¿Cuál es el secreto de la Cultura Metro?

En 2018 la Cultura Metro cumplió 30 años. El programa/campaña es más viejo que el mismo sistema.

Hay algo casi místico en la Cultura Metro. Al menos, en buena parte de las conversaciones que se refieren al programa de relacionamiento comunitario, comunicación pública y comportamiento de usuarios del sistema del Metro de Medellín hay siempre una aura particular, como un reconocimiento que todos hacemos de un ingrediente secreto que puede explicar su éxito. Hay muchas especulaciones sobre estas explicaciones, desde conocimiento y sabiduría popular, lugares comunes y respuestas simplistas e incluso, algunos abordajes académicos que han intentado dar algo de luces sobre porqué parece funcionar.

Y por su “buen” funcionamiento me refiero a los logros reconocibles en términos de reconocimiento general, conexión entre su existencia y sus efectos, y las visibles ventajas en términos del comportamiento de los usuarios. Lo interesante es que en las explicaciones de su efectividad hay una buena controversia. Esas conversaciones a las que me refería más atrás suelen girar entorno a una pregunta que ha trasnochado a un par de Secretarios de Cultura Ciudadana de Medellín “¿Por qué no hemos sido capaces de ‘sacar’ la Cultura Metro del metro?”. De nuevo aquí, las respuestas están en disputa y terminan regresándonos a las primeras preguntas, pues ¿Cómo podremos escalar un programa de un sistema de transporte masivo a toda una ciudad (o al menos otros sistemas) si mantenemos dudas sobre lo que precisamente hace que funcione?

De cara a eso, vale la pena revisar algunas respuestas a estas preguntas, que podrían reunirse en estas cuatro hipótesis apresuradas:

*Antes de avanzar es necesario considerar que algunas personas ponen en duda no solo la efectividad, sino la conveniencia de algunas o todas las formas del programa. Aunque pueden haber críticas justas (como en todo) considero que las ventajas del programa y en particular su efecto casi místico sobre el comportamiento de los usuarios, son suficientemente relevantes y convenientes como para subestimarlos.

H1. La insistencia y el largo plazo: la repetición es valiosa. No solo actúa como recordatorio, sino, como oportunidad de señalar una expectativa de comportamiento. Además, como señalan algunos, supone un pilar fundamental de una concepción algo mecánica de educación. Pero no solo sería insistir en normas y formas, también es el tiempo por el cuál eso ha sucedido. Los promotores de esta explicación señalan siempre el hecho de que el programa y la campaña de Cultura Metro existiera antes que el mismo sistema y que haya sido una constante en la comunicación de la empresa.

H2. La asepsia, el orden y el control: cercano a las ideas de la ya célebre teoría de Ventanas Rotas, esta explicación señala la relevancia para el comportamiento de los usuarios y el aprecio de los ciudadanos, de los pisos trapeados y las basuras recogidas. De igual manera, la disposición a hacer cumplir estas y otras normas con la ayuda de figuras de autoridad y mensajes indicativos de cuidado del espacio. De ahí la importancia de las señales, mensajes y sobre todo, la presencia de miembros de la policía dentro del sistema. La asepsia en este caso también se entiende como contagiosa, es decir, resulta más difícil que una persona dañe un mobiliario o arroje una basura en una plataforma de metro impecable que en una llena de basuras y en mal estado. El esfuerzo sistemático de la empresa por cuidar cada metro cuadrado del sistema y apresurarse a limpiar, arreglar o cambiar cada cosa que se deteriore es testamento de esa política. Evitar otras expresiones dentro del Metro, como las ventas o las presentaciones de artistas buscan el mismo objetivo.

