Tapar el número.

Enfrentamientos entre manifestantes y el ESMAD.

Al fin, las fuerzas políticas colombianas parecen dispuestas a conversar para intentar dar una tregua a la situación que vive el país. Pero la incapacidad del Gobierno Nacional y la Fuerza Pública de reconocer siquiera la posibilidad del uso excesivo de la fuerza, del abuso y de los episodios (¡incluidos homicidios!) en donde la evidencia en video es clarísima, es uno de los obstáculos más grandes a los diálogos que pretenden desescalar la violencia en las calles. No es solo una cuestión del inicio de investigaciones sobre casos concretos (lo que es bienvenido, por supuesto), sino el reconocimiento y la acción efectiva para evitar que sigan ocurriendo.

Porque tratar esto como casos aislados es muy problemático e implica desconocer las responsabilidades institucionales y de mando. La Fuerza Pública colombiana tiene profundos problemas institucionales, muchos de ellos son legado de décadas de conflicto armado y guerra degradada. Un preocupante ejemplo es la práctica (generalizada en los agentes de policía en las calles) de taparse su número de identificación y usar el casco en las noches para dificultar los ejercicios de control y transparencia. Está tan extendido por estos días que no parece coincidencia; evidentemente no es una cuestión de comodidad o requisito de la operatividad, intenta reducir la posibilidad de identificación para eventuales procesos disciplinares o penales en caso de abusos.

Esto supone, por lo extendido, o que los mandos no le dan importancia, que lo permiten o que lo ordenan, todas posibilidades terribles. Si la negación es combustible para la indignación y la rabia que manda ciudadanos a las calles, el primer paso para calmar un poco las cosas puede ser reconocer que hay un problema, seguido del anuncio de investigaciones que esclarezcan y la apertura a adelantar los cambios generales que se desprendan de estas investigaciones. El mayor fracaso de la gestión policial es la no protección de la vida de los ciudadanos. Todas las válvulas de control de la institución deberían activarse, rechazando y buscando esclarecer, cuando un policía deshonra de esta forma su mandato constitucional.

De ahí que los llamados a la reforma policial no sean una cuestión secundaria. Es posible pensar que buena parte de los problemas que enfrentamos ahora tengan más que ver con los abusos de la policía durante las manifestaciones que por la indignación inicial con la Reforma Tributaria. Las conversaciones que se empiezan a adelantar entre actores políticos en Colombia tienen sobre la mesa esta cuestión, aunque desde el gobierno nacional parece haber poca disposición a que esto ocurra. Una nueva torpeza.

Falta de calle.

No van bien las cosas. Es evidente y, sin embargo, en el crispado entramado de redes, medios y discusiones personales, se sigue tensionando el ambiente. La Reforma Tributaria presentada por el gobierno nacional colombiano, necesaria para financiar los gastos de la pandemia y bajar las cejas levantadas de las calificadoras de riesgo, se encontró con una oposición ciudadana que se convirtió en protestas masivas el 28 de abril. Los hechos de represión de estas manifestaciones y abuso por parte de la Policía han llevado al país a una situación terrible. La reforma fue poco y mal explicada, una mezcla de subestimar la deliberación ciudadana y sobrestimar el trámite de una decisión “técnica” fue su condena (probablemente mayor que las decisiones que las personas suponían como inconvenientes).

Pero no fue solo eso, fue también su impertinencia. Hogares asfixiados por un año largo de pandemia que, como reportó también por estos días el DANE, nos hizo retroceder una década en reducción de pobreza. Las medidas de restricción de la libertad en el marco de la pandemia, sumado a la misma gestión deficiente de los contagios, las muertes y el plan de vacunación solo volvieron más desesperado lo que al final de cuentas terminó siendo una válvula de escape en la forma de una reforma que parecía ir en contravía de la situación. Economistas, funcionarios y entusiastas espontáneos señalaron que la reforma era necesaria, que técnicamente suponía avances en la progresividad tributaria en Colombia. La mayoría de las líderes políticas y los ciudadanos no la vieron nunca así.

