Falta de calle.

No van bien las cosas. Es evidente y, sin embargo, en el crispado entramado de redes, medios y discusiones personales, se sigue tensionando el ambiente. La Reforma Tributaria presentada por el gobierno nacional colombiano, necesaria para financiar los gastos de la pandemia y bajar las cejas levantadas de las calificadoras de riesgo, se encontró con una oposición ciudadana que se convirtió en protestas masivas el 28 de abril. Los hechos de represión de estas manifestaciones y abuso por parte de la Policía han llevado al país a una situación terrible. La reforma fue poco y mal explicada, una mezcla de subestimar la deliberación ciudadana y sobrestimar el trámite de una decisión “técnica” fue su condena (probablemente mayor que las decisiones que las personas suponían como inconvenientes).

Pero no fue solo eso, fue también su impertinencia. Hogares asfixiados por un año largo de pandemia que, como reportó también por estos días el DANE, nos hizo retroceder una década en reducción de pobreza. Las medidas de restricción de la libertad en el marco de la pandemia, sumado a la misma gestión deficiente de los contagios, las muertes y el plan de vacunación solo volvieron más desesperado lo que al final de cuentas terminó siendo una válvula de escape en la forma de una reforma que parecía ir en contravía de la situación. Economistas, funcionarios y entusiastas espontáneos señalaron que la reforma era necesaria, que técnicamente suponía avances en la progresividad tributaria en Colombia. La mayoría de las líderes políticas y los ciudadanos no la vieron nunca así.

Hace poco se ha hecho popular una dicotomía entre la técnica y la política como fórmulas de gestión y comportamiento en los asuntos públicos. En esta discusión, la política ha llevado las de perder –al menos discursivamente-, menospreciada por la objetividad y la “justicia” de las decisiones y formas de la tecnocracia. La dicotomía también supone un falso dilema. No es una cuestión de escoger, sino de equilibrar. Las decisiones públicas sin técnica pueden ser irresponsables; las decisiones públicas sin política y ciudadanía suelen ser torpes e impositivas.

Esto también exige el reconocimiento de que hay conocimiento valiosa más allá de las universidades, equipos técnicos y gremios especializados. Las comunidades saben mucho sobre sus problemas, tienen experiencias valiosísimas sobre sus realidades. Desconocerlo, no tenerlo en cuenta, puede resultar terriblemente inconveniente y en ocasiones, simplemente poco estratégico.

Reivindicar la política en esta discusión no solo es un llamado a la realidad, que puede verse como un aporte del pragmatismo. En efecto, la política permite afinar ideas y decisiones a través de la deliberación y la compresión contextual, pero, sobre todo, permite dotar de legitimidad a las políticas y acciones públicas. La legitimidad de las decisiones públicas obliga a alcanzar consensos sociales; es decir, acordar mínimos que sean incluyentes y garanticen la mayor cantidad de participación posible. Esto suele ser complejo de lograr y en ocasiones costoso, pero puede mejorar sustancialmente las posibilidades de éxito de una decisión pública.

Ahora, la falta de calle de la reforma como decisión y su propuesta como proceso no solo impidió un cambio (insisto, “posiblemente” deseable), sino que puso en movimiento la cadena de eventos que tienen a muchos ciudadanos en el lugar en el que se encuentran ahora. En la calle.

¿Se deberían poner los líderes políticos la vacuna de primeros?

Jose Biden, presidente de Estados Unidos, fue una de las primeras personas en recibir la vacuna del COVID-19 en su país. El hecho se presentó como una muestra de confianza en la seguridad e importancia de la vacunación en un país dividido por las actitudes respecto a la vacuna.

De acuerdo a una reciente encuesta del DANE, el 59,9% de los colombianos se pondrían la vacuna del COVID-19 y aunque es un pequeño aumento respecto a las cifras de finales del años pasado, el hecho de que cuatro de cada diez personas en el país reporten no querer vacunarse es sumamente preocupante. Buena parte de la efectividad de las vacunas depende de que una cantidad suficiente de personas sean vacunas para lograr inmunidad de rebaño; esto es, la reducción sustancial de la probabilidad de trasmisión y la la disminución de la gravedad de la enfermedad si uno se contagia. En algunos países donde la vacunación avanza, ya se pueden evidenciar las sustanciales mejorías en la presión sobre el sistema de salud y la caída en casos graves y muertes.

