Artículo «Vivir con otros: Cultura ciudadana, comportamientos y la agenda de promoción de la cultura cívica en América Latina» en Análisis Carolina.

«Vivir juntos puede resultar difícil. La convivencia, esa posibilidad social de gozar de tranquilidad, paz y encuentro en la diferencia, puede depender profundamente del civismo: la cultura política que permite que vivamos con otros. Las agendas de pedagogía pública, educación ciudadana y transformación cultural delimitan las perspectivas de que la convivencia sea posible. América Latina, con su alta desconfianza institucional, su relación conflictiva con las reglas formales y la incidencia de expresiones violentas, supone un reto para estos esfuerzos de construcción de cultura cívica. Este texto revisa algunas aproximaciones conductuales a la promoción de esta cultura. Expone la propuesta principal del enfoque de cultura ciudadana y sus puentes con otras aproximaciones de los estudios del comportamiento y luego adelanta una revisión de algunos casos de estudio centrados en Colombia. Termina con unos comentarios sobre lo que implica tomar decisiones públicas basadas en estas aproximaciones de cambio social conductual».

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Libro «Sembrar cultura, recoger legalidad».

Portada del libro.

¿Podemos reconocer los atributos prosociales de las comunidades mineras como punto de partida en la posibilidad de vincularlos a los procesos de legalidad sobre la economía minera? ¿Qué estrategias, campañas, ejercicios de cambios institucional y empresarial pueden ayudar a que este proceso -por supuesto, complejísimo- pueda seguir establecimiento puentes estables entre la informalidad de la explotación minera y el desarrollo de sus regiones? Este libro aborda estas cuestiones, explora las dinámicas sociales y comunitarias que señalan los límites de las agendas de promoción de legalidad en regiones mineras y a la vez, las oportunidades presentes en el capital social, las normas sociales y los mismos procesos asociados a la minería para consolidar ese proceso. En el proceso, propone mecanismos comportamentales de promoción de la legalidad y contribuye a la comprensión de la relación entre ley y sociabiliad en las regiones definidas por su economía minera.

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Presentación «Comportamiento, cultura ciudadana y políticas públicas» para el Área Metropolitana de Cúcuta.

El pasado 25 de marzo estuve presentando y conversando sobre las agendas de cultura ciudadana y aprendizajes comportamentales en clave de políticas públicas y esfuerzos institucionales por invitación del Área Metropolitana de Cúcuta. Presenté algunas de las ideas teóricas más generales y la experiencia de Medellín a la hora de desarrollar acciones de cambio cultural desde el enfoque de cultura ciudadana y las acciones públicas de construcción de confianza. Aquí pueden ver la conferencia completa:

Artículo “La innovación pública como gobierno del cambio social”.

La publicación hizo parte del dossier sobre innovación pública del volumen 28 de la revista.

La semana pasada fue publicado el número 28 de la revista Ópera de la Universidad Externado de Colombia. Junto al profesor y decano de la Escuela de Humanidades, Adolfo Eslava, publicamos un artículo sobre la importancia de aprendizajes sobre comportamiento y prosocialidad en el desarrollo de programas públicos que aborden problemas viejos desde una aproximación al cambio social. El texto revisa un enfoque de innovación pública que logre encontrar puentes entre políticas públicas, estudios del comportamiento y perspectivas del cambio social. A continuación, presenta dos programas de la Alcaldía de Medellín enfocados en el cambio cultural desde las normas sociales y la resolución de asuntos de convivencia desde la teoría de la argumentación y los estudios de argumentación.

Pueden leer el artículo completo aquí: “La innovación pública como gobierno del cambio social”.

Algunas ideas sobre la promoción de comportamientos deseables

Durante la pandemia, hacer énfasis en los comportamientos deseados (y en el cumplimiento generalizado) puede ser clave para promover el cuidado.

Las personas nos comportamos en ocasiones según lo que creemos que son comportamientos generalizados y generalmente aceptados. Es lo que Cristina Bicchieri denomina una norma social: la expectativa de que muchas personas o la mayoría de las personas se comportan de una manera, o expectativa empírica, y la expectativa de que muchas personas o la mayoría esperan que nosotros nos comportemos de esa manera, o expectativa normativa (2005; 2018). Lo que pensemos que son comportamientos deseables para los demás y para alguna autoridad de referencia, como el Estado, resulta clave para el reconocimiento de una norma social. Incluso, la confianza que tengamos en las personas y las instituciones pueden señalar nuestra disposición a reconocer esa norma (Fortou y Silva, en prensa).

