Año viejo.

Una tradición que se resiste, muñecos de años viejo en diciembre de 2019.

Seguro ya los preparan en bodegas y casas; imagino la ropa vieja, los miembros de trapo y la cabeza de papel maché con las extremidades púrpuras del odiado bicho. Los años viejo del Covid-19 estarán pronto asomándose a carreteras intermunicipales y glorietas de todo el país; similar a la urgencia que sentimos todos y que parece ya un acuerdo colectivo de la necesidad de que termine este año. Y los quemarán por montones en esas semanas de festejos sobre lo que queremos dejar atrás, como si los humos de miles de muñecos de trapo pudieran hacer competencia a Pfizer y su vacuna en espantar la pandemia.

En todo el país diciembre es momento de celebración. Las fiestas, reuniones, el consumo de alcohol, la quema de pólvora, la música a altos volúmenes, en fin, las pesadillas del Código de Policía y las de las más recientes y apremiantes medidas de bioseguridad. Pero diciembre también es el momento que millones de colombianos esperan para ver a sus familias, reunirse con amigos y vecinos y obvio, despejar cabezas y corazones. Hay algo catártico en la manera como históricamente asumimos el fin de año. De ahí los anuncios en emisoras populares desde septiembre que “ya llegó diciembre” y las decoraciones de navidad que se asoman por ventanas y balcones desde el 1ro de noviembre y sobreviven hasta casi finales de enero.

Gracias a la suma de esta “expectativa acumulada”, las reuniones y sobre todo, el consumo, no es extraño que el fin de año sea una de las épocas más violentas (en cuanto a convivencia) en las ciudades colombianas. Otros problemas como la quema de pólvora, los incidentes viales y hasta los quemados por líquidos calientes se incrementan. La alegría inunda la navidad como llamadas al 123 el 31 de diciembre. A riesgo de parecer mojigato, y aclarando cualquier sospecha de “grinch”, es necesario señalar que durante el fin de año hay una cantidad de comportamientos inconvenientes que se incrementan en Colombia. El asunto supera (aunque se conecte) con la quema de pólvora y el consumo excesivo de alcohol. Los problemas de convivencia como las riñas, y los delitos como lesiones personales y violencia intrafamiliar, son tristes protagonistas de la celebración.

El fin de año acumula tensiones de los doce meses previos y parece ofrecer oportunidades de válvula de escape. En un año tan complicado como este, resulta preocupante pensar en las cosas que podrían salir disparadas del otro lado. Es importante reconocer -al menos- la probabilidad de que para este fin de año haya todavía más impulsos que en la historia reciente. Esto resulta inconveniente no solo por los problemas comunes de la época, sino por la coyuntura en la que nos encontramos.

Nada de lo anterior debería tomarse como una invitación a echar mano de los repertorios de coerción que los estados locales han desarrollado durante la pandemia. Tampoco, que debamos obviar la pandemia en medio de la que nos encontramos. Discúlpenme la tibieza de pedir por el uso consciente de cada medida en caso de necesidad. Pedagogía y movilización ciudadana siempre que sea posible, coerción y control cuando sea necesario. Para esto contamos con buenas pistas y evidencia sobre grupos manejables, arreglos logísticos seguros e indicaciones de comunicación pública clara y conductual. La subestimación a estas herramientas que superan toques de queda que se intuye en la manera de tomar decisiones de muchos gobiernos no augura nada bueno.

Por ellos también, mejor que acabe el año.

Sobre las “malas” ideas de cultura ciudadana para el COVID-19

El “covidcasco”, en la India.

Hace unos días las camisas desgarradas de Twitter se volvieron a desgarrar por una intervención musical que la aerolínea Avianca realizó en uno de sus vuelos junto a la Filarmónica de Medellín. Los instrumentos escogidos, los vientos, no fueron para nada bien recibidos en la mitad de una pandemia global que se contagia principalmente por medio de la saliva de las personas. La idea hubiera resultado bonita en otro contexto y también da cuenta de la difícil situación en la que se encuentra el sector cultural nacional por culpa de las limitaciones de actividades que siguen delimitando la cotidianeidad del fin del mundo.

Por esos mismos días, un “youtuber” (¿o Influencier? Ya es difícil distinguir estos títulos) del Caribe colombiano publicó un video con cámara escondida en el que le daba cachetadas a un cómplice que usaba incorrectamente el tapabocas en la calle, siempre junto a algún desprevenido con el suyo por debajo de la boca o nariz. El video fue un éxito de viralidad y muchos de los comentarios reconocían, probablemente con cierta ironía, el potencial de la broma para promover el uso del tapabocas en Colombia.

No son las únicas “malas” ideas recientes relacionadas con la activación cultural y la agenda de prevención de la crisis del COVID-19, en esta lista en Twitter se ha ido recogiendo una selección amplia y diversa de acciones (cuando menos, extrañas) para promover los comportamientos de cuidado en la pandemia. Esto no pretende señalar que no hayan muchos asuntos interesantes sobre la utilización de la intervención cultural en esta crisis, como el uso que están dando varias administraciones municipales y distritales colombianas (en particular Bogotá y Medellín) a las normas sociales sobre uso de tapabocas y mantenimiento de distancia física.