Descartando las opciones coercitivas (obligar a las personas a hacer algo que no quieren), queda la posibilidad de usar medios como la comunicación pública y la reflexión social para persuadir a los indecisos o reticentes. Una de estas alternativas que se han popularizado en lugares en donde el debate por las vacunas ha sido profundamente politizado, como Estado Unidos, es la unidad de parte de la clase política en su apoyo a la vacunación, recibiendo ellos mismos las vacunas de primeros para demostrar su confianza en al seguridad e importancia del proceso.

Vacunar a los líderes políticos de primero no es caprichoso, hay buena evidencia de que las actitudes generales respecto a la pandemia, las mediadas de cuidado y en particular, la vacunación de presidentes, primeros ministros, congresistas y demás servidores públicos electos, influye en las posiciones de los ciudadanos. Al final de cuentas, vacunarse supone una expresión visible, sencilla y eficiente de demostrar la confianza en la vacuna; muchas horas de explicaciones y discusiones sobre lo seguro del proceso o lo relevante para combatir la pandemia pueden no resultar igual de efectivos.

Por supuesto, episodios como el uso de las prerrogativas del cargo para lograr vacunar a personas cercanas (como supuestamente hizo el Ministro de Salud de Ecuador), en nuestra larga tradición de nepotismo y favoritismos para lograr ventajas hasta en temas inesperados como este, son precedentes complicados. La idea de que vacunarse de primeros es “aprovecharse” del cargo estaría en la cabeza de muchos. Sería una percepción justa, dada la historia, pero puede que al final, por el bien mayor de convencer a más personas que no quieren vacunarse, puede ser un costo asumible y necesario.

Ahora bien, aunque vacunar a los principales líderes políticos de forma pública y publicitada es importante, no es lo único posible. Es fundamental que el país se embarque en un amplio esfuerzo pedagógico para la vacunación. Mejorar la comprensión del proceso que lidera el Ministerio de Salud, y usar herramientas comunicacionales como la empatía, la personalización de la información, la atención detallada de los escépticos y la puesta en marcha de normas sociales resultan fundamentales. Y como siempre, para ayer era tarde.

Sobre el carácter de los líderes.

Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas de EEUU; su desempeño ha estado sustancialmente supeditado al carácter del presidente.

Un líder puede establecer el tono de lo que es aceptable y lo que no, esos límites son en ocasiones fundamentales para delimitar conversaciones públicas moderadas y sensatas. Si el líder político presenta como aceptables en esa discusión ideas que normalmente estaban en los extremos del espectro político (cuando no ideas que son simplemente mentiras o socialmente inconvenientes), puede convertir en interlocutores legítimos a personajes peligrosos.

La lealtad y la mentalidad de grupo también señalan que el carácter del jefe dará límites al carácter de los subalternos. Lo primero es que seguramente el líder buscará rodearse de personas que se le parezcan, pero incluso cuando no lo haga, y muchos casos de personas atípicas en lugares complejos se han visto, estarán definidas por la competencia que todo grupo tiene internamente para mostrar que se hace parte y se pertenece. De allí que muchas personas inesperadas estén en lugares inesperados y todavía más llamativo, defiendan cosas que seguro en otro contexto aborrecerían. Esto es natural a los grupos humanos y por eso no debería ser culpado de esta dinámica; de nuevo, es el carácter del líder el que lleva a que esto sea tan terrible.

Por supuesto, Donald Trump es el ejemplo más reciente, llamativo e influyente de este problema. Su populismo, corrupción y mezquindad egocéntrica ha atraído a personales siniestros a su alrededor y ha permitido que muchos que antes solo estaban en las esquinas oscuras de la discusión política, se puedan parar, sin pena, ni temor, en el frente. Al fondo de todo esto parece estar la disposición de algunos líderes de conseguir réditos políticos a como dé lugar y poner en el medio de esto asuntos como la confianza social, el debate democrático y la verdad. Los daños a largo plazo de esta “forma” de hacer política pueden ser terribles.

Las formas de oponerse a ellos pueden ser directas, como la acción política organizada, la competencia democrática o la denuncia y el control social, o indirectas, como la reflexión académica, las conversaciones familiares y el compromiso determinado por contener las mentiras y desinformación que son su principal aliado. La necesidad de oponerse es absoluta y urgente. Y responsabilidad colectiva.

En el medio.

El centro.