Hace poco se ha hecho popular una dicotomía entre la técnica y la política como fórmulas de gestión y comportamiento en los asuntos públicos. En esta discusión, la política ha llevado las de perder –al menos discursivamente-, menospreciada por la objetividad y la “justicia” de las decisiones y formas de la tecnocracia. La dicotomía también supone un falso dilema. No es una cuestión de escoger, sino de equilibrar. Las decisiones públicas sin técnica pueden ser irresponsables; las decisiones públicas sin política y ciudadanía suelen ser torpes e impositivas.

Esto también exige el reconocimiento de que hay conocimiento valiosa más allá de las universidades, equipos técnicos y gremios especializados. Las comunidades saben mucho sobre sus problemas, tienen experiencias valiosísimas sobre sus realidades. Desconocerlo, no tenerlo en cuenta, puede resultar terriblemente inconveniente y en ocasiones, simplemente poco estratégico.

Reivindicar la política en esta discusión no solo es un llamado a la realidad, que puede verse como un aporte del pragmatismo. En efecto, la política permite afinar ideas y decisiones a través de la deliberación y la compresión contextual, pero, sobre todo, permite dotar de legitimidad a las políticas y acciones públicas. La legitimidad de las decisiones públicas obliga a alcanzar consensos sociales; es decir, acordar mínimos que sean incluyentes y garanticen la mayor cantidad de participación posible. Esto suele ser complejo de lograr y en ocasiones costoso, pero puede mejorar sustancialmente las posibilidades de éxito de una decisión pública.

Ahora, la falta de calle de la reforma como decisión y su propuesta como proceso no solo impidió un cambio (insisto, “posiblemente” deseable), sino que puso en movimiento la cadena de eventos que tienen a muchos ciudadanos en el lugar en el que se encuentran ahora. En la calle.

Ideas para superar una crisis.

“Crisis” de Jared Diamond.

Jared Diamond aborda en “Crisis: Cómo reaccionan los países en momentos decisivos” una metáfora analítica que aunque en la superficie parezca forzada, es capaz de señalar algunos puntos interesantes sobre la manera como algunas sociedades han salido fortalecidas o debilitadas de sus momentos de crisis. Diamond señala que es posible revisar las crisis de los países siguiendo las técnicas de la atención sicológica de crisis y que los fundamentos sobre los que trabaja esa disciplina pueden explicar (hasta cierto punto, por supuesto) los diferentes desenlaces en las crisis sociales.

Los doce factores que recoge Diamond son: 1. el reconocimiento de encontrarse en una situación de crisis; 2. la aceptación de la responsabilidad personal en la crisis; 3. construcción de un cercado para cotar individualmente los problemas a los que hay que dar solución; 4. obtener la necesaria ayuda material y emocional de otros individuos y grupos; 5. la adopción de otras personas o casos como modelo de resolución de problemas; 6. fortaleza del ego; 7. una autoevaluación honesta; 8. las experiencias previas en otras crisis personales; 9. la paciencia; 10. la flexibilidad; 11. los valores personales centrales; y 12. la ausencia de constreñimiento personal.

El autor insiste en no ver esto sin las limitaciones razonables de la misma metáfora analítica. Hay muchos elementos de las crisis personales que no se parecen a las nacionales. Asuntos como la naturaleza del liderazgo político, la presencia de instituciones políticas y económicas, la geografía y las dificultades de la acción colectiva no son comprensibles bajo este modelo. Sin embargo, hay algo sugestivamente relevante sobre la revisión de estos factores al mirar crisis sociales cercanas. Diamond señala que las crisis son momentos en los que se agotan o tensionan modelos previos, se introduce una influencia externa a un sistema que lo obliga a replantearse para sobrevivir o se desata esa fuerza desde los mismos problemas internos acumulados del sistema. Las crisis son encrucijadas, momentos de verdad, puntos de inflexión.

