“¡Espere que falta la foto!”.

Una caricatura de Barreto sobre los políticos y las vacunas.

La semana pasada los medios de comunicación y sociales dieron vueltas con las imágenes de los políticos colombianos (la mayoría electos) tomándose fotos, armando eventos y dando discursos con la llegada y la puesta de las primeras vacunas al país. Aunque odioso, esto no es extraño. Hace parte de una vieja tradición no exclusiva, aunque practicada con entusiasmo, por nuestros político de “aparecer en la foto”, de “cortar la cinta”, de “entregar la ayuda”. El protagonismo permite no solo asociarlos a soluciones y exigencias ciudadanas, sino ganar algunos réditos políticos de asuntos que pueden ser populares con las personas. También, hay una lógica y estética de patronazgo asociada; una especie de “gracias a mí pasa esto” que en ocasiones influencia buena parte de las acciones de comunicación pública de los gobiernos colombianos.

Esto no solo pasa con las vacunas. Es viejo y encostrado, una practica política tan común como normalizada por nuestros gobernantes. Si quisiéramos evitarla o reducirla, podríamos empezar por dejar de tener oportunidades de fotos, excusas para cortar cintas. Pero acabar con las inauguraciones, entregas y eventos de presentación también podría tener la desventaja de dejar pasar una oportunidad para sacarle a estas acciones su saldo pedagógico muy potente sobre los asuntos público. El saldo pedagógico es una idea de Antanas Mockus, señala que toda acción de gobierno es susceptible (y debería usarse) para enseñar algo, plantear una conversación o invitar a una reflexión de parte de ciudadanos y gobernantes.

Imaginen entonces una lotería. Juega entre las facturas del predial y el impuesto de industria y comercio en las ciudades. Quienes ganan reciben una invitación para, en representación de los demás contribuyentes, entregarle la obra a la ciudad. Y ocurre con algo de la pompa de antes: orden del día, presentación artística, incluso si algunos de los invitados se anima, una palabras. Y al final, cuando sea momento de la foto, de la cortada de la cinta, de los aplausos apabullantes, es un ciudadano que puso para eso el que aparece ahí. La entrega como acto pedagógico sobre lo público, la contribución impositiva y la acción conjunta del Estado, no como acto electorero de patronazgo. Una dicha.

En el caso de la vacunación también pudo haber ocurrido. Los médicos y el personal de salud como protagonistas (y súmele un par de contribuyentes iniciales y engalanados de bioseguridad). Una representación de lo que logramos todos con nuestros aportes a lo que es común y no una “ejecutoría” de la benevolencia del magnánimo gobernante. Para esto necesitamos más gobernantes preocupados por la agenda pedagógica que es gobernar y menos aplausos para lo de la foto. Lo segundo ocurrió mucho la semana pasada, cuando la opinión pública en su mayoría rechazó o se burló de los actos y fotos de las vacunas. Lo primero parece más lejano y difícil. Pero es necesario.

Los gobernantes como jardineros.

Abdalónimo, trabajando en su jardín, recibiendo la oferta de convertirse en el rey de Sidón (?).

Hay una historia muy bonita -y probablemente apócrifa- de la manera como Alejandro Magno designó al rey de la ciudad de Sidón (O Tiro o Pafos, según la versión), Abdalónimo. En el año 332 AC, el general macedonio había conquistado buena parte del territorio occidental del Imperio Persa, incluidas las ciudades fenicias de la costa mediterránea del Levante. En Sidón, luego de deponer a un rey vasallo de los persas, Alejandro encargó a su general y amigo, Hefestión, buscar alguien para sucederlo.

La búsqueda no fue muy exitosa hasta que un aristócrata caído en desgracia, llevado por la quiebra a trabajar como jardinero, apareció en escena. Según la historia (de nuevo, adornada como mínimo, probablemente inventada, pero no por eso menos bonita), en uno de los paseos por la ciudad de Hefestión, se encontró con una casa con un frondoso jardín muy bien cuidado y un jardinero trabajando en él. Hefestión le preguntó por el dueño del hogar, el jardinero le respondió que su amo no estaba en casa, había ido a la guerra meses atrás, y que él seguía trabajando su jardín para que lo encontrara en perfectas condiciones cuando regresara.