Las acciones artísticas también pueden ser fundamentales para evidenciar la magnitud de la tragedia que ha supuesto el COVID-19 y las fallas de los gobiernos a la hora de proteger a sus ciudadanos, como esta instalación de 20.000 sillas por parte de sobrevivientes del virus para “visualizar” una por cada diez personas muertas en Estados Unidos. De ahí que hablar de intervenciones “malas” no sea una crítica a lo llamativo o teatral. Precisamente en Bogotá se ha desplegado “Alas de distancia“, una estrategia en la que grupos de artes escénicas disfrazados de colibríes intervienen espacios críticos para recordar a las personas las distancias seguras en el espacio público.

Así las cosas ¿Cómo podemos distinguir a las “buenas” de las “malas” ideas de intervención cultural en este contexto? Aquí tres criterios, incompletos, para avanzar en esa dirección.

El primer criterio es algo obvio, pero no por eso menos importante: la intervención o acción no debería suponer un riesgo en sí misma (o un uso irresponsable o mentiroso de la información). Un ejemplo para esto son las intervenciones que suponen la aglomeración de personas, sean como espectadores o parte de la intervención. En Indonesia la utilización de “ataúdes para reflexionar” sobre el mal uso del tapabocas supuso la confirmación de masas de curiosos. Lo que hicieron Avianca y FilarMed entraría en esta categoría.

El segundo criterio se refiere al diseño basado en un comportamiento específico. Este criterio puede no implicar la inconveniencia general de una intervención, pero claramente es importante que una vez se despliegue la acción, sea evidente para las personas qué se espera de ellos. Acciones demasiado generales, como muchas de las que han intentado aumentar la percepción de riesgo con el uso del miedo, pueden reconocerse desde esta limitación. La Policía Nacional colombiana, por ejemplo, organizó durante las primeras semanas de cuarentena desfiles funerarios centrados en asustar a las personas para cumplir las medidas del gobierno.

El tercer criterio se refiere a la expectativa puesta en la agencia y las motivaciones de las personas, y la información disponible y recolectada para ese diseño. Digamos que es un criterio sobre la forma en la que se diseñan intervenciones que buscan, al final, modificar un comportamiento que se asume es socialmente inconveniente. Promover el uso correcto del tapabocas, facilitar el cálculo de las distancias de seguridad (mientras de motiva su cumplimiento), aumentar el lavado de manos luego de situaciones de riesgo, no es ni sencillo, ni debería subestimar la importancia de tener un amplio conocimiento sobre las motivaciones, las oportunidades y las capacidades de esos comportamientos y las funciones de intervención que mejores resultados pueden lograr.

De esta manera, ni darle cachetadas a la gente cuando no usa tapabocas, ni tocar trompetas en un avión parecen ser buenas ideas. Tampoco los disfraces por los disfraces, o el miedo por el miedo. Si queremos evitar el camino al infierno es importante reconocer esto: las equivocaciones y los aciertos, los lugares y escenarios en donde parece que se toman decisiones basadas en conocimiento y preocupadas por su efectividad desde el cambio cultural y en dónde no.

¿Un mundo sin fin? Lo que nos espera luego de la pandemia.

Pabellón de atención durante la pandemia de influenza de 1918.

En una reciente encuesta entre 28 países, la firma Ipsos preguntó sobre las expectativas y esperanzas de las personas sobre lo que viene después del COVID-19. El 86% de todos los participantes señalaron que querían que el mundo cambiara y fuera más sostenible y equitativo luego de la pandemia. Colombia es el país de los encuestados con la mayor cantidad de respuestas sobre esta expectativa de cambio: el 94% de los colombianos encuestados estuvieron muy o algo de acuerdo. Pero esa esperanza supera los asuntos públicos, también cuestionados por si quieren que sus vidas personales, el 88% de los colombianos estuvieron de acuerdo, mientras el promedio global fue del 72%.

A las expectativas de cambio señaladas por Ipsos, se podrían sumar las perspectivas pesimistas que ha encontrado el estudio en varias ciudades del país de la Red de Ciudades Como Vamos, en el que el 40% de los encuestados considera que el país “va por mal camino”, frente a un 30% que considera lo contrario. La combinación de expectativas de cambio (bastante altas además) con insatisfacción y crisis económica pueden ser una receta difícil de manejar para el país en los próximos años ¿estamos haciendo suficiente (o algo) para suplir esa necesidad de cambio que expresan los compatriotas? ¿la pandemia será oportunidad de cambios socialmente convenientes o riesgo de desajustes e inestabilidad?

Sobre esto, dos formas de ver el futuro cercano; esperanza y preocupación en el post-covid.

