Artículo “La innovación pública como gobierno del cambio social”.

La publicación hizo parte del dossier sobre innovación pública del volumen 28 de la revista.

La semana pasada fue publicado el número 28 de la revista Ópera de la Universidad Externado de Colombia. Junto al profesor y decano de la Escuela de Humanidades, Adolfo Eslava, publicamos un artículo sobre la importancia de aprendizajes sobre comportamiento y prosocialidad en el desarrollo de programas públicos que aborden problemas viejos desde una aproximación al cambio social. El texto revisa un enfoque de innovación pública que logre encontrar puentes entre políticas públicas, estudios del comportamiento y perspectivas del cambio social. A continuación, presenta dos programas de la Alcaldía de Medellín enfocados en el cambio cultural desde las normas sociales y la resolución de asuntos de convivencia desde la teoría de la argumentación y los estudios de argumentación.

Pueden leer el artículo completo aquí: “La innovación pública como gobierno del cambio social”.

Algunas ideas sobre la promoción de comportamientos deseables

Durante la pandemia, hacer énfasis en los comportamientos deseados (y en el cumplimiento generalizado) puede ser clave para promover el cuidado.

Las personas nos comportamos en ocasiones según lo que creemos que son comportamientos generalizados y generalmente aceptados. Es lo que Cristina Bicchieri denomina una norma social: la expectativa de que muchas personas o la mayoría de las personas se comportan de una manera, o expectativa empírica, y la expectativa de que muchas personas o la mayoría esperan que nosotros nos comportemos de esa manera, o expectativa normativa (2005; 2018). Lo que pensemos que son comportamientos deseables para los demás y para alguna autoridad de referencia, como el Estado, resulta clave para el reconocimiento de una norma social. Incluso, la confianza que tengamos en las personas y las instituciones pueden señalar nuestra disposición a reconocer esa norma (Fortou y Silva, en prensa).

De allí la importancia de que los esfuerzos de estrategias de cambio de comportamiento sean cuidadosos en poner el énfasis de mensajes y acciones en los comportamientos deseables y no en lo contrario. Al fin de cuentas, una norma social puede definir un comportamiento deseable, pero también uno indeseable. Resulta común que gobiernos, empresas y organizaciones que quieren promover un comportamiento social u organizacionalmente conveniente utilicen el señalamiento de lo que “no debemos hacer” como mecanismo de comunicación de sus intenciones para desincentivarlo. El lugar donde se pone el énfasis en estos casos es fundamental respecto a la posibilidad efectiva de cambio y puede llevar incluso a que un comportamiento reducido y extraño se vuelva más común por la “publicidad” que le hacen quienes, precisamente, quieren evitarlo.

Esto no supone esconder los problemas o los comportamientos indeseables. Es más, dar esas conversaciones de manera inteligente y controlada puede retroalimentar discusiones sobre ellos, pero sí tener cuidado con la inclinación (en ocasiones común entre medios, organizaciones y gobiernos) de poner el énfasis en lo que no sale tan bien en el comportamiento de las personas. Por otro lado, hacer énfasis en el comportamiento deseado permite que los esfuerzos de cambio de comportamiento echen mano de tres elementos fundamentales: el poder de la influencia social, el poder de las expectativas de comportamiento y las oportunidades de superar brechas de ignorancia pluralista (Silva et al., 2019).

Muchos comportamientos deseables son, ante todo, cooperativos. Es decir, suponen que las personas hagan algo que puede percibirse como un costo individual para conseguir un logro colectivo (Silva, 2020). Pagar impuestos es una pérdida patrimonial individual que, en teoría, se ve recompensada con los servicios públicos que provee el Estado. Pero una motivación fundamental de comportamiento como este es la percepción de que “todos” o “la mayoría” están contribuyendo también. Pagar impuestos es un poco menos doloroso (y puede ser sustancialmente más aceptado) si estamos seguros de que no somos los únicos que lo hacemos y que hay unos pocos o ninguno que no están poniendo de su parte. Una larga lista de intervenciones de promoción del pago a tiempo de impuestos que usan normas descriptivas (“la mayoría lo hace”) son buena evidencia de esto (Larkin et al., 2018).

Esto también nos señala lo relevante que para nuestro propio comportamiento es lo que pensamos que hacen o piensan los otros. Durante buena parte de la segunda mitad del siglo veinte, los experimentos sobre conformidad de Solomon Asch asumieron la tarea de comprender un poco mejor la manera como el comportamiento de los demás determinaba e influenciaba el propio (1995). La influencia de un comportamiento ajeno sobre el nuestro se puede revisar respecto a nuestro grupo de referencia, los creadores de tendencia y las percepciones de mayoría y confianza que tengamos en los demás. Por eso resulta clave que tengamos una percepción positiva de los demás, pero, sobre todo, que pensemos bien de sus motivaciones, intenciones y acciones. Si los comportamientos que consideramos son mayoritarios influencian nuestra propia disposición a seguirlos, más vale que esa percepción de comportamiento generalizado sea respecto a lo que consideramos social o grupalmente deseable.