De allí la importancia de que los esfuerzos de estrategias de cambio de comportamiento sean cuidadosos en poner el énfasis de mensajes y acciones en los comportamientos deseables y no en lo contrario. Al fin de cuentas, una norma social puede definir un comportamiento deseable, pero también uno indeseable. Resulta común que gobiernos, empresas y organizaciones que quieren promover un comportamiento social u organizacionalmente conveniente utilicen el señalamiento de lo que “no debemos hacer” como mecanismo de comunicación de sus intenciones para desincentivarlo. El lugar donde se pone el énfasis en estos casos es fundamental respecto a la posibilidad efectiva de cambio y puede llevar incluso a que un comportamiento reducido y extraño se vuelva más común por la “publicidad” que le hacen quienes, precisamente, quieren evitarlo.

Esto no supone esconder los problemas o los comportamientos indeseables. Es más, dar esas conversaciones de manera inteligente y controlada puede retroalimentar discusiones sobre ellos, pero sí tener cuidado con la inclinación (en ocasiones común entre medios, organizaciones y gobiernos) de poner el énfasis en lo que no sale tan bien en el comportamiento de las personas. Por otro lado, hacer énfasis en el comportamiento deseado permite que los esfuerzos de cambio de comportamiento echen mano de tres elementos fundamentales: el poder de la influencia social, el poder de las expectativas de comportamiento y las oportunidades de superar brechas de ignorancia pluralista (Silva et al., 2019).

Muchos comportamientos deseables son, ante todo, cooperativos. Es decir, suponen que las personas hagan algo que puede percibirse como un costo individual para conseguir un logro colectivo (Silva, 2020). Pagar impuestos es una pérdida patrimonial individual que, en teoría, se ve recompensada con los servicios públicos que provee el Estado. Pero una motivación fundamental de comportamiento como este es la percepción de que “todos” o “la mayoría” están contribuyendo también. Pagar impuestos es un poco menos doloroso (y puede ser sustancialmente más aceptado) si estamos seguros de que no somos los únicos que lo hacemos y que hay unos pocos o ninguno que no están poniendo de su parte. Una larga lista de intervenciones de promoción del pago a tiempo de impuestos que usan normas descriptivas (“la mayoría lo hace”) son buena evidencia de esto (Larkin et al., 2018).

Esto también nos señala lo relevante que para nuestro propio comportamiento es lo que pensamos que hacen o piensan los otros. Durante buena parte de la segunda mitad del siglo veinte, los experimentos sobre conformidad de Solomon Asch asumieron la tarea de comprender un poco mejor la manera como el comportamiento de los demás determinaba e influenciaba el propio (1995). La influencia de un comportamiento ajeno sobre el nuestro se puede revisar respecto a nuestro grupo de referencia, los creadores de tendencia y las percepciones de mayoría y confianza que tengamos en los demás. Por eso resulta clave que tengamos una percepción positiva de los demás, pero, sobre todo, que pensemos bien de sus motivaciones, intenciones y acciones. Si los comportamientos que consideramos son mayoritarios influencian nuestra propia disposición a seguirlos, más vale que esa percepción de comportamiento generalizado sea respecto a lo que consideramos social o grupalmente deseable.

Aunque no siempre hacer énfasis en el comportamiento deseado es efectivo, como Cialdini et al. (2016) han mostrado, hay algún grado de consenso respecto a que al hacer uso de intervenciones de tipo norma social y comunicación de expectativas en particular, sobre la importancia de señalar lo que queremos promover (Murraín, 2017; Mackie, 2017; Silva et al., 2019). Esto supone un esfuerzo fundamental al momento de diseñar mensajes y acciones que privilegien los comportamientos objetivo y sobre todo, que ayuden a alimentar una percepción positiva respecto a las motivaciones e intenciones de los demás, en particular, los que consideremos como un grupo de referencia.