Hefestión cuestionó al jardinero, su ascendencia aristocrática le permitía convertirse en rey y luego de una entrevista con Alejandro Magno, el general macedonio designó a Abdalónimo como rey de Sidón. El rey jardinero. Aunque pueda ser lugar común, hay algo de belleza y verdad en considerar a los gobernantes como jardineros. Hay mucho de cuidado, de atención, de disciplina, de paciencia y de trabajo sistemático en el buen gobierno. También, de la responsabilidad silenciosa y poco reconocible de quién trabaja sin considerar mucho las recompensas que puede o no recibir. De ahí el énfasis de la historia en que el jardinero trabajara sin saber si el dueño del jardín regresaría o no y cuándo lo haría.

El gobernante jardinero recibe, cuida y regresa en mejor estado el encargo de su jardín. Es un cliché, pero en ocasiones, qué bueno podría ser gobernado por un aburrido lugar común.

¿Pueden los gobiernos y las empresas confiar en las personas?

En 2018 y 2019 la estrategia “Medellín está llena de Ciudadanos Como Vos” realizó una serie de experimentos sobre confianza. En la imagen , el bus de la confianza.

Lo primero: sí, pueden y más importante aún, deben confiar en la gente. Pueden porque confiar suele crear una expectativa de cumplimiento recíproco en la contraparte. Es decir, es más probable que las personas se sientan interpeladas a honrar la confianza que a expresar confianza. Esto supone reconocer la importancia del primer paso en una relación confiada. Los gobiernos y empresas, en tanto organizaciones complejas y con profundidad de recursos, pueden darse el lujo de confiar “de primeras”. Además, la asimetría que delimita las relaciones entre pequeñisimas personas individualitas y gigantescas burocracias o corporaciones vuelve difícil que las primeras confíen en las segundas.

Ahora, deben hacerlo porque la confianza puede reproducirse por expresarse y a la vez, porque su aumento en la forma de capital social resulta fundamental para que las sociedades sean más democráticas, igualitarias, pacíficas y desarrolladas. Pero también, porque hay buena evidencia, desde la economía experimental, hasta la chocobacanería de la observación anecdótica que apoya esa disposición a que confiar no solo es importante para gobiernos y empresas, sino, que suele ser seguro, apreciado e incluso, rentable.

Entre 2016 y 2019 tuve el feliz privilegio de trabajar en la agenda de cultura ciudadana de Medellín. En 2018 y 2019, el equipo de la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural desplegó la estrategia “Medellín está llena de Ciudadanos Como Vos”. Uno de los experimentos de muchos que sacamos a la calle era la Tienda de la Confianza, una chaza de productos que se atendía sola; el juego suponía poner a prueba la expectativa de que las personas no le robarían a la Tienda, incluso, cuando era posible, sencillo y sin consecuencias. El día de la presentación de la Tienda, mientras los medios locales nos preguntaban por el ejercicio, una mujer se me acercó a preguntarme si hacía parte del equipo y a resolver algunas dudas sobre la dinámica. Entendido todo, exclamó: “¿Entonces están confiando en las personas? Es la primera vez que el Estado confía en mí”. Su sorpresa fue dolorosa y a la vez, confirmaba que íbamos en la pista correcta.

La confianza puede reproducirse por expresarse y a la vez, porque su aumento en la forma de capital social resulta fundamental para que las sociedades sean más democráticas, igualitarias, pacíficas y desarrolladas.

Hace algunas semanas se viralizó en medios sociales unas imágenes del sistema Metroplus en Medellín. La pandemia obligó a que los torniquetes que impiden que las personas entren al sistema sin haber pagado tuvieran que ser retirados, el experimento natural ha salido muy bien y las personas parecen no necesitar del obstáculo para pagar su tiquete. El resultado no solo se parece a la experiencia de muchos sistemas de transporte en el mundo en el que los tiquetes no son controlados de forma sistemática, pero también, a otro de los experimentos adelantados por “Ciudadanos Como Vos”, el Bus de la Confianza, un bus de la ruta circular sur 303 de Medellín que funcionó durante varios días en la ciudad sin que el conductor recibiera el dinero del pasaje. Las personas se subían y depositaban el valor en una caja abierta en la parte trasera y su necesitaban devolverse dinero, podían tomarlo. El bus transportó a unas 1.300 personas y el porcentaje de pago fue del 100%.

Las empresas también pueden entrar al juego de la confianza. Esto va desde lo pequeño, como la empresa “Quiero Fruta Medellín” que viene usando las tiendas de la confianza para sus productos, hasta la empresa de seguros estadounidense Lemonade y su reducción sistemática de tramites y garantías a la hora de los reclamos de sus asegurados. En ambos casos, la confianza se ve recompesnada por la reciprocidad, es decir, la confianza depositada en los usuarios o clientes suele ser honrada por ellos, casi siempre, con beneficios que superan -aunque incluyan- la rentabilidad. Al final de cuentas, confiar siempre será más eficiente que no hacerlo; una organización que confía en las personas con las que se relaciona siempre podrá ver ganancias en esa decisión.