H3. El orgullo, el sentido de pertenencia y un poco de regionalismo: los medellinenses son los colombianos que, de acuerdo a las comparaciones de las Encuestas de Cultura Ciudadana de los últimos diez años, se siente más orgullosa de su ciudad. Ese porcentaje de personas que sienten un fuerte apego e identificación con Medellín pocas veces baja del 88% y ese orgullo bien puede extender a símbolos particulares de la ciudad, en particular, diría esta explicación, al único sistema metro del país. Esa exclusiva no es menor, no solo supone un orgullo como logro común de una ciudad, sino, como comparación a que en otros lugares no se haya podido lograr a pesar de ingentes esfuerzos. Esto pisa las lindes odiosas del regionalismo (otra de las críticas que en ocasiones reciben campañas como las de Cultura Metro), pero parece estar, al menos, en la cabeza de las personas de la ciudad cuando tienen que explicar las razones de su comportamiento en el sistema.

H4. Las normas sociales y las profecías autocumplidas: lo primero es una expectativa normativa, es decir, que las personas sepan lo que es deseable de ellos en un lugar o situación específica. Luego, que ellos evidencien o sepan que muchos más o la mayoría de sus pares, también hacen eso mismo. Finalmente, que en la manera como la gente se relaciona con esa situación, las dos expectativas se vean como algo “normal”, como lo que “la gente de aquí hace en esa situación o lugar”. Y entonces nace la norma social, el comportamiento colectivo explicado en lo que creemos que otros hacen, esperan que hagamos y valoran positivamente cuando hacemos. En el Metro bien podrían estar en juego normas sociales de comportamiento y una especie de acuerdo colectivo sobre la manera cómo las personas de Medellín hacen las cosas respecto y en el Metro.

Estas hipótesis no son excluyentes entre ellas (o con otras que no estén aquí por descuido o ignorancia mía). Bien puede ser que haya un poco de cada una en la respuesta a la pregunta por el ingrediente secreto y reconociendo que la principal conclusión de esto, a 25 años de funcionamiento del sistema y más de 30 del programa, sigue siendo la necesidad de conocer más y mejor las razones de su éxito.

Presentación en el XIII Foro Juvenil de Cultura Ciudadana “Soy joven, soy ciudad”.

El pasado 16 de octubre tuve el honor de participar del XIII Foro Juvenil de Cultura Ciudadana “Soy joven, soy ciudad” organizado por el colegio San Luis Beltrán y la Corporación Santa Marta Vital. La presentación giro alrededor de las agendas de cultura ciudadana, la posibilidad del cambio cultural y la importancia de que los jóvenes agencien estos procesos. El foro incluyó una genial presentación de Alicia Peñaranda sobre redes sociales, activismo y cambio cultural y la socialización de varios contenidos generados por los mismos jóvenes de la ciudad sobre cultura ciudadana. Aquí pueden verlo completo o acceder en este enlace.

Sobre las “malas” ideas de cultura ciudadana para el COVID-19

El “covidcasco”, en la India.

Hace unos días las camisas desgarradas de Twitter se volvieron a desgarrar por una intervención musical que la aerolínea Avianca realizó en uno de sus vuelos junto a la Filarmónica de Medellín. Los instrumentos escogidos, los vientos, no fueron para nada bien recibidos en la mitad de una pandemia global que se contagia principalmente por medio de la saliva de las personas. La idea hubiera resultado bonita en otro contexto y también da cuenta de la difícil situación en la que se encuentra el sector cultural nacional por culpa de las limitaciones de actividades que siguen delimitando la cotidianeidad del fin del mundo.

Por esos mismos días, un “youtuber” (¿o Influencier? Ya es difícil distinguir estos títulos) del Caribe colombiano publicó un video con cámara escondida en el que le daba cachetadas a un cómplice que usaba incorrectamente el tapabocas en la calle, siempre junto a algún desprevenido con el suyo por debajo de la boca o nariz. El video fue un éxito de viralidad y muchos de los comentarios reconocían, probablemente con cierta ironía, el potencial de la broma para promover el uso del tapabocas en Colombia.

No son las únicas “malas” ideas recientes relacionadas con la activación cultural y la agenda de prevención de la crisis del COVID-19, en esta lista en Twitter se ha ido recogiendo una selección amplia y diversa de acciones (cuando menos, extrañas) para promover los comportamientos de cuidado en la pandemia. Esto no pretende señalar que no hayan muchos asuntos interesantes sobre la utilización de la intervención cultural en esta crisis, como el uso que están dando varias administraciones municipales y distritales colombianas (en particular Bogotá y Medellín) a las normas sociales sobre uso de tapabocas y mantenimiento de distancia física.