Razones para la esperanza:

  1. La reivindicación de la ciencia para la toma de decisiones (con matices): en los últimos meses el mundo ha sido testigo de la importancia para su bienestar y supervivencia de la ciencia. Sobre sus hombros nos sostenemos para combatir la pandemia, su contagio, atención médica e incluso, prevención comportamental. Algunos datos señalan la “popularidad” y la confianza que despiertan los científicos en casi todas las sociedades, pero es importante reconocer lo que la “política basa en evidencia” puede sacar de esta coyuntura.
  2. El redescubrimiento de la fuerza de la acción colectiva: la pandemia pasará, con sus tragedias, pero pasará. Los días después nos enfrentarán a viejos problemas, ojalá, vistos desde la luz de la experiencia colectiva que acabamos de vivir. El cambio climático es (por ahora) el argumento principal del siglo XXI; el asunto que definirá nuestro futuro y para que el que ojalá encontremos mejores maneras de abordar. La pandemia puede cumplir un rol de simulacro sobre lo que es necesario hacer para enfrentar el cambio climático, así como sobrevivir a un infarto puede llevar a un paciente a desarrollar mejore hábitos alimenticios y de salud. Algunas pistas resultan esperanzadoras, como el acuerdo en muchos países de que, incluso en medio de la pandemia, el problema global más apremiante es el cambio climático.

Razones para la preocupación:

  1. Crisis económica, política y el riesgo populista: incluso el optimismo señala que las consecuencias de la crisis de la pandemia nos acompañarán varios años. Desempleo, deficiencias en la atención estatal y dificultades para promover el crecimiento de una economía trastocada por la incapacidad por funcionar como siempre. Ante esto, la necesidad, apenas entendible, de cambio y atención, de certeza y esperanza, pueden servir como ruta de navegación de los proyectos políticos de la década del 20′. Renovaciones del contrato social, de las ventajas que el capitalismo moderado y la democracia liberal moderna pueden tener oportunidades, pero también los populismo de ambos extremos, las respuestas rápidas, sencillas y populares en tiempos de incertidumbre.
  2. El pesimismo como condena: los datos de la Red de Ciudades Como vamos introducen una variable esperada pero no por eso menos preocupante: el pesimismo. Las personas reconocen no sentir que las cosas van bien e incluso, mantienen un escepticismo sobre sus perspectivas de mejorar. En la mitad de la crisis (y digo mitad con optimismo) es difícil lograr que veamos lo que nos espera y que este año lleno de sorpresas no mantenga en guardia por la siguiente tragedia, pero eso no reduce la relevancia de que muchas personas no tengan esperanzas sobre lo que está por venir. El pesimismo es complejo porque actúa como condena adelantada, profecía autocumplida y también, porque suma a los riesgos de manipulación que señalo más arriba.

Todos estos ejercicios son naturalmente especulativos. Pero la piezas de una situación compleja en el futuro están ubicadas y podemos verlas. La necesidad de atención, el pesimismo, la desconfianza y la esperanza (casi urgencia) de cambio son una mezcla sumamente riesgosa. Encontrar respuestas moderadas a las apremiantes angustias sociales y económicas no resulta nada sencillo, aunque absolutamente necesario para que una crisis de dos años no se vuelva una crisis de dos décadas.

Contribución al boletín “Efectos sanitarios, económicos y sociales por el COVID-19” de Proantioquia.

El boletín aborda varias cuestiones importantes de la reapertura, entre ellas las asociadas a la cultura ciudadana.

El pasado 1 de septiembre, mientras Colombia entraba con timidez a la etapa de reapertura de su economía y vida social, el boletín para el Consejo Directivo de Proantioquia abordó los retos que este proceso suponía para el país. Uno de los principales asuntos de ese proceso es la responsabilidad asumida por miles de empresas y organizaciones (además de los gobierno locales, por supuesto) de gestionar los comportamientos y el cumplimiento de las medidas de cuidado y bioseguridad. El boletín incluyó al final una nota en la que evalúo las perspectivas y necesidades asociadas a los procesos de cultura ciudadana y transformación cultural para enfrentar precisamente los desafíos presentados por la reapertura.

Pueden encontrar este y otras publicaciones hechas por Proantioquia en este enlace. Y aquí pueden acceder al boletín completo, incluida la nota “Cultura Ciudadana para momentos de reapertura”.

¿Necesitamos más zanahoria o más garrote para la reapertura?

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Pensar lo local, anuncio de distancia física en Australia.

Las personas están casi siempre más dispuestas a cooperar y cumplir de lo que en ocasiones nuestros prejuicios les reconocen. Ahora, nuestros prejuicios no son solo nuestros, son de todos. Es decir, acompañan nuestras decisiones individuales, pero también las colectivas y por estos días de reapertura económica sociedades como la colombiana parecen debatirse por la fórmula de abordar el cumplimiento de las medidas de cuidado para mantener bajo control los contagios por COVID-19.

