En el medio.

El centro.

¿Existe el centro como inclinación ideológica? Y si sí ¿Qué lo diferencia de la derecha o la izquierda? Dos preguntas que las últimas semanas han puesto a escribir a académicos y opinadores de todo el país con conclusiones particularmente dispares. La discusión es relevante más allá de implicaciones conceptuales, la negación del centro como lugar de identificación ideológica hace parte de las estrategias electorales de los costados. Y es una estrategia relevante, pues no solo la mayoría de los colombianos se autodenominan “de centro”, sino que hay un candidato que por ahora aparece en los primeras lugares de intención de voto para las presidenciales de 2022 que lo hace.

Este contexto es relevante porque puede explicar algo de la virulencia de esta discusión, sobre todo en redes. Más que añadir a lo que ya es una larga lista de columnas, notas y artículos sobre las especificidades ideológicas o no del centro, me gustaría resaltar un elemento que aunque ha sido nombrado en varias ocasiones es, digamos, “central” en la distinción: la posibilidad de la equivocación, la apertura al error y a nueva información.

Es decir, que si en los extremos todo son certezas, en la mitad hay espacio para las dudas. Esa probablemente sea la más significativa diferencia entre el centro, la derecha y la izquierda, así como la similitud entre estas últimas es lo difícil de convencerlos de lo contrario. Algunos llamaran a esta duda como tibieza o denunciarán lo que ven como “falta de carácter”, pero de inamovibles está también pavimentado el infierno. El centro se puede dejar convencer, se puede preocupar por las ideas según la evidencia que las soporte y la efectividad que muestre para resolver problemas y no, en su etiqueta. Esa es su gran ventaja e incluso atractivo para muchas personas. La política como el esfuerzo por hacer mejor la vida de las personas y no como la plataforma para promover una visión personal y grupal que tengamos del mundo.

Que todo esto presuponga un sistema liberal y democrático ya ha sido señalado por varias personas antes, pero esto tiene poco valor si en ese escenario no se reconoce la posibilidad personal del error y la posibilidad grupal de la equivocación. Es en la duda sobre las percepciones, valoraciones e ideas propias en donde el centro puede ganar en practicidad y efectividad a la hora de gobernar. Para quienes nos consideramos de centro y para quienes hacen política desde ahí, resulta fundamental que este no sea una característica menor de nuestras discusiones. El centro amanece todos los días en la apertura de aprender de los otros lugares, en la oportunidad reconocida de que desde las ideas tradicionalmente asumidas en derecha e izquierda puede haber pistas para resolver nuestros problemas colectivos. En la convicción de que su único inamovible es el compromiso con la evidencia, la deliberación, la democracia, la libertad y el Estado de derecho.

Aparte de esto, su única certeza es la duda.

¿Cuál es el secreto de la Cultura Metro?

En 2018 la Cultura Metro cumplió 30 años. El programa/campaña es más viejo que el mismo sistema.

Hay algo casi místico en la Cultura Metro. Al menos, en buena parte de las conversaciones que se refieren al programa de relacionamiento comunitario, comunicación pública y comportamiento de usuarios del sistema del Metro de Medellín hay siempre una aura particular, como un reconocimiento que todos hacemos de un ingrediente secreto que puede explicar su éxito. Hay muchas especulaciones sobre estas explicaciones, desde conocimiento y sabiduría popular, lugares comunes y respuestas simplistas e incluso, algunos abordajes académicos que han intentado dar algo de luces sobre porqué parece funcionar.

Y por su «buen» funcionamiento me refiero a los logros reconocibles en términos de reconocimiento general, conexión entre su existencia y sus efectos, y las visibles ventajas en términos del comportamiento de los usuarios. Lo interesante es que en las explicaciones de su efectividad hay una buena controversia. Esas conversaciones a las que me refería más atrás suelen girar entorno a una pregunta que ha trasnochado a un par de Secretarios de Cultura Ciudadana de Medellín «¿Por qué no hemos sido capaces de ‘sacar’ la Cultura Metro del metro?». De nuevo aquí, las respuestas están en disputa y terminan regresándonos a las primeras preguntas, pues ¿Cómo podremos escalar un programa de un sistema de transporte masivo a toda una ciudad (o al menos otros sistemas) si mantenemos dudas sobre lo que precisamente hace que funcione?

De cara a eso, vale la pena revisar algunas respuestas a estas preguntas, que podrían reunirse en estas cuatro hipótesis apresuradas:

*Antes de avanzar es necesario considerar que algunas personas ponen en duda no solo la efectividad, sino la conveniencia de algunas o todas las formas del programa. Aunque pueden haber críticas justas (como en todo) considero que las ventajas del programa y en particular su efecto casi místico sobre el comportamiento de los usuarios, son suficientemente relevantes y convenientes como para subestimarlos.

H1. La insistencia y el largo plazo: la repetición es valiosa. No solo actúa como recordatorio, sino, como oportunidad de señalar una expectativa de comportamiento. Además, como señalan algunos, supone un pilar fundamental de una concepción algo mecánica de educación. Pero no solo sería insistir en normas y formas, también es el tiempo por el cuál eso ha sucedido. Los promotores de esta explicación señalan siempre el hecho de que el programa y la campaña de Cultura Metro existiera antes que el mismo sistema y que haya sido una constante en la comunicación de la empresa.

H2. La asepsia, el orden y el control: cercano a las ideas de la ya célebre teoría de Ventanas Rotas, esta explicación señala la relevancia para el comportamiento de los usuarios y el aprecio de los ciudadanos, de los pisos trapeados y las basuras recogidas. De igual manera, la disposición a hacer cumplir estas y otras normas con la ayuda de figuras de autoridad y mensajes indicativos de cuidado del espacio. De ahí la importancia de las señales, mensajes y sobre todo, la presencia de miembros de la policía dentro del sistema. La asepsia en este caso también se entiende como contagiosa, es decir, resulta más difícil que una persona dañe un mobiliario o arroje una basura en una plataforma de metro impecable que en una llena de basuras y en mal estado. El esfuerzo sistemático de la empresa por cuidar cada metro cuadrado del sistema y apresurarse a limpiar, arreglar o cambiar cada cosa que se deteriore es testamento de esa política. Evitar otras expresiones dentro del Metro, como las ventas o las presentaciones de artistas buscan el mismo objetivo.

