Artículo “¿Primero yo, luego los míos y de último los otros? Confianza y acción colectiva: retos y políticas públicas”.

Una conversación de todos los días en un parque de Medellín.

La confianza, nos dicen autores como Francis Fukuyama, Robert Putman, Elinor Ostrom o Juan Camilo Cárdenas, es el aceite de las relaciones sociales. En su ausencia (o frente a una distribución inconveniente) resolver conflictos, cumplir normas, movilizar voluntades ciudadanas, emprender negocios, organizar partidos políticos, entre otras actividades cotidianas y sustanciales, son mucho más difícil, cuando no imposibles. Así, las sociedades con altos niveles de confianza interpersonal (la que sentimos por “los demás”) suelen tener mejor desempeño en asuntos como transparencia, desarrollo económico, calidad democrática, progreso educativo, y así. La confianza no solo parece ser ingrediente de cosas buenas, sino, causa y efecto de un ecosistema social incluyente y pacífico; elemento fundamental de las democracias liberales modernas.

De ahí la importancia de entender mejor cómo se reproduce o destruye la confianza y las relaciones que establece con procesos asociados a problemas públicos actuales. Ese es precisamente el objetivo del artículo “¿Primero yo, después los míos y de últimos los otros? Confianza y acción colectiva: Retos y políticas públicas”, revisar la discusión sobre las definiciones del concepto de confianza y mirar su utilidad frente al cumplimiento de normas y la seguridad en una agenda de política pública. El artículo es una co-autoría de los profesores Adolfo Eslava, Andrés Preciado, Andrés Tobón y yo.

Entrevista en “Zona Franca” | “¿Se puede ordenar la sociedad basándose en la confianza y sin tantas prohibiciones?”.

Desde el minuto 31” pueden ver mi intervención sobre el cumplimiento de normas, las relaciones de desconfianza entre personas e instituciones y las implicaciones para las medidas de prevención de contagio del COVID-19.

Una mesa en un andén.

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Los días pasan. Todos los contamos con partes iguales de angustia y expectativa, esperamos en la tarde los reportes del Ministerio de Salud para conocer el nuevo número de contagios, muertes y recuperaciones. Y hacemos cuentas en la cabeza, calculamos, en ocasiones con más esperanza que sensatez, si vamos bien o mal, si el ritmo al que avanza el virus es mayor o menor al que esperábamos. Si ese nuevo reporte, si ese nuevo día, es motivo de un poco más de miedo o un poco más de tranquilidad.

Los días pasan.

También revisamos noticias de otros lugares, paneamos las redes con dedos entumidos, leemos un nuevo artículo o columna que intenta dar nuevas luces, aunque ya muchos se parecen a anteriores (Igual a este, seguramente). Expertos que se contradicen, políticos que juegan a la demagogia, al estadista o al contagiado, analistas de todo que se graduaron de epidemiólogos en cuestión de días. Pero también, detrás de todo este ruido, una mesa, un letrero y algunas bolsas de lentejas, arroz y frijoles.

La foto delata, con su andén empinado y su ventaja enrejada, algún pueblo de Antioquia. Es Frontino, nos enteramos si leemos la nota o el tuit que acompaña la foto, y conocemos a Jader Aldana, un vecino del municipio que vio en redes una idea similar y la quiso replicar en su pueblo. El letrero, en letra azul, dice: “Yo cuento contigo. Tú cuentas conmigo. Si necesitas toma. Si te sobra dona”. Una rima sencilla para un objetivo bonito. A los días, Jader tiene que añadir otra mesa a su iniciativa de solidaridad para disponer de las donaciones que llegan más rápido de lo que se van y también por redes y notas de prensa nos enteramos de que el experimento se riega por el país, que en Bogotá, en Medellín, en Cali, hay nuevas mesas con la misma invitación a pensar en los demás.

Que la mesa en un andén de Frontino se ha convertido en un mecanismo para ayudar a los que pasan por momentos difíciles, pero también, para permitir que expresemos nuestra preocupación por los otros, que nos sintamos corresponsables de su bienestar, parafraseando la definición que Cayetano Betancur daba de la solidaridad. La iniciativa de Jader y sus réplicas son solo una de las expresiones parecidas que hemos visto por estos días, son cientos las invitaciones a donar suministros y dinero, miles los voluntarios que continúan entregando y movilizándose para espantar el hambre en estómagos que tan bien la conocen, muchísimas las organizaciones, empresas e instituciones que han asumido la corresponsabilidad por el otro de la que hablaba Betancur.

Porque la solidaridad espontánea, tan común, es una contribución para disminuir las angustias por las que muchos pasan por estos días, pero también, un recuerdo insistente, una realidad cotidiana de esas que se olvidan, un pensamiento alentador en tiempos aciagos. Uno necesario y fundamental para no olvidar que detrás del miedo, de la incertidumbre, detrás de la melancolía persistente de los días que se superponen, de los días que pasan, podemos contar con lo mejor de las personas. La solidaridad no es un milagro, porque en el estado de las cosas, por emocionante que nos parezca, no deja de ser común.

Y todo lo maravilloso es cotidiano.