Ahora, independiente de que pedirles a gobiernos y empresas que confíen en la gente parece justo, necesario e incluso, inteligente, parece ser la excepción en una sistema al que le encantan las reglas. Al final, si muchas relaciones de confianza dependen de que alguien (en este caso “el más fuerte”) de el primero paso, sabemos muy bien dónde está la pelota.

¿Se deberían poner los líderes políticos la vacuna de primeros?

Jose Biden, presidente de Estados Unidos, fue una de las primeras personas en recibir la vacuna del COVID-19 en su país. El hecho se presentó como una muestra de confianza en la seguridad e importancia de la vacunación en un país dividido por las actitudes respecto a la vacuna.

De acuerdo a una reciente encuesta del DANE, el 59,9% de los colombianos se pondrían la vacuna del COVID-19 y aunque es un pequeño aumento respecto a las cifras de finales del años pasado, el hecho de que cuatro de cada diez personas en el país reporten no querer vacunarse es sumamente preocupante. Buena parte de la efectividad de las vacunas depende de que una cantidad suficiente de personas sean vacunas para lograr inmunidad de rebaño; esto es, la reducción sustancial de la probabilidad de trasmisión y la la disminución de la gravedad de la enfermedad si uno se contagia. En algunos países donde la vacunación avanza, ya se pueden evidenciar las sustanciales mejorías en la presión sobre el sistema de salud y la caída en casos graves y muertes.

Descartando las opciones coercitivas (obligar a las personas a hacer algo que no quieren), queda la posibilidad de usar medios como la comunicación pública y la reflexión social para persuadir a los indecisos o reticentes. Una de estas alternativas que se han popularizado en lugares en donde el debate por las vacunas ha sido profundamente politizado, como Estado Unidos, es la unidad de parte de la clase política en su apoyo a la vacunación, recibiendo ellos mismos las vacunas de primeros para demostrar su confianza en al seguridad e importancia del proceso.

Vacunar a los líderes políticos de primero no es caprichoso, hay buena evidencia de que las actitudes generales respecto a la pandemia, las mediadas de cuidado y en particular, la vacunación de presidentes, primeros ministros, congresistas y demás servidores públicos electos, influye en las posiciones de los ciudadanos. Al final de cuentas, vacunarse supone una expresión visible, sencilla y eficiente de demostrar la confianza en la vacuna; muchas horas de explicaciones y discusiones sobre lo seguro del proceso o lo relevante para combatir la pandemia pueden no resultar igual de efectivos.

Por supuesto, episodios como el uso de las prerrogativas del cargo para lograr vacunar a personas cercanas (como supuestamente hizo el Ministro de Salud de Ecuador), en nuestra larga tradición de nepotismo y favoritismos para lograr ventajas hasta en temas inesperados como este, son precedentes complicados. La idea de que vacunarse de primeros es “aprovecharse” del cargo estaría en la cabeza de muchos. Sería una percepción justa, dada la historia, pero puede que al final, por el bien mayor de convencer a más personas que no quieren vacunarse, puede ser un costo asumible y necesario.

Ahora bien, aunque vacunar a los principales líderes políticos de forma pública y publicitada es importante, no es lo único posible. Es fundamental que el país se embarque en un amplio esfuerzo pedagógico para la vacunación. Mejorar la comprensión del proceso que lidera el Ministerio de Salud, y usar herramientas comunicacionales como la empatía, la personalización de la información, la atención detallada de los escépticos y la puesta en marcha de normas sociales resultan fundamentales. Y como siempre, para ayer era tarde.

¿Cómo enfrentar noticias falsas en un grupo familiar?

WhatsApp es una de las aplicaciones de chat en las que el fenómeno es más común.

Una de las principales fuentes (o lugares de intercambio y difusión, mejor) de noticias falsas e información engañosa son los grupos de chat de aplicaciones como WhatsApp. Los grupos con familiares, colegas o compañeros de estudio suelen ser el principal escenarios en los que se comparten cadenas de mensajes (comunicaciones difícilmente rastreables y que se viralizan a través de al red), con notas, datos o videos engañosos o maliciosos. Enfrentar ese flujo es uno de esos problemas extraños de estos tiempos extraños.