Las acciones artísticas también pueden ser fundamentales para evidenciar la magnitud de la tragedia que ha supuesto el COVID-19 y las fallas de los gobiernos a la hora de proteger a sus ciudadanos, como esta instalación de 20.000 sillas por parte de sobrevivientes del virus para “visualizar” una por cada diez personas muertas en Estados Unidos. De ahí que hablar de intervenciones “malas” no sea una crítica a lo llamativo o teatral. Precisamente en Bogotá se ha desplegado “Alas de distancia“, una estrategia en la que grupos de artes escénicas disfrazados de colibríes intervienen espacios críticos para recordar a las personas las distancias seguras en el espacio público.

Así las cosas ¿Cómo podemos distinguir a las “buenas” de las “malas” ideas de intervención cultural en este contexto? Aquí tres criterios, incompletos, para avanzar en esa dirección.

El primer criterio es algo obvio, pero no por eso menos importante: la intervención o acción no debería suponer un riesgo en sí misma (o un uso irresponsable o mentiroso de la información). Un ejemplo para esto son las intervenciones que suponen la aglomeración de personas, sean como espectadores o parte de la intervención. En Indonesia la utilización de “ataúdes para reflexionar” sobre el mal uso del tapabocas supuso la confirmación de masas de curiosos. Lo que hicieron Avianca y FilarMed entraría en esta categoría.

El segundo criterio se refiere al diseño basado en un comportamiento específico. Este criterio puede no implicar la inconveniencia general de una intervención, pero claramente es importante que una vez se despliegue la acción, sea evidente para las personas qué se espera de ellos. Acciones demasiado generales, como muchas de las que han intentado aumentar la percepción de riesgo con el uso del miedo, pueden reconocerse desde esta limitación. La Policía Nacional colombiana, por ejemplo, organizó durante las primeras semanas de cuarentena desfiles funerarios centrados en asustar a las personas para cumplir las medidas del gobierno.

El tercer criterio se refiere a la expectativa puesta en la agencia y las motivaciones de las personas, y la información disponible y recolectada para ese diseño. Digamos que es un criterio sobre la forma en la que se diseñan intervenciones que buscan, al final, modificar un comportamiento que se asume es socialmente inconveniente. Promover el uso correcto del tapabocas, facilitar el cálculo de las distancias de seguridad (mientras de motiva su cumplimiento), aumentar el lavado de manos luego de situaciones de riesgo, no es ni sencillo, ni debería subestimar la importancia de tener un amplio conocimiento sobre las motivaciones, las oportunidades y las capacidades de esos comportamientos y las funciones de intervención que mejores resultados pueden lograr.

De esta manera, ni darle cachetadas a la gente cuando no usa tapabocas, ni tocar trompetas en un avión parecen ser buenas ideas. Tampoco los disfraces por los disfraces, o el miedo por el miedo. Si queremos evitar el camino al infierno es importante reconocer esto: las equivocaciones y los aciertos, los lugares y escenarios en donde parece que se toman decisiones basadas en conocimiento y preocupadas por su efectividad desde el cambio cultural y en dónde no.

¿Por qué hablamos tan poco de los incidentes viales en Colombia?

“Los 270”, una activación de visibilización de las víctimas de incidentes viales en Medellín en 2017.

Esta semana, la trágica muerte de José Duerte, un ciclista lanzado fuera de un puente al ser embestido por un conductor en la vía a Sopó. La atención de medios y redes sociales se dirigió hacia los incidentes viales, en particular los que involucran a ciclista y su vulnerable situación en Colombia, con reportajes, videos de nuevas denuncias y declaraciones institucionales sobre programas, acciones y voluntades políticas. Sin embargo, no será sorpresivo que en los próximos días (si es que ya no está ocurriendo) el tema vuelva a caer en la oscuridad del anonimato cotidiano.

