Lo inesperado es lo más común

Estatua de la diosa Fortuna en el museo nacional de Rumania.

Maquiavelo decía que la fortuna (la suerte, el azar, el destino) es árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero que nos deja la otra mitad para nuestro gobierno. Esa idea de un control “cincuenta/cincuenta” entre el azar y nuestros deseos parece, al final, curiosamente optimista viniendo del florentino ¿si será que tenemos tanto control sobre lo que pasa alrededor nuestro, sobre lo que nos pasa, sobre nuestros planes?

Y es que el contexto parece ser mucho más determinante de lo que en ocasiones pensamos sobre nuestras vidas ¿o acaso este 2020 no nos ha recordado más allá de toda duda el mísero poder que tienen nuestros designios frente a las irreductibles fuerzas del destino? Tomémonos un minuto para apreciar la forma como pandemias, recesiones económicas y estallidos de violencia han puesto en jaque buena parte de nuestros planes en este último año. La fortuna, ante todo, es una fuerza para la humildad.

Ahora, quitémosle mística al asunto. La fortuna -lo inesperado- no es una fuerza consciente, sino, más bien, los engranajes de la historia, los movimientos de masas, las acciones colectivas sin intención. Veámosla como la sumatoria de factores por fuera del control de un individuo que delimitan sus opciones y le imponen situaciones inesperadas. Todos estamos abocados a sus efectos y nuestra posibilidad de influenciarlos es minúscula, la mayoría de las veces.

Karl Von Clausewitz, el gran tratadista militar alemán, llamaba a este elemento “fricción” y lo definía como el efecto que la realidad tenía sobre lo planeado. Básicamente, una Ley de Murphy constante que se aplica a los deseos y pretensiones de las personas. Clausewitz sostenía que todo esfuerzo humano que implica la construcción de un plan se encontrará inevitablemente con dificultades inesperadas. Esta teoría del imprevisto resulta fundamental para entender la razón detrás de muchos fracasos en lo que –parecían- planes o decisiones a prueba de errores. En la historia humana, lo inesperado es regla; lo único que se puede esperar es lo incontrolable.

Pero ¿se puede gestionar la “fricción”? ¿podemos entablar negociaciones con las fuerzas irresistibles de la fortuna?

Una alternativa que me gusta es la reivindicación de la “prudencia” que el profesor Jorge Giraldo hacía hace poco en su columna del periódico El Colombiano. Señalaba Giraldo que “La prudencia en el actuar exige algo que la ciencia no puede dar: autoconocimiento y conocimiento particular del prójimo con el que interactuamos y caso entre manos”. Así como que “Las compañías necesarias de la prudencia son el consejo, la deliberación, la diligencia, la constancia y la misericordia. Este es el planteamiento de Tomás de Aquino. La prudencia es enemiga de la temeridad y también lo es de la pasividad y del conformismo”.

Y de la falta de humildad, añadiría. Quizás una de las ideas más pretensiosas que pueda echar raíz en nuestra cabeza es la convicción de que podemos “moldear” las circunstancias a nuestro antojo; el remedio sensato a ese exceso es poner en duda, incluso, ese 50% que nos otorgaba Maquiavelo. Así, en un mundo en el que controlamos muy poco y en que más que torcer el hilo de la historia debemos adaptarnos a él, la prudencia es un valor sustancialmente importante. Una prudencia que toma fuerza de la humildad de reconocer, que al final, es mucho más lo que se nos escapa de entre las manos, lo imprevisible, lo inesperado.

Ingenieros de lo invisible.

Con meditación, oración y yoga, miembros del ESMAD en Medellín están  aprendiendo el manejo de sus emociones | Minuto30.com
Una imagen de la sesión de Yoga con agentes del ESMAD.

La semana pasada, mientras el país intentaba encontrarle sentido a los abusos policiales que produjeron al menos doce muertos y más de un centenar de heridos durante las protestas nacionales por la muerte del abogado Javier Ordóñez, precisamente, durante un procedimiento de la Policía, la Alcaldía de Medellín presentaba con algo de orgullo un proceso de meditación y regulación de emociones adelantado unos días atrás con miembros del ESMAD (Cuerpo Anti-disturbios).

La publicación fue recibida -cuando menos- con “escepticismo” en las redes sociales. Ahora, más allá de la impertinencia (porque era un mal momento para estar sacando pecho por acciones de gobierno), la dureza de las respuestas de las personas se podrían explicar en dos posiciones principalmente: La primera duda de la efectividad de este tipo de intervenciones y procesos, la segunda lo asocia a “la cultura ciudadana de Mockus”, sugiriendo de manera injusta que era algo que aunque llamativo, sería inútil.

Al respecto, vale la pena señalar que la utilización de aproximaciones poco ortodoxas para tratar asuntos de reforma policial no son tan extraños como parecen, desde el replanteo del trabajo en gestión humana de la fuerza, la utilización de economía del comportamiento en su reclutamiento, usar ejercicios de Mindfulness para mejorar niveles de estrés y hacer uso del arte y la cultura como nuevo lenguaje para la relación con los ciudadanos. Pero (y este es un gran pero), el lío aquí parece ser la vinculación demasiado segura a que una única intervención de este tipo es capaz de resolver los problemas estructurales que enfrenta la Policía.

También es un error común que toda intervención o acción pública que haga uso de simbolismos, educación no formal, arte o en general, algún instrumento inesperado entre las grises y bien conocidas alternativas de intervención del Estado, es una acción de “cultura ciudadana” (Para esto, vale la pena leer el capítulo de Henry Murraín en el libro “Antípodas de la violencia” del BID). En este caso no solo no lo es porque no parece enmarcarse en el objetivo de alinear sistemas regulares, sino porque además sus promotores no lo ven de esta forma.

Así las cosas, lo del ESMAD en Medellín parece ser inconveniente por lo insuficiente, lo anecdótico, lo impertinente, no tanto porque no haga parte de las alternativas posibles, ni porque sea supuestamente “de cultura ciudadana”. Resulta fundamental que reconozcamos no solo la posibilidad de efectividad en estas acciones, sino y sobre todo, de sus limitaciones cuando no están cumpliendo el papel de acompañar ajustes estructurales.

Y es que al final ese es el problema central: Asumir que una acción pedagógica, simbólica o de intensificación en la comunicación de un día es capaz de superar problemas fundamentales del orden social. Porque, pensar que estos ejercicios, por valiosos que puedan ser cuando se hacen bien, son resolverán los profundos problemas asociados a los incentivos, la cultura organizacional y la historia de la Policía Nacional es absolutamente inocente.

Esto no es, ni mucho menos, un reniegue sobre la importancia de la acción cultural para acompañar un proceso tan relevante como la reforma policial en Colombia. Más bien, supone señalar los límites del enfoque cuando no se acompaña de otras acciones y los excesos (por defecto) de asociar cualquier cosa que nos parezca heterodoxa desde el gobierno como una acción de cultura ciudadana.

¿Necesitamos más zanahoria