La pandemia no ha hecho sino crear nuevos temas para este conflicto sobre la verdad, la mentira, lo creíble y lo increíble. Curas milagrosas, dudas insensatas o conspiraciones sobre las vacunas, datos incorrectos o sospechosos sobre la situación, incluso rumores o tergiversaciones maliciosas sobre decisiones y medidas públicas se mueven por corredores oscuros, los grupos de “Familia Peranito”, tableros de tías, primos y sobrinos.

La pandemia no ha hecho sino crear nuevos temas para este conflicto sobre la verdad, la mentira, lo creíble y lo increíble.

Una tarea fundamental en la contención de estas noticias es profundamente cotidiana: supone que muchos que en ocasiones preferiríamos evitar una discusión incómoda, asumamos la responsabilidad de señalar, cuestionar y evitar la expansión, al menos, cuando llegue a nuestro eslabón de la cadena. Hacerlo no es fácil, pero algunos consejos como los siguientes pueden ayudar*.

*Estos consejos están pensados inicialmente para ese episodio común de la cadena en el grupo familiar de WhatsApp, pero bien puede ayudar en cualquier momento para conversar con alguien cercano que esté divulgando noticias falsas o información engañosa por otro medio.

  1. Siempre que sea posible, resolverlo por el interno: las personas solemos responder a la defensiva cuando sentimos que nos atacan y sobre todo, cuando sentimos una sugerencia de irresponsabilidad o incluso tontería, en algo que estamos haciendo. Esta respuesta es más común y enconada cuando el cuestionamiento ocurre en público. Por eso, intenten tratar esto por el “interno”, un chat uno a uno o una llamada o conversación personal con la persona que está compartiendo la información.
  2. Cuestionar la fuente: probablemente el primer paso siempre sea preguntar por la fuente de la información, en particular, si es de un medio que pueda resultar cuestionable o en un formato que pueda dar pie a la manipulación. Las fotos de titulares, por ejemplo, suelen ser proclives a cambios y modificaciones engañosas. En segundo lugar, vale la pena aconsejar pedir “más fuentes”, uno siempre debería validar dos veces cuando algo es importante y buscar si alguien más (y quién más) hablan de algo puede llevar a que se evidencie su naturaleza dudosa.
  3. Pedir más información: en ocasiones, al pedir detalles y centrar la atención en el cómo, a diferencia del porqué, las personas podemos caer en cuenta de las dificultades en un problema complejo e incluso, llegar a verbalizar nuestras propias reservas respecto a un tema, cuando tenemos que describirlo en detalle. De igual manera, asuntos que parecen evidentes en general, pueden verse como imposibles en específico, “¿cómo harán para mantener toda esa información secreta?¿te imaginas la logística para hacer eso?” y así.
  4. Ser empáticos: la forma y el tono de la conversación también importan, y mucho. A las personas no nos gusta sentir que cuestionan nuestra inteligencia o intenciones y por eso la conversación debe evitar al máximo parecer un juicio. Señalar que creemos en las buenas intenciones de las personas, como “yo sé que te gusta mantenerte informado/a”, “yo sé que te gusta ayudar a los demás e informarlos de cosas importantes”, es clave. Hay que intentar, sinceramente, entender la a motivaciones de las personas.
  5. Evaluar intereses: pedir que se pregunten “¿quién podría beneficiarse de esto? ¿Qué efecto puede tener en las personas y en la sociedad, sobre todo, si no es cierto?” o señalar que “parece demasiado bueno para ser verdad ¿no te genera dudas?”.
  6. Poner la conspiración en contexto: finalmente, intentar poner las cosas en contexto puede hacerlas ver como más improbables o complejas y levantar dudas, es decir, “¿si será fácil mantener esto en secreto?”, “es raro que las personas a las que esto perjudica no digan nada”.

El objetivo no debe ser necesariamente convencer a las personas de que están equivocadas o de que cambien una idea, sino, sobre todo, generar dudas sobre la veracidad, señalar algunas técnicas para identificarlas en el futuro y evitar que se difundan. Detener un flujo de una noticia falsa o engañosa puede ayudar a que muchas menos personas se vean expuestas y terminen tomando decisiones personal y colectivamente inconvenientes o peligrosas. Es una responsabilidad que debemos compartir todos.

¿Por qué es importante construir confianza para enfrentar el Covid-19?

El uso del tapabocas como hábito completamente novedoso es difícil de explicar sin la relación entre confianza, cooperación y cumplimiento.