Ese es uno de los principales líos para abordar con los recursos y decisiones necesarias el problemas de seguridad vial del país: la naturaleza dispersa y “cotidiana” de los choques, lesiones y muertes. Sus efectos, que no son ni subestimarles, ni pequeños, se normalizan con mucha facilidad. Por eso la insistencia de académicos, organizaciones y académicos que trabajen en la seguridad vial de llamar a los incidentes así, y no “accidentes”, intentado resaltar que son prevenibles y bajarle un poco a la percepción de que son “cosas que pasan”. En efecto, en tanto la gran mayoría de los incidentes viales ocurren por fallas humanas, por comportamientos, son absolutamente prevenibles y exigen la intervención activa y decidida del Estado.

De acuerdo a la Agencia Nacional de Seguridad Vial, en 2019 murieron 6.634 personas en incidentes viales en Colombia. Este año tiene cifras “atípicas”, explicadas por el encierro y reducción de la actividad producto de la pandemia, por eso casi todas las municipalidades y el mismo gobierno nacional señalan reducciones en incidentes, en particular entre marzo y junio de 2020. Pero el año pasado en Medellín murieron 247 personas y 31.629 resultaron heridas, según el Observatorio de la Secretaría de Movilidad. Las características del fenómenos son también bien conocidas; sus protagonistas, bien entendidos. Por ejemplo, la relevancia de los motociclistas, jóvenes y hombres en todo esto. El 21% de los muertos y el 28% de los lesionados en la ciudad son hombre de entre 20 y 29 años que conducían una moto.

Los puntos de mayor riesgo también están muy bien definidos (al menos en las grandes ciudades), usando de nuevo el ejemplo de Medellín, hay muy buena información de que las glorietas son los puntos más álgidos en incidentes. Sabemos también que el exceso de velocidad, la falta de pericia y los problemas de “convivencia” en la vía (como el que ocasionó la muerte de José Duarte) son las principales causas.

Así pues, Colombia tiene una necesidad urgente de adelantar una agenda nacional de seguridad vial y cultura ciudadana para las vías. La mejor manera de honrar a las víctimas de estas fallas del Estado es intentar solventarlas esas fallas; comprometerse a reducir las muertes en las vías del país, echando mano de todo el conocimiento que tenemos. Hay mucho por hacer para mejorar la convivencia de los actores viales en las vías (en particular, para proteger a los más vulnerables). Por el lado de la pedagogía, siempre apreciaré mucho este ejercicio basado en la empatía, el programa de cultura ciudadana de Medellín “En los pedales del ciclista” o campañas de comunicación como “Estrellas negras” que conectaron la percepción de riesgo, la visibilización del fenómenos y el uso de referentes culturales colombianos.

Pero el primer paso (y es un paso fundamental) para que esto pueda ocurrir es que el tema no abandone de la manera cómo recurrentemente lo hace, la atención del público, los medios y los políticos. Las presiones cotidianas a los servidores y autoridades públicas que en cada municipio y departamento gestiona esto es clave (secretarios de movilidad o tránsito, directores de policía o entidades de tránsito): preguntarles qué están haciendo, qué pretenden hacer y cuáles son las metas en términos de reducción de incidentes, muertos y lesionados que se han trazado. La acción política de control también ayuda, en Medellín, el concejal Daniel Carvalho dirige una comisión accidental sobre seguridad vial que permite que periódicamente se haga seguimiento a la gestión de la administración pública.

Evitar las normalizaciones de las tragedias también es responsabilidad de quiénes estamos buscando el siguiente motivo de indignación, la próxima tendencia en redes. Al olvidar o distraernos les fallamos a las víctimas pasadas y futuras de este problema.

Contribución al boletín “Efectos sanitarios, económicos y sociales por el COVID-19” de Proantioquia.

El boletín aborda varias cuestiones importantes de la reapertura, entre ellas las asociadas a la cultura ciudadana.