Recientemente se ha señalado que Medellín se encuentra en medio de una crisis. Hay certezas perdidas, polarizaciones agitadas, discusiones sobre decisiones públicas que superan la forma y ponen el énfasis en el fondo; un debate álgido y tensionante sobre lo que los liderazgos de la ciudad hacen, han hecho y harán. Diamond vería una crisis también. Más allá de revisarla desde los doce factores que señala el autor, probablemente estemos muy en la mitad del asunto para verlos con justicia, hay un elemento que la revisión de varias crisis nacionales señala como lecciones generales a Diamond y que creo que Medellín tiene para echar mano en estos momentos: la fortaleza del ego (que puede entenderse como la percepción que tenemos de nosotros mismos) y los cambios por selección (la disposición a hacer ajustes en asuntos necesarios).

Sin embargo, para llegar a que nuestra fuerte sentido de comunidad política y nuestra histórica disposición a ajustar lo que debe ajustarse entren en funcionamiento, es clave, primero, reconocer la crisis y segundo, cercar muy bien lo que es motivo de problema y lo que no. En este sentido, conversar, reflexionar y comprender lo que está pasando es absolutamente necesario. La urgencia de nuestros tiempos.

Los niños de la pandemia.

Actividad de mediados de pandemia.

Emilio y Lucía tienen dos años y tres meses. Durante un 48% de su vida el mundo ha sido un lugar extraño de cierres, tapabocas, distancias y aplazamientos. No solo es proporción, sino consciencia. Los meses de pandemia han sido los de mayor atención, percepción del entorno y desarrollo de sus personalidades. Juli y yo (junto a abuelas y abuelos que han sido fundamentales para el cuidado por estos días) hemos intentado todo para que lo extraño no sea anormal y que la temprana vida de nuestros mellizos esté lo menos limitada por estas circunstancias. Hay matices y hay privilegios y aunque nos impresiona lo mucho que la vida de los dos ha sido la vida en la pandemia, somos afortunados en la forma en la que hemos vivido por estos días comparado con muchísimas personas. Pero la fortuna es consuelo a medias. Nuestros hijos son parte de los niños de la pandemia.

Estos meses solo han reforzado esas preocupaciones sustanciales que tienen los papás. Hay muchas dichas y alegrías, por supuesto, pero ser papá es preocuparse, porque tener hijos es atar nuestro destino al de otro ser humano, quizás como ninguna otra decisión se le parezca. Todas las noches y la mañanas, esa certeza, muy hermosa, pero a la vez angustiante de que nuestra vida no es solo nuestra, que la compartimos con nuestros hijos. Y que aunque el cuidado sea prioridad y la prudencia sea la regla, razonables, sensatas y necesarias, estos son meses de pérdidas, de decisiones aplazadas, de cosas dejadas de hacer, de experiencias para mañana.

No todo es terrible, por supuesto. Hay mucho también de lo que los gringos llaman silver linings (retazos de esperanza). En nuestro caso, estar este año largo encerrados en casa ha supuesto que no nos hayamos perdido muchos momentos y experiencias muy bonitas de estos primeros años de vida de Emilio y Lucía. Primeros pasos, palabras, saltos y los asomos tímidos de personalidades reconocibles pudieron ser noticias de oídas y no los testigos de primera mano que tuvimos la fortuna de ser. Estar en estos momentos era un privilegio que seguro no nos hubiéramos podido dar en las dinámicas de trabajo tradicionales. Ellos también han podido tener a sus padres ahí, en ocasiones desde un computador, mostrándolos en una reunión para que todos comprendan de dónde viene la bulla, pero aquí, atentos, a un paso o una reunión cancelada o caída de Teams de aparecer en el momento de un juego o una comida. Pocas cosas son completamente terribles, por supuesto.

Pero Emilio y Lucía también son pequeños. Lo suficiente, por ahora. No logramos comprender los sacrificios, problemas y dificultades que han enfrentado los papás de niños más grandes. Las clases virtuales, cuando las hay, son un lío, la sesión de estar, pero no estar, de perder la paciencia porque un juego o un llamado de atención fue interrumpido por una interminable reunión de Teams, porque la enfermedad o sus consecuencias redujeron las pocas reservas de paciencia en una casa. Por estos días tenemos que recordar no solo las vidas perdidas, sino la vida perdida. El tiempo que la pandemia nos arrebató; el miedo, el encierro, la penuria.