Aunque no siempre hacer énfasis en el comportamiento deseado es efectivo, como Cialdini et al. (2016) han mostrado, hay algún grado de consenso respecto a que al hacer uso de intervenciones de tipo norma social y comunicación de expectativas en particular, sobre la importancia de señalar lo que queremos promover (Murraín, 2017; Mackie, 2017; Silva et al., 2019). Esto supone un esfuerzo fundamental al momento de diseñar mensajes y acciones que privilegien los comportamientos objetivo y sobre todo, que ayuden a alimentar una percepción positiva respecto a las motivaciones e intenciones de los demás, en particular, los que consideremos como un grupo de referencia.

De ahí la importancia de definir muy bien lo que queremos que sea más común entre las personas y la manera cómo lo presentamos para que complemente una expectativa de comportamiento sobre lo que es mayoritario y deseable. Centrarse en lo deseable, hacerle bulla a lo conveniente y prosocial, volver normal las contribuciones que siendo cotidianas, pueden ser extraordinarias.

Referencias:

  • Asch, S. (1995). Opinions and social pressure. En E. Aronson (Ed.) Readings about the social animal. Nueva York: W. H Freeman.
  • Bicchieri, C (2005). The grammar of society the nature and dynamics of social norms. London, UK: Cambrigde.
  • Bicchieri, C (2018). Nadar en contra la corriente. Cómo unos pocos pueden cambiar los comportamientos de toda una sociedad. Ciudad de México: Ediciones Paidós.
  • Cialdini et al. (2016) Managing social norms for persuasive impact. Social Influence, 1 (1), pp. 3–15.
  • Fortou, J. y Silva, S. (En prensa). Trust and Social Norm Recognition: Evidence from a Latin American City.
  • Larkin, C., Sanders, M.  Andresen, I.  y Algate, F. (2018) Testing Local Descriptive Norms and Salience of Enforcement Action: A Field Experiment to Increase Tax Collection. Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=3167575 or http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.3167575
  • Mackie, G. (2017). Effective Rule of Law Requires Construction of a Social Norm of Legal Obedience. In: Cultural Agents Reloaded: The legacy of Antanas Mockus. Tognato, C. (Ed.). Cambridge: Harvard University Press.
  • Murraín, H. (2017) Transforming expectations through Cultura Ciudadana. In: Cultural Agents Reloaded: The legacy of Antanas Mockus. Tognato, C. (Ed.). Cambridge: Harvard University Press.
  • Prentice, D. A., & Miller, D. T. (1996). Pluralistic ignorance and the perpetuation of social norms by unwitting actors doi:10.1016/S0065-2601(08)60238-5
  • Silva, S.; Garro, J.E.; López, N. y Trujillo, J.P. (2019). Confianza, normas sociales y representaciones del otro. La implementación de la estrategia de cultura ciudadana “Medellín Está Llena de Ciudadanos como Vos”. En: Eslava, A. (Ed.) Lo mejor de las personas. Teoría, implementación y agenda de cultura ciudadana. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT y Alcaldía de Medellín.
  • Silva, S. (2020). Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del covid-19. En: Eslava y Giraldo (Ed.). Pensar la crisis. Perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT.

Entrevista sobre cultura ciudadana con “C3- Colegio de Ciencias del Comportamiento”.

El pasado 14 de septiembre conversé con Carlos Naranjo de C3-Colegio de de Ciencias del Comportamiento sobre cultura ciudadana, la emergencia del COVID-19 y las perspectivas de cambio e intervención que el enfoque puede señalar para gobiernos y organizaciones. Aquí pueden ver la conversación completa:

Una guía sencilla para mejores mensajes de prevención del Covid-19.

Esta pieza del gobierno irlandés es un buen ejemplo de comunicación efectiva y sencilla para esta coyuntura.

A la fecha, más de 10.000 personas han muerto y unas 300.000 se han enfermado en Colombia por el COVID-19. Es una tragedia. Y, sin embargo, los negocios reventados, las instituciones apretadas y los gobiernos locales ahogados buscan la manera de recuperar algo de normalidad; salvar algunas de las prerrogativas de la vida anterior a la pandemia, mientras se relajan algunos de los elementos de la cuarentena. Parte de lo bien que se haga esta reapertura depende de las capacidades de las organizaciones de movilizar a los ciudadanos para seguirse cuidando. Sin la draconiana cuarentena para reducir casi al máximo las interacciones, dependemos de herramientas como la pedagogía y la comunicación para promover la distancia física, el lavado de manos, el reporte de síntomas, el auto aislamiento en caso de sospecha de contagio y el uso correcto del tapabocas.

La economía del comportamiento y algunas pistas acumuladas de las acciones de cultura ciudadana nos pueden ayudar a encontrar mejores formas (al menos con más posibilidades de ser efectivas) a la hora de diseñar e implementar mensajes y acciones de cuidado. Esta es una lista, incompleta como todas, de diez consejos generales sobre cómo hacerlo. Espero que sean útiles.

1. Céntrense en mensajes de cuidado de los demás. En casi todas las encuestas hechas sobre motivaciones alrededor del mundo (y algunas en Colombia), las personas señalan que cumplen las medidas para cuidar a otros: familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo.