De ahí la importancia de definir muy bien lo que queremos que sea más común entre las personas y la manera cómo lo presentamos para que complemente una expectativa de comportamiento sobre lo que es mayoritario y deseable. Centrarse en lo deseable, hacerle bulla a lo conveniente y prosocial, volver normal las contribuciones que siendo cotidianas, pueden ser extraordinarias.

Referencias:

  • Asch, S. (1995). Opinions and social pressure. En E. Aronson (Ed.) Readings about the social animal. Nueva York: W. H Freeman.
  • Bicchieri, C (2005). The grammar of society the nature and dynamics of social norms. London, UK: Cambrigde.
  • Bicchieri, C (2018). Nadar en contra la corriente. Cómo unos pocos pueden cambiar los comportamientos de toda una sociedad. Ciudad de México: Ediciones Paidós.
  • Cialdini et al. (2016) Managing social norms for persuasive impact. Social Influence, 1 (1), pp. 3–15.
  • Fortou, J. y Silva, S. (En prensa). Trust and Social Norm Recognition: Evidence from a Latin American City.
  • Larkin, C., Sanders, M.  Andresen, I.  y Algate, F. (2018) Testing Local Descriptive Norms and Salience of Enforcement Action: A Field Experiment to Increase Tax Collection. Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=3167575 or http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.3167575
  • Mackie, G. (2017). Effective Rule of Law Requires Construction of a Social Norm of Legal Obedience. In: Cultural Agents Reloaded: The legacy of Antanas Mockus. Tognato, C. (Ed.). Cambridge: Harvard University Press.
  • Murraín, H. (2017) Transforming expectations through Cultura Ciudadana. In: Cultural Agents Reloaded: The legacy of Antanas Mockus. Tognato, C. (Ed.). Cambridge: Harvard University Press.
  • Prentice, D. A., & Miller, D. T. (1996). Pluralistic ignorance and the perpetuation of social norms by unwitting actors doi:10.1016/S0065-2601(08)60238-5
  • Silva, S.; Garro, J.E.; López, N. y Trujillo, J.P. (2019). Confianza, normas sociales y representaciones del otro. La implementación de la estrategia de cultura ciudadana “Medellín Está Llena de Ciudadanos como Vos”. En: Eslava, A. (Ed.) Lo mejor de las personas. Teoría, implementación y agenda de cultura ciudadana. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT y Alcaldía de Medellín.
  • Silva, S. (2020). Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del covid-19. En: Eslava y Giraldo (Ed.). Pensar la crisis. Perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT.

Entrevista sobre cultura ciudadana con «C3- Colegio de Ciencias del Comportamiento».

El pasado 14 de septiembre conversé con Carlos Naranjo de C3-Colegio de de Ciencias del Comportamiento sobre cultura ciudadana, la emergencia del COVID-19 y las perspectivas de cambio e intervención que el enfoque puede señalar para gobiernos y organizaciones. Aquí pueden ver la conversación completa:

Una guía sencilla para mejores mensajes de prevención del Covid-19.

Esta pieza del gobierno irlandés es un buen ejemplo de comunicación efectiva y sencilla para esta coyuntura.

A la fecha, más de 10.000 personas han muerto y unas 300.000 se han enfermado en Colombia por el COVID-19. Es una tragedia. Y, sin embargo, los negocios reventados, las instituciones apretadas y los gobiernos locales ahogados buscan la manera de recuperar algo de normalidad; salvar algunas de las prerrogativas de la vida anterior a la pandemia, mientras se relajan algunos de los elementos de la cuarentena. Parte de lo bien que se haga esta reapertura depende de las capacidades de las organizaciones de movilizar a los ciudadanos para seguirse cuidando. Sin la draconiana cuarentena para reducir casi al máximo las interacciones, dependemos de herramientas como la pedagogía y la comunicación para promover la distancia física, el lavado de manos, el reporte de síntomas, el auto aislamiento en caso de sospecha de contagio y el uso correcto del tapabocas.

La economía del comportamiento y algunas pistas acumuladas de las acciones de cultura ciudadana nos pueden ayudar a encontrar mejores formas (al menos con más posibilidades de ser efectivas) a la hora de diseñar e implementar mensajes y acciones de cuidado. Esta es una lista, incompleta como todas, de diez consejos generales sobre cómo hacerlo. Espero que sean útiles.