Recordar y hacer, siempre. Porque hay cosas por hacer. El regreso seguro, paulatino y voluntario a clases es un paso absolutamente necesario pero parcial de las necesidades que las familias y los niños tienen por estos días. No es solo eso, hay mucho de qué desatrasarse y mucho por compensar, regresar y recuperar, pero buena parte de esto pasa, en niños más grandes que los nuestros, por recuperar un retazo de esperanza. Al menos uno.

Capítulo “Educar en la duda” en Tiempo de Magia.

Hace algunas semanas estuve conversando con Juan Sebastián Lobo, mago y presentador del video podcast “Tiempo de magia”, sobre mis trabajos e investigaciones en cambio cultural, comportamiento ciudadano y en particular, sobre la importancia de usar la duda propia y general para enfrentar algunos de nuestros problemas actuales. Hay algo de magia en la entrevista además, que siempre es una dicha, e ideas bastante interesantes. Aquí lo pueden ver completo:

El cargo público como responsabilidad.

El Centro de Medellín.

Hay algo en aquello de “ganar una elección” que parece otorgar demasiada autonomía al candidato electo. La asesoría política está llena de metáforas bélicas y competitivas: conquistas, victorias, derrotas y en general, una idea de que alcanzar ese escenario de poder le deja al ganador la posibilidad de hacer ahí lo que le plazca. Creo que en estas palabras también hay una idea sobre “ganadores” y “perdedores”, “gobernantes” y “gobernados” que resulta terriblemente inconveniente para la transparencia y el control social de la gestión pública, pilares de la democracia liberal moderna. No solo eso, desconoce la naturaleza representativa y delegada y se engaña un poco sobre la transitoriedad del cargo público. Un servidor público (así sea electo) es eso, una persona en el servicio de lo que es de todos, y además, por las virtudes de nuestro sistema político, ocupa ese espacio delegado de poder de decisión por un tiempo limitado. Todo esto pasará, esa es una de las promesas más potentes de la democracia para la paz y el desarrollo social.

De cara a esto, vale la pena no olvidar nunca tres características de los cargos públicos que los convierten en un escenario de trabajo especial y que ojalá acompañaran siempre a quienes los ocupan, sea por elección, designación o concurso.

La primera, respecto a la naturaleza representativa de su poder y sus consecuencias para el interés público y el bien común. Es decir, en el poder –independiente de su magnitud- que está imbuido en cualquier cargo de una organización pública y la naturaleza colectiva, acordada y “prestada” de parte de los ciudadanos a esa persona. La segunda característica se refiere a que cada servidor público es, ante todo, un pedacito del Estado en su conjunto, y, por tanto, su representante en cada una de sus decisiones y acciones. Esto quiere decir que para la mayoría de las personas el Estado es esa cara que encuentra en el servidor, esa diligencia (o falta de ella), ese respeto (o su ausencia), con la que dirige sus asuntos y resuelve los problemas públicos. La tercera reconoce su importancia para ayudar a solucionar problemas públicos, esto es, su papel fundamental en la función del Estado como gestor de las dificultades colectivas, implementador de políticas públicas y garante de los derechos comunes. Lo que hace un servidor público suele ser muy importante y en algunos casos puede ser determinante, para el bienestar de todos.

Así, el servicio público es una representación del poder colectivo, una encomienda del interés común y una responsabilidad de su ejercicio para resolver problemas públicos. Uno no se lo gana, se lo otorgan, se lo encomiendan y debe actuar conforme a esta responsabilidad pública. Ocupar esos cargos, y querer hacerlo por medio de las mecánicas electorales, exige responsabilidad, prudencia y compromiso, como pocos espacios laborales más.

Presentación “Comportamiento, cultura ciudadana y políticas públicas” para el Área Metropolitana de Cúcuta.

El pasado 25 de marzo estuve presentando y conversando sobre las agendas de cultura ciudadana y aprendizajes comportamentales en clave de políticas públicas y esfuerzos institucionales por invitación del Área Metropolitana de Cúcuta. Presenté algunas de las ideas teóricas más generales y la experiencia de Medellín a la hora de desarrollar acciones de cambio cultural desde el enfoque de cultura ciudadana y las acciones públicas de construcción de confianza. Aquí pueden ver la conferencia completa:

Ideas para confiar en el optimismo.