H3. El orgullo, el sentido de pertenencia y un poco de regionalismo: los medellinenses son los colombianos que, de acuerdo a las comparaciones de las Encuestas de Cultura Ciudadana de los últimos diez años, se siente más orgullosa de su ciudad. Ese porcentaje de personas que sienten un fuerte apego e identificación con Medellín pocas veces baja del 88% y ese orgullo bien puede extender a símbolos particulares de la ciudad, en particular, diría esta explicación, al único sistema metro del país. Esa exclusiva no es menor, no solo supone un orgullo como logro común de una ciudad, sino, como comparación a que en otros lugares no se haya podido lograr a pesar de ingentes esfuerzos. Esto pisa las lindes odiosas del regionalismo (otra de las críticas que en ocasiones reciben campañas como las de Cultura Metro), pero parece estar, al menos, en la cabeza de las personas de la ciudad cuando tienen que explicar las razones de su comportamiento en el sistema.

H4. Las normas sociales y las profecías autocumplidas: lo primero es una expectativa normativa, es decir, que las personas sepan lo que es deseable de ellos en un lugar o situación específica. Luego, que ellos evidencien o sepan que muchos más o la mayoría de sus pares, también hacen eso mismo. Finalmente, que en la manera como la gente se relaciona con esa situación, las dos expectativas se vean como algo «normal», como lo que «la gente de aquí hace en esa situación o lugar». Y entonces nace la norma social, el comportamiento colectivo explicado en lo que creemos que otros hacen, esperan que hagamos y valoran positivamente cuando hacemos. En el Metro bien podrían estar en juego normas sociales de comportamiento y una especie de acuerdo colectivo sobre la manera cómo las personas de Medellín hacen las cosas respecto y en el Metro.

Estas hipótesis no son excluyentes entre ellas (o con otras que no estén aquí por descuido o ignorancia mía). Bien puede ser que haya un poco de cada una en la respuesta a la pregunta por el ingrediente secreto y reconociendo que la principal conclusión de esto, a 25 años de funcionamiento del sistema y más de 30 del programa, sigue siendo la necesidad de conocer más y mejor las razones de su éxito.

El día que César quiso saber si podía ser rey.

Marco Antonio ofreciéndole la corona de laurel a César.

En la antigua Roma también se piloteaban candidaturas y se lanzaban ideas de reforma institucional para “medirle el ambiente” a la opinión pública. Similar a la recientes portadas de revistas nacionales y una larga tradición de lanzar globos para ver qué dice la gente en la historia política colombiana. O universal, porque, insisto, ha ocurrido mucho, en muchos lugares, en muchos tiempos. La estrategia tiene ventajas, por supuesto: permite medir el nivel de oposición/apoyo y las dificultades posibles de una medida, candidatura o decisión antes de arriesgarla al mundo real. Tiene sus problemas también, como veremos más adelante. En suma, es un experimento.

Vamos entonces del Magdalena al Tíber.

Probablemente uno de los más llamativos experimentos de este tipo se adelantó durante la celebración del festival religioso de la Lupercalia, el 15 de febrero del año 44 A.C. Bajo la cueva en la que los míticos Romulo y Remo habían sido alimentados por la loba (la “Lupercal”) los hombres romanos se reunían, y vistiendo solo un taparrabos, correteaban a las mujeres jóvenes de la ciudad, azotándolas con correas de piel de cabra para garantizar su fertilidad. La mayoría de los corredores de ese día eran jóvenes, como de costumbre, con una excepción: el cónsul Marco Antonio también vestía el taparrabos y llevaba las correas.

Marco Antonio era el principal lugarteniente de Cayo Julio César, por esos días dictador de la República romana. Para los romanos la dictadura no significaba lo mismo que para nosotros. Era un cargo institucional, una designación que el Senado y el pueblo de Roma realizaba en tiempos de grave crisis, como un presidente con poderes ejecutivos por un Estado de excepción en las democracias modernas. Y aquellos sí que eran tiempos de crisis. Roma había sufrido unos cuarenta años de intermitente guerra civil. Aunque sus causas eran variadas, la principal era particularmente deprimente para muchos romanos: sus políticos se habían vuelto demasiado poderosos como para ver sus ambiciones personales y familiares constreñidas por el sistema republicano.

César era el más reciente ganador de la más reciente guerra civil en ese año 44 A.C y aunque sus enemigos en armas estaban muertos, su posición era todo menos estable. A los romanos no les gustaban los reyes, desde el año 509 A.C, cuando expulsaron al último, Tarquinio el Soberbio, y de la mano de varios representantes de la nobleza (algunos familiares incluso del rey depuesto) fundaron la República. Desde entonces, era un tabú político las referencias monárquicas y se asumía como un insulto particularmente grave cuando a una carrera política se le achacaba la ambición de tomar esa posición.

Sin embargo, es probable que muchos consideraran que era precisamente un rey lo que necesitaba la convulsionada ciudad y su imperio. Es probable también que así lo considerara el mismo César. Pero era difícil saber la reacción de las personas y de esa incertidumbre, la necesidad de un experimento ¿y qué mejor momento para poner a prueba las tolerancias monárquicas del pueblo romano que en un festival público al que todos asistían?