1. Céntrense en mensajes de cuidado de los demás. En casi todas las encuestas hechas sobre motivaciones alrededor del mundo (y algunas en Colombia), las personas señalan que cumplen las medidas para cuidar a otros: familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo.

2. Usen mensajes sobre lo que estamos haciendo todos. Señalen que “muchos” o la “mayoría” cumplimos las medidas y seguimos las indicaciones, como efectivamente está ocurriendo. Los comportamientos dependen en ocasiones de nuestra percepción de lo que hacen los demás o creen que es importante que hagamos. Para todos es fundamental saber que otros cooperan, para querer también cooperar.

3. Definan canales y momentos en los que sus mensajes puedan funcionar mejor como recordatorios. El lavado de manos constante, el distanciamiento físico y el uso del tapabocas son comportamientos mejor delimitados por hábitos, de igual forma, la disposición a aplazamiento y la procrastinación pueden afectar que los hagamos con juicio. Un recordatorio puede ser en muchas ocasiones la diferencia entre realizarlos.

4. No se centren en el riesgo personal de contagio. Quienes tienen buena disposición de cuidado, ya lo hacen, y quienes pueden estar delimitados por un sesgo de optimismo (“a mí eso no me va a pasar”) son difíciles de asustar. De nuevo, los mensajes de cuidado mutuo y norma social pueden resultar más efectivos en esta medida.

5. Algunas piezas instructivas pueden ayudar a recodar, mientras que permiten superar barreras cognitivas sencillas. Algunos contenidos, como consejos para que las gafas no se empañen o para que las orejas no se resientan al usar la mascarilla son un buen ejemplo, también juegos más coquetos como unas instrucciones para tomarse una selfie con mascarilla. El objetivo aquí es actuar como recordatorio indirecto del comportamiento y normalizar la adhesión.

6. No subestimen los lugares y los momentos de los mensajes. Poner un instructivo sobre cómo lavarse las manos en los espejos de los baños o enviar mensajes de texto o WhatsApp cada tres horas que recuerdan hacerlo pueden tener buenos efectos en este comportamiento. De nuevo, usando el poder de los recordatorios, pero también usando asuntos como la silenciosa regulación que se produce cuando varias personas tienen la misma señal en un espacio particular.

7. Algunos mensajes y contenidos indirectos sobre la “vida en la pandemia” pueden ser el vehículo perfecto para hablar sobre los comportamientos de cuidado. Una capacitación o conversatorio sobre teletrabajo o salud mental pueden estar llenos de pequeños recordatorios; en este sentido, el objetivo es señalar lo esperables de estos comportamientos y lo generales.

8. Sin caer mucho en el pantanoso mundo de los “influenciadores”, hay que reconocer que las personas sí le hacen caso a otros que consideran relevantes para sus grupos de referencia. Busquen “influenciadores” comunitarios u organizacionales como voceros, más que gente famosa; estas personas pueden señalar tendencias, y su papel funciona mejor como referentes del cambio. De nuevo, atención a la influencia informal y cotidiana, para una persona puede ser más relevante lo que piensan sus vecinos que un cantante.

9. Referencien la información que usen, así sea algo tan sencillo como el instructivo de la puesta de la mascarilla. Hay buena ciencia detrás de la información que tenemos y una buena cita a una fuente con autoridad puede ayudar mucho. De igual forma, y pensando en el punto anterior, hay mucho por hacer en cuestiones de entender a los científicos como influenciadores.

10. Finalmente, eviten metáforas de guerras, batallas y enemigos. Céntrense en esfuerzos colectivos y logros comunes, usen el agradecimiento y el reconocimiento de lo que todos hacemos como medio para resaltar los comportamientos esperados. Pongan el énfasis en las maneras como estamos enfrentando todos esto, pero sin “victorias”.

En estas dos publicaciones pueden encontrar algunas pistas más sobre este tema:

Capítulo “Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del COVID-19”.

Working paper “Comunicar para transformar” – Universidad EAFIT.

Capítulo «Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del COVID-19».

Portada del capítulo.