El fílosofo y político Lucio Ennio Séneca.

El optimismo es en ocasiones objeto de burla. Hay algo de inocente niñez en las personas que intentamos verle las llenuras a los vasos pandos y esa esperanza puede resultar despreciable para muchos, en particular, para personas que suelen esperar lo peor por defecto. El statuo quo como infierno. Vista como actitud de vida únicamente, el optimismo le huele a muchos a insoportable ilusión, pero ¿es tan desesperado creer que las cosas saldrán bien?

Durante los últimos años de su vida el filósofo estoico Séneca escribió una serie de cartas a su pupilo Lucilio en las que exponía buena parte de sus ideas sobre la vida, el conocimiento y el universo. La carta número 13 es particularmente bonita y trata precisamente sobre la forma como vemos el futuro y el presente. En ella dice Séneca que:

También el infortunio es voluble. Tal vez será, tal vez no será: pero de momento no es. Piensa lo mejor.

-Séneca. Carta 13. Cartas a Lucilio.

Las cosas pueden salir bien (suelen hacerlo), las cosas pueden mejorar (suelen hacerlo). La fortuna, es decir, el efecto del azar sobre las cosas que apreciamos, es neutral. Los estoicos llamaban a esto la razón del universo, la lógica con la que funciona la naturaleza. Su idea más conocida señala la importancia de actuar conforme a esta razón. Esto suele interpretarse como una especie de resignación pesimista, un “todo saldrá mal”. Pero es diferente, no solo supone reconocer esa razón universal, sino, dice Séneca, asumir que será para lo mejor.

El optimismo es además bastante útil. Por años los sicólogos comportamentales han referenciado el sesgo de optimismo y el de exceso de confianza en las personas. Esto es, el desvío cognitivo que nos lleva a pensar que nuestras capacidades y nuestras posibilidades de un desenlace positivo en una acción o situación sea mayor al real. Ambos sesgos se vinculan a muchos problemas públicos y líos personales en las que nos equivocamos al calcular qué tan bien nos irá en algo. Pero ambos sesgos son también el apalancamiento de sueños, proyectos y aventuras; gracias a que pensamos que somos buenos en algunas cosas (incluso más de lo que realmente somos) y que nuestros chances de que las cosas salgan bien son superiores a las probabilidades, nos animamos a tomar riesgos. Matrimonios, noviazgos, empresas, obras y un sinfín de proyectos riesgosos no sucederían sin una disposición optimista.

El mundo se puede permitir, y nosotros beneficiar, de pensar lo mejor.

Referencia:

-Séneca (2020). Cartas a Lucilio. Barcelona: Editorial Planeta.

Volver: sobre el retorno a clases presenciales o mixtas.

Pieza sobre el uso de tapabocas.

A la fecha, son muchos más los estudiantes que no han podido regresar a sus instituciones educativas de manera presencial. La pandemia nos envió a las casas, nos puso en la angustiosa situación de armar una dinámica pedagógica que, pensada y apreciada como presencial, se volvió virtual. No solo esto, que es queja desde el privilegio, muchos niños, niñas y jóvenes -además de profes- no se han podido dar este relativo lujo, rompiendo sus procesos educativos y sufriendo todas las complejidades de esta situación. Fenómenos como la violencia intrafamiliar, la deserción escolar, las afectaciones a la salud mental, entre otros muchos problemas señalan la urgencia de encontrar alternativas para recuperar la presencialidad opcional de la educación en Colombia.

Estas dificultades nos recuerdan que probablemente lo más importante de volver no sea necesariamente la calidad del proceso educativo (también, obvio). Los costos sociales de no hacerlo, o hacerlo demasiado lento, parece ser enorme; una transacción entre los riesgos, aparentemente pequeños, del contagio en los salones de clase, por los beneficios evidentes de los estudiantes y profes en sus aulas. No puede ser imposición, por supuesto, pero tampoco depender de las certezas absolutas. La pandemia nos ha hecho revalorar el riesgo, comprender las complejidades de vivir con hábitos de cuidado, el compromiso con la tranquilidad que otorga nuestro agenciamiento de nuestra protección. No solo eso, volver supone y exige acciones claras para promover los comportamientos que nos permiten hacerlo con tranquilidad, seguridad y de manera que se sostenga en el tiempo. Esto interpela a instituciones, autoridades y gobiernos, no es volver y ya, es saberlo hacer, preocuparse por la manera tanto como el resultado.