El “equilibrio” entre zanahoria y garrote es una vieja pregunta de acción pública y las respuestas parciales, como todo, son mediadoras. Depende de problemas, instituciones, recursos, comportamientos. En este caso no es diferente, sin embargo, hay que reconocer las limitaciones a las que se enfrenta el “garrote” en nuestro caso. Problemas de legitimidad, exceso de uso de la fuerza, aplicación inconsistente de las medidas, entre otras, se pueden señalar sobre los líos históricos del Estado colombiano a la hora de echar mano de su garrote.

La zanahoria también tiene sus líos. En particular, la perceptible subestación que muchos gobiernos parecen tener sobre el uso de la cultura ciudadana, la comunicación pública y los estudios del comportamiento por estos días (con contadas e importantes excepciones, claro está). También, porque cuando se acercan a estas perspectivas parecen preferir versiones light del garrote (como el regaño institucional o el vocero público paternalista) o la frase motivacional producto de una sesión de creativos que dedicaron casi todo su tiempo a definir los colores del logo. Abordar esto desde el enfoque de cultura ciudadana requiere más juicio, como el que han asumido algunas administraciones locales, como Bogotá.

Un elemento sustancial en esa aproximación sensata desde la zanahoria reconoce la importancia de las percepciones que tenemos sobre las motivaciones, razones e intereses de otros en nuestro propio comportamiento y en las distancias reconocibles entre percepción y realidad. Es la razón por la que en docenas de encuesta de cultura ciudadana realizadas por años, casi siempre valoramos nuestras motivaciones como nobles y delimitadas por la moral y las de los otros como estratégicas y  delimitadas por su egoísmo. La realidad, como siempre, se encuentra más en el medio: no somos tan buenos como nos percibimos personalmente, pero los demás no son (ni de lejos) tan malos como los representamos.

La semana pasada adelanté un sondeo con personas de varias ciudades colombianas. Por referencias y sin aleatorización, sus resultados no son generalizables, pero nos pueden dar algunas pistas sobre la forma como muchas personas están relacionándose con las medidas de cuidado entendidas como normas sociales. El sondeo preguntaba por los tres comportamientos más asociados a la contribución individual al cuidado y la reducción del riesgo de contagio: el uso correcto del tapabocas, el distanciamiento físico y el recurrente de manos.

Los resultados son muy interesantes porque nos presentan un escenario en el que los sondeados reportan altos niveles personales de cumplimiento de las medidas y una expectativa de parte de los demás de que ellos lo hacen, pero valoran bastante más bajo el cumplimiento por parte de otros. En otras palabras, muchos de nosotros estamos usando el tapabocas, manteniendo la distancia física en la calle y lavándonos las manos de manera recurrente y creemos que los demás esperan que lo hagamos, pero pensamos que los demás no lo hacen. Este dilema de percepción se ha denominado como “ignorancia pluralista” y es la culpable de mucho problemas de coordinación social al dificultar que reconozcamos que los demás están tan dispuestos a cumplir una expectativa social como nosotros o a que cambiemos nosotros mismos un comportamiento sobre una idea irreal de lo que “todo el mundo hace”.

Casi el 95% de las personas que respondieron el sondeo reportaron que usan el tapabocas correctamente la mayoría del tiempo, pero solo el 33% de ellos creen que los demás lo hacen.

Estas preguntas sobre lo que “uno hace”, “lo que hacen los demás” y “lo que los demás esperan que uno haga” buscan delimitar la posibilidad de ver el cumplimiento de estas medidas como normas sociales. Chistina Bicchieri considera que una norma social puede estar presente cuando se reconoce que es “lo que todo el mundo hace”, o expectativa empírica, y “lo que todos esperan que uno haga”, expectativa normativa. Muchos comportamientos de cooperación como el cumplimiento de las medidas de prevención de contagio del COVID-19 dependen en gran medida de convertirse en normas sociales en uso por parte de las personas.

Aunque un poco más bajo que el uso de tapabocas, la gran mayoría de personas que respondieron el sondeo reportaron su disposición a mantener la distancia física en las calles, y de nuevo, su reporte sobre el comportamiento de los demás fue sustancialmente más bajo.

Entender los comportamientos de cuidado como normas sociales nos permite además identificar maneras de promoverlos. Si las personas consideran estos elementos para su propia disposición a seguir estas indicaciones, es fundamental que la percepción que tenemos de los demás sea no solo positiva, sino acorde a la realidad (esto es, que la mayoría estamos cumpliendo).

El lavado de manos recurrente es, de los tres comportamientos sondeados, el que más bajo autoreporte tiene, al igual que su expectativa empírica y normativa. El reciente énfasis en la importancia del uso del tapabocas y las dificultades de superar la carga cognitiva de lavarse las manos con las condiciones definidas varias veces al día, seguro influyen en estas respuestas.

Así, las personas parecen estar cumplimiento las medidas y reconocen que los demás están pendientes de que ellos lo hagan, pero subestiman mucho el cumplimiento de los otros. Tenemos que abordar, sin timidez o reservas, la agenda de visibilizar, señalar y mostrar el cumplimiento generalizado. Es fundamental para las próximas semanas que la expectativa de cumplimiento de las medidas, en tanto todos lo hacen, lo esperan y lo hacemos, sea una opinión generalmente compartida. Pero para lograr esto, además de más datos, necesitamos del músculo comunicacional y de influencia que solo los gobiernos tienen; esto supone que ellos superen la dicotomía algo falsa entre garrote y zanahoria, que confíen además en la segunda y que esa confianza se vea representada en esfuerzos institucionales relevantes.