La pandemia nos ha recordado la importancia social de confiar en los demás y en nuestras instituciones. Solo a través de la confianza en otros (por la imposibilidad individual de comprobación) podemos saber si están siguiendo las medidas de seguridad y cuidado y al hacerlo, si están contribuyendo a este esfuerzo colectivo y si vale la pena también hacerlo, en parte, para no defraudar esa expectativa colectiva de comportamiento. La confianza nos permite evaluar positivamente las intenciones y motivaciones de los demás sin tener que adquirir evidencia o información detallada sobre ellas. Es un atajo fundamental para tomar muchas decisiones cotidianas, pero importantísimas, en particular, las que nos llevamos cooperar con otros. En este sentido, el cumplimiento de las medidas de seguridad y cuidado no es mucho más que un ejercicio de cooperación entre ciudadanos.

El individualismo es ante todo desconfiado; la cooperación confianda.

De igual manera, solo si confiamos en nuestras autoridades públicas y sociales, creeremos la información que nos dan, estaremos mucho más dispuestos a seguir sus indicaciones e incluso, asumiremos algunos de los costos y dificultades que ha traído esta situación. La desconfianza en el Estado y sus agencias supone resistencia a las medidas e incumplimiento, la desconfianza en los medios de comunicación tradicionales da lugar a conspiraciones y noticias falsas, la desconfianza en otras instituciones sociales, sean religiosas, económicas o educativas, reducen espacios de resonancia para la cooperación social.

Ahora ¿es posible aumentar la confianza en otros y las instituciones en medio de la pandemia? Es complicado, pero sí.

En el caso de las institucionales, en particular públicas, resulta clave la transparencia en la información, la sinceridad respecto a la situación y la claridad en los mensajes. El ejemplo es también un mecanismos fundamental para que las personas no tengan dudas sobre el comportamiento esperado y la normalización de su seguimiento. Necesitamos agencias públicas que sean insistentes, no desaprovechen los saldos pedagógicos de la acción pública y reconozcan la importancia de que sus voceros sean el principal ejemplo a seguir. Por último, y es lo más importante, una comunicación pública enfocada (obsesionada) por señalar y hacer visible que “la mayoría de las personas” están cumpliendo y son confiables. Todo esto hay que mirarlo tendiendo en cuenta que, según el Edelman Trust Barometer del año pasado, las personas confían más en la información que les dan sus empleados que sus gobiernos sobre el covid.

Respecto a la confianza interpersonal, hay una amplia literatura sobre los factores (muchos estructurales y de largo plazo) que explican la confianza. La construcción agenciada y a corto plazo es diferente, no solo por su dificultad, sino por las limitantes de medición y seguimiento que no enredan la evidencia. Sin embargo, hay buenas pistas. La División de Vivienda y Desarrollo Urbano (HUD) del Banco Interamericano de Desarrollo reconoció, por ejemplo, los esfuerzos realizados por la administración de Medellín en el periodo 2016-2019 por construir confianza ciudadana usando mensajes positivos, experimentos sociales y aplicando la teoría de las normas sociales. Es posible desplegar esfuerzos, sean públicos como este, pero también privados y comunitarios, que intenten mejorar la percepción que tenemos sobre los otros, sus motivaciones, valoraciones y acciones. Enmarcarlo en los comportamientos asociados al cuidado de la pandemia resulta no solo sencillo, sino absolutamente necesario.

El mantenimiento de la concordia: lo que Plutarco tiene para decirle a los políticos actuales.

Plutarco, un historiador, filósofo y político griego que vivió en tiempos romanos (S. I y II), escribió obras de historia y filosofía moral, “Consejos políticos” trata, en particular, sobre el carácter de los hombres de gobierno.

Decía Plutarco que el fin más alto del servicio público es evitar “el conflicto social”. La principal tarea de los políticos es el mantenimiento de la concordia, es decir, el acuerdo colectivo y la armonía entre todos los actores sociales respecto a las formas y alcances de sus discusiones, debates, competencias y enemistades. La política en este sentido es un esfuerzo sistemático por evitar la violencia y degradación de las relaciones sociales. Para Plutarco, una ciudad es un “colectivo de ciudadanos identificados con un proyecto común de convivencia” (2009: 42),

En el ejercicio de la política nos podemos perder en las preocupaciones presentadas por intereses personales, grupales o incluso en asuntos menores como las peleas partidistas o ideológicas. Por eso no resulta excesivo insistir en que la política debe considerarse como la búsqueda del bien común, especialmente, el mantenimiento de la concordia. Actuar de tal manera que se busque el mayor bien para la mayor cantidad de personas, la mayor cantidad de veces, anteponiendo en muchos casos los intereses colectivos a las ambiciones personales.