2. Usen mensajes sobre lo que estamos haciendo todos. Señalen que “muchos” o la “mayoría” cumplimos las medidas y seguimos las indicaciones, como efectivamente está ocurriendo. Los comportamientos dependen en ocasiones de nuestra percepción de lo que hacen los demás o creen que es importante que hagamos. Para todos es fundamental saber que otros cooperan, para querer también cooperar.

3. Definan canales y momentos en los que sus mensajes puedan funcionar mejor como recordatorios. El lavado de manos constante, el distanciamiento físico y el uso del tapabocas son comportamientos mejor delimitados por hábitos, de igual forma, la disposición a aplazamiento y la procrastinación pueden afectar que los hagamos con juicio. Un recordatorio puede ser en muchas ocasiones la diferencia entre realizarlos.

4. No se centren en el riesgo personal de contagio. Quienes tienen buena disposición de cuidado, ya lo hacen, y quienes pueden estar delimitados por un sesgo de optimismo (“a mí eso no me va a pasar”) son difíciles de asustar. De nuevo, los mensajes de cuidado mutuo y norma social pueden resultar más efectivos en esta medida.

5. Algunas piezas instructivas pueden ayudar a recodar, mientras que permiten superar barreras cognitivas sencillas. Algunos contenidos, como consejos para que las gafas no se empañen o para que las orejas no se resientan al usar la mascarilla son un buen ejemplo, también juegos más coquetos como unas instrucciones para tomarse una selfie con mascarilla. El objetivo aquí es actuar como recordatorio indirecto del comportamiento y normalizar la adhesión.

6. No subestimen los lugares y los momentos de los mensajes. Poner un instructivo sobre cómo lavarse las manos en los espejos de los baños o enviar mensajes de texto o WhatsApp cada tres horas que recuerdan hacerlo pueden tener buenos efectos en este comportamiento. De nuevo, usando el poder de los recordatorios, pero también usando asuntos como la silenciosa regulación que se produce cuando varias personas tienen la misma señal en un espacio particular.

7. Algunos mensajes y contenidos indirectos sobre la “vida en la pandemia” pueden ser el vehículo perfecto para hablar sobre los comportamientos de cuidado. Una capacitación o conversatorio sobre teletrabajo o salud mental pueden estar llenos de pequeños recordatorios; en este sentido, el objetivo es señalar lo esperables de estos comportamientos y lo generales.

8. Sin caer mucho en el pantanoso mundo de los “influenciadores”, hay que reconocer que las personas sí le hacen caso a otros que consideran relevantes para sus grupos de referencia. Busquen “influenciadores” comunitarios u organizacionales como voceros, más que gente famosa; estas personas pueden señalar tendencias, y su papel funciona mejor como referentes del cambio. De nuevo, atención a la influencia informal y cotidiana, para una persona puede ser más relevante lo que piensan sus vecinos que un cantante.

9. Referencien la información que usen, así sea algo tan sencillo como el instructivo de la puesta de la mascarilla. Hay buena ciencia detrás de la información que tenemos y una buena cita a una fuente con autoridad puede ayudar mucho. De igual forma, y pensando en el punto anterior, hay mucho por hacer en cuestiones de entender a los científicos como influenciadores.

10. Finalmente, eviten metáforas de guerras, batallas y enemigos. Céntrense en esfuerzos colectivos y logros comunes, usen el agradecimiento y el reconocimiento de lo que todos hacemos como medio para resaltar los comportamientos esperados. Pongan el énfasis en las maneras como estamos enfrentando todos esto, pero sin “victorias”.

En estas dos publicaciones pueden encontrar algunas pistas más sobre este tema:

Capítulo “Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del COVID-19”.

Working paper “Comunicar para transformar” – Universidad EAFIT.

Capítulo “Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del COVID-19”.

Portada del capítulo.

El libro “Pensar la crisis. Perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros” fue editado por Adolfo Eslava y Jorge Giraldo y publicado por la Editorial Universidad EAFIT. Su objetivo era recoger diferentes ideas y perspectivas de un grupo variado de académicos alrededor de la pandemia del COVID-19. El texto reúne reflexiones de temas tan variados como los cambios al orden mundial, el futuro del liberalismo, los estudios del comportamiento y la labor de ser padres en medio de las dificultades de la cuarentena.

Incluye también un capítulo de mi autoría, centrado en lo que algunos aprendizajes de las ciencias del comportamiento nos pueden decir sobre las decisiones y acciones cotidianas de las personas en la mitad de esta crisis y en las pistas que estas mismas ideas nos pueden dar para promover comportamientos individuales y acciones colectivas de cuidado. Pueden acceder a la versión digital gratuita del libro en este enlace.

Y aquí descargar mi capítulo:

Fatiga

Coronavirus: nuevas señales urbanas para mantener el ...
Muchos espacios públicos buscan nuevas maneras se funcionar reduciendo los riesgos de contagio.

Otro día pasa. Ceder a la rutina, seguir sus pasos, repetir y repetir. Dormir. Otro día pasa. Esperar un cambio, leer noticias con la terca esperanza, decepcionarse. Otro día pasa. Cedemos de nuevo a la rutina, al miedo, a la fatiga.

