; y que sobre las perspectivas de incertidumbre de los acuerdos que se han hecho trizas, nos movilicemos para cuidar, vigilar y exigir, que todo el camino que hemos recorrido en la ciudad no se desande.

Recuperar el exterior

Uno de los famosos refugios nucleares de la Guerra Fría.

Por estos días me resulta imposible sacarme de la cabeza la idea de los refugios nucleares que durante los años cincuenta y sesenta se construyeron en Estados Unidos y que fueron tan populares como la solución para proteger a la población estadounidense en el caso de una guerra nuclear con la Unión Soviética. Su versión más elaborada no solo pretendía salvar las vidas que acabarían las explosiones, sino, proveer un hogar subterráneo para que miles de supervivientes pudieran hibernar mientras pasaba el invierno nuclear que se esperaba en este escenario apocalíptico. Estas personas regresarían a la superficie luego de años de encierro, a encontrar un mundo devastado y diferente al que habían dejado y con el objetivo, quizás inocente, de recuperar al menos parte de la vida que habían perdido cuando las bombas empezaron a caer.

Poniendo en cintura el dramatismo (porque obviamente las magnitudes son absolutamente distintas), estos días de reactivación de la vida social, de la actividad económica, de la “normalidad”, dirían algunos, guarda similitudes con ese escenario postapocalíptico que sugerían esos refugios y que, por suerte, evitamos.

En efecto, estos son momentos en los que, para los que evitamos al máximo salir durante estas semanas de cuarentena, y gozamos del privilegio de poder tomar esa decisión, regresar al exterior ha implicado recuperar la luz, el viento, el olor de la vida en movimiento. Ya estamos retornando a nuestras vidas de antes del encierro, al menos a algo parecido. Esto tiene matices, muchos nunca la dejaron y otros ya llevan un par de semanas vagando por ciudades semi desiertas, algo acaso más tenebroso que cuando están solas, como sobrevivientes del fin del mundo.

Sin embargo, hay esperanza en el aire cargado del encierro; vientos de cambio en la descompresión de nuestras casas y apartamentos. En la calle se respira, así sea tras los ocasionalmente sofocantes tapabocas, un aire límpido y aspiracional. Y sobre esto, permítanme cometer un pecado venial que en ocasiones juzgamos con mucha dureza: ser optimista.

Lo que veo de manera individual, colectiva e institucional es un esfuerzo (como suma de muchos esfuerzos) por encontrar soluciones a apremiantes problemas, denunciar injusticias, cambiar la sociedad y superar esta crisis. Los conocimientos de profesores y tecnócratas, la voluntad de directivos y servidores públicos, el compromiso de líderes sociales y voluntarios, acciones colectivas que han permitido conversaciones, reflexiones y acciones que no solo nos están salvando día a día de esta tragedia, nos pueden estar prometiendo cierta renovación para luego de la pandemia.

Ese será el tono y la forma de lo que nos espera, me caben pocas dudas. Puede que en el camino haya duros tropiezos, ya hemos visto muy de cerca la posibilidad de tener que recuperar la dureza de la cuarentena si el contagio así lo exige y también las dificultades económicas y sociales de estos meses de encierro, pero insisto en que por encima de todo esto, se intuye una voluntad y resolución colectiva que solo pueden engendrar los tiempos difíciles.

No hemos superado todo esto, ni muchos menos, y para muchas personas y comunidades, puede que ni siquiera haya pasado lo peor, sin embargo, al asomarnos a tientas detrás de la puerta que tanto estuvo cerrada, duda en el semblante y preocupación en el ceño, sería injusto no reconocer que al golpe de la luz sobre el rostro le cabe un atisbo de esperanza. Y sobre esa pequeña posibilidad podemos empezar a recuperar el exterior, fuera de nuestros pequeños refugios.

Detrás de la puerta.

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Los bomberos del siglo XXI imaginados por ilustradores franceses en 1900.