A principios del siglo I el historiador griego Plutarco le escribió un libro de consejos a un amigo que empezaba a ejercer un magisterio en Asia Menor. La lista de cuestiones reúne asuntos como la relación con adversarios, la respuestas del poder, la importancia de evitar trabajar desde el ego, pero su principal preocupación es señalar que la política debe centrarse en el “bien de la comunidad en su conjunto” (Plutarco, 2009: 32).

Si la política tiene como objetivo la concordia, su ejercicio debe enfocarse en sacar a relucir lo mejor de las personas. Esto exige ser previsor respecto a los efectos que nuestras decisiones tendrán en los comportamientos de los demás, pero, sobre todo, nos obliga a actuar con una preocupación constante por los costos colectivos de estas decisiones. En efecto, no puede haber un beneficio personal (por grande que parezca) que vaya en contravía de la preservación de la concordia.

De esta manera, atacar a otros buscando llamar la atención o ganar preminencia supone un riesgo y un inconveniente. El riesgo es que el apoyo ganado por los ataques llegue por razones mezquinas (envidia del atacado, por ejemplo) y que, por tanto, sea demasiado fluctuante. El inconveniente se expresa en los costos asumidos para la confianza de la discusión política y el cargo (si lo ostenta) de quien es atacado. Ambas razones reivindican que los objetivos de las discusiones políticas deben ser las evidencias, las decisiones, los resultados, los comportamientos públicos y las políticas, no las personas. En la búsqueda del bien común se privilegian los argumentos sobre las ideas, y se debe tener mucho cuidado de no usar el fuego en las discusiones encendidas. Hay pocas cosas tan peligrosas para mantener la concordia en una ciudad como un político que le echa leña al fuego del debate público de forma irresponsable porque solo le importa ganar, así sea para convertirse en gobernante de las cenizas.

El mantenimiento de la concordia también señala la necesidad de cuidar las formas de la discusión política, particularmente, evitar al máximo la rabia, la grosería y el enojo en el debate público. Hay algo innegablemente patético en la rabia, la gritería y la grosería; una sobrecompensación forzada de algo que hace falta. La seguridad es siempre serena, la fuerza es ante todo tranquila. El dominio propio es entonces señal de seguridad y certeza; representa la posibilidad de tomar decisiones desde la prudencia. No solo eso, la serenidad como forma de discusión política es un aporte sustancial para mantener la concordia en el debate público. Pocas cosas se extienden con tal facilidad como la furia.

Así, la preocupación por la concordia en la sociedad colombiana, en donde la violencia política y la desconfianza en el sistema político han sido reglas de la historia reciente de la nación, resulta todavía más relevante. Además, propone una difícil discusión sobre las relaciones entre actores políticos, sobre todo en el ejercicio de gobierno y oposición. De esta manera, la preocupación que propone Plutarco por la concordia tiene esas dos esferas de operación. La primera, la concordia como el mantenimiento de la civilidad y la discusión argumentada en el debate público; y la segunda, la atención a no poner en la mitad de la discusión –menos si se ha perdido la civilidad- a las instituciones del Estado como víctimas de esas peleas.

Referencias:

Plutarco (2009). Consejos políticos / Sobre el exilio. Madrid: Alianza Editorial.

Sobre el carácter de los líderes.

Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas de EEUU; su desempeño ha estado sustancialmente supeditado al carácter del presidente.

Un líder puede establecer el tono de lo que es aceptable y lo que no, esos límites son en ocasiones fundamentales para delimitar conversaciones públicas moderadas y sensatas. Si el líder político presenta como aceptables en esa discusión ideas que normalmente estaban en los extremos del espectro político (cuando no ideas que son simplemente mentiras o socialmente inconvenientes), puede convertir en interlocutores legítimos a personajes peligrosos.

La lealtad y la mentalidad de grupo también señalan que el carácter del jefe dará límites al carácter de los subalternos. Lo primero es que seguramente el líder buscará rodearse de personas que se le parezcan, pero incluso cuando no lo haga, y muchos casos de personas atípicas en lugares complejos se han visto, estarán definidas por la competencia que todo grupo tiene internamente para mostrar que se hace parte y se pertenece. De allí que muchas personas inesperadas estén en lugares inesperados y todavía más llamativo, defiendan cosas que seguro en otro contexto aborrecerían. Esto es natural a los grupos humanos y por eso no debería ser culpado de esta dinámica; de nuevo, es el carácter del líder el que lleva a que esto sea tan terrible.