¿Existe el centro como inclinación ideológica? Y si sí ¿Qué lo diferencia de la derecha o la izquierda? Dos preguntas que las últimas semanas han puesto a escribir a académicos y opinadores de todo el país con conclusiones particularmente dispares. La discusión es relevante más allá de implicaciones conceptuales, la negación del centro como lugar de identificación ideológica hace parte de las estrategias electorales de los costados. Y es una estrategia relevante, pues no solo la mayoría de los colombianos se autodenominan “de centro”, sino que hay un candidato que por ahora aparece en los primeras lugares de intención de voto para las presidenciales de 2022 que lo hace.

Este contexto es relevante porque puede explicar algo de la virulencia de esta discusión, sobre todo en redes. Más que añadir a lo que ya es una larga lista de columnas, notas y artículos sobre las especificidades ideológicas o no del centro, me gustaría resaltar un elemento que aunque ha sido nombrado en varias ocasiones es, digamos, “central” en la distinción: la posibilidad de la equivocación, la apertura al error y a nueva información.

Es decir, que si en los extremos todo son certezas, en la mitad hay espacio para las dudas. Esa probablemente sea la más significativa diferencia entre el centro, la derecha y la izquierda, así como la similitud entre estas últimas es lo difícil de convencerlos de lo contrario. Algunos llamaran a esta duda como tibieza o denunciarán lo que ven como “falta de carácter”, pero de inamovibles está también pavimentado el infierno. El centro se puede dejar convencer, se puede preocupar por las ideas según la evidencia que las soporte y la efectividad que muestre para resolver problemas y no, en su etiqueta. Esa es su gran ventaja e incluso atractivo para muchas personas. La política como el esfuerzo por hacer mejor la vida de las personas y no como la plataforma para promover una visión personal y grupal que tengamos del mundo.

Que todo esto presuponga un sistema liberal y democrático ya ha sido señalado por varias personas antes, pero esto tiene poco valor si en ese escenario no se reconoce la posibilidad personal del error y la posibilidad grupal de la equivocación. Es en la duda sobre las percepciones, valoraciones e ideas propias en donde el centro puede ganar en practicidad y efectividad a la hora de gobernar. Para quienes nos consideramos de centro y para quienes hacen política desde ahí, resulta fundamental que este no sea una característica menor de nuestras discusiones. El centro amanece todos los días en la apertura de aprender de los otros lugares, en la oportunidad reconocida de que desde las ideas tradicionalmente asumidas en derecha e izquierda puede haber pistas para resolver nuestros problemas colectivos. En la convicción de que su único inamovible es el compromiso con la evidencia, la deliberación, la democracia, la libertad y el Estado de derecho.

Aparte de esto, su única certeza es la duda.

El día que César quiso saber si podía ser rey.

Marco Antonio ofreciéndole la corona de laurel a César.

En la antigua Roma también se piloteaban candidaturas y se lanzaban ideas de reforma institucional para “medirle el ambiente” a la opinión pública. Similar a la recientes portadas de revistas nacionales y una larga tradición de lanzar globos para ver qué dice la gente en la historia política colombiana. O universal, porque, insisto, ha ocurrido mucho, en muchos lugares, en muchos tiempos. La estrategia tiene ventajas, por supuesto: permite medir el nivel de oposición/apoyo y las dificultades posibles de una medida, candidatura o decisión antes de arriesgarla al mundo real. Tiene sus problemas también, como veremos más adelante. En suma, es un experimento.

Vamos entonces del Magdalena al Tíber.

Probablemente uno de los más llamativos experimentos de este tipo se adelantó durante la celebración del festival religioso de la Lupercalia, el 15 de febrero del año 44 A.C. Bajo la cueva en la que los míticos Romulo y Remo habían sido alimentados por la loba (la “Lupercal”) los hombres romanos se reunían, y vistiendo solo un taparrabos, correteaban a las mujeres jóvenes de la ciudad, azotándolas con correas de piel de cabra para garantizar su fertilidad. La mayoría de los corredores de ese día eran jóvenes, como de costumbre, con una excepción: el cónsul Marco Antonio también vestía el taparrabos y llevaba las correas.

Marco Antonio era el principal lugarteniente de Cayo Julio César, por esos días dictador de la República romana. Para los romanos la dictadura no significaba lo mismo que para nosotros. Era un cargo institucional, una designación que el Senado y el pueblo de Roma realizaba en tiempos de grave crisis, como un presidente con poderes ejecutivos por un Estado de excepción en las democracias modernas. Y aquellos sí que eran tiempos de crisis. Roma había sufrido unos cuarenta años de intermitente guerra civil. Aunque sus causas eran variadas, la principal era particularmente deprimente para muchos romanos: sus políticos se habían vuelto demasiado poderosos como para ver sus ambiciones personales y familiares constreñidas por el sistema republicano.