El libro «Pensar la crisis. Perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros» fue editado por Adolfo Eslava y Jorge Giraldo y publicado por la Editorial Universidad EAFIT. Su objetivo era recoger diferentes ideas y perspectivas de un grupo variado de académicos alrededor de la pandemia del COVID-19. El texto reúne reflexiones de temas tan variados como los cambios al orden mundial, el futuro del liberalismo, los estudios del comportamiento y la labor de ser padres en medio de las dificultades de la cuarentena.

Incluye también un capítulo de mi autoría, centrado en lo que algunos aprendizajes de las ciencias del comportamiento nos pueden decir sobre las decisiones y acciones cotidianas de las personas en la mitad de esta crisis y en las pistas que estas mismas ideas nos pueden dar para promover comportamientos individuales y acciones colectivas de cuidado. Pueden acceder a la versión digital gratuita del libro en este enlace.

Y aquí descargar mi capítulo:

Fatiga

Coronavirus: nuevas señales urbanas para mantener el ...
Muchos espacios públicos buscan nuevas maneras se funcionar reduciendo los riesgos de contagio.

Otro día pasa. Ceder a la rutina, seguir sus pasos, repetir y repetir. Dormir. Otro día pasa. Esperar un cambio, leer noticias con la terca esperanza, decepcionarse. Otro día pasa. Cedemos de nuevo a la rutina, al miedo, a la fatiga.

Mientras las medidas de la cuarentena en Colombia fluctúan, en algunos casos abriendo espacios, actividades y escenarios de interacción, en otros, volviéndolos a cerrar (sobre todo, si así lo consideró el gobierno local), el cansancio del encierro se hace más evidente. La fatiga de cuarentena no solo es real, hace parte de un fenómeno más amplio de fatiga sobre el seguimiento de medidas de protección y seguridad personal que afecta a otros riesgos a la salud de las personas.

La fatiga es la medida en la que algo se nos empieza a volver insoportable.

Esta fatiga permite que reduzcamos lo que hacíamos para cuidarnos en los primeros momentos de la cuarentena (cuando el peligro era presente, urgente y reciente) ¿se acuerdan cuándo limpiábamos cada esquina de los paquetes de servilletas del mercado? ¿O que nos cambiábamos toda la ropa luego de sacar a dar una vuelta al perro? Aparte de que la evidencia ha subestimado la importancia de estas acciones, muchos hemos dejado de hacerlas porque el riesgo del contagio empieza a deslizarse de nuestras prioridades.

Ahora bien, hay niveles de fatiga y formas en las que los que la sufren la han enfrentado. En efecto, hay una distancia enorme entre dejar de hacer alguno de los rituales de limpieza que hacíamos hace tres meses y hacer una fiesta con docenas de invitados. Y aunque sea impopular, deberíamos hacer un esfuerzo por entender ambos casos y antes de los juzgamientos rápidos o incluso los llamados tan comunes a “sanciones ejemplares”, revisar las maneras en las que sería más efectivo reducir estos deslices en el cumplimiento del cuidado en la pandemia.

Lo otro es reconocer que el fenómeno no es, ni mucho menos, “colombiano”, que en todos los países que se han implementado cuarentenas estrictas por varios meses, ha ocurrido algo similar, de ahí las impresionantes fotos de playas llenas de bañistas en el sur de Reino Unido o en la Florida o de los cafés parisinos a reventar de comensales.

También, que la fatiga como la estoy describiendo es en buena parte una prerrogativa del privilegio. Que muchas personas no se han podido dar el lujo de cansarse del estar encerrados en sus casas y que muchas lo hacen en detrimento absoluto de sus situaciones económicas o, irónicamente, de su propia salud. Por eso tampoco podemos ver la fatiga como un fenómeno individual o personal, también es colectiva, institucional, social y política. Nos agotamos todos juntos.

Nada de esto que digo es una apología para que se aumente el ritmo de la reapertura o se eliminen medidas que buscan protegernos, solo la comprensión de un fenómeno que estamos viviendo y que, si no lo gestionamos correctamente, puede hacerle mucho daño al objetivo común de cuidarnos del virus.

Siendo así las cosas ¿qué podemos hacer? ¿hay esperanza de que no nos venza la fatiga de cuarentena?

