¿Por qué hay tanta corrupción en Colombia?

Democracia feroz de Gustavo Duncan (2018).

Esta semana terminé de leer “Democracia Feroz” de Gustavo Duncan (2018). El libro busca esclarecer un fenómeno particular de la democracia colombiana: las limitaciones que tiene la sociedad civil y la ciudadanía del país para regular y castigar a una clase política particularmente corrupta. Esto resulta llamativo porque, como señala Duncan, la democracia colombiana reúne muchos elementos de lo que idealmente supondría una versión liberal y moderna, desde un diseño institucional con pesos y contra pesos y un sistema electoral con buenas pretensiones de representatividad (en particular luego de la Constitución del 91), una prensa mayoritariamente libre y sobre todo a nivel nacional, relativamente independiente de los poderes políticos, y poblaciones urbanas, educadas y políticamente activas en muchas de las ciudades grandes y medianas del país.

La respuesta de Duncan para esta pregunta pasa por dos argumentos principales. El primero, la relación histórica entre clientelismo, narcotráfico (y paramilitarismo) y la clase política, sobre todo regional, del país. La segunda, la naturaleza informal de la economía colombiana y la necesidad de esta (como de las economías ilegales) de gozar de protección de parte de la clase política. La corrupción en este escenario es solo la moneda de cambio mediante la que se concretan los beneficios del intercambio de esta “mercancía política”. Así, el hecho de que más de la mitad de los trabajadores colombianos se desempeñen en la informales y en los eslabones asociados a actividades ilegales como el contrabando, la piratería o el mismo narcotráfico, limita las opciones de oposición de la población a los política capaces de proteger esas economías, pero también los vuelve susceptibles de entrar a hacer parte de las clientelas de los políticos, los contratistas o los dueños de estos negocios.

El libro sugiere la relevancia de asuntos culturales, tanto de la forma cómo nos gobernamos y concebimos la política, como de las formas de asociación a la ley, aunque no son su principal puntos de interés. Leyéndolo, sin embargo, es inevitable pensar en qué elementos de las valoraciones de los ciudadanos colombianos pueden estar contribuyendo a nuestra torpeza a la hora de regular a la clase política. Propongo dos inicialmente: la normalización de la corrupción política y la disonancia cognitiva sobre ideas políticas.

Por normalización me refiero al hecho de que existe una creencia en buena parte de la población colombiana de que “todos los políticos roban”. Algunos datos lo sugieren. En la Encuesta de Cultura Ciudadana de Medellín de 2019 el 83% de las personas estaban de acuerdo con que “más de la mitad de los funcionarios públicos eran corruptos”, en las otras ciudades donde se ha hecho la encuesta este porcentaje es del 87%. No sorprende que en la misma encuesta, solo el 8% de los encuestados en Medellín confíen en “los políticos” y en las otras ciudades, el 5%. En la Encuesta Mundial de Valores de 2019, solo el 2,6% de los colombianos señalaron que ninguna de las autoridades públicas estaban libres de corrupción.

Esto supondría una idea generalizada de que los “políticos roban” y de que la política como labor es inseparable de algún grado de beneficio personal por encima de la conveniencias públicas. Esto no solo puede actuar sobre votantes y ciudadanos que parecerían anestesiarse contra noticias sobre algunas cosas “menores” o esperables del quehacer político, pero también crear un entorno de normas sociales para los mismos políticos, respecto a lo que es esperado y deseable y lo que no, en su trabajo. De esta manera, el “todos lo hacen, por tanto no está tan mal” funcionaría hacia dentro y hacia afuera, en algún grado, de la política.

El segundo asunto intentaría explicar la razón por la que una persona defiende a un político acusado o condenado por un acto de corrupción y del que no recibe ningún beneficio directo (en la forma de protección o recurso material vía clientelismo). Esto puede explicar el apoyo que muchos políticos que basan su poder en las formas tradicionales y novedosas de la corrupción tienen en grandes ciudades o incluso, en el llamado “voto de opinión”. Aquí podríamos decir que algo de ese apoyo, y en particular de esa defensa, se presenta por fenómenos de disonancia cognitiva respecto a las ideas y apoyos políticos. Para este tipo de disonancia, la polarización y los medios sociales son los mejores aliados. La primera caldea el ambiente de la discusión pública y “une” mucho más cada facción respecto a tener la razón y a que los demás estén equivocados. Los medios sociales permiten intercambiar información parcial y beneficiosa solo para un lado (al igual que información falsa o que pone en duda la información oficial o de medios tradicionales), como nunca antes.

Duncan termina el libro llamando a una agenda de abordaje de la corrupción en el reconocimiento de lo que funciona, investigación independiente de medios, presión de la sociedad civil, y de lo que es necesario que pase, en particular la inclusión y amansamiento de los amplios sectores de economía y política colombiana en la informalidad. La comprensión de los elementos culturales y conductuales asociados también suponen un paso adelante sobre una agenda siempre urgente y fundamental para estos años de cambio en Colombia: la lucha contra la corrupción.

Capítulo “Reglas, mesas y confianza: fortaleciendo la apuesta institucional de cultura ciudadana en Medellín”.

Una escena cotidiana en la comuna 13- San Javier en Medellín.