César era el más reciente ganador de la más reciente guerra civil en ese año 44 A.C y aunque sus enemigos en armas estaban muertos, su posición era todo menos estable. A los romanos no les gustaban los reyes, desde el año 509 A.C, cuando expulsaron al último, Tarquinio el Soberbio, y de la mano de varios representantes de la nobleza (algunos familiares incluso del rey depuesto) fundaron la República. Desde entonces, era un tabú político las referencias monárquicas y se asumía como un insulto particularmente grave cuando a una carrera política se le achacaba la ambición de tomar esa posición.

Sin embargo, es probable que muchos consideraran que era precisamente un rey lo que necesitaba la convulsionada ciudad y su imperio. Es probable también que así lo considerara el mismo César. Pero era difícil saber la reacción de las personas y de esa incertidumbre, la necesidad de un experimento ¿y qué mejor momento para poner a prueba las tolerancias monárquicas del pueblo romano que en un festival público al que todos asistían?

Durante las Lupercanias los hombres recorrían la ciudad, persiguiendo mujeres y en general, causando alboroto. En el Foro, justo sobre la Rostra, la tarima hecha a forma de la quilla de un barco desde donde los políticos arengaban al pueblo en tiempos más comunes, se sentaba César, observando la ceremonia desde un trono alto en su calidad de dictador. Vestía una toga púrpura y unas botas de cuero rojo, indumentaria de los viejos reyes. Antonio se acercó al dictador y le ofreció una diadema de hojas de laurel trenzado. Símbolo inequívoco de la monarquía en Roma. La multitud, expectante en un principio por lo que parecía un acontecimiento importante, aulló y chifló en desaprobación. César, con un gesto magnánimo de la mano, rechazó la corona que le ofrecían. Le respondieron vítores y alabanzas. Antonio insistió, ofreciendo la corona de nuevo. Ante los nuevos gritos, César rechazó la corona y se la dedicó a Júpiter, “ningún otro rey” gritó “tendrá Roma”. Antonio se retiró a continuar la ceremonia y César volvió a su asiento. “Y así fracasó el experimento” (Holland, 2017, p. 60).

Un mes después, el quince de marzo del año 44 antes de Cristo (los idus, como lo llamaban lo romanos), en el teatro de Pompeyo, su gran rival en la guerra civil y porque la historia es ante todo poesía, fue asesinado a cuchilladas Cayo Julio César. No fue, ni mucho menos, la única razón, pero el globo lanzado en las Lupercanias había hecho actuar a sus enemigos. Los conspiradores, que incluían a un descendiente de uno de los protagonistas de la expulsión del último rey -de nuevo, porque la historia es rima-, Cayo Bruto, emboscaron al victorioso general y pródigo político (y dictador aspirante a rey) y le dieron muerte.

En ese sentido, por supuesto, el experimento tampoco funcionó.

¿Es posible despolarizar la discusión política actual? Una alternativa desde Star Wars.

Por más columnas como esta.

Es un lugar común señalar que muchos espacios actuales de discusión política están supremamente polarizados (en Colombia, pero también en otros países). Uno podría decir que la polarización supone el alejamiento entre los puntos de encuentro de las creencias políticas de las personas; la situación por la cuál las opiniones divergentes llevan primero a crear adversarios y luego, enemigos. Esto supera a los líderes políticos (algunos de los cuáles seguro toman tinto juntos, mientras se ríen de las discusiones que provocan sus peleas en los medios sociales) y se centra sobre todo en los debates cotidianos que las personas tenemos sobre nuestras posturas políticas. En Twitter, en Facebook, por supuesto, pero también en comidas familiares y espacios laborales, entre amigos e incluso, en eventuales confrontaciones, entre desconocidos.

La polarización (llevada a ciertos extremos, por supuesto) puede ser inconveniente porque desincentiva los acuerdos políticos, enrarece el debate público, exilia la moderación al verla como tibieza y al final, en algunos casos, puede llevar a la violencia. Pero metidos en medio de las pantanosas peleas de “ellos” contra “nosotros” ¿se puede hacer algo para des escalar la tensión de la polarización? ¿Se pueden reconstruir los puentes a los que tantos incendiarios les echaron fuego?