La futurología es una tarea malagradecida. Solo basta mirar las ilustraciones de revistas y cromos de inicio del siglo XX sobre el siglo XXI, sobre el futuro, para comprobar que buena parte de la imaginación (y conocimiento) de esos bienintencionados, no acertó a la realidad de nuestro presente. Por frustrante que esto sea, no deja de ser cierto que las predicciones (o prospectiva) son difíciles y deberían asumirse con una buena dosis de humildad analítica. Reconocer, antes de nada, que muchas de esas ideas simplemente pueden estar equivocadas.

Dejando por escrito la aclaración de las limitaciones de predecir el futuro, vale la pena revisar algunos de los posibles cambios producidos por la crisis del COVID-19 y que empiezan a esbozarse en el horizonte como transformaciones en la forma como funciona nuestra sociedad, se estructuran nuestros gobiernos y se mueven nuestras economías. La que sigue no es una lista exhaustiva, solo algunas ideas que se han venido revisando sobre las posibles consecuencias de la pandemia en nuestro mundo.

(Algunas de estas ideas se amplían y revisan en detalle en la conversación del foro “¿Qué tanto va a cambiar el mundo?”).

Ahora bien, uno de los primeros asuntos que podría cambiar es la disposición que tenemos a asumir costos para resolver problemas colectivos. En efecto, el repertorio de medidas, sacrificios individuales y colectivos e incluso algo de la sensación de urgencia y crisis del enfrentamiento de la pandemia del COVID-19 pueden servir como simulacro de nuestras tareas pendientes respecto a problemas como el cambio climático y la degradación medio ambiental.

Primero, respecto al tipo de medidas y el rango de alternativas que tenemos a la mano para enfrentarlos. No es casualidad que un efecto indirecto de la cuarentena haya sido la disminución de emisiones. Siempre hemos sabido, aunque en ocasiones evitemos la conversación, que enfrentar el cambio climático supone, en el mejor de los casos, modificar sustancialmente algunas de las formas como funciona nuestra economía. Segundo, respecto a la validación, casi insistencia, en que las acciones individuales sí son relevantes para los problemas colectivos. Recordarlo puede ser muy valioso para movilizar a las personas en el futuro.

Las formas en las que trabajamos también han cambiado. Es probable que algunos de los elementos de la virtualización forzada en la que nos encontramos sobrevivan la superación del COVID-19. Hay mucho más de lo que veníamos haciendo que se puede hacer sin la necesidad de la presencialidad. Obviamente la adaptación ha sido difícil y el teletrabajo ya entró al panteón de los memes como tema preferido para burlarnos de sus limitaciones y frustraciones, pero eso no quiere decir que justo en este momento no haya muchas organizaciones y personas cayendo en la cuenta de que hay bastantes procesos, diligencias y actividades que podrían virtualizarse.

Hemos visto también expresiones de solidaridad, altruismo y apoyo mutuo en todo el mundo, desde lo simbólico, como los aplausos y conciertos de balcón, hasta lo caritativo, con cientos de miles de voluntarios y donantes recogiendo mercados, medicinas, fabricando implementos de protección médica, haciéndole el mercado a sus vecinos mayores o del personal médico, entre muchas otras cosas. Pero todo esto estaba allí, siempre lo ha hecho, estamos delimitados por nuestra disposición -con algunos matices, por supuesto- a preocuparnos por otros, a querer ayudarlos, a superar estas crisis juntos.

Lo que puede cambiar es la empatía. Una de las cosas más interesantes de hacer voluntariado o de ayudar a una causa a través de una donación (incluso compartir o invitar a apoyar una causa va por ese camino) es la posibilidad de acercarse a las necesidades y angustias de otras personas. Es probable que sean vecinos o conciudadanos, y que en el trajín de la vida en el exterior no pensáramos en ellos, no los conociéramos o subestimáramos sus dificultades. Sentirnos corresponsables de su situación puede superar el altruismo y llevar a la acción política; a que asumamos la reivindicación de lo insostenible de su situación.