Mientras las medidas de la cuarentena en Colombia fluctúan, en algunos casos abriendo espacios, actividades y escenarios de interacción, en otros, volviéndolos a cerrar (sobre todo, si así lo consideró el gobierno local), el cansancio del encierro se hace más evidente. La fatiga de cuarentena no solo es real, hace parte de un fenómeno más amplio de fatiga sobre el seguimiento de medidas de protección y seguridad personal que afecta a otros riesgos a la salud de las personas.

La fatiga es la medida en la que algo se nos empieza a volver insoportable.

Esta fatiga permite que reduzcamos lo que hacíamos para cuidarnos en los primeros momentos de la cuarentena (cuando el peligro era presente, urgente y reciente) ¿se acuerdan cuándo limpiábamos cada esquina de los paquetes de servilletas del mercado? ¿O que nos cambiábamos toda la ropa luego de sacar a dar una vuelta al perro? Aparte de que la evidencia ha subestimado la importancia de estas acciones, muchos hemos dejado de hacerlas porque el riesgo del contagio empieza a deslizarse de nuestras prioridades.

Ahora bien, hay niveles de fatiga y formas en las que los que la sufren la han enfrentado. En efecto, hay una distancia enorme entre dejar de hacer alguno de los rituales de limpieza que hacíamos hace tres meses y hacer una fiesta con docenas de invitados. Y aunque sea impopular, deberíamos hacer un esfuerzo por entender ambos casos y antes de los juzgamientos rápidos o incluso los llamados tan comunes a “sanciones ejemplares”, revisar las maneras en las que sería más efectivo reducir estos deslices en el cumplimiento del cuidado en la pandemia.

Lo otro es reconocer que el fenómeno no es, ni mucho menos, “colombiano”, que en todos los países que se han implementado cuarentenas estrictas por varios meses, ha ocurrido algo similar, de ahí las impresionantes fotos de playas llenas de bañistas en el sur de Reino Unido o en la Florida o de los cafés parisinos a reventar de comensales.

También, que la fatiga como la estoy describiendo es en buena parte una prerrogativa del privilegio. Que muchas personas no se han podido dar el lujo de cansarse del estar encerrados en sus casas y que muchas lo hacen en detrimento absoluto de sus situaciones económicas o, irónicamente, de su propia salud. Por eso tampoco podemos ver la fatiga como un fenómeno individual o personal, también es colectiva, institucional, social y política. Nos agotamos todos juntos.

Nada de esto que digo es una apología para que se aumente el ritmo de la reapertura o se eliminen medidas que buscan protegernos, solo la comprensión de un fenómeno que estamos viviendo y que, si no lo gestionamos correctamente, puede hacerle mucho daño al objetivo común de cuidarnos del virus.

Siendo así las cosas ¿qué podemos hacer? ¿hay esperanza de que no nos venza la fatiga de cuarentena?

Hay dos escenarios de trabajo en este sentido. El primero es personal y se refiere a lo que podemos hacer cada uno de nosotros para reducir el efecto de la fatiga sobre nuestra salud mental y los eventuales relajamientos de las medidas que hemos venido tomando para cuidarnos. En este sentido, las técnicas señaladas por muchos medios a inicios de esta pandemia, sobre el uso de la meditación, el ejercicio y el mantenimiento de lazos sociales (así sean desde la distancia física) son clave. Pero lo más importante es encontrar nuevas maneras de enmarcar el riesgo, real y efectivo, al que seguimos estando expuestos. El efecto más nocivo de la fatiga es la subestimación del riesgo que produce, entonces ¿si el miedo inicial ya no es suficiente, que motivación podemos encontrar para cumplir las medidas de cuidado? Nuestra salud, la salud de otros o incluso algo tan aparentemente superficial como “mantener la buena racha de no haberse contagiado” puedan ayudar.

El segundo escenario es institucional y organizacional y se refiere a lo que gobiernos y empresas pueden hacer para controlar los efectos de la fatiga en las personas. Lo más importante es evitar una sobre publicitación del incumplimiento, la policía ha tomado la costumbre en los últimos días de presentar a los incumplidores de la cuarentena como criminales, frente a consolas de música incautadas como si fueran fusiles. Esto es sumamente torpe porque, por un lado, alimenta la idea (probablemente exagerada) de que “mucha gente” está incumpliendo la cuarentena en las personas, y por el otro, no funciona como disuasión de nada. Años de experiencia sobre control de comportamientos de fallos de acción colectiva como este pueden atestiguar que avergonzar a las personas no sirve sino para que intenten ocultarlos.

Seguir avanzando en las intervenciones que permiten ciertas “válvulas de escape” social en circunstancias controlables, también puede ayudar. Me refiero a la demarcación de distancia física en parques, la disposición de horarios escalonados para hacer ejercicio e incluso, el acompañamiento institucional a los eventuales incumplimientos ¿cómo hacer una reunión de personas con los menores riesgos posibles para una familia o grupo de amigos? Aunque nos incomode es una pregunta que vale la pena responder, puede hacer que una oportunidad grande de contagio se vuelva solo una inconveniencia social.

Reconocer esta fatiga no supone ceder a ella completamente, ni dejarse sobrecoger por sus consecuencias. No es una derrota de la voluntad que hemos tenido todos de enfrentar este reto enorme que nos lanzó la fortuna, al contrario, reconocerlo, entenderlo y enfrentarlo es la única manera de ponerlo bajo control. Y que otro día pase.