De ahí lo relevante que puede ser esfuerzos como lo que la Universidad EAFIT ha venido haciendo con la estrategia #VivimosEAFIT. Porque asumió la decisión de la institución de que muchas clases se realizaran de manera combinada (algunos en casa, otros en el Campus), pero lo hizo con esfuerzos sistemáticos en condiciones, medidas y comunicación institucional dirigida al cuidado de los estudiantes, empleados y profesores. La pieza que acompaña este comentario, e informa sobre el porcentaje de buen uso de tapabocas en el Campus por estos días, es una pequeña parte del compromiso de la Universidad por tener datos para tomar decisiones, pero también, y sobre todo, de usar esa información en movilizar los comportamientos deseables desde mecanismos como las normas sociales. La entrega de información sobre cuidado y pedagogía, además de la aplicación de instrumentos de recolección de información, con profesores para sus salones de clase, además del acompañamiento en formas de regulación positiva para los “cuidadores” del Campus (el equipo de bioseguridad, vigilancia y otros encargados del cumplimiento de las medidas), han resultado claves.

A esto hay que sumar la innovación esporádica y el compromiso del cumplimiento diario de las medidas de la comunidad educativa. Los profesores hicimos cambios en métodos pedagógicos, apropiamos (en ocasiones a las carreras y con uso excesivo) de mecanismos, aplicaciones y programas para fortalecer la experiencia de clase en la virtualidad e incluso, introdujimos reglas de juego en los salones una vez llegamos a clases combinadas. Personalmente, esto supuso la designación en los salones de clase de dos personajes: “el cuidador” y “el enlace”. El primero se encarga, luego de que todos acordamos que tiene ese papel, de regular a las personas que estamos en la clase respecto a las medidas de cuidado como el tapabocas bien puesto o la distancia física. El segundo está atento a los estudiantes en casa, la dinámica de clase puede llegar a dificultar que el profesor esté atento a dos públicos y es posible que desde casa sea más difícil llamar su atención para hacer preguntas o participar. El enlace se encarga de estar “doblemente” pendiente de ellos y de no dejar descocer el vinculo que los une a la clase. Ha funcionado muy bien, con altos reportes de los estudiantes sobre su utilidad para las clases y sobre todo, señalan el potencial de encontrar soluciones sencillas y replicables en casi cualquier contexto de clase.

Sin embargo, sin el compromiso y juicio cotidiano de toda la comunidad educativa respecto a las medidas de cuidado y las invitaciones hechas desde la Universidad, los buenos resultados serían imposible. Es la determinación de todos los involucrados en la dinámica lo que nos ha permitido (y lo que nos permitirá) regresar.

Volver es posible con tranquilidad y seguridad, y deseable y urgente.

Sobre los buenos amigos.

“El arte de cultivar la verdadera amistad” de Cicerón.

El mejor amigo de Marco Tulio Cicerón, político, abogado y filósofo romano de finales de la República, era Tito Pomponio, o Ático como le llamaban sus cercanos por la decisión tomada en su juventud de irse a vivir a Atenas, huyendo de la convulsionada Roma. Sabemos de esta amistad de la época clásica porque los dos amigos intercambiaron cientos de cartas y en particular, porque el mismo Cicerón elogió su relación con su viejo amigo en un corto diálogo sobre la amistad. La tarea de escribir sobre los amigos no es menor y sobre todo, cuando Cicerón pone la amistad por encima de cualquier otra virtud humana, “pues es la más natural al hombre y al mismo tiempo la más útil, tanto en los buenos momentos como en las adversidades” (p. 15).