Es obvio que los medios sociales han permitido que los grupos se hagan más estrechos, más unidos y las oportunidades de “demostrar” lealtad (ser más papista que el papa da buenos puntos). De igual manera, ha facilitado que las personas consigamos información que valide nuestras ideas y que construyamos cajas de resonancia en el que nuestras posiciones son validadas constantemente. El conflicto se convierte también en una tentación constante de linchamiento y las posiciones moderadas o conciliadoras no suelen salir muy bien libradas. Sumado a todo esto, el incentivo principal de los medios sociales -me gustan, corazones y compartidas- premian la controversia y el insulto.

En su libro “La mente de los justos”, Jonathan Haidt señala la influencia que la disonancia cognitiva y la disposición evolutiva que tenemos a organizarnos en grupos y desarrollar lealtades grupales que reafirman nuestra identidad, tiene sobre la dificultad para nuestras cabezas de aceptar argumentos contrarios a nuestra ideas iniciales o identidades ideológicas. Para esta herencia de cientos de miles de años, nuestro recién descubierto coctel de auto gratificación social y refuerzo de ideas previas es bastante parecido a una droga.

Un lugar inesperado para pistas interesantes en la superación de esta situación se encuentra en la ciencia ficción de aventuras. En su libro “La ideología de Star Wars” (2017), Fernando Ángel Moreno señala la importancia de los personajes que desescalan conflictos en la resolución de tensiones irresolubles y polarizantes. Este rol es personificado en la primera trilogía de la saga por Luke Skywalker y su reticencia a matar a Darth Vader, su padre, incluso a riesgo de morir el mismo al final de “El regreso del Jedi”. Esta acción remide a Vader, pero también a Luke y señala un punto de quiebre para una historia centrada en la dicotomía absoluta del lado luminoso y el lado oscuro de “La Fuerza”. Luke es al final un extraño protagonista del género y como sostiene Moreno “rompe con el héroe tradicional al renunciar a matar al villano” (p. 146).

El punto central de Moreno es que Luke, el protagonista de la primera trilogía de Star Wars (y de alguna manera, una presencia central en la tercera), es la representación de los puentes entre extremos. El problema de los dos extremos en las películas es que las posibilidades de cercanía, de acuerdo, de resolución no violenta son ninguna (con excepción de la acción de Luke, que va en contravía de las indicaciones de sus maestros y a la vez, lo arriesga a perder su vida). El heroísmo de Luke se presenta al renunciar a “destruir” a su enemigo, una decisión que ni los más encumbrados Jedi habrían considerado (Los dos maestros de Luke le señalan la necesidad de matar a Vader, pero solo él tiene esperanzas en su padre, “aún hay bien en él”, dice). Explica Moreno:

nuestra educación en un mundo de ‘ellos’ y ‘nosotros’, al que estamos acostumbrados día a día, puede despertar cierta simpatía hacia esta lucha y cierto deseo de aniquilar al enemigo, de hacerle trizas, de humillarle (…) Luke no lo hace (…) No se humilla al enemigo, no se le destruye. Es el propio enemigo el que toma la decisión de abandonar su dualismo y rebelarse contra aquellos que desean mantenerse en él.

Moreno 2017, p. 137.

Y con esta acción, mientras su sable laser cae al piso y renuncia a la lucha en esos términos, la dicotomía irreprimible termina (al menos por ese momento). La saga habla de “devolverle el equilibrio a la Fuerza” constantemente, en esa acción particular de Luke de evitar la aniquilación de su enemigo está probablemente la única vez en todas las películas que vemos esto realmente en acción. Evitar la tentación de destruir, humillar, acabar con nuestro contrincante es precisamente eso: equilibrio.

¿Es posible bajar nuestros sables? No para juntarnos, o renunciar absolutamente a nuestras ideas, al fin de cuentas, hay distancias profundas entre no hacer alianza y destruirse mutuamente. Precisamente en el acto de reconocer en nuestro contrario no a un enemigo, sino a un adversario, en ver en sus ideas, creencias y motivaciones razones tan potentes, así no sean compartidas, como las mías. Y sobre estas ideas, bajar el arma. Romper la rueda. Salir del pantano. Evitar el único aparente desenlace de la lucha sin descanso, de la competencia por quién gobernará sobre las cenizas.

¿Por qué hay tanta corrupción en Colombia?