El descuento.

En el decreto 682 quedó reglamentado cómo serán los tres días en los que el Gobierno no cobrará el impuesto del IVA a los colombianos en sus compras.
El 19 de junio de 2020 fue el primer “Día sin IVA” en Colombia.

El 19 de junio, justo antes del amanecer, ya había filas en varios almacenes de cadena. En ocasiones con un metro de distancia entre las personas, en otras, más cerca de lo que nuestras recientemente adquiridas prevenciones lo recomendarían. Abiertas las tiendas, el ingreso fue, de nuevo, organizado en algunos casos, turbulento en otros. La visión de una turba de personas con tapabocas es una que a muchos nos encogió el corazón; del miedo por sus consecuencias sobre el riesgo de contagio del COVID-19, de tristeza por asumir que el duro camino recorrido se va al traste.

En una defensa desesperada -y un poco paternalista- de las personas, hay que decir que las decisiones públicas inconvenientes tienen consecuencias sociales inconvenientes. Lo señalo porque buena parte de las redes sociales y algunos voceros gubernamentales y gremiales culparon a las personas de las situaciones de riesgo y aglomeración que se presentaron. Tienen un poco de razón, pero incluso si reconocemos que la responsabilidad individual fue importante, el problema de lo que pasó el día Sin IVA en Colombia estuvo en otro lado.

Si las autoridades le dan señales a la gente que puede salir, luego de semanas de cuarentena, y que además es deseable que lo haga porque su compra será positiva para la economía, muchas personas van a juntar esas señales para superar sus propias reservas o miedos de hacerlo. Si sumamos que en varios lugares quitaron el pico y cédula y se hicieron invitaciones incluso institucionales a salir a comprar, es apenas natural que muchos usaran todo esto para alimentar su propia subestimación del riesgo.

Esto no excusa las responsabilidades personales de la decisión de salir y quedarse en la aglomeración una vez la persona llegó a la tienda o la de los mismos almacenes con sus medidas para gestionar todo esto. Pero la responsabilidad principal está en quién consideró que esto era conveniente en este momento. La revisión de los efectos de la iniciativa, de la manera como las personas tomarían decisiones y de la preparación de gobierno nacional, gobiernos locales, empresas y personas para gestionarlo no fue suficiente.

Independiente de esto, resulta cuando menos interesante preguntarse por el comportamiento de las personas. En redes se leen muchas suposiciones de “irracionalidad”, “indisciplina”, “consumismo” y demás. Pero ¿qué hizo que los compradores no solo salieran en número de sus casas, sino, que se expusieran en las filas y aglomeraciones como evidentemente, incluso para ellos, no debían?

La información que tenemos sobre las motivaciones de las personas que salieron ese día están referenciadas de alguna manera en las notas (sobre todo internacionales, estupefactas) sobre lo que pasó el 19. Y aunque hay algo de variedad, pareciera existir una combinación de decisión “racional” por aprovechar los buenos precios (sumado en algunos casos al obstáculo presentado por las dificultades de comprar por Internet), más cierta subestimación del riesgo asociado al contagio. En particular, una justificación general de que, aunque hubo aglomeraciones y largas filas, la cosa “no fue tan grave.

Sin embargo, el mismo Ministerio de Comercio reportó a eso del medio día que en todo el país se habían registrado unas 34 aglomeraciones con unas 80.000 personas en total. Sumado a esto, en algunas ciudades como Bogotá o Cali las mismas administraciones municipales se vieron obligadas a cerrar sedes de almacenes por incumplir las normas de distanciamiento físico durante la jornada. No olvidemos que son muchos los casos en países como Corea del Sur, España y Estados Unidos en donde una sola aglomeración fue la culpable de cientos de contagios.

Lo otro para considerar es el efecto que sobre todos nosotros tienen esos videos y fotos de personas guardando un televisor de distancia. Los comportamientos son muy contagiosos, luego de meses de calles semivacías, esas puertas a reventar van a hacer un daño enorme en esos, ya de por si flacos, esfuerzos pedagógicos que ha hecho el país. No solo eso, el cumplimiento de las medidas de prevención son un esfuerzo de acción colectiva, a todos se nos pide cooperar para conseguir un bien común en la reducción del contagio. El principal enemigo de las acciones colectivas es el incumplimiento aprovechado que produce una sensación de defraudación en las personas. Esto lleva a que las personas podamos pensar “y yo para qué me molesto, si nadie más lo hace”. También se pueden ver afectadas la confianza de las autoridades y la legitimidad de sus mensajes, medidas y programas para abordar esta crisis.

Y a pesar de todo esto, hay que continuar con los esfuerzos para reducir los contagios, los riesgos y las afectaciones de esta pandemia. Mucho se ha dicho sobre evitar “humanizar” al virus, es decir, darle propiedades como “enemigo” o “contrincante”, y es cierto, al virus no le importa nuestras desavenencias políticas, incluidas, las que puedan salir de este episodio. De ahí la importancia de no perder de vista lo que en este momento es importante: seguir cuidándonos.