Muchas esperanzas en estas últimas líneas. Y si algo nos ha hecho recordar el COVID-19 es que la esperanza es peligrosa pero a la vez, y en ocasiones, un refugio.

Ideas urgentes para la cultura ciudadana de la reapertura

A la calle volveremos.

Todo parece indicar que el siguiente paso en el difícil trayecto de este año, en el históricamente terrible 2020, será la reapertura de la actividad económica y social (con controles) que se empezará a adelantar en las siguientes semanas. Me refiero a Colombia, pues otros países han adelantado, con resultados dispares, sus propias reaperturas en los últimos meses. Esto nos presenta enormes retos, según el Instituto Nacional de Salud (INS) los picos de contagios en Bogotá y Medellín aún estarían por llegar, aunque sea comprensible que la ahogada economía local necesite de un poco menos de presión en las válvulas de escape. La decisión, esa mezcla entre opciones regulares y malas que suele configurar la naturaleza de las decisiones públicas, se estaba convirtiendo en inevitable luego de cinco meses de encierro.

Frente a la perspectiva de reapertura en Medellín un punto fundamental es una apuesta robusta por abordar la cultura ciudadana. Por meses, algunas propuestas tímidas han combinado mensajes públicos con activaciones e intervenciones pedagógicas. Sin embargo, hay des conexión en esos mensajes y acciones y sobre todo, algo de timidez en confiar en la importancia de los comportamientos de las personas. El protocolo de bioseguridad mejor construido y el control de las autoridades más sistemático nunca podrá reemplazar el impacto en el cuidado de los contagios del cumplimiento y la cooperación voluntaria de las personas.

Esto también supone reconocer que esa apuesta renovada y robusta por la cultura ciudadana de la pandemia supera al Estado. Necesitamos que las empresas, organizaciones, negocios y ciudadanos de a pie que regresarán a sus actividades económicas y sociales nos juntemos en este esfuerzo colectivo por seguirnos cuidando. No solo nuestra salud está en riesgo, la misma sostenibilidad de la reapertura depende de esto. Si en unos días los contagios se disparan, todas las esperanzas puestas en la reapertura para solventar los problemas económicos en los que nos encontramos habrán sido para nada.

Ahora, lo importante no solo es reconocer la relevancia de que todos pongamos en estos esfuerzos, sino, que lo hagamos desde la seguridad de contar con buenas herramientas, conocimiento y apertura para promover y cambiar comportamientos. Adelantar acciones de cultura ciudadana partiendo de lo que sabemos sobre el diseño de mensajes, ideas sobre comportamientos de cuidado, conversaciones sobre cambio cultural en estos tiempos, los mismos desafíos tempranos de reabrir ciertos sectores, el marco de trabajo en cultura ciudadana en Medellín, entre otras muchas cosas.

Si hacemos todo bien, nos puede ir mejor de lo que sugeriría el pesimismo. Pero necesitamos ayuda: Estado local, organizaciones, empresas, todo el mundo se debe alinear hacia reforzar una agenda de cultura ciudadana, y hacerlo usando el conocimiento que tenemos sobre nuestros dispositivos culturales y disposiciones comportamentales. Sin eso, nos puede ir peor de lo que señala el optimismo. O incluso, mucho peor.

El anti-heroísmo

Health care workers during the coronavirus pandemic aren't just ...
Manifestación de trabajadores de la salud en Estados Unidos.

Las circunstancias trágicas y extremas de la pandemia ha popularizado, de nuevo, las narrativas públicas sobre heroísmo en las acciones de grupos de personas y ciudadanos que enfrentan asuntos como la atención en salud, la prestación de servicios públicos e incluso, aquellos que siguen una norma o disposición de cuidado. La metáfora del heroísmo puede ser comprensible y en ocasiones bonita, pero también sufre el riesgo de ser injusta, plantear ideales inalcanzables y desconocer los riesgos del “héroe”. Hay básicamente tres razones para pensar en lo inconveniente del uso del arquetipo del héroe al referirnos a ciudadanos y sus acciones cotidianas.

Lo primero es que hacerlo de esta forma puede ser injusto con la mayoría de personas que hacen esfuerzos o acciones similares, pero en tanto no “tan extraordinarios” como lo héroes, reciben poco mérito. El heroísmo es excluyente por definición; algunos son héroes porque “otros no lo son”. Y si lo que queremos es promover un comportamiento que nos parece deseable, el lío se arma en que la posibilidad de cambio está en que ese comportamiento sea algo común y no extraordinario. Si el heroísmo es demasiado grande, entonces lo actos “heroicos” (esas cosas por las que admiramos a nuestros héroes) son tan extraordinarias que las personas de a pie no aspiraremos a lograrlas.