Durante las Lupercanias los hombres recorrían la ciudad, persiguiendo mujeres y en general, causando alboroto. En el Foro, justo sobre la Rostra, la tarima hecha a forma de la quilla de un barco desde donde los políticos arengaban al pueblo en tiempos más comunes, se sentaba César, observando la ceremonia desde un trono alto en su calidad de dictador. Vestía una toga púrpura y unas botas de cuero rojo, indumentaria de los viejos reyes. Antonio se acercó al dictador y le ofreció una diadema de hojas de laurel trenzado. Símbolo inequívoco de la monarquía en Roma. La multitud, expectante en un principio por lo que parecía un acontecimiento importante, aulló y chifló en desaprobación. César, con un gesto magnánimo de la mano, rechazó la corona que le ofrecían. Le respondieron vítores y alabanzas. Antonio insistió, ofreciendo la corona de nuevo. Ante los nuevos gritos, César rechazó la corona y se la dedicó a Júpiter, “ningún otro rey” gritó “tendrá Roma”. Antonio se retiró a continuar la ceremonia y César volvió a su asiento. “Y así fracasó el experimento” (Holland, 2017, p. 60).

Un mes después, el quince de marzo del año 44 antes de Cristo (los idus, como lo llamaban lo romanos), en el teatro de Pompeyo, su gran rival en la guerra civil y porque la historia es ante todo poesía, fue asesinado a cuchilladas Cayo Julio César. No fue, ni mucho menos, la única razón, pero el globo lanzado en las Lupercanias había hecho actuar a sus enemigos. Los conspiradores, que incluían a un descendiente de uno de los protagonistas de la expulsión del último rey -de nuevo, porque la historia es rima-, Cayo Bruto, emboscaron al victorioso general y pródigo político (y dictador aspirante a rey) y le dieron muerte.

En ese sentido, por supuesto, el experimento tampoco funcionó.

Resignificar el servicio público.

El Centro de Medellín.

En 2019 solo el 14% de las personas en Medellín confiaban en los funciones públicos de acuerdo a la Encuesta de Cultura Ciudadana. El promedio en otras ciudades de Colombia en dónde se realiza la encuesta fue del 9%. Es el porcentaje de confianza institucional y grupal más bajo entre las opciones, solo con la excepción de los «políticos» y es una buena muestra de un problema particular en el país alrededor de la percepción y realidades de la función pública.

Por cuatro años (entre 2016 y 2020) trabajé en el sector público. Siempre que hablo de la experiencia parece que la respuesta reflejo de las personas es «tan difícil el sector público», «tan lentas las cosas de lo público», «tan maluco el ambiente en el sector público». En la cabeza de la mayoría de las personas parecen activarse prejuicios con suma facilidad cuando hablan de trabajar en el Estado. Los entiendo porque hasta el 2016 mi percepción era la misma.

A pesar de todo esto (o precisamente por su culpa), resulta muy relevante seguir pensando maneras de resolver estos problemas de percepción y realidad. Estas ideas populares han sido un obstáculo para que muchas personas se den la oportunidad de contribuir a las decisiones y acciones públicas.

Asumir que hay un problema de percepción con el servicio público no pretende desconocer problemas estructurales en la manera cómo funciona en Colombia, ni la necesidad de realizar ajustes grandes que podrían realizarse sobre quiénes y cómo en muchos casos terminen ocupando cargos públicos. En particular, los esfuerzos por reducir el clientelismo, las cuotas burocráticas y las ineficiencias ocasionales de ciertos incentivos organizacionales. Pero las generalizaciones pueden ser injustas y sobre todo, reforzar estas percepciones complejas sobre lo que supone trabajar por las cosas que son de todos.

Lo anterior es relevante porque, como lo señala Francisco Gutiérrez Sanín en una reciente columna en El Espectador, «una buena burocracia es también indispensable para generar procesos redistributivos serios; una vez más, una condición necesaria, aunque no suficiente, para algún éxito concebible». Concuerda David Escobar, director de Comfama en su columna de El Colombiano, al decir «conozco cientos de empleados públicos competentes que hacen un aporte indispensable». Así pues, reconocer que la buena burocracia es fundamental para los Estados modernos, democráticos y liberales; y que generalizar la incompetencia o corrupción del servicio público es un absurdo, pero sobre todo, es profundamente injusto.

Lo anterior nos deja con tareas. La primera, la posibilidad de reconocer, visibilizar y poner el acento en funcionarios públicos destacables. En 2017 La Silla Vacía hizo un ejercicio muy bonito y relevante en Medellín, reconocer en una nota a los funcionarios «indispensables» que por su trabajo y en particular, porque habían superado los tránsitos de gobierno, valía la pena exaltar. Lo segundo es señalar el papel que estos cargos desempeñan en el funcionamiento cotidiano del Estado y el bienestar que supone para todos tener un servicio público técnico y juicioso. Este ejercicio de persuasión supone una especie de educación rápida en funcionamiento estatal y cargos públicos; un acercamiento que en instituciones educativas podríamos hacer al soporte de los gobiernos que son estas personas.

Abordar la percepción negativa del servicio público es una tarea fundamental. Lograr avances nos puede ayudar a que cada vez más personas consideren carreras en el Estado e incluso, a que quienes ya lo hace revaloren su rol como los pilares cotidianos del Estado.

¿Es posible despolarizar la discusión política actual? Una alternativa desde Star Wars.

Por más columnas como esta.

Es un lugar común señalar que muchos espacios actuales de discusión política están supremamente polarizados (en Colombia, pero también en otros países). Uno podría decir que la polarización supone el alejamiento entre los puntos de encuentro de las creencias políticas de las personas; la situación por la cuál las opiniones divergentes llevan primero a crear adversarios y luego, enemigos. Esto supera a los líderes políticos (algunos de los cuáles seguro toman tinto juntos, mientras se ríen de las discusiones que provocan sus peleas en los medios sociales) y se centra sobre todo en los debates cotidianos que las personas tenemos sobre nuestras posturas políticas. En Twitter, en Facebook, por supuesto, pero también en comidas familiares y espacios laborales, entre amigos e incluso, en eventuales confrontaciones, entre desconocidos.