Es hora de continuar con nuestras medidas personales, en medio de nuestras posibilidades, para reducir el contacto físico. Y, sobre todo, es momento de recordar la responsabilidad individual y colectiva que nos cabe en cuidarnos entre todos. Tenemos que insistir -con la determinación de la terquedad- con las personas cercanas, familia, amigos, vecinos, en la importancia de la distancia, el uso correcto del tapabocas y el lavado de manos. Las organizaciones deben asumir también esta tarea con absoluta determinación, así como los gobiernos locales; no es solo en la aplicación de las medidas coercitivas -para eso ya está la Policía- sino en la invitación y movilización ciudadana para actuar colectivamente.

El 19 pudo ser un día complicado para la lucha contra el COVID-19, pero en esencia, no puede cambiar lo importante: la decisión colectiva de que, entre todos, superaremos esto.

Desafíos de la reapertura

Señalización para el distanciamiento físico en el Sistema Metro.

Lo más difícil puede estar por venir. O al menos, eso parece. La reapertura de la economía y la vida social de los últimos días en Colombia (juntos a buena parte del mundo) luego de tres meses de cuarentena, aunque paulatina y esperable, no deja de suponer un reto enorme para el país. En otros lugares donde la reapertura lleva días o semanas, los contagios se han disparado. Que esto no sea sorpresivo no lo hace menos preocupante y, sobre todo, no debería subestimarse respecto a nuestras posibilidades de reducir y controlar la situación.

Gestionar una cuarentena total puede ser difícil y angustiante para los gobiernos nacional y locales, pero hacerlo con una invitación parcial al cumplimiento de nuevas normas, junto al desgaste y la fatiga que las semanas de encierro han implicado en los bolsillos y los corazones de las personas, presenta infinidad de problemas. Ahora, esto no solo tiene implicaciones para las autoridades; miles de empresas, entidades y organizaciones, desde la multinacional más grande, hasta la tienda de esquina más humilde, enfrentará el eventual retorno a la normalidad y dependeremos de cómo todos nos adaptemos a estas nuevas expectativas para que la reapertura sea tan manejable como la cuarentena.

Hay algunas pistas interesantes y probadas en otros contextos o abordando retos similares de comportamiento. Ideas y aprendizajes que las ciencias del comportamiento (la sicología conductual, la economía del comportamiento, la epidemiología conductual) pueden ofrecer para que las personas y organizaciones tomemos mejores decisiones a la hora de cuidarnos y prevenir el contagio por COVID-19.

En general, encargados de comunicación pública, institucional, salud pública o corporativa, entre todas las personas que por estos días lideran este esfuerzo de prevención, deberían tener en cuenta cuatro reglas generales del diseño de sus sistemas de prevención. Las acciones que adelanten deben ser sencillas, sociables, repetitivas y transparentes.

Sencillas porque es importante que los comportamientos deseados sean tan sencillos de realizar como sea posible. Esa facilidad debe ser física y cognitiva; mejor dicho, deben ser posibles de realiza y posibles de comprender. Esto supone no solo la señalización de lugares y momentos en donde ocurren estos comportamientos, también, encontrar lenguajes instructivos, visuales y ejemplificantes. La señalización debe ser visible para quién debe tener el comportamiento deseado, pero también para todos los demás, aprovechando un poco la expectativa colectiva del comportamiento.

Efectivamente, las intervenciones deben ser sociales en tanto las personas copiamos los comportamientos de los otros. La importancia de las normas sociales y la influencia social es fundamental en este caso. Eso también lleva a que se expliquen los beneficios sociales del comportamiento, como cuidar a otros, a nuestras familias, a nuestros vecinos, a nuestros compañeros de trabajo o estudio. Esto supone recoger información sobre el seguimiento de los comportamientos deseados de las personas de su entorno y usarla para comunicar los logros colectivos, ya sea el cumplimiento mayoritario o el incremento de este (“9 de cada 10 personas se lavan las manos cada dos horas”, “cada vez más personas usan la flexibilidad del teletrabajo para respetar el distanciamiento físico”).

La repetición de los mensajes ayuda también a reforzar esas normas sociales y sobre todo, puede ayudar a evitar confusiones. No podemos dar por sentado que todas las instrucciones o medidas son claras para todos y menos, subestimar el poder de los pequeños recordatorios. Esto supone establecer mecanismos de recordatorios insistes se esos comportamientos deseados, aunque hay que evitar el exceso, en este caso es mejor pecar por él que por defecto. Resulta conveniente en este caso pensar también muy bien lo lugares y momento en los que esos mensajes llegan, un mensaje de texto que recuerda sobre la conveniencia del distanciamiento físico puede ser más pertinente un viernes en la tarde, que un miércoles en la mañana.

Finalmente, todo lo anterior no sirve de mucho si las personas no confían en el enunciador y tienen dudas sobre la veracidad de la información. Las acciones y la información de la organización sobre el manejo de la pandemia y las medidas tomadas deben ser tan transparentes como sea posible y conveniente. En esto es clave señalar que no solo el Estado tiene esta responsabilidad de contar lo que hace y las organizaciones privadas también pueden ver beneficios en contarle a sus empleados y colaboradores lo que están haciendo. Es probable que las personas se sienten mucho más inclinadas a seguir las instrucciones de una institución en quién confían que una para la que tienen reservas.