Democracia feroz de Gustavo Duncan (2018).

Esta semana terminé de leer “Democracia Feroz” de Gustavo Duncan (2018). El libro busca esclarecer un fenómeno particular de la democracia colombiana: las limitaciones que tiene la sociedad civil y la ciudadanía del país para regular y castigar a una clase política particularmente corrupta. Esto resulta llamativo porque, como señala Duncan, la democracia colombiana reúne muchos elementos de lo que idealmente supondría una versión liberal y moderna, desde un diseño institucional con pesos y contra pesos y un sistema electoral con buenas pretensiones de representatividad (en particular luego de la Constitución del 91), una prensa mayoritariamente libre y sobre todo a nivel nacional, relativamente independiente de los poderes políticos, y poblaciones urbanas, educadas y políticamente activas en muchas de las ciudades grandes y medianas del país.

La respuesta de Duncan para esta pregunta pasa por dos argumentos principales. El primero, la relación histórica entre clientelismo, narcotráfico (y paramilitarismo) y la clase política, sobre todo regional, del país. La segunda, la naturaleza informal de la economía colombiana y la necesidad de esta (como de las economías ilegales) de gozar de protección de parte de la clase política. La corrupción en este escenario es solo la moneda de cambio mediante la que se concretan los beneficios del intercambio de esta “mercancía política”. Así, el hecho de que más de la mitad de los trabajadores colombianos se desempeñen en la informales y en los eslabones asociados a actividades ilegales como el contrabando, la piratería o el mismo narcotráfico, limita las opciones de oposición de la población a los política capaces de proteger esas economías, pero también los vuelve susceptibles de entrar a hacer parte de las clientelas de los políticos, los contratistas o los dueños de estos negocios.

El libro sugiere la relevancia de asuntos culturales, tanto de la forma cómo nos gobernamos y concebimos la política, como de las formas de asociación a la ley, aunque no son su principal puntos de interés. Leyéndolo, sin embargo, es inevitable pensar en qué elementos de las valoraciones de los ciudadanos colombianos pueden estar contribuyendo a nuestra torpeza a la hora de regular a la clase política. Propongo dos inicialmente: la normalización de la corrupción política y la disonancia cognitiva sobre ideas políticas.

Por normalización me refiero al hecho de que existe una creencia en buena parte de la población colombiana de que “todos los políticos roban”. Algunos datos lo sugieren. En la Encuesta de Cultura Ciudadana de Medellín de 2019 el 83% de las personas estaban de acuerdo con que “más de la mitad de los funcionarios públicos eran corruptos”, en las otras ciudades donde se ha hecho la encuesta este porcentaje es del 87%. No sorprende que en la misma encuesta, solo el 8% de los encuestados en Medellín confíen en “los políticos” y en las otras ciudades, el 5%. En la Encuesta Mundial de Valores de 2019, solo el 2,6% de los colombianos señalaron que ninguna de las autoridades públicas estaban libres de corrupción.

Esto supondría una idea generalizada de que los “políticos roban” y de que la política como labor es inseparable de algún grado de beneficio personal por encima de la conveniencias públicas. Esto no solo puede actuar sobre votantes y ciudadanos que parecerían anestesiarse contra noticias sobre algunas cosas “menores” o esperables del quehacer político, pero también crear un entorno de normas sociales para los mismos políticos, respecto a lo que es esperado y deseable y lo que no, en su trabajo. De esta manera, el “todos lo hacen, por tanto no está tan mal” funcionaría hacia dentro y hacia afuera, en algún grado, de la política.

El segundo asunto intentaría explicar la razón por la que una persona defiende a un político acusado o condenado por un acto de corrupción y del que no recibe ningún beneficio directo (en la forma de protección o recurso material vía clientelismo). Esto puede explicar el apoyo que muchos políticos que basan su poder en las formas tradicionales y novedosas de la corrupción tienen en grandes ciudades o incluso, en el llamado “voto de opinión”. Aquí podríamos decir que algo de ese apoyo, y en particular de esa defensa, se presenta por fenómenos de disonancia cognitiva respecto a las ideas y apoyos políticos. Para este tipo de disonancia, la polarización y los medios sociales son los mejores aliados. La primera caldea el ambiente de la discusión pública y “une” mucho más cada facción respecto a tener la razón y a que los demás estén equivocados. Los medios sociales permiten intercambiar información parcial y beneficiosa solo para un lado (al igual que información falsa o que pone en duda la información oficial o de medios tradicionales), como nunca antes.