La polarización (llevada a ciertos extremos, por supuesto) puede ser inconveniente porque desincentiva los acuerdos políticos, enrarece el debate público, exilia la moderación al verla como tibieza y al final, en algunos casos, puede llevar a la violencia. Pero metidos en medio de las pantanosas peleas de «ellos» contra «nosotros» ¿se puede hacer algo para des escalar la tensión de la polarización? ¿Se pueden reconstruir los puentes a los que tantos incendiarios les echaron fuego?

Es obvio que los medios sociales han permitido que los grupos se hagan más estrechos, más unidos y las oportunidades de “demostrar” lealtad (ser más papista que el papa da buenos puntos). De igual manera, ha facilitado que las personas consigamos información que valide nuestras ideas y que construyamos cajas de resonancia en el que nuestras posiciones son validadas constantemente. El conflicto se convierte también en una tentación constante de linchamiento y las posiciones moderadas o conciliadoras no suelen salir muy bien libradas. Sumado a todo esto, el incentivo principal de los medios sociales -me gustan, corazones y compartidas- premian la controversia y el insulto.

En su libro “La mente de los justos”, Jonathan Haidt señala la influencia que la disonancia cognitiva y la disposición evolutiva que tenemos a organizarnos en grupos y desarrollar lealtades grupales que reafirman nuestra identidad, tiene sobre la dificultad para nuestras cabezas de aceptar argumentos contrarios a nuestra ideas iniciales o identidades ideológicas. Para esta herencia de cientos de miles de años, nuestro recién descubierto coctel de auto gratificación social y refuerzo de ideas previas es bastante parecido a una droga.

Un lugar inesperado para pistas interesantes en la superación de esta situación se encuentra en la ciencia ficción de aventuras. En su libro «La ideología de Star Wars» (2017), Fernando Ángel Moreno señala la importancia de los personajes que desescalan conflictos en la resolución de tensiones irresolubles y polarizantes. Este rol es personificado en la primera trilogía de la saga por Luke Skywalker y su reticencia a matar a Darth Vader, su padre, incluso a riesgo de morir el mismo al final de «El regreso del Jedi». Esta acción remide a Vader, pero también a Luke y señala un punto de quiebre para una historia centrada en la dicotomía absoluta del lado luminoso y el lado oscuro de «La Fuerza». Luke es al final un extraño protagonista del género y como sostiene Moreno «rompe con el héroe tradicional al renunciar a matar al villano» (p. 146).

El punto central de Moreno es que Luke, el protagonista de la primera trilogía de Star Wars (y de alguna manera, una presencia central en la tercera), es la representación de los puentes entre extremos. El problema de los dos extremos en las películas es que las posibilidades de cercanía, de acuerdo, de resolución no violenta son ninguna (con excepción de la acción de Luke, que va en contravía de las indicaciones de sus maestros y a la vez, lo arriesga a perder su vida). El heroísmo de Luke se presenta al renunciar a «destruir» a su enemigo, una decisión que ni los más encumbrados Jedi habrían considerado (Los dos maestros de Luke le señalan la necesidad de matar a Vader, pero solo él tiene esperanzas en su padre, «aún hay bien en él», dice). Explica Moreno:

nuestra educación en un mundo de ‘ellos’ y ‘nosotros’, al que estamos acostumbrados día a día, puede despertar cierta simpatía hacia esta lucha y cierto deseo de aniquilar al enemigo, de hacerle trizas, de humillarle (…) Luke no lo hace (…) No se humilla al enemigo, no se le destruye. Es el propio enemigo el que toma la decisión de abandonar su dualismo y rebelarse contra aquellos que desean mantenerse en él.

Moreno 2017, p. 137.

Y con esta acción, mientras su sable laser cae al piso y renuncia a la lucha en esos términos, la dicotomía irreprimible termina (al menos por ese momento). La saga habla de «devolverle el equilibrio a la Fuerza» constantemente, en esa acción particular de Luke de evitar la aniquilación de su enemigo está probablemente la única vez en todas las películas que vemos esto realmente en acción. Evitar la tentación de destruir, humillar, acabar con nuestro contrincante es precisamente eso: equilibrio.

¿Es posible bajar nuestros sables? No para juntarnos, o renunciar absolutamente a nuestras ideas, al fin de cuentas, hay distancias profundas entre no hacer alianza y destruirse mutuamente. Precisamente en el acto de reconocer en nuestro contrario no a un enemigo, sino a un adversario, en ver en sus ideas, creencias y motivaciones razones tan potentes, así no sean compartidas, como las mías. Y sobre estas ideas, bajar el arma. Romper la rueda. Salir del pantano. Evitar el único aparente desenlace de la lucha sin descanso, de la competencia por quién gobernará sobre las cenizas.

Año viejo.

Una tradición que se resiste, muñecos de años viejo en diciembre de 2019.

Seguro ya los preparan en bodegas y casas; imagino la ropa vieja, los miembros de trapo y la cabeza de papel maché con las extremidades púrpuras del odiado bicho. Los años viejo del Covid-19 estarán pronto asomándose a carreteras intermunicipales y glorietas de todo el país; similar a la urgencia que sentimos todos y que parece ya un acuerdo colectivo de la necesidad de que termine este año. Y los quemarán por montones en esas semanas de festejos sobre lo que queremos dejar atrás, como si los humos de miles de muñecos de trapo pudieran hacer competencia a Pfizer y su vacuna en espantar la pandemia.