Ahora bien, entiendo que todo lo anterior son generalidades y que en ocasiones el paso que termina faltando en este tipo de escenarios es el momento en que podemos definir acciones específicas.  Al respecto, el Centro de Análisis Político y la Maestría en estudios del comportamiento de la Universidad EAFIT está poniendo a sus profesores e investigadores al servicio de quién los necesite, en la convocatoria de su primer Consultorio Abierto. Si su organización (grande o pequeña, pública o privada) tiene necesidad de diseñar y poner en práctica acciones que promuevan el cuidado propio y mutuo en esta coyuntura, pueden aplicar en este enlace y acercarse a la posibilidad de tener una sesión de asesoría.

Entre todos tenemos que pensar en las mejores maneras de abordar estos desafíos; encontrar y unir todo el conocimiento a disposición para que la reapertura no nos supere y evitemos tener que regresar al encierro.

El mundo a través de mi lente.

Cómo se ven las fotos con los diferentes tipos de lentes? | Crehana MX

Desde los veinte años tengo miopía. Nunca fui capaz de usar lentes de contacto y por eso, las gafas que uso son tan parte de mi vida cotidiana como cualquier otra parte de mi cuerpo, quitármelas es lo último que hago antes de dormirme y ponérmelas, lo primero al abrir lo ojos. Sin ellas, el mundo es un paisaje turbio y amorfo, como intentar ver debajo del agua en un lago agitado. Mis gafas me permiten ver una versión de mundo donde las líneas son claras y las distancias calculables. Dependo tanto de ellas que en ocasiones no puedo evitar imaginar si no las tuviera, si estuviera condenado a ver el mundo por el turbio velo de mis retinas desgastadas. Mis gafas son la ventana a mi realidad, los lentes con los que puedo ver el mundo.

Pero la miopía, o el astigmatismo o la presbicia, no son las únicas limitaciones de nuestra visión de la realidad. Todos estamos condicionados por las lentes de nuestra racionalidad limitada para entender el mundo y muchas de nuestras ideas, impresiones, percepciones y valores suelen ser representaciones de estos sesgos, heurísticas y reglas que configuran el tamiz, casi siempre inconsciente, por el que pasa la información que recibimos.

Uno de los temas en los que nuestra racionalidad limitada puede tener consecuencias más complicadas es sobre nuestras ideas políticas y sobre los políticos. En su libro “La mente de los justos”, Jonathan Haidt señala la influencia que la disonancia cognitiva y la disposición evolutiva que tenemos a organizarnos en grupos y desarrollar lealtades grupales que reafirman nuestra identidad, tiene sobre la dificultad para nuestras cabezas de aceptar argumentos contrarios a nuestra ideas iniciales o identidades ideológicas.

Pero no son, ni de lejos, nuestras únicas limitaciones. El sicólogo comportamental Daniel Kahneman y su colega Amos Tversy dedicaron su carrera académica (y por esto el primero recibió un nobel de economía) a identificar los diferentes atajos mentales que nuestra mente realiza para evitar verse enfrascada en ineficientes cavilaciones y razonamientos en la vida diaria. Richard Thaler y Cass Sunstein retomaron buena parte de estas lecciones para su popular libro “Nudge”, sobre las maneras en que se podía ajustar la manera como tomamos decisiones con pequeños ajustes a condiciones, marcos y señales que nos llega con la información. Todo esto en el entendido que nuestro cerebro es mucho más influenciable de lo que nos gustaría a la hora de tomar decisiones y señalar cursos de acción de lo que por demás, pueden ser importantes momentos de nuestras vidas.

En “¿Por qué hacemos lo que hacemos?” otro psicólogo conductual, John Bargh, recoge otro ingrediente en esta mezcla de elementos prestos a obligarnos humildad: el inconsciente. Bargh señala que el pasado, como nuestras herencias evolutivas y las experiencias vitales (por tempranas que sean), el presente, como el contexto físico y las normas sociales, y el futuro, como nuestros objetivos y deseos, pueden ejercer una influencia tremenda sobre nuestras decisiones sin que siquiera nos demos cuenta.

A la luz de todo esto quizás una de las acciones de mayor responsabilidad que podríamos tomar de manera personal y colectiva es reconocer (e intentar no olvidar) nuestras propias limitaciones; nunca sacarnos de la cabeza que tenemos nuestra propia lente puesta y que la información que recibimos, lo que nos dicen y lo que vemos, entra a nuestra cabeza deformado por su prisma. Que nos podemos equivocar, que los otros pueden tener la razón.

Ahora, este reconocimiento de falibilidad puede no resultar popular en estos tiempos en que se espera y enarbola una especie de extraña autosuficiencia. Políticos, líderes de opinión, gerentes y todos los demás, nos paseamos por el mundo evitando reconocer los más mínimos errores o la posibilidad de que no seamos justos, ecuánimes y neutrales al tomar decisiones y dar discusiones. Esto no solo lleva a errores constantes en las decisiones de personas, organizaciones y Estados, también a la estancación y somnolencia de las discusiones que no llevan a nada porque nadie da su brazo a torcer o las que se evitan por considerase inútiles.

Todo esto podría evitarse o al menos ponerse bajo un razonable control, si en un único acto de humildad, nos preocupamos por reconocer la posibilidad de la duda; el reconocimiento de nuestros límites, la influencia de nuestra lente.