El pasado 1 de septiembre, mientras Colombia entraba con timidez a la etapa de reapertura de su economía y vida social, el boletín para el Consejo Directivo de Proantioquia abordó los retos que este proceso suponía para el país. Uno de los principales asuntos de ese proceso es la responsabilidad asumida por miles de empresas y organizaciones (además de los gobierno locales, por supuesto) de gestionar los comportamientos y el cumplimiento de las medidas de cuidado y bioseguridad. El boletín incluyó al final una nota en la que evalúo las perspectivas y necesidades asociadas a los procesos de cultura ciudadana y transformación cultural para enfrentar precisamente los desafíos presentados por la reapertura.

Pueden encontrar este y otras publicaciones hechas por Proantioquia en este enlace. Y aquí pueden acceder al boletín completo, incluida la nota “Cultura Ciudadana para momentos de reapertura”.

Capítulo “La cultura ciudadana como proyecto ciudadano”.

Un taller de cocreación ciudadana dirigido por el equipo del Laboratorio de Cultura Ciudadana de Medellín.

¿Se puede pensar en la cultura ciudadana como un proyecto que pueda vivir sin la participación, agencia e incluso protagonismo de la ciudadanía? No. Y aunque esa respuesta no es ni novedosa ni arriesgada, tiene profundas implicaciones sobre el diseño de políticas públicas, escenarios de participación y estrategias que busquen, precisamente, resolver problemas públicos desde el enfoque de cultura ciudadana.

En 2016 nació el Laboratorio de Cultura Ciudadana de Medellín, un proyecto en asocio entre la Alcaldía de Medellín y la Universidad EAFIT, para gestionar conocimiento, experimentar acciones y generar escenarios de intercambio de ideas sobre las agendas de transformación cultural de la ciudad. Su primera publicación de resultados de trabajo, “Pensar y construir el territorio desde la cultura“, presentaba los avances sobre estas tareas y las perspectivas que el trabajo sobre cultura ciudadana señalaba en Medellín.

El libro incluye un capítulo de mi autoría (más es la introducción, pero llamémosle así), que reflexiona precisamente sobre los escenarios y las formas en las que se puede ampliar la conversación sobre cultura ciudadana a la ciudadanía y el rol que en esa misión cumpliría ese por entonces novedoso escenario del Laboratorio de Cultura Ciudadana. Aquí pueden leer ese capítulo/introducción:

Entrevista sobre cultura ciudadana con “C3- Colegio de Ciencias del Comportamiento”.

El pasado 14 de septiembre conversé con Carlos Naranjo de C3-Colegio de de Ciencias del Comportamiento sobre cultura ciudadana, la emergencia del COVID-19 y las perspectivas de cambio e intervención que el enfoque puede señalar para gobiernos y organizaciones. Aquí pueden ver la conversación completa:

Ingenieros de lo invisible.

Con meditación, oración y yoga, miembros del ESMAD en Medellín están  aprendiendo el manejo de sus emociones | Minuto30.com
Una imagen de la sesión de Yoga con agentes del ESMAD.

La semana pasada, mientras el país intentaba encontrarle sentido a los abusos policiales que produjeron al menos doce muertos y más de un centenar de heridos durante las protestas nacionales por la muerte del abogado Javier Ordóñez, precisamente, durante un procedimiento de la Policía, la Alcaldía de Medellín presentaba con algo de orgullo un proceso de meditación y regulación de emociones adelantado unos días atrás con miembros del ESMAD (Cuerpo Anti-disturbios).

La publicación fue recibida -cuando menos- con “escepticismo” en las redes sociales. Ahora, más allá de la impertinencia (porque era un mal momento para estar sacando pecho por acciones de gobierno), la dureza de las respuestas de las personas se podrían explicar en dos posiciones principalmente: La primera duda de la efectividad de este tipo de intervenciones y procesos, la segunda lo asocia a “la cultura ciudadana de Mockus”, sugiriendo de manera injusta que era algo que aunque llamativo, sería inútil.