Por supuesto, Donald Trump es el ejemplo más reciente, llamativo e influyente de este problema. Su populismo, corrupción y mezquindad egocéntrica ha atraído a personales siniestros a su alrededor y ha permitido que muchos que antes solo estaban en las esquinas oscuras de la discusión política, se puedan parar, sin pena, ni temor, en el frente. Al fondo de todo esto parece estar la disposición de algunos líderes de conseguir réditos políticos a como dé lugar y poner en el medio de esto asuntos como la confianza social, el debate democrático y la verdad. Los daños a largo plazo de esta “forma” de hacer política pueden ser terribles.

Las formas de oponerse a ellos pueden ser directas, como la acción política organizada, la competencia democrática o la denuncia y el control social, o indirectas, como la reflexión académica, las conversaciones familiares y el compromiso determinado por contener las mentiras y desinformación que son su principal aliado. La necesidad de oponerse es absoluta y urgente. Y responsabilidad colectiva.

Esperanzas para 2021.

Todos los años, Pantone propone un “color del año”, luego de los giros inesperados y las dificultades de 2020, a todos nos caería muy bien algo de la predictibilidad y aburrimiento que este amarillo opaco sugiere.

Muchas personas iniciamos los años con una lista de deseos, compromisos y metas para los meses siguientes. En esta planeación hay mucho de esperanza y optimismo; pensamos que lograremos muchas cosas y que resolveremos muchos problemas. En diciembre (o antes) sabremos los resultados, casi siempre, muy por debajo de lo deseado. Esto es normal, lo que queremos o asumimos como necesario suele estar lejos de nuestro control y el azar -la fuerza inconsciente de las circunstancias- no puede ser fácilmente predecible.

Nada de esto convierte en vacías o irrelevantes estas listas de cosas que queremos lograr o que ocurran. Todo lo contrario, la dificultad las hace más importantes. Pensando en cosas que me gustaría que pasaran este año y que son de interés público, sobre todo, tres asuntos me parecen fundamentales en 2021.

Nueva cotidianidad: Sí, es un lugar común e incluso, desde cierta perspectiva, una discusión mezquina. Pero ninguno de estos peros hace menos real su necesidad. La pandemia no ha terminado e incluso con el inicio del proceso de vacunación en varios países, las dificultades que enfrentamos en nuestras vidas se mantendrán más o menos parecidas por varios meses, en el más optimista de los escenarios, y años, en el más realista. Con cuidado y sabiduría, la vida debe continuar y esto supone encontrar respuestas a las preguntas grandes sobre cuidado de la vida, atención en salud y recuperación económica y a las pequeñas, sobre las adaptaciones y cambios que hemos hecho y debemos seguir haciendo en nuestras vidas diarias. Esta lista es grande, pero presenta prioridades, asuntos urgentes, como el inaplazable regreso de los estudiante a colegios, universidades y otros escenarios educativos, una necesidad inaplazable.

Recuperar un poco de libertad: No sin necesidad, el año pasado la humanidad “empeñó” buena parte de su libertad. Lo hicimos porque en ocasiones era nuestra única herramienta contra el virus, pero también hubo excesos e incluso cuando fue inevitable, la pérdida para todos fue enorme. La pandemia nos encerró y algunos gobiernos decretaron los encierros por gusto o ineptitud con mucha más recurrencia de lo deseado. Siguiendo el punto anterior, en tanto reorganizamos la nueva cotidianidad, una variable fundamental es la posibilidad de movernos y tomar decisiones con márgenes de maniobra mucho más amplios.

Reivindicar la moderación: El exceso es otra peste de nuestros tiempos. Exceso en la convicción sobre las ideas, en la forma de discutir y defenderlas, en la calificación de los otros como males, como enemigos, como contrarios irreconciliables. El incremento exponencial del uso y las interacciones de los medios sociales han alimentado este problema. Su naturaleza anónima, lejana, esporádica y el diseño que premia las peleas, las denuncias, los abusos a las personas incentivan comportamientos terribles, normalizan e incluso reconocen lo peor de estos mismos excesos. Una alternativa para esto, una posibilidad en la difícil situación de polarizaciones, violencia e intercambios virtuales, es la moderación. Esto es, la agenda por la cuál promovemos e insistimos en la importancia social y personal de dudar, matizar, controlar, conciliar y lograr moderar formas y fondo. Esta es una propuesta que señala la importancia del “punto medio” y la urgencia de que supere discusiones tontas sobre “tibiezas” y se reivindique como una manera sensata de aproximarse a asuntos públicos y particulares en estos tiempos de exceso.