Duncan termina el libro llamando a una agenda de abordaje de la corrupción en el reconocimiento de lo que funciona, investigación independiente de medios, presión de la sociedad civil, y de lo que es necesario que pase, en particular la inclusión y amansamiento de los amplios sectores de economía y política colombiana en la informalidad. La comprensión de los elementos culturales y conductuales asociados también suponen un paso adelante sobre una agenda siempre urgente y fundamental para estos años de cambio en Colombia: la lucha contra la corrupción.

Participación en “Concervezatorio” | “Hablemos de derechos, ley seca y cultura ciudadana”.

El pasado 4 de julio estuve conversando con el panel del “Concervezatorio” sobre las implicaciones de las medidas de Ley Seca y toque de queda en Colombia; hablamos sobre limites normativos, defensa de libertades individuales y posibilidades desde la cultura ciudadana.

Elogio a la moderación

De cabezas calientes y vehementes posturas están tapizados los mayores excesos de la historia humana. Y por eso, los excesos en certezas, propuestas e ideas no suelen ser buenos presagios para el bien común. Esto aplica para la política, sobre todo, pero también para las empresas, familias y vidas personas. En todo, pareciera, hay un valor sustancial en la moderación como filosofía de vida.

Si nos centramos en el liderazgo político y las agendas de transformación social, hay que señalar que la mayoría de los cambios importantes suelen ser incrementales, no revolucionarios. Y cuando son revolucionarios, la posibilidad de que se echen para atrás son mayores. Aproximarse a las reformas con moderación puede resultar poco atractivo en ciertos casos (más en los tiempos actuales de indignación constante), pero pueden llegar a ser más sostenibles y convenientes para una sociedad.

También hay que reconocer el riesgo que nos presentan las alternativas. Algunas pueden estar mucho más dispuestos a negociar asuntos que consideramos valiosísimos, en particular la libertad, por el afán de conseguir cambios urgentes. La vociferación y el extremismo también suele ser el reino de las coqueterías autoritarias. Muchos gobernantes eternos iniciaron sus carreras como “reformadores radicales”; los estadistas han sido pausados y en ocasiones, temerosos, no temerarios.

Porque en la moderación hay duda en donde en el extremismo solo hay certezas. La moderación supone reconocer la posibilidad de equivocación e incluso, la necesidad del error como parte del aprendizaje social y personal. La moderación supone reconocer la preocupación por las formas e instituciones como una en la sostenibilidad y la estabilidad.

Estas son razones para defender la moderación, promoverla como aproximación a los asuntos públicos, pero en ningún caso, debería subestimar la frustración de las personas que, esperando ajustes urgentes, lentos o demorados, ven en la moderación una apuesta por el apaciguamiento, un respeto por las formas que termina aparentando ser reaccionario. Y reconocer también que, en ocasiones, detrás de la moderación fingida de escode la intención de demora de quién teme los cambios.

Estas excepciones no pueden hacernos renegar de las ventajas de las posturas y las formas políticas de la moderación, solo estar atentos a señalar a sus impostores. Pero también poner en la agenda la necesidad de acompañar mejor esos ajustes, de recuperar la confianza (ganarla por primera vez en muchos casos) de la agenda democrática, liberal y moderada.

La moderación suele acompañar la parquedad e incluso, lo que muchos llamarían falta de carisma en esta coyuntura actual de personajes llamativos y personalidades apabullantes como recetas del mercadeo político. No es una condición absoluta, pero al menos bastante común. La misma moderación puede resultar en un rasgo poco atractivo como aproximación a la política y las decisiones públicas, al menos, siempre será más responsable que la demagogia reformista y siempre será menos tajante que el extremismo de conservación.

Reconocer esto no tiene, ni mucho menos, nada de novedoso: la mayoría de las filosofías de vida y religiones han exhortado a la moderación, desde estoicos, hasta peripatéticos, desde la tradición religiosa judeocristiana, hasta el budismo; en el camino, códigos de comportamiento como el bushido, hasta los textos moralizantes de la ilustración.

Pero la falta de novedad no le quita importancia a la invitación por rescatar la moderación en el discurso y las decisiones políticas. Y esto -no sobrestimar lo nuevo por nuevo- también es de moderados. Qué dicha.

El mundo a través de mi lente.