De igual manera, el énfasis en el heroísmo puede subestimar los costos de ese heroísmo e incluso la falta de libertad en muchos de los héroes. Muchos médicos y profesionales de la salud lo han señalado por estos días: cumplir con su trabajo no debería ser motivo de heroísmo homérico, entre otras muchas cosas, porque esa expectativa que le ponemos a nuestros héroes parece prepararlos para el sacrificio. Pero aclaro: tener reservas sobre el uso del arquetipo del heroísmo para referirnos a otras personas no supone renegar sobre la admiración o el reconocimiento a otras personas. Pero sí hacerlo con algunas reglas de juego sencillas que buscan evitar ciertos excesos.

Finalmente, hablar de héroes puede ser inconveniente para la posibilidad de reconocer logros colectivos. En el héroe, aunque el costo de sus acciones parece tener fines colectivos, la gloria es personal. No solo eso, el héroe reticente no es más que un sacrificio humano. En el heroísmo personal o grupal perdemos la oportunidad de tener y reconocer logros comunes y colectivos; asuntos conseguidos por el esfuerzos de muchos y el sacrificio de otros tantos. En la coyuntura actual de la crisis del COVID-19 son estas acciones colectivas las responsables de muchas buenas noticias.

También es que hay algo intrínsecamente admirable (pero absolutamente más replicable, que es lo importante) que la silenciosa voluntad de hacer las cosas bien, el compromiso cotidiano que tenemos todos, llenos de errores y limitaciones, por aguantar una cuarentena, atender enfermos, seguir trabajando, cuidar de nuestros hijos, acompañar y apoyar a nuestros vecinos, y así. En contraposición a la narrativa del héroe, la de normalizar comportamientos social y personalmente deseables. Todo el mundo hace eso o la mayoría; o cada vez más personas lo hacen y eso es motivo de orgullo y felicidad, pero colectiva, más allá del personalismo al que hiede el heroísmo en ocasiones.

Una sociedad de ciudadanos, antes que de héroes. En donde lo extraordinario es cotidiano y del heroísmo se sabe por los libros, se le deja a la ficción.

Una guía sencilla para mejores mensajes de prevención del Covid-19.

Esta pieza del gobierno irlandés es un buen ejemplo de comunicación efectiva y sencilla para esta coyuntura.

A la fecha, más de 10.000 personas han muerto y unas 300.000 se han enfermado en Colombia por el COVID-19. Es una tragedia. Y, sin embargo, los negocios reventados, las instituciones apretadas y los gobiernos locales ahogados buscan la manera de recuperar algo de normalidad; salvar algunas de las prerrogativas de la vida anterior a la pandemia, mientras se relajan algunos de los elementos de la cuarentena. Parte de lo bien que se haga esta reapertura depende de las capacidades de las organizaciones de movilizar a los ciudadanos para seguirse cuidando. Sin la draconiana cuarentena para reducir casi al máximo las interacciones, dependemos de herramientas como la pedagogía y la comunicación para promover la distancia física, el lavado de manos, el reporte de síntomas, el auto aislamiento en caso de sospecha de contagio y el uso correcto del tapabocas.

La economía del comportamiento y algunas pistas acumuladas de las acciones de cultura ciudadana nos pueden ayudar a encontrar mejores formas (al menos con más posibilidades de ser efectivas) a la hora de diseñar e implementar mensajes y acciones de cuidado. Esta es una lista, incompleta como todas, de diez consejos generales sobre cómo hacerlo. Espero que sean útiles.

1. Céntrense en mensajes de cuidado de los demás. En casi todas las encuestas hechas sobre motivaciones alrededor del mundo (y algunas en Colombia), las personas señalan que cumplen las medidas para cuidar a otros: familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo.

2. Usen mensajes sobre lo que estamos haciendo todos. Señalen que “muchos” o la “mayoría” cumplimos las medidas y seguimos las indicaciones, como efectivamente está ocurriendo. Los comportamientos dependen en ocasiones de nuestra percepción de lo que hacen los demás o creen que es importante que hagamos. Para todos es fundamental saber que otros cooperan, para querer también cooperar.

3. Definan canales y momentos en los que sus mensajes puedan funcionar mejor como recordatorios. El lavado de manos constante, el distanciamiento físico y el uso del tapabocas son comportamientos mejor delimitados por hábitos, de igual forma, la disposición a aplazamiento y la procrastinación pueden afectar que los hagamos con juicio. Un recordatorio puede ser en muchas ocasiones la diferencia entre realizarlos.

4. No se centren en el riesgo personal de contagio. Quienes tienen buena disposición de cuidado, ya lo hacen, y quienes pueden estar delimitados por un sesgo de optimismo (“a mí eso no me va a pasar”) son difíciles de asustar. De nuevo, los mensajes de cuidado mutuo y norma social pueden resultar más efectivos en esta medida.