Finalmente, está el fortalecimiento del Estado, sus sistemas de salud, también los ajustes político-electorales. El manejo de la crisis, y un poco de suerte, podría llevar a cambios políticos en varios países. El Estado se fortalece no solo en su manera de atender la salud de las personas, sino también en sistemas de atención social y laboral, y en políticas redistributivas y esto puede ser muy costoso de desarmar una vez pase la pandemia. Este giro “keynesiano” es similar al que otras crisis económicas han provocado, pero no son pocos los que señalan la novedad en el tamaño del cambio. Al final, es esperable una tensión entre políticos que quieren mantenerse en el poder, poblaciones insatisfechas por su manejo del COVID-19 y programas sociales ampliados, más incluyentes, pero apretando demasiado las finanzas de los gobiernos en plena recesión económica. Navegar esa coyuntura será el reto político de 2021.

Todo esto puede pasar, así o diferente. O no. Al final, el juego de las predicciones sigue siendo ingrato.

¿Por qué las personas subestiman el riesgo de contagiarse del COVID-19?

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Las calles vacías de Nueva York durante la cuarentena.

Las últimas semanas, hemos sido testigos de irresponsabilidades, imprudencias o descuidos alrededor de la prevención del contagio del COVID-19 de ciudadanos desprevenidos que parecen subestimar el riesgo y las consecuencias de la pandemia que tiene paralizado al planeta. Esto incluye las personas que se resistieron en los primeros momentos a las recomendaciones de higiene o distanciamiento social, luego, los que viendo el advenimiento de las cuarentenas (en particular las de Bogotá y Medellín) salieron de viaje o intentaron evadirla saliendo de estas ciudades.

Las imágenes de las filas de carros que salían justo antes de que entraran en vigor las medidas de restricción de movimiento, de personas que los días antes todavía asistían a eventos en el que se reunían cientos de asistentes (o los organizaban) o que incumplían las medidas de cuarentena en la que se encuentran varias ciudades, han hecho las delicias de la indignación de redes. Estos incumplimientos individuales a lo que todos los demás estamos haciendo no solo son muy peligrosos para poder contener efectivamente el contagio del virus, sino que señalan un problema que por complejo no deja de ser muy común: las limitaciones de la acción colectiva.

Ahora ¿por qué hace la gente esto?

Uno de los retos que nos impuso la llegada del COVID-19 es la importancia de la responsabilidad individual y la coordinación del cuidado propio y la reducción que comportamientos cotidianos pueden tener sobre el riesgo de contagio. Es decir, que todos dependemos de todos, que solo podemos reducir el ritmo de contagio (para lograr la ya famosa “aplanar la curva”) si todos ponemos, si todos asumimos lo pequeños y grandes sacrificios que esta situación nos impone. Ahora, esto puede ser difícil de lograr por dos razones. La primero, el sesgo de optimismo y exceso de confianza, que puede estar llevando a que muchas personas subestimen el riesgo efectivo y la importancia de los cuidados personales.

El sesgo de optimismo es una limitación cognitiva que lleva a que los seres humanos creamos que somos un poco más hábiles en las cosas que hacemos de lo que realmente somos, que tenemos mayores probabilidades de salir airosos de una dificultad o que la posibilidad de que sufriremos un accidente o desgracia es más baja de los que realmente es. Este sesgo es una disposición evolutiva fundamental, es lo que permite en muchos casos que nos levantemos todos los días de la cama, que pensemos que el día siguiente será mejor que el presente (cuando en muchas ocasiones no tenemos información suficiente para hacer esa suposición), nos lleva a invertir en un negocio o empezar una relación sentimental.

Pero, así como garantiza muchos escenarios en el que a falta de optimismo solo tendríamos parálisis, nos lleva a cometer muchos errores, precisamente, porque nos puede inclinar a subestimar un riesgo. Por ejemplo, el riesgo de contagiarnos de una enfermedad viral llegaba de China o de que, al contraerla, se la pasaremos a otras personas.