Las esperanzas son optimistas y el optimismo es riesgo. Riesgo de que lo que esperamos no ocurra y sobre todo (y probablemente) que no ocurra como nos imaginamos que lo hará. Sin embargo, sin esperanzas no hay futuro. Sin futuro no hay nada.

Cinco ideas de las lecturas de 2020

Por estos días de cierre de año muchas personas comparten en redes sus lecturas en este extraño y difícil 2020. La lista puede ser útil para encontrar referencias y dar ideas para las lecturas futuras, pero probablemente sea más interesante conocer las ideas detrás de esos libros. Es decir, las reflexiones y cuestionamientos surgidas de ellos. Aquí hay cinco de algunos de los libros que leí este año, con algunas referencias por si hay antojo para el 2021.

  1. Reconocer el silencioso y fundamental trabajo del inconsciente. En “¿Por qué hacemos lo que hacemos?” Del sicólogo John Bargh hay una explicación detallada de cómo nuestro sistema cognitivo trabaja con órdenes indirectas y nos ayuda en ocasiones a resolver problemitas sin que los abordemos de forma consciente. Los momentos “¡Eureka!” No son místicos o producto del azar, nuestro inconsciente ha estado trabajando para resolver esas cuestiones que nos quitan el sueño. En “Creativity” de John Clesse, un libro corto y genial de un miembro de Monty Python, se conecta esa aproximación a “dejar hacer” al inconsciente con la inspiración creativa. Una dicha.
  2. El miedo al día a día, el pavor a la vida tranquila. Leyendo algunos relatos de H.P Lovecraft, en particular “Las montañas de la locura” y los últimos libros de la novela gráfica “Swamp Thing” escritos por Alan Moore, es imposible no sorprenderse sobre la manera como los relatos de terror y aventura abordan la monotonía, como se obsesionan por encontrar algo extraordinario (en este caso terrorífico) en las esquinas cercanas, en las noticias presentes, detrás de las cortinas.
  3. La historia es presente. Hablar de Nerón, Calígula o el mismo Tiberio nos recuerda imágenes de excesos, despotismo y perversión. En “Dinastía”, Tom Holland revisa la historia de la primera familia de los emperadores romanos, intentando poner matices en donde muchos asumen certezas, sobre todo, respecto a lo “terrible” de los gobernantes “terribles” y de cómo nuestra imagen de ellos depende en gran medida de quienes contaron su historia y el odio que vertieron sobre su memoria. No que fueran santos, por supuesto… Y en “La república romana” y “El imperio romano” de Isaac Asimov y los “Comentarios a la guerra de las galias” de Cayo Julio César, hay mucho más contexto para entender algunas cosas sobre la naturaleza del poder y la historia, y el espejo de los acontecimientos.
  4. Colombia se debe una conversación amplia y juiciosa sobre sus emociones. En “El país de las emociones tristes” Mauricio García Villegas señala que los arreglos emocionales de nuestro país (nuestra cultura) premia la desconfianza, la venganza, el odio y otras emociones que han impedido que las buenas ideas que también existen, funcionen o se consoliden. Su argumento enlaza incluso con la herencia española, pero leyendo a María Elvira Samper en “1989” y a Enrique Santos en “El país que me tocó”, también a Gustavo Duncan en “Democracia Feroz”, se encuentra mucha más evidencia de la influencia que las emociones tristes han tenido sobre las tragedias nacionales como la guerra contra el narcotráfico, el conflicto armado o la corrupción política.
  5. La conexión entre vida cotidiana y cultura popular y conocimiento es la mejor manera de hacer divulgación científica. En “La ideológica de Star Wars” Fernando Ángel Moreno evalúa asuntos fundamentales como las justificaciones del autoritarismo, los problemas de la democracia moderna e incluso las búsquedas de filosofía de vida en la saga de populares películas. En “Pensar la crisis”, editado por Jorge Giraldo y Adolfo Eslava, varios autores intentan encontrarle sentido a la pandemia, usando marcos conceptuales complejos sobre situaciones casi siempre comunes. Los capítulos sobre asuntos cotidianos como el cuidado de los hijos o el teletrabajo, son los mejores.