5. Algunas piezas instructivas pueden ayudar a recodar, mientras que permiten superar barreras cognitivas sencillas. Algunos contenidos, como consejos para que las gafas no se empañen o para que las orejas no se resientan al usar la mascarilla son un buen ejemplo, también juegos más coquetos como unas instrucciones para tomarse una selfie con mascarilla. El objetivo aquí es actuar como recordatorio indirecto del comportamiento y normalizar la adhesión.

6. No subestimen los lugares y los momentos de los mensajes. Poner un instructivo sobre cómo lavarse las manos en los espejos de los baños o enviar mensajes de texto o WhatsApp cada tres horas que recuerdan hacerlo pueden tener buenos efectos en este comportamiento. De nuevo, usando el poder de los recordatorios, pero también usando asuntos como la silenciosa regulación que se produce cuando varias personas tienen la misma señal en un espacio particular.

7. Algunos mensajes y contenidos indirectos sobre la “vida en la pandemia” pueden ser el vehículo perfecto para hablar sobre los comportamientos de cuidado. Una capacitación o conversatorio sobre teletrabajo o salud mental pueden estar llenos de pequeños recordatorios; en este sentido, el objetivo es señalar lo esperables de estos comportamientos y lo generales.

8. Sin caer mucho en el pantanoso mundo de los “influenciadores”, hay que reconocer que las personas sí le hacen caso a otros que consideran relevantes para sus grupos de referencia. Busquen “influenciadores” comunitarios u organizacionales como voceros, más que gente famosa; estas personas pueden señalar tendencias, y su papel funciona mejor como referentes del cambio. De nuevo, atención a la influencia informal y cotidiana, para una persona puede ser más relevante lo que piensan sus vecinos que un cantante.

9. Referencien la información que usen, así sea algo tan sencillo como el instructivo de la puesta de la mascarilla. Hay buena ciencia detrás de la información que tenemos y una buena cita a una fuente con autoridad puede ayudar mucho. De igual forma, y pensando en el punto anterior, hay mucho por hacer en cuestiones de entender a los científicos como influenciadores.

10. Finalmente, eviten metáforas de guerras, batallas y enemigos. Céntrense en esfuerzos colectivos y logros comunes, usen el agradecimiento y el reconocimiento de lo que todos hacemos como medio para resaltar los comportamientos esperados. Pongan el énfasis en las maneras como estamos enfrentando todos esto, pero sin “victorias”.

En estas dos publicaciones pueden encontrar algunas pistas más sobre este tema:

Capítulo “Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del COVID-19”.

Working paper “Comunicar para transformar” – Universidad EAFIT.

10.000

Colombia suma otros 60 muertos por COVID-19 al cumplir tres meses ...
Una brigada de salud en las calles de Bogotá.

El problema de las tragedias lentas es que es más sencillo que ignoremos su magnitud. No es extraño, hace parte de disposiciones que tenemos todos para evitar que nos sobrecojan cosas como esta. Es la razón por la que un accidente aéreo moviliza a toda una ciudad, pero las muertes de tránsito, que matan en un año el triple de personas, no lo logran. La concentración de las muertes, en estos casos, parece la clave para la indignación y el dolor colectivo. El goteo es anestésico.

Algo similar parece ocurrir con las muertes del COVID-19. Se suman diariamente, se presentan en esa pieza del Ministerio de Salud como un conteo más, un número para saber en dónde estamos. Evitar que esas muertes no sean más que la contabilidad de la pandemia es en parte responsabilidad de nosotros. Pero también de los medios y el gobierno. Pensemos por un momento en la magnitud de la pérdida que estamos viendo para nuestro país, para familias, organizaciones, barrios y ciudades. Al ritmo que vamos, hoy o mañana acumularemos 10.000 muertos por la pandemia en Colombia.

Lo primero es darle contexto al número ¿qué son 10.000 vidas menos? ¿10.000 personas ausentes?

10.000 es la mitad de los muertos de la avalancha de Armero y cien veces los muertos de la bomba del avión de Avianca. 10.000 es la población total del municipio de Manaure en el Cesar, cada mujer, hombre, niño y niña que lo habitan. 10.000 es doce veces el aforo del Teatro Colón de Bogotá y un tercio de la capacidad total del Estadio El Campín. Si esas 10.000 personas se pararan una al lado de la otra, manteniendo los 2 metros de distancia física de cuidado sugerida por la OMS, cubrirían toda la distancia de una Maratón. Si dijéramos los nombres de esas 10.000 personas nos tomaría 8 horas y 20 minutos terminar. Si intentáramos recordar algo más de ellos, como su canción favorita, el equipo del que eran hinchas o su fecha de cumpleaños, nos tomaría uno o dos días. 10.000 es el doble de los muertos por accidentes de tránsito de toda Colombia en un año y un número muy cercano a los homicidios anuales de nuestro país. Ahí dos problemas parecidos.

Lo segundo es ponerle historias, nombres y rostros a esas vidas que perdimos.