En todo el país diciembre es momento de celebración. Las fiestas, reuniones, el consumo de alcohol, la quema de pólvora, la música a altos volúmenes, en fin, las pesadillas del Código de Policía y las de las más recientes y apremiantes medidas de bioseguridad. Pero diciembre también es el momento que millones de colombianos esperan para ver a sus familias, reunirse con amigos y vecinos y obvio, despejar cabezas y corazones. Hay algo catártico en la manera como históricamente asumimos el fin de año. De ahí los anuncios en emisoras populares desde septiembre que “ya llegó diciembre” y las decoraciones de navidad que se asoman por ventanas y balcones desde el 1ro de noviembre y sobreviven hasta casi finales de enero.

Gracias a la suma de esta “expectativa acumulada”, las reuniones y sobre todo, el consumo, no es extraño que el fin de año sea una de las épocas más violentas (en cuanto a convivencia) en las ciudades colombianas. Otros problemas como la quema de pólvora, los incidentes viales y hasta los quemados por líquidos calientes se incrementan. La alegría inunda la navidad como llamadas al 123 el 31 de diciembre. A riesgo de parecer mojigato, y aclarando cualquier sospecha de “grinch”, es necesario señalar que durante el fin de año hay una cantidad de comportamientos inconvenientes que se incrementan en Colombia. El asunto supera (aunque se conecte) con la quema de pólvora y el consumo excesivo de alcohol. Los problemas de convivencia como las riñas, y los delitos como lesiones personales y violencia intrafamiliar, son tristes protagonistas de la celebración.

El fin de año acumula tensiones de los doce meses previos y parece ofrecer oportunidades de válvula de escape. En un año tan complicado como este, resulta preocupante pensar en las cosas que podrían salir disparadas del otro lado. Es importante reconocer -al menos- la probabilidad de que para este fin de año haya todavía más impulsos que en la historia reciente. Esto resulta inconveniente no solo por los problemas comunes de la época, sino por la coyuntura en la que nos encontramos.

Nada de lo anterior debería tomarse como una invitación a echar mano de los repertorios de coerción que los estados locales han desarrollado durante la pandemia. Tampoco, que debamos obviar la pandemia en medio de la que nos encontramos. Discúlpenme la tibieza de pedir por el uso consciente de cada medida en caso de necesidad. Pedagogía y movilización ciudadana siempre que sea posible, coerción y control cuando sea necesario. Para esto contamos con buenas pistas y evidencia sobre grupos manejables, arreglos logísticos seguros e indicaciones de comunicación pública clara y conductual. La subestimación a estas herramientas que superan toques de queda que se intuye en la manera de tomar decisiones de muchos gobiernos no augura nada bueno.

Por ellos también, mejor que acabe el año.

Algunas ideas sobre la promoción de comportamientos deseables

Durante la pandemia, hacer énfasis en los comportamientos deseados (y en el cumplimiento generalizado) puede ser clave para promover el cuidado.

Las personas nos comportamos en ocasiones según lo que creemos que son comportamientos generalizados y generalmente aceptados. Es lo que Cristina Bicchieri denomina una norma social: la expectativa de que muchas personas o la mayoría de las personas se comportan de una manera, o expectativa empírica, y la expectativa de que muchas personas o la mayoría esperan que nosotros nos comportemos de esa manera, o expectativa normativa (2005; 2018). Lo que pensemos que son comportamientos deseables para los demás y para alguna autoridad de referencia, como el Estado, resulta clave para el reconocimiento de una norma social. Incluso, la confianza que tengamos en las personas y las instituciones pueden señalar nuestra disposición a reconocer esa norma (Fortou y Silva, en prensa).

De allí la importancia de que los esfuerzos de estrategias de cambio de comportamiento sean cuidadosos en poner el énfasis de mensajes y acciones en los comportamientos deseables y no en lo contrario. Al fin de cuentas, una norma social puede definir un comportamiento deseable, pero también uno indeseable. Resulta común que gobiernos, empresas y organizaciones que quieren promover un comportamiento social u organizacionalmente conveniente utilicen el señalamiento de lo que “no debemos hacer” como mecanismo de comunicación de sus intenciones para desincentivarlo. El lugar donde se pone el énfasis en estos casos es fundamental respecto a la posibilidad efectiva de cambio y puede llevar incluso a que un comportamiento reducido y extraño se vuelva más común por la “publicidad” que le hacen quienes, precisamente, quieren evitarlo.

Esto no supone esconder los problemas o los comportamientos indeseables. Es más, dar esas conversaciones de manera inteligente y controlada puede retroalimentar discusiones sobre ellos, pero sí tener cuidado con la inclinación (en ocasiones común entre medios, organizaciones y gobiernos) de poner el énfasis en lo que no sale tan bien en el comportamiento de las personas. Por otro lado, hacer énfasis en el comportamiento deseado permite que los esfuerzos de cambio de comportamiento echen mano de tres elementos fundamentales: el poder de la influencia social, el poder de las expectativas de comportamiento y las oportunidades de superar brechas de ignorancia pluralista (Silva et al., 2019).

Muchos comportamientos deseables son, ante todo, cooperativos. Es decir, suponen que las personas hagan algo que puede percibirse como un costo individual para conseguir un logro colectivo (Silva, 2020). Pagar impuestos es una pérdida patrimonial individual que, en teoría, se ve recompensada con los servicios públicos que provee el Estado. Pero una motivación fundamental de comportamiento como este es la percepción de que “todos” o “la mayoría” están contribuyendo también. Pagar impuestos es un poco menos doloroso (y puede ser sustancialmente más aceptado) si estamos seguros de que no somos los únicos que lo hacemos y que hay unos pocos o ninguno que no están poniendo de su parte. Una larga lista de intervenciones de promoción del pago a tiempo de impuestos que usan normas descriptivas (“la mayoría lo hace”) son buena evidencia de esto (Larkin et al., 2018).