Comunicación, comportamiento y cultura ciudadana.

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Lo que vemos, leemos y escuchamos influye en nuestro comportamiento. Esta afirmación puede resultar bastante obvia para muchos, pero en ocasiones parece que olvidamos o decidimos ignorar estas verdades intuitivas que todos compartimos. Ahora, más allá de que pensemos que esto es cierto, hay muy buena evidencia sobre el efecto directo y potente que puede tener la manera como se nos presenta información en los momentos en los que tomamos decisiones, desde las más cotidianas e irrelevantes, como la marca de jabón de ropa que compramos, hasta las más relevantes y complejas, como por quién votamos en una elección presidencial.

Hay tres fenómenos conductuales que explican buena parte de la relación entre comunicación y comportamiento y que pueden dar buenas pistas sobre agendas de cultura ciudadana por estos tiempos en que los cambios sociales y conductuales se han vuelto tan relevantes en la agenda pública.

El primero es denominado por la sicología conductual como “primado” (priming). Supone la influencia que poner una idea en la cabeza de las personas antes de que tomen una decisión puede tener sobre ésta. El Informe de Desarrollo de 2005 “Mente, Sociedad y Conducta” del Banco Mundial reproduce un ejemplo de un experimento adelantado en la India en el que recordarle la casta a la que pertenecía a un grupo de estudiantes llevaba a que los estudiantes de castas más altas tuvieran mejores desempeños en pruebas de matemáticas y los de menos castas, peores desempeños, respecto a un grupo de control que solo debía realizar la prueba.

El segundo es la influencia social. El sicólogo Solomon Asch realizó muchos experimentos sobre este fenómeno y hay muchas aproximaciones de sicología social para entender la manera como nuestros comportamientos afectan los de las demás personas. En esencia, la evidencia nos señala que nuestro comportamiento se encuentra inconscientemente delimitado por nuestra percepción, conocimiento y experiencia con el comportamiento de los otros. Si creemos o vemos que muchos hacen algo (y que ese algo parece “lo normal”), es más probable que ese sea nuestro propio comportamiento.

El tercero son las normas sociales. Cristina Bicchieri señala que las normas sociales explican los comportamientos en los que las personas creemos que son generalizados y que serán regulados por nuestros pares si no los seguimos. Mejor dicho, los comportamientos delimitados por normas sociales son los que tenemos porque creemos que mucha gente los tiene y pensamos que, si no los tenemos, habrá alguna consecuencia social sobre ese incumplimiento. Las normas sociales se suelen construir y reforzar por lo que pensamos de los demás, pues pocas veces es posible tener información exacta sobre el comportamiento en la vida real.

Ahora, entendiendo los mecanismos por medio de los cuales se concreta esa relación entre la forma e información que recibimos y nuestro comportamiento, vale la pena estar atento de los momentos en que la comunicación, buscando que las personas tengan un comportamiento A o no tengan un comportamiento B, terminan incentivando ese mismo comportamiento B. La crisis del COVID-19 nos ha presentado con varios ejemplos en que gobiernos y medios de comunicación han cometido este error de enmarque en sus comunicaciones. Un reciente ejemplo es esta nota del periódico El Colombiano de Medellín, “37 desacatos por hora a encierro en el Valle de Aburrá”.

Aunque la labor principal de los medios no es la resolución de problemas colectivos, es probable que los mismos autores y editores del texto pretendan que su título y artículo funcionen como disuasión para los incumplidores; la indignación y denuncia como fuente de posible modificación de conducta es bastante popular. Sin embargo, es más probable que las noticias de lo que, parece ser, es un incumplimiento generalizado de las medidas de cuarentena tengan el efecto contrario, en tanto pueden “primar” sobre el comportamiento señalado y afectar la percepción de cumplimiento de los otros.

Lo más frustrante de casos como este es que la información disponible y la realidad del problema la mayoría de las veces permiten una construcción titular y enmarque de la noticia diferentes. Ese “37 desacatos por hora” del titular es la división del tiempo de cuarentena por las 28.000 multas que se han puesto en el Valle de Aburrá. Ambos datos vistos sin contexto parecen muy altos, pero ¿qué representa eso en toda la población de los diez municipios de esta zona? Uno también podría titular esto diciendo que solo al 0,76% de la población del Valle de Aburrá le han puesto un comparendo, o que al 99,2% no le han puesto comparendos durante la cuarentena.

Este cambio de marco en la noticia no solo puede tener efectos más positivos sobre los comportamientos que, todos asumimos, son socialmente convenientes en este momento, sino que resultan incluso más justos con lo que a todas luces ha sido un cumplimiento generalmente juicioso de las medidas de cuarentena en las ciudades del Valle de Aburrá. Tener presente la posible influencia en los comportamientos de la manera como contamos las cosas, sean gobierno, medios de comunicación o incluso, personas de a pie, puede ayudar muchísimo a alcanzar objetivos comunes.

La clave es no subestimar la influencia de una nota, un título o una redacción y, en tanto haya oportunidades para mejorar el desempeño de las personas en situaciones a todas luces complejas, no dejarlas pasar por la tentación de un titular llamativo o una indignación pasajera.