¿Están por ahí sus familias, sus amigos y conocidos? ¿Quieren o necesitan decir algo de ellos y de lo mucho que los extrañan? En este sentido, aunque los medios de comunicación han hecho esfuerzos interesantes (desde portadas con sus nombres, hasta reportarías de la situación en los hospitales), necesitamos más. También esfuerzos de parte de comunidades, organizaciones y personas de a pie y el mismo gobierno. Ese trabajo no solo honra a los que hemos perdido y sus familias, enfrenta la tendencia natural, pero no por eso menos terrible, de entumecimiento. Esta debe ser parte de nuestras tareas, junto al cuidado, de las próximas semanas, robarle el duelo a los fríos números.

Hay que evitar que se entumezca nuestra capacidad de apreciar esta tragedia y que olvidemos su magnitud. De eso puede depender la memoria de esos 10.000 ausentes.

Viejas y nuevas palabras.

La Plaza Botero de Medellín, en cuarentena.

El mundo está patas arriba. Una pandemia recorre las calles desiertas (más o menos desiertas, realmente), la economía mundial hace agua y las personas enfrentan problemas nuevos y viejos; la bien conocida hambre, la nueva molestia de las reuniones en Teams. El mundo se revuelca en sus tragedias pendientes y se reconforta con sus ideas sobre el futuro, sobre el presente, sobre la posibilidad de que la incertidumbre nos sea propicia, que la suerte nos acompañe. En el medio, las palabras nos traen consuelo. Consuelo y lugar común, porque el mundo, como siempre, está patas arriba.

Probablemente la más infame de las palabras de la pandemia sea “reinvención”. Columnistas, académicos, periodistas, tuiteros y los inevitables “coach” la usan para hablar de “crisis como oportunidad”, de la posibilidad de que de todo esto salgan cosas nuevas, buenas, que de los meses de encierro se monten nuevos negocios, nuevas personas, nuevas vidas sobre las que se fueron entre ahogos en las repletas UCIs. La reinvención puede ser injusta para los muchos que no la están pasando tan bien por estos días; los privilegiados podemos encontrar otras maneras de hacer pan en la casa, pero supongo que a lo que realmente podemos aspirar todos es al aprendizaje. Y a reivindicar nuestra capacidad para resolver pequeños problemas de todos los días. Esos aprendizajes cotidianos van desde establecer mecanismos de “bioseguridad” hogareña, distribuir las responsabilidades del cuidado para poder trabajar y reconocer nuestra propia efectividad para cuidarnos. También se refieren a la comprensión de la vida que nos rodea, a la organización para ayudar a otros, la disposición para movilizarnos (incluso sin hacerlo físicamente) para defender nuestras vidas.

La segunda palabra era popular antes de la pandemia, pero ha regresado a las publicaciones de redes sociales con fuerza por estos días: la empatía. Es una palabra muy bella y debo arrancar por reconocer que la uso bastante. Pero su excesiva popularidad ha enredado un poco su significado y ya hasta hace eco de los llamados vacíos a “ponerse en los zapatos del otro”. Esa acción, tan importante, también puede configurarse en el primer paso del estancamiento de la acción. Entender, de pronto, pero poco más. La injusticia como dolor de estómago. En ese sentido, el biólogo evolutivo Edward Wilson hace una distinción entre “empatía” y “simpatía” absolutamente relevante:

La empatía, la inteligencia para leer los sentimientos de los demás y predecir sus acciones, no es lo mismo que la simpatía, la preocupación emocional que se siente por el apuro de otro combinada con un deseo de proporcionar ayuda y asistencia. Sin embargo, está muy relacionada con la simpatía, y condujo a la simpatía en el decurso de la evolución humana.

El origen de la creatividad, 2018 p. 22.

¿Y qué tal lo resilientes que somos? De nuevo, un término lleno de significado, pero que la costumbre y la insistencia le han quitado mucho de su valor. La resiliencia, además, parece hacer eco de la reinvención, de la posibilidad no solo de aguantar todo esto, de sobrevivirlo, sino de sacar algo de las dificultades; inspiración que llega con el hambre. Lo rescatable en esta coyuntura puede estar en reconocer nuestra posibilidad de adaptarnos rápidamente, con sus tragedias incluidas, a las vueltas inesperadas de la fortuna. La posibilidad del cambio, no la certeza de que lo aguantaremos.

Finalmente, la solidaridad. Las personas señalan el altruismo y la caridad, disposiciones a ayudar a otros en dificultades. Más que otra palabra, recordar y tener en la cabeza esta definición de Cayetano Betancur que amplía el alcance moral de la solidaridad que supera la ayuda por pesar o culpa.  En “Las virtudes sociales” el filósofo colombiano hace un repaso por las valoraciones morales más importantes de la vida en sociedad; es un diálogo muy bonito que todos deberíamos leer, decía Betancur que “por solidaridad nos sentimos corresponsables en relación con nuestros semejantes”. Por su situación y su suerte, por cómo están y cómo estarán.

Aprendizajes cotidianos, simpatía, adaptabilidad y solidaridad. Porque las palabras también se desgastan y el mundo, como nunca, está patas arriba.