Esto también nos señala lo relevante que para nuestro propio comportamiento es lo que pensamos que hacen o piensan los otros. Durante buena parte de la segunda mitad del siglo veinte, los experimentos sobre conformidad de Solomon Asch asumieron la tarea de comprender un poco mejor la manera como el comportamiento de los demás determinaba e influenciaba el propio (1995). La influencia de un comportamiento ajeno sobre el nuestro se puede revisar respecto a nuestro grupo de referencia, los creadores de tendencia y las percepciones de mayoría y confianza que tengamos en los demás. Por eso resulta clave que tengamos una percepción positiva de los demás, pero, sobre todo, que pensemos bien de sus motivaciones, intenciones y acciones. Si los comportamientos que consideramos son mayoritarios influencian nuestra propia disposición a seguirlos, más vale que esa percepción de comportamiento generalizado sea respecto a lo que consideramos social o grupalmente deseable.

Aunque no siempre hacer énfasis en el comportamiento deseado es efectivo, como Cialdini et al. (2016) han mostrado, hay algún grado de consenso respecto a que al hacer uso de intervenciones de tipo norma social y comunicación de expectativas en particular, sobre la importancia de señalar lo que queremos promover (Murraín, 2017; Mackie, 2017; Silva et al., 2019). Esto supone un esfuerzo fundamental al momento de diseñar mensajes y acciones que privilegien los comportamientos objetivo y sobre todo, que ayuden a alimentar una percepción positiva respecto a las motivaciones e intenciones de los demás, en particular, los que consideremos como un grupo de referencia.

De ahí la importancia de definir muy bien lo que queremos que sea más común entre las personas y la manera cómo lo presentamos para que complemente una expectativa de comportamiento sobre lo que es mayoritario y deseable. Centrarse en lo deseable, hacerle bulla a lo conveniente y prosocial, volver normal las contribuciones que siendo cotidianas, pueden ser extraordinarias.

Referencias:

  • Asch, S. (1995). Opinions and social pressure. En E. Aronson (Ed.) Readings about the social animal. Nueva York: W. H Freeman.
  • Bicchieri, C (2005). The grammar of society the nature and dynamics of social norms. London, UK: Cambrigde.
  • Bicchieri, C (2018). Nadar en contra la corriente. Cómo unos pocos pueden cambiar los comportamientos de toda una sociedad. Ciudad de México: Ediciones Paidós.
  • Cialdini et al. (2016) Managing social norms for persuasive impact. Social Influence, 1 (1), pp. 3–15.
  • Fortou, J. y Silva, S. (En prensa). Trust and Social Norm Recognition: Evidence from a Latin American City.
  • Larkin, C., Sanders, M.  Andresen, I.  y Algate, F. (2018) Testing Local Descriptive Norms and Salience of Enforcement Action: A Field Experiment to Increase Tax Collection. Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=3167575 or http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.3167575
  • Mackie, G. (2017). Effective Rule of Law Requires Construction of a Social Norm of Legal Obedience. In: Cultural Agents Reloaded: The legacy of Antanas Mockus. Tognato, C. (Ed.). Cambridge: Harvard University Press.
  • Murraín, H. (2017) Transforming expectations through Cultura Ciudadana. In: Cultural Agents Reloaded: The legacy of Antanas Mockus. Tognato, C. (Ed.). Cambridge: Harvard University Press.
  • Prentice, D. A., & Miller, D. T. (1996). Pluralistic ignorance and the perpetuation of social norms by unwitting actors doi:10.1016/S0065-2601(08)60238-5
  • Silva, S.; Garro, J.E.; López, N. y Trujillo, J.P. (2019). Confianza, normas sociales y representaciones del otro. La implementación de la estrategia de cultura ciudadana “Medellín Está Llena de Ciudadanos como Vos”. En: Eslava, A. (Ed.) Lo mejor de las personas. Teoría, implementación y agenda de cultura ciudadana. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT y Alcaldía de Medellín.
  • Silva, S. (2020). Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del covid-19. En: Eslava y Giraldo (Ed.). Pensar la crisis. Perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT.

El guayabo populista

En varias ciudades de Estados Unidos la victoria de Biden (pero sobre todo la derrota de Trump) fue recibida con celebraciones en las calles como esta en Washington DC.

Trump perdió y aunque esto pronosticaban la mayoría de los modelos y encuestas, la verdad es que muchos analistas estaban nerviosos con el eventual resultado de las elecciones presidenciales estadounidenses y la posibilidad de que los pronósticos, así como en 2016, se equivocaran. Ahora, aunque la victoria de Joe Biden no fue tan aplastante como se esperaba y aunque la campaña de Donald Trump ha anunciado varias iniciativas para demandar los resultados, en el futuro cercano parecen haber pocas dudas al hecho que el próximo 20 de enero Biden asumirá su periodo como presidente. Los estadistas suelen asumir los retos de reconstruir las ruinas institucionales de revolucionarios y reaccionarios. El populismo deja muchas tareas a los hombres sensatos, que en ocasiones serán culpados por sus consecuencias. Biden enfrentará muchos retos sociales, económicos y políticos.

La división y polarización que vive el país es evidente. El Pew Research Center ha medido la distancia entre ideas políticas de los votantes de Trump y Biden, al igual que las percepciones negativas entre ellos. No es solo que piensen diametralmente diferente en asuntos como la migración, los derechos de las minorías o el manejo del COVID-19, es que consideran que las posturas y decisiones de otros ciudadanos son fundamentalmente inconvenientes para el país. De igual forma, la situación social y política, en particular con agendas como la reforma policial y la misma enconada oposición que los republicanos y el mismo Trump establezca, y la situación económica luego de meses de una pandemia global que todavía se resistirá meses en remitir, no son alentadoras.