Pero esta utilidad ni es todo lo que hay en la amistad, ni es una utilidad material o mezquina. Cicerón señala que solo pueden ser buenos amigos las buenas personas. Pero por buenas personas no entiende las “intransigentes” definiciones de sabiduría de los filósofos, sino la bondad de todos los días. Esto es, “son aquellas que viven y se comportan con fidelidad, integridad, ecuanimidad y generosidad, no se dejan llevar por la codicia, los excesos o la violencia y son firmes de carácter” (p. 17). La virtud es la característica principal de la amistad para Cicerón y por eso diferencia a los “buenos amigos” de los amigos que surgen por los intereses mutuos o la alineación de contextos. Los primeros suponen la conexión emocional de dos “almas”, mientras los otros son solo acuerdos por conveniencia. Esto no los hace menos necesarios en la vida de las personas, pero sí, sustancialmente diferentes a los “buenos amigos”.

Ahora, si la amistad se basa en la virtud (que no es más que intentar ser buenas personas), no puede ser “incondicional”.  Una amistad se rompe cuando uno de los amigos le pide a otro algo indecoroso o indigno. Los verdaderos amigos no están obligados a seguir a otros en sus maldades. Resulta inaceptable pedirle a un amigo que actúe contra su conciencia, e igualmente, sostiene Cicerón, podemos negarnos a hacerlo si nos lo pide un amigo sin sentir la culpa de la traición. De esta manera, “la primera ley de la amistad es pedir a los amigos solo lo que sea honorable y hacer por ellos solo lo que sea justo” (p. 37).

La amistad es también altruista. No depende de los intercambios de favores, aunque le sean comunes. Y en ese sentido, “no necesita saldo, no teme que se pierdan o desperdicien favores” (p. 46). La negación de la contabilidad mental es fundamental, la motivación de la ayuda prestada, del auxilio urgente no es la posibilidad futura de pago o reciprocidad (aunque esta segunda sea común y deseable) sino el deseo genuino de ayudar al amigo. Cicerón señala que “los favores no hacen amigos. Son los amigos los que hacen favores” (p. 42).

Imaginad que un dios os transporta a un lugar donde tuvierais todas las cosas materiales que pudieras desear pero no hubiera ningún otro ser humano ¿no tendrías que ser de acero para soportar una existencia semejante?

Cicerón (p. 76).

La amistad también es natural, además de deseable. Nuestro espíritu gregario nos implora la cercanía y la conexión con otras personas. Esto no solo es común, sino que resulta fundamental para las maneras en las que los humanos organizamos nuestras vidas y sociedades. Pues “si el vínculo de afecto desapareciera del mundo, no quedaría una casa o una ciudad en pie y los campos se convertirían en eridales”  (p. 21). Aunque no sea nuestros único posible vínculo afectivo, Cicerón considera la amistad como la más genuina de estas relaciones, incluso, por encima de la familia. En la amistad hay además elección y constancia, un reconocimiento fundamental de que “los verdaderos amigos son como otro yo” (p. 61).

Nada de esto debe suponer idealizar las amistades. Los amigos rompen. Catón decía que las amistades podían desgarrarse, cuando dos amigos riñen, pero también pueden descocerse, ir soltándose los vínculos poco a poco, por desinterés, cambios de los amigos, e incluso diferencias en política. El desgaste de la amistad puede llegar entonces como trauma y proceso, pero debería ser capaz de resistir la relación constante de consejo y ayuda mutua, en tanto, “para tener amistades fructíferas y duraderas, teneís que aprender a aceptar el consejo y las críticas bienintencionadas de los amigos y no ofenderos al escucharlos” (p. 67)

El diálogo escrito hace más de dos mil años por Cicerón no pierde relevancia, un testimonio a lo importante de la amistad para todos nosotros y de muchos elementos comunes que se han mantenido en la manera como valoramos a los “buenos amigos”. Cicerón dice que “la amistad es, en pocas palabras, un acuerdo acerca de lo divino y lo humano basado en el afecto y la buena voluntad” (p. 18). Y es por eso que termina su libro sosteniendo que “la amistad, con la única excepción de la virtud, es lo más importante que hay en la vida” (p. 78).

Tiene razón.

Referencia:

Cicerón, M.T. (2020). El arte de cultivar la verdadera amistad. Barcelona: Ediciones Koan.