Al respecto, vale la pena señalar que la utilización de aproximaciones poco ortodoxas para tratar asuntos de reforma policial no son tan extraños como parecen, desde el replanteo del trabajo en gestión humana de la fuerza, la utilización de economía del comportamiento en su reclutamiento, usar ejercicios de Mindfulness para mejorar niveles de estrés y hacer uso del arte y la cultura como nuevo lenguaje para la relación con los ciudadanos. Pero (y este es un gran pero), el lío aquí parece ser la vinculación demasiado segura a que una única intervención de este tipo es capaz de resolver los problemas estructurales que enfrenta la Policía.

También es un error común que toda intervención o acción pública que haga uso de simbolismos, educación no formal, arte o en general, algún instrumento inesperado entre las grises y bien conocidas alternativas de intervención del Estado, es una acción de “cultura ciudadana” (Para esto, vale la pena leer el capítulo de Henry Murraín en el libro “Antípodas de la violencia” del BID). En este caso no solo no lo es porque no parece enmarcarse en el objetivo de alinear sistemas regulares, sino porque además sus promotores no lo ven de esta forma.

Así las cosas, lo del ESMAD en Medellín parece ser inconveniente por lo insuficiente, lo anecdótico, lo impertinente, no tanto porque no haga parte de las alternativas posibles, ni porque sea supuestamente “de cultura ciudadana”. Resulta fundamental que reconozcamos no solo la posibilidad de efectividad en estas acciones, sino y sobre todo, de sus limitaciones cuando no están cumpliendo el papel de acompañar ajustes estructurales.

Y es que al final ese es el problema central: Asumir que una acción pedagógica, simbólica o de intensificación en la comunicación de un día es capaz de superar problemas fundamentales del orden social. Porque, pensar que estos ejercicios, por valiosos que puedan ser cuando se hacen bien, son resolverán los profundos problemas asociados a los incentivos, la cultura organizacional y la historia de la Policía Nacional es absolutamente inocente.

Esto no es, ni mucho menos, un reniegue sobre la importancia de la acción cultural para acompañar un proceso tan relevante como la reforma policial en Colombia. Más bien, supone señalar los límites del enfoque cuando no se acompaña de otras acciones y los excesos (por defecto) de asociar cualquier cosa que nos parezca heterodoxa desde el gobierno como una acción de cultura ciudadana.

Capítulo “Confianza, normas sociales y representaciones del otro. La implementación de la estrategia de cultura ciudadana “Medellín está llena de Ciudadanos Como Vos””.

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La portada del libro, “Lo mejor de las personas. Teoría, intervención y agenda de la cultura ciudadana”.

Esta semana se publicó la versión digital de “Lo mejor de las personas: teoría, intervención y agenda de la cultura ciudadana”, este libro es producto de un trabajo conjunto entre la Universidad EAFIT y la subsecretaría de Ciudadanía Cultural de la Alcaldía de Medellín durante el 2019. El editor académico es el profesor Adolfo Eslava, que lideró un proceso muy juicioso de recolección y revisión de textos e invitación de nuevos autores para construir un acercamiento a las cuestiones conceptuales y empíricas del enfoque de cultura ciudadana.

El libro recoge así reflexiones teóricas y prácticas sobre las agendas de cambio cultural en Colombia, reuniendo textos importantes para el enfoque y experiencias significativas de su utilización. Aquí lo encuentran completo. El texto arranca con un estudio introductorio de parte del profesor Eslava, una aproximación a la preocupación por el comportamiento de la cultura ciudadana y las implicaciones abordadas desde el libro, haciendo énfasis en las perspectivas de integración de conceptos y prácticas que se verán más adelante.

Luego viene la primera sección del libro, “Teoría”, con capítulos de Antanas Mockus, Juan Camilo Cárdenas, Mauricio García Villegas y Fredy Cante. Los textos de Mockus y Cante son referencias históricas al enfoque y enmarques clásicos de su propuesta por buscar alinear los sistemas reguladores de Ley, Moral y Cultura. Cárdenas y García revisan las contribuciones del enfoque para entender y abordar el cumplimiento de normas y la agenda de construcción de paz entendida como bien universal.