Mientras todo esto se desenvuelve un poco, hay varias lecciones para todos en el ascenso y la caída de Donald Trump. Primero, incluso en entornos de escepticismo sobre las intenciones de los políticos, reconocer algún nivel de estatura moral en nuestros gobernantes es clave. Lo que se hace desde un lugar de poder semejante señala el camino de lo deseable o indeseable, permitido o reprochable en términos sociales. Tener a un hombre malo como gobernante no es cosa menos, incluso, si pudiera ser bueno en su trabajo (que Trump no lo era).

El populismo es un enemigo de todas las democracias y de la libertad y puede estar a cualquier vuelta de la esquina. Aunque Trump no es una anomalía de la cultura política estadounidense, sí es una de su sistema institucional. Una anomalía en el sistema no saca setenta millones de votos en su candidatura a la reelección. Es decir, sus visiones, ideas y formas no son extrañas para una parte de la población estadunidense conservadora, rural, blanca y temerosa de los cambios, en particular, los que tienen que ver con la composición racial de su país, pero todo el sistema electoral y político de Estados Unidos fue creado para evitar que personajes como Trump ganen la presidencia. El mismo sistema de elección presidencial por votos de electores por estado debía precisamente evitar el populismo y actuar como freno a posibles prospectos de tiranía a los ojos de los redactores constitucionales de la unión americana. De ahí que su derrota sea en partes iguales una victoria demócrata y una victoria de los ajustes institucionales puestos para sacarle el cuerpo a populistas y dictadores.

Lo segundo es la advertencia sobre la influencia de la polarizarización y las historias no concluidas en términos sociales para el riesgo populista. Una historia que países como Colombia, que gaguea en su disposición para asumir su posconflicto, debería tener muy presente. La robustez institucional estadounidense fue puesta duramente a prueba, y parece que sobrevivió el embate de un personaje como Trump. Países con tradiciones de estabilidad democrática menos fuertes pueden venirse abajo rápidamente si personajes como estos llegan al poder. Ese riesgo debería desvelar a los que nos preciamos de la democracia.

Mientras tanto, y mientras todo, no cabe sino alegrarse por unos días de que, en un año por lo demás cargado de giros inesperados, muertes excesivas y en general mala suerte, el redactor de la historia universal nos ha dado a muchos un respiro.

¿Por qué hay tanta corrupción en Colombia?

Democracia feroz de Gustavo Duncan (2018).

Esta semana terminé de leer «Democracia Feroz» de Gustavo Duncan (2018). El libro busca esclarecer un fenómeno particular de la democracia colombiana: las limitaciones que tiene la sociedad civil y la ciudadanía del país para regular y castigar a una clase política particularmente corrupta. Esto resulta llamativo porque, como señala Duncan, la democracia colombiana reúne muchos elementos de lo que idealmente supondría una versión liberal y moderna, desde un diseño institucional con pesos y contra pesos y un sistema electoral con buenas pretensiones de representatividad (en particular luego de la Constitución del 91), una prensa mayoritariamente libre y sobre todo a nivel nacional, relativamente independiente de los poderes políticos, y poblaciones urbanas, educadas y políticamente activas en muchas de las ciudades grandes y medianas del país.

La respuesta de Duncan para esta pregunta pasa por dos argumentos principales. El primero, la relación histórica entre clientelismo, narcotráfico (y paramilitarismo) y la clase política, sobre todo regional, del país. La segunda, la naturaleza informal de la economía colombiana y la necesidad de esta (como de las economías ilegales) de gozar de protección de parte de la clase política. La corrupción en este escenario es solo la moneda de cambio mediante la que se concretan los beneficios del intercambio de esta «mercancía política». Así, el hecho de que más de la mitad de los trabajadores colombianos se desempeñen en la informales y en los eslabones asociados a actividades ilegales como el contrabando, la piratería o el mismo narcotráfico, limita las opciones de oposición de la población a los política capaces de proteger esas economías, pero también los vuelve susceptibles de entrar a hacer parte de las clientelas de los políticos, los contratistas o los dueños de estos negocios.

El libro sugiere la relevancia de asuntos culturales, tanto de la forma cómo nos gobernamos y concebimos la política, como de las formas de asociación a la ley, aunque no son su principal puntos de interés. Leyéndolo, sin embargo, es inevitable pensar en qué elementos de las valoraciones de los ciudadanos colombianos pueden estar contribuyendo a nuestra torpeza a la hora de regular a la clase política. Propongo dos inicialmente: la normalización de la corrupción política y la disonancia cognitiva sobre ideas políticas.

Por normalización me refiero al hecho de que existe una creencia en buena parte de la población colombiana de que «todos los políticos roban». Algunos datos lo sugieren. En la Encuesta de Cultura Ciudadana de Medellín de 2019 el 83% de las personas estaban de acuerdo con que «más de la mitad de los funcionarios públicos eran corruptos», en las otras ciudades donde se ha hecho la encuesta este porcentaje es del 87%. No sorprende que en la misma encuesta, solo el 8% de los encuestados en Medellín confíen en «los políticos» y en las otras ciudades, el 5%. En la Encuesta Mundial de Valores de 2019, solo el 2,6% de los colombianos señalaron que ninguna de las autoridades públicas estaban libres de corrupción.

Esto supondría una idea generalizada de que los “políticos roban” y de que la política como labor es inseparable de algún grado de beneficio personal por encima de la conveniencias públicas. Esto no solo puede actuar sobre votantes y ciudadanos que parecerían anestesiarse contra noticias sobre algunas cosas “menores” o esperables del quehacer político, pero también crear un entorno de normas sociales para los mismos políticos, respecto a lo que es esperado y deseable y lo que no, en su trabajo. De esta manera, el “todos lo hacen, por tanto no está tan mal” funcionaría hacia dentro y hacia afuera, en algún grado, de la política.