Durante el periodo 2016-2019 el Laboratorio de Cultura Ciudadana de Medellín adelantó investigaciones aplicadas y revisiones sistemáticas de experiencias e intervenciones en programas y acciones de cambio cultural en la ciudad. Su misión era, principalmente, acompañar las reflexiones y aproximaciones académicas de la Secretaría de Cultura Ciudadana y su subsecretaría de Ciudadanía Cultural respecto a herramientas fundamentales para abordar problemas públicos de corte comportamental. El Laboratorio, producto de una alianza entre la Alcaldía Municipal y la Universidad EAFIT produjo en el curso de su trabajo varios textos que recogían sus hallazgos y le proponían a la ciudad agendas relativas a sus preocupaciones.

En 2017 publicó el libro “Imaginarios comunes, sueños colectivos y acciones ciudadanas: Pensando Medellín en clave de cultura ciudadana, derecho a la ciudad e innovación pública”, segundo resultado de la agenda de investigación del Laboratorio, que reunía diferentes reflexiones académicas e institucionales sobre el abordaje del cambio cultural desde las intervenciones del gobierno municipal y sus conexiones con las agendas de transformación social de los territorios de Medellín desde organizaciones y grupos sociales y culturales.

En el capítulo “Reglas, mesas y confianza: fortaleciendo la apuesta institucional de cultura ciudadana en Medellín” reseño las generalidades del libro (a modo de introducción) y reviso algunos retos y oportunidades de la gestión de la cultura ciudadana en Medellín; reflexiones que vendrían muy bien durante los dos siguientes años en el proceso de formulación de la política pública de Cultura Ciudadana de Medellín.

Aquí pueden leer el capítulo:

Capítulo “Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del COVID-19”.

Portada del capítulo.

El libro “Pensar la crisis. Perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros” fue editado por Adolfo Eslava y Jorge Giraldo y publicado por la Editorial Universidad EAFIT. Su objetivo era recoger diferentes ideas y perspectivas de un grupo variado de académicos alrededor de la pandemia del COVID-19. El texto reúne reflexiones de temas tan variados como los cambios al orden mundial, el futuro del liberalismo, los estudios del comportamiento y la labor de ser padres en medio de las dificultades de la cuarentena.

Incluye también un capítulo de mi autoría, centrado en lo que algunos aprendizajes de las ciencias del comportamiento nos pueden decir sobre las decisiones y acciones cotidianas de las personas en la mitad de esta crisis y en las pistas que estas mismas ideas nos pueden dar para promover comportamientos individuales y acciones colectivas de cuidado. Pueden acceder a la versión digital gratuita del libro en este enlace.

Y aquí descargar mi capítulo:

Reseña de “Nudge: un pequeño empujón” de Richard Thaler y Cass Sunstein.

“Un pequeño empujón: el impulso que necesitas para tomar mejores decisiones sobre salud, dinero y felicidad” se popularizó bastante luego de que en 2017 uno de sus autores, Richard Thaler, fuera reconocido con el premio Nobel de economía.

No somos tan racionales como creemos. O al menos, tanto como la tradicional explicación del comportamiento humano de la economía neoclásica nos ha planteado. Según este modelo, el famoso homo economicus, las personas tomamos decisiones y actuamos sopesando cuidadosamente nuestras opciones, lo hacemos de manera absolutamente individual y luego de analizar toda la información disponible. Esta ficción teórica sirvió de modelo explicativo durante buena parte del siglo XX y en ocasiones sigue delimitando la manera como personas e instituciones consideran que los demás toman decisiones. En el diseño de políticas públicas, la definición de reglas de juego corporativas y organizacionales e incluso, en el proceso legislativo, particularmente penal, el homo economicus vive.

Paralelo a su uso, las críticas. Desde la sicología, la sociología y algunas aproximaciones de la ciencia políticas, y luego, desde la misma economía, el modelo de la racionalidad perfecta se ha ido desechando de buena parte de los análisis sobre comportamientos. El ascenso de la economía del comportamiento de la mano de académicos como Daniel Kahneman y Amos Tversky desembocaría en el reconocimiento del primero con un nobel de economía en 2002 y la popularización de la disciplina y sus principales postulados. La economía del comportamiento señala que la complejidad de la forma como las personas piensa, deciden y actúan no puede reducirse al simplista modelo neoclásico, que las personas tienen lo que denominan una “racionalidad limitada”. Esto es, una pretensión de tomar decisiones racionales delimitada por la influencia que los sesgos, las heurísticas y las reglas le imponen.

Siguiendo a Kahneman y a Tversky, el economista Richard Thaler y el abogado Cass Sunstein presentaron en 2008 su libro “Nugde” que presentaba su propuesta de intervenciones conductuales ligeras para modificar la manera como las personas tomaban decisiones. Los “nudge” o pequeños empujones son ajustes pequeños en la arquitectura de las decisiones de las personas que buscan, sin coartar su libertad de tomar una decisión diferente, modificar su comportamiento en su propio beneficio. Son, por un lado, una alternativa novedosa para el Estado, que puede ver ventajas en su efectividad soportada en los aprendizajes sobre la conducta humano de las ciencias del comportamiento y en su compromiso con ser siempre baratas, sencillas y poco intrusivas; también presentan a otras organizaciones con necesidades de cambios comportamentales, la oportunidad de realizar ajustes sin las necesidades en términos de recursos y coerción que suelen estar más de lado del Estado.

“Sesgos, heurísticas y arquitectura de las decisiones: “Un pequeño empujón” como introducción al ‘paternalismo libertario’ de Richard H. Thaler y Cass R. Sunstein” es una reseña publicada en la revista Sociedad y economía de la Universidad del Valle sobre este libro y sus implicaciones como acercamiento a las ciencias del comportamiento. La pueden leer aquí;