Hay dos escenarios de trabajo en este sentido. El primero es personal y se refiere a lo que podemos hacer cada uno de nosotros para reducir el efecto de la fatiga sobre nuestra salud mental y los eventuales relajamientos de las medidas que hemos venido tomando para cuidarnos. En este sentido, las técnicas señaladas por muchos medios a inicios de esta pandemia, sobre el uso de la meditación, el ejercicio y el mantenimiento de lazos sociales (así sean desde la distancia física) son clave. Pero lo más importante es encontrar nuevas maneras de enmarcar el riesgo, real y efectivo, al que seguimos estando expuestos. El efecto más nocivo de la fatiga es la subestimación del riesgo que produce, entonces ¿si el miedo inicial ya no es suficiente, que motivación podemos encontrar para cumplir las medidas de cuidado? Nuestra salud, la salud de otros o incluso algo tan aparentemente superficial como “mantener la buena racha de no haberse contagiado” puedan ayudar.

El segundo escenario es institucional y organizacional y se refiere a lo que gobiernos y empresas pueden hacer para controlar los efectos de la fatiga en las personas. Lo más importante es evitar una sobre publicitación del incumplimiento, la policía ha tomado la costumbre en los últimos días de presentar a los incumplidores de la cuarentena como criminales, frente a consolas de música incautadas como si fueran fusiles. Esto es sumamente torpe porque, por un lado, alimenta la idea (probablemente exagerada) de que “mucha gente” está incumpliendo la cuarentena en las personas, y por el otro, no funciona como disuasión de nada. Años de experiencia sobre control de comportamientos de fallos de acción colectiva como este pueden atestiguar que avergonzar a las personas no sirve sino para que intenten ocultarlos.

Seguir avanzando en las intervenciones que permiten ciertas “válvulas de escape” social en circunstancias controlables, también puede ayudar. Me refiero a la demarcación de distancia física en parques, la disposición de horarios escalonados para hacer ejercicio e incluso, el acompañamiento institucional a los eventuales incumplimientos ¿cómo hacer una reunión de personas con los menores riesgos posibles para una familia o grupo de amigos? Aunque nos incomode es una pregunta que vale la pena responder, puede hacer que una oportunidad grande de contagio se vuelva solo una inconveniencia social.

Reconocer esta fatiga no supone ceder a ella completamente, ni dejarse sobrecoger por sus consecuencias. No es una derrota de la voluntad que hemos tenido todos de enfrentar este reto enorme que nos lanzó la fortuna, al contrario, reconocerlo, entenderlo y enfrentarlo es la única manera de ponerlo bajo control. Y que otro día pase.

El descuento.

En el decreto 682 quedó reglamentado cómo serán los tres días en los que el Gobierno no cobrará el impuesto del IVA a los colombianos en sus compras.
El 19 de junio de 2020 fue el primer «Día sin IVA» en Colombia.

El 19 de junio, justo antes del amanecer, ya había filas en varios almacenes de cadena. En ocasiones con un metro de distancia entre las personas, en otras, más cerca de lo que nuestras recientemente adquiridas prevenciones lo recomendarían. Abiertas las tiendas, el ingreso fue, de nuevo, organizado en algunos casos, turbulento en otros. La visión de una turba de personas con tapabocas es una que a muchos nos encogió el corazón; del miedo por sus consecuencias sobre el riesgo de contagio del COVID-19, de tristeza por asumir que el duro camino recorrido se va al traste.

En una defensa desesperada -y un poco paternalista- de las personas, hay que decir que las decisiones públicas inconvenientes tienen consecuencias sociales inconvenientes. Lo señalo porque buena parte de las redes sociales y algunos voceros gubernamentales y gremiales culparon a las personas de las situaciones de riesgo y aglomeración que se presentaron. Tienen un poco de razón, pero incluso si reconocemos que la responsabilidad individual fue importante, el problema de lo que pasó el día Sin IVA en Colombia estuvo en otro lado.

Si las autoridades le dan señales a la gente que puede salir, luego de semanas de cuarentena, y que además es deseable que lo haga porque su compra será positiva para la economía, muchas personas van a juntar esas señales para superar sus propias reservas o miedos de hacerlo. Si sumamos que en varios lugares quitaron el pico y cédula y se hicieron invitaciones incluso institucionales a salir a comprar, es apenas natural que muchos usaran todo esto para alimentar su propia subestimación del riesgo.