La segunda razón por la que lograr la cooperación necesaria de todos los miembros de la sociedad es difícil es que las personas pueden sentir que los demás no hacen tampoco su parte y, por tanto, pueden pensar que su propio comportamiento no es significativo respecto a la magnitud de este problema. Esta percepción de injusticia, es decir, pensar que solo nosotros estamos poniendo de nuestra parte y que eso está mal y nos perjudica, nos puede llevar a defraudar preventivamente. Nadie quiere ser el “bobo”, nadie quiere sentir que se están aprovechando de su nobleza.

Estas dos dificultades no son únicas de un fenómeno como el contagio de un virus. Buena parte de los problemas públicos son problemas de acción colectiva y a su vez, muchos de ellos sufren por estas mismas limitantes comportamentales.

Ahora bien ¿qué podemos hacer entonces?

La teoría de las normas sociales de Cristina Bicchieri (y algunas aplicaciones de “nudge” y políticas conductuales) tienen pistas sobre herramientas para mejorar nuestro desempeño a la hora de contribuir individualmente a la prevención colectiva del contagio. Una norma social supone que para un comportamiento existen una expectativa empírica y otra normativo (y que de esta hay alguna percepción de sanción al incumplimiento). Es decir, las normas sociales implican que uno crea que la mayoría de la gente hace algo, que esa mayoría espera que uno haga lo mismo y que si uno (u otro) no lo hacen, puede ser sancionado por los demás.

La manera más común de trabajar en normas sociales implica el uso de información pública direccionada o masiva, pero dirigida a mostrar que un comportamiento es visto como conveniente por muchos y que todos están dispuestos a hacerlo, cuando no lo están haciendo ya. Usar la misma idea de que “todo el mundo lo hace, o lo haría o cree que deberíamos hacerlo” para que muchos más se sumen al comportamiento.

Ya tenemos incluso alguna evidencia sobre al efecto que diseñar mensajes dirigidos a los comportamientos de autocuidado y cuidado mutuo que utilizan la referencia a principios morales, enmarados como normas sociales, funcionan bien para incentivar el lavado de manos y el distanciamiento social.

Esto que escribo no pretende excusar a las personas que no se han tomado el aislamiento seriamente. Su comportamiento es efectivamente irresponsable y reprochable. Pero no es extraño, hay que reconocer que la subestimación de este riesgo parece ser algo común a todos nosotros (así sea en diferentes grados). De igual forma que algunos bogotanos y medellinenses no tuvieron problema en salir de sus ciudades, contra toda recomendación, justo cuando se declaró la cuarentena, así hay casos de personas que no han calculado bien los riesgos de asistir a mercados, conciertos, reuniones, de no lavarse las manos cada tres horas y por más de treinta segundos, de no guardas las distancias con las otras personas y demás en todo el mundo.

Es justamente cuando nos enfrentamos a algo tan humano como esto, que deben intervenir la sociedad y en particular el Estado, usando sus herramientas para que las personas tomemos mejores decisiones. Y que todo juntos, ahora sí, superemos esto.

¿Podemos cambiar nuestros comportamientos durante la crisis del COVID-19?

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La pandemia del COVID-19 está presentando unos retos enormes para personas, organizaciones y gobiernos del mundo. Acercándose cada vez más a las 200,000 infectados y los 10.000 muertos, el virus ha afectado ya a casi todos los países del planeta. La realidad de esta crisis, que empezó como un lejano eco noticioso en una provincia china, se ha convertido en la conversación cotidiana, la preocupación constante y la angustia de infectados, aislados y no.

Este no es el momento de subestimar las contribuciones individuales a un problema colectivo. La evidencia científica ha demostrado la importancia de lavarse bien las manos, reducir el contacto físico (como en los saludos), evitar conglomeraciones de personas (y prohibir o cancelar eventos que puedan llevar a que se produzcan) y el aislamiento de las personas.