La segunda sección del libro, “Implementación”, recoge tres experiencias prácticas revisadas por Javier Guillot, Alejandra Ariza, Juan Pablo Trujillo, Juan Esteban Garro, Natalia López y yo. Guillot recuerda y encuentra lecciones en las estrategias de ahorro de agua adelantadas por la primera Alcaldía de Antanas Mockus por la emergencia del embalse San Rafael en los años noventa. Ariza presenta el caso del programa “Amor no control” en el municipio de Barrancabermeja y sus efectos positivos sobre la reducción de la violencia de género. Y Trujillo, Garro, López y yo presentamos el caso de la estrategia “Medellín está llena de Ciudadanos Como Vos” y su apuesta por construir confianza interpersonal en la ciudad.

Finalmente, en “Recomendaciones”, Juan Luis Mejía, Claudia Restrepo y Federico Hoyos revisan el enfoque en clave de política pública, capital social y comunicación.El libro es un esfuerzo fundamental para comprender algunos elementos constitutivos de las agendas de cambio cultural, pero sobre todo, para poner en perspectiva su implementación y los retos que enfrentará en el futuro.

Ideas urgentes para la cultura ciudadana de la reapertura

A la calle volveremos.

Todo parece indicar que el siguiente paso en el difícil trayecto de este año, en el históricamente terrible 2020, será la reapertura de la actividad económica y social (con controles) que se empezará a adelantar en las siguientes semanas. Me refiero a Colombia, pues otros países han adelantado, con resultados dispares, sus propias reaperturas en los últimos meses. Esto nos presenta enormes retos, según el Instituto Nacional de Salud (INS) los picos de contagios en Bogotá y Medellín aún estarían por llegar, aunque sea comprensible que la ahogada economía local necesite de un poco menos de presión en las válvulas de escape. La decisión, esa mezcla entre opciones regulares y malas que suele configurar la naturaleza de las decisiones públicas, se estaba convirtiendo en inevitable luego de cinco meses de encierro.

Frente a la perspectiva de reapertura en Medellín un punto fundamental es una apuesta robusta por abordar la cultura ciudadana. Por meses, algunas propuestas tímidas han combinado mensajes públicos con activaciones e intervenciones pedagógicas. Sin embargo, hay des conexión en esos mensajes y acciones y sobre todo, algo de timidez en confiar en la importancia de los comportamientos de las personas. El protocolo de bioseguridad mejor construido y el control de las autoridades más sistemático nunca podrá reemplazar el impacto en el cuidado de los contagios del cumplimiento y la cooperación voluntaria de las personas.

Esto también supone reconocer que esa apuesta renovada y robusta por la cultura ciudadana de la pandemia supera al Estado. Necesitamos que las empresas, organizaciones, negocios y ciudadanos de a pie que regresarán a sus actividades económicas y sociales nos juntemos en este esfuerzo colectivo por seguirnos cuidando. No solo nuestra salud está en riesgo, la misma sostenibilidad de la reapertura depende de esto. Si en unos días los contagios se disparan, todas las esperanzas puestas en la reapertura para solventar los problemas económicos en los que nos encontramos habrán sido para nada.

Ahora, lo importante no solo es reconocer la relevancia de que todos pongamos en estos esfuerzos, sino, que lo hagamos desde la seguridad de contar con buenas herramientas, conocimiento y apertura para promover y cambiar comportamientos. Adelantar acciones de cultura ciudadana partiendo de lo que sabemos sobre el diseño de mensajes, ideas sobre comportamientos de cuidado, conversaciones sobre cambio cultural en estos tiempos, los mismos desafíos tempranos de reabrir ciertos sectores, el marco de trabajo en cultura ciudadana en Medellín, entre otras muchas cosas.

Si hacemos todo bien, nos puede ir mejor de lo que sugeriría el pesimismo. Pero necesitamos ayuda: Estado local, organizaciones, empresas, todo el mundo se debe alinear hacia reforzar una agenda de cultura ciudadana, y hacerlo usando el conocimiento que tenemos sobre nuestros dispositivos culturales y disposiciones comportamentales. Sin eso, nos puede ir peor de lo que señala el optimismo. O incluso, mucho peor.