Esto no excusa las responsabilidades personales de la decisión de salir y quedarse en la aglomeración una vez la persona llegó a la tienda o la de los mismos almacenes con sus medidas para gestionar todo esto. Pero la responsabilidad principal está en quién consideró que esto era conveniente en este momento. La revisión de los efectos de la iniciativa, de la manera como las personas tomarían decisiones y de la preparación de gobierno nacional, gobiernos locales, empresas y personas para gestionarlo no fue suficiente.

Independiente de esto, resulta cuando menos interesante preguntarse por el comportamiento de las personas. En redes se leen muchas suposiciones de “irracionalidad”, “indisciplina”, “consumismo” y demás. Pero ¿qué hizo que los compradores no solo salieran en número de sus casas, sino, que se expusieran en las filas y aglomeraciones como evidentemente, incluso para ellos, no debían?

La información que tenemos sobre las motivaciones de las personas que salieron ese día están referenciadas de alguna manera en las notas (sobre todo internacionales, estupefactas) sobre lo que pasó el 19. Y aunque hay algo de variedad, pareciera existir una combinación de decisión “racional” por aprovechar los buenos precios (sumado en algunos casos al obstáculo presentado por las dificultades de comprar por Internet), más cierta subestimación del riesgo asociado al contagio. En particular, una justificación general de que, aunque hubo aglomeraciones y largas filas, la cosa “no fue tan grave.

Sin embargo, el mismo Ministerio de Comercio reportó a eso del medio día que en todo el país se habían registrado unas 34 aglomeraciones con unas 80.000 personas en total. Sumado a esto, en algunas ciudades como Bogotá o Cali las mismas administraciones municipales se vieron obligadas a cerrar sedes de almacenes por incumplir las normas de distanciamiento físico durante la jornada. No olvidemos que son muchos los casos en países como Corea del Sur, España y Estados Unidos en donde una sola aglomeración fue la culpable de cientos de contagios.

Lo otro para considerar es el efecto que sobre todos nosotros tienen esos videos y fotos de personas guardando un televisor de distancia. Los comportamientos son muy contagiosos, luego de meses de calles semivacías, esas puertas a reventar van a hacer un daño enorme en esos, ya de por si flacos, esfuerzos pedagógicos que ha hecho el país. No solo eso, el cumplimiento de las medidas de prevención son un esfuerzo de acción colectiva, a todos se nos pide cooperar para conseguir un bien común en la reducción del contagio. El principal enemigo de las acciones colectivas es el incumplimiento aprovechado que produce una sensación de defraudación en las personas. Esto lleva a que las personas podamos pensar “y yo para qué me molesto, si nadie más lo hace”. También se pueden ver afectadas la confianza de las autoridades y la legitimidad de sus mensajes, medidas y programas para abordar esta crisis.

Y a pesar de todo esto, hay que continuar con los esfuerzos para reducir los contagios, los riesgos y las afectaciones de esta pandemia. Mucho se ha dicho sobre evitar “humanizar” al virus, es decir, darle propiedades como “enemigo” o “contrincante”, y es cierto, al virus no le importa nuestras desavenencias políticas, incluidas, las que puedan salir de este episodio. De ahí la importancia de no perder de vista lo que en este momento es importante: seguir cuidándonos.

Es hora de continuar con nuestras medidas personales, en medio de nuestras posibilidades, para reducir el contacto físico. Y, sobre todo, es momento de recordar la responsabilidad individual y colectiva que nos cabe en cuidarnos entre todos. Tenemos que insistir -con la determinación de la terquedad- con las personas cercanas, familia, amigos, vecinos, en la importancia de la distancia, el uso correcto del tapabocas y el lavado de manos. Las organizaciones deben asumir también esta tarea con absoluta determinación, así como los gobiernos locales; no es solo en la aplicación de las medidas coercitivas -para eso ya está la Policía- sino en la invitación y movilización ciudadana para actuar colectivamente.

El 19 pudo ser un día complicado para la lucha contra el COVID-19, pero en esencia, no puede cambiar lo importante: la decisión colectiva de que, entre todos, superaremos esto.