El segundo asunto intentaría explicar la razón por la que una persona defiende a un político acusado o condenado por un acto de corrupción y del que no recibe ningún beneficio directo (en la forma de protección o recurso material vía clientelismo). Esto puede explicar el apoyo que muchos políticos que basan su poder en las formas tradicionales y novedosas de la corrupción tienen en grandes ciudades o incluso, en el llamado «voto de opinión». Aquí podríamos decir que algo de ese apoyo, y en particular de esa defensa, se presenta por fenómenos de disonancia cognitiva respecto a las ideas y apoyos políticos. Para este tipo de disonancia, la polarización y los medios sociales son los mejores aliados. La primera caldea el ambiente de la discusión pública y «une» mucho más cada facción respecto a tener la razón y a que los demás estén equivocados. Los medios sociales permiten intercambiar información parcial y beneficiosa solo para un lado (al igual que información falsa o que pone en duda la información oficial o de medios tradicionales), como nunca antes.

Duncan termina el libro llamando a una agenda de abordaje de la corrupción en el reconocimiento de lo que funciona, investigación independiente de medios, presión de la sociedad civil, y de lo que es necesario que pase, en particular la inclusión y amansamiento de los amplios sectores de economía y política colombiana en la informalidad. La comprensión de los elementos culturales y conductuales asociados también suponen un paso adelante sobre una agenda siempre urgente y fundamental para estos años de cambio en Colombia: la lucha contra la corrupción.

¿Cómo pueden las empresas construir confianza con sus clientes y la sociedad?

La aseguradora «Lemonade» es un muy buen ejemplo de la importancia de la confianza como elemento principal de la estrategia de negocio y las preocupaciones sociales de una empresa.

¿Usted confía en su banco? ¿O en su prestador de servicio de telefonía, en su empresa de servicios públicos o en su cadena de comida rápida preferida? Si la respuesta es positiva ¿por qué y en qué se ve reflejada esa confianza? ¿En comprar de nuevo o adquirir un nuevo producto, en pagar a tiempo, en recomendarlo a otros, en sentir que los logros de la organización son logros propios (o cercanos)? ¿En defender a la empresa si alguien habla mal de ella o intenta pasar legislación que es inconveniente?

El sicólogo y economista Dan Ariely propone cinco pilares de la construcción de confianza entre instituciones y organizaciones (en particular empresas) y las personas que se relacionan de forma directa o indirecta con ellas. El primer pilar, las relaciones de largo plazo señala la relevancia de que las interacciones entre persona y organización puedan ser repetitivas, sostenidas y por un periodo extendido de tiempo. El tiempo permite estabilizar expectativas y genera reputación, así los involucrados en las interacciones tienen mejores pruebas sobre la confiabilidad de su contraparte. En general, las relaciones de largo aliento son relaciones basadas en la confianza y las interacciones repetitivas son más beneficiosas para los involucrados porque ambos saben que pueden beneficiarse y sobre todo, que no serán dañados por el otro.

El segundo pilar de Ariely es la transparencia. Esto es, la disposición de la organización a comunicar sus decisiones y acciones, a explicar sus motivaciones y en general, a estar dispuesto a responder y atender los requerimientos sobre sus actuaciones sin intentar evitar que sean evidenciables. El tercer pilar, muy relacionado con el segundo, es la intencionalidad, es decir, la posibilidad que tienen las personas de conocer y reconocer como benevolentes, las intenciones que tiene la organización al tomar decisiones y emprender acciones específicas. Si la transparencia supone que hay que «parecer», la intencionalidad, que hay que «ser». Las empresas que además de transparentes son capaces de evidenciarle a las personas que sus intenciones son socialmente convenientes suelen ser más exitosas a la hora de establecer relaciones de confianza con sus clientes y la sociedad en general.

El cuarto pilar de Ariely es la regulación (o vindicación o posibilidad de castigo). Señala la importancia de que las personas puedan regular a la organización, presentar quejas y reclamos, por ejemplo, y que esos requerimientos no solo sean atendidos, sino que se establezcan canales abiertos, robustos y sencillos para que esto ocurra tanto como sea necesario. El quinto y último pilar de la confianza institucional para empresas es la alineación de incentivos. Para Ariely uno de los principales elementos de la confianza es la conexión entre las motivaciones, ideas e intereses de organizaciones, clientes y personas. Esto es, la posibilidad de que quieran lo mismo y sepan que quieren y hacen las cosas por lo mismo. Esto parece evidente, pero no por eso es más común ¿Cuántas empresas en Colombia le preguntan a las personas que constituyen sus clientes o actores de interés por la definición de sus agendas sociales o de responsabilidad social corporativa? ¿Cuántas los involucran en la definición de sus políticas éticas o de reducción de daño a terceros?

Ariely no solo escribe sobre los ideales de las agendas de construcción de confianza empresarial. Su trabajo con Lemonade, una aseguradora estadounidense que ayudó a definir esta misma propuesta de cinco pilares, ha constituido un modelo de negocio en el que la confianza que deposita en las personas supera el discurso. En Lemonade, los asegurados pueden pedir un seguro y cobrarlo sin la gran mayoría de garantías y pruebas que otros seguros suelen exigir. Esto no solo lo hace mucho más ágil que los competidores, lo hace ver más benevolente y confiado. Depositar confianza en las personas suele producir reciprocidad de su parte; ese compromiso implícito de la acción confianza suele verse recompensado. La empresa también utiliza parte de sus ganancia para hacer donaciones a varias causas sociales, pero lo hace según ha sido definido por sus propios clientes. La prosocialidad de la acción corporativa no solo es necesaria, debe permitir involucrar a sus clientes y actores de interés y si es posible, hacerlo participes de sus agendas de impacto social.

Al final, la cuestión sobre la confianza en las empresas, la propuesta de Ariely y las experiencias de Lemonade señalan la importancia fundamental que las organizaciones empresariales deben dar a dos preguntas ¿Qué tanto confían realmente en sus clientes y en las personas? y ¿Qué estarían dispuestas a hacer para manifestar esa confianza?