Todos estos son comportamientos que ayudan a reducir la propagación del virus, lo que se ha venido llamando “aplanar la curva”, esto es, espaciar los casos de contagio para evitar el colapso de los servicios de salud. Pero, sobre todo, no son comportamientos comunes y fáciles y esto ha implicado la toma de decisiones públicas, como las cuarentenas o campañas educativas, y organizacionales, como el cierre de sedes, servicios y el teletrabajo. En esta coyuntura, cuidarnos nosotros es ayudar a los demás, es prevenir que se enfermen otros.

Este reto, que es enorme, de producir cambios comportamentales en poco tiempo y frente a situaciones extremas, podemos tomar algunas lecciones y aprendizajes de los estudios del comportamiento, el conocimiento acumulado de la sicología, la economía y la ciencia política para modificar la manera como las personas toman decisiones y actúan. Muchas de estas estrategias tienen la ventaja de ser sencillas, baratas y escalables y, por tanto, perfectas para momentos como este.

Un reciente artículo de la Universidad de Princeton (Haushofer  y Metcalf, 2020) reseña algunas ideas, sacadas de otras experiencias en salud pública que utilizaron cambio comportamental. En Kenia se han usado mensajes de texto que recuerdan a los padres los momentos para aplicar medicina a sus hijos, con aumentos del 20% en quienes los recibieron. Lavarse las manos, al menos, cada tres horas, podría recibir un “recorderis” sencilla en la forma de mensajes de texto o incluso en redes de parte de las autoridades locales y nacionales.

Otra experiencia, parte del trabajo de los Nóbel de economía Esther Dufló y Abhijit Banerjee, encontró que entregar pequeños incentivos (casi simbólicos) como paquetes de lentejas, podía llevar a que las personas superaran la procrastinación sobre una acción de cuidado y se decidieran a hacerla. En India, la instalación de dispensadores de jabón líquido de bajo costo en los hogares llevó a que el 23% de las familias lo usaran diariamente antes de comer. Una combinación de estos dos aprendizajes podría llevar a que entregáramos dispensadores para instalar en los hogares, esto permite el comportamiento deseado y a la vez es una señal relevante para que ocurra. Si indicáramos a las personas lo mejores lugares para ubicarlos, el uso también podría mejorar.

También el conocimiento en intervenciones de normas sociales podría ayudar en este contexto. Algunos de los cambios de comportamiento que necesitamos implican cierto grado de cálculo por expectativa social, es decir, las personas toman la decisión de quedarse en la casa, de no acaparar productos, de lavarse las manos o aplicar el distanciamiento social, porque ven que otras personas también lo están haciendo y que estas personas esperan que ellos también lo hagan. Esa doble expectativa, diría Cristina Bicchieri, configura una norma social. La comunicación pública puede hacer mucho por mejorar la adscripción a un comportamiento si es capaz de presentarlo como una expectativa colectiva de comportamiento, es decir, si logra que las personas vean ese comportamiento como algo que “todo el mundo está haciendo” o que “cada vez más personas lo están haciendo”.

Campañas de comunicación pública que conecten la información de cuidado y emotiva (que es lo que he visto por ahora) con testimonios, historias y experiencia de las personas que están aplicando las recomendaciones y les cuentan a los demás ciudadanos y les preguntas por lo que hacen, pueden ser un muy buen primer paso en este sentido. La premisa aquí, en términos sencillos, es que los comportamientos pueden ser contagiosos, pero que necesitamos la exposición a ellos para poderlos copiar. Contar las historias de cuidado mutuo, autocuidado y solidaridad es fundamental para promoverlos.

Lo frustrante es que muchas de estas cosas son baratas y sencillas y podrían estarse haciendo. Pero con excepción de algunas cosas espontaneas, no están ocurriendo. Podemos hacer más para superar esta crisis; las intervenciones conductuales como las que recojo aquí no pueden reemplazar ciertas medidas más coercitivas o de atención, pero pueden ayudar y sería muy conveniente, tanto desde el gobierno, pero también de la sociedad civil, que las intentáramos.