Cómo se ven las fotos con los diferentes tipos de lentes? | Crehana MX

Desde los veinte años tengo miopía. Nunca fui capaz de usar lentes de contacto y por eso, las gafas que uso son tan parte de mi vida cotidiana como cualquier otra parte de mi cuerpo, quitármelas es lo último que hago antes de dormirme y ponérmelas, lo primero al abrir lo ojos. Sin ellas, el mundo es un paisaje turbio y amorfo, como intentar ver debajo del agua en un lago agitado. Mis gafas me permiten ver una versión de mundo donde las líneas son claras y las distancias calculables. Dependo tanto de ellas que en ocasiones no puedo evitar imaginar si no las tuviera, si estuviera condenado a ver el mundo por el turbio velo de mis retinas desgastadas. Mis gafas son la ventana a mi realidad, los lentes con los que puedo ver el mundo.

Pero la miopía, o el astigmatismo o la presbicia, no son las únicas limitaciones de nuestra visión de la realidad. Todos estamos condicionados por las lentes de nuestra racionalidad limitada para entender el mundo y muchas de nuestras ideas, impresiones, percepciones y valores suelen ser representaciones de estos sesgos, heurísticas y reglas que configuran el tamiz, casi siempre inconsciente, por el que pasa la información que recibimos.

Uno de los temas en los que nuestra racionalidad limitada puede tener consecuencias más complicadas es sobre nuestras ideas políticas y sobre los políticos. En su libro “La mente de los justos”, Jonathan Haidt señala la influencia que la disonancia cognitiva y la disposición evolutiva que tenemos a organizarnos en grupos y desarrollar lealtades grupales que reafirman nuestra identidad, tiene sobre la dificultad para nuestras cabezas de aceptar argumentos contrarios a nuestra ideas iniciales o identidades ideológicas.

Pero no son, ni de lejos, nuestras únicas limitaciones. El sicólogo comportamental Daniel Kahneman y su colega Amos Tversy dedicaron su carrera académica (y por esto el primero recibió un nobel de economía) a identificar los diferentes atajos mentales que nuestra mente realiza para evitar verse enfrascada en ineficientes cavilaciones y razonamientos en la vida diaria. Richard Thaler y Cass Sunstein retomaron buena parte de estas lecciones para su popular libro “Nudge”, sobre las maneras en que se podía ajustar la manera como tomamos decisiones con pequeños ajustes a condiciones, marcos y señales que nos llega con la información. Todo esto en el entendido que nuestro cerebro es mucho más influenciable de lo que nos gustaría a la hora de tomar decisiones y señalar cursos de acción de lo que por demás, pueden ser importantes momentos de nuestras vidas.

En “¿Por qué hacemos lo que hacemos?” otro psicólogo conductual, John Bargh, recoge otro ingrediente en esta mezcla de elementos prestos a obligarnos humildad: el inconsciente. Bargh señala que el pasado, como nuestras herencias evolutivas y las experiencias vitales (por tempranas que sean), el presente, como el contexto físico y las normas sociales, y el futuro, como nuestros objetivos y deseos, pueden ejercer una influencia tremenda sobre nuestras decisiones sin que siquiera nos demos cuenta.

A la luz de todo esto quizás una de las acciones de mayor responsabilidad que podríamos tomar de manera personal y colectiva es reconocer (e intentar no olvidar) nuestras propias limitaciones; nunca sacarnos de la cabeza que tenemos nuestra propia lente puesta y que la información que recibimos, lo que nos dicen y lo que vemos, entra a nuestra cabeza deformado por su prisma. Que nos podemos equivocar, que los otros pueden tener la razón.

Ahora, este reconocimiento de falibilidad puede no resultar popular en estos tiempos en que se espera y enarbola una especie de extraña autosuficiencia. Políticos, líderes de opinión, gerentes y todos los demás, nos paseamos por el mundo evitando reconocer los más mínimos errores o la posibilidad de que no seamos justos, ecuánimes y neutrales al tomar decisiones y dar discusiones. Esto no solo lleva a errores constantes en las decisiones de personas, organizaciones y Estados, también a la estancación y somnolencia de las discusiones que no llevan a nada porque nadie da su brazo a torcer o las que se evitan por considerase inútiles.

Todo esto podría evitarse o al menos ponerse bajo un razonable control, si en un único acto de humildad, nos preocupamos por reconocer la posibilidad de la duda; el reconocimiento de nuestros límites, la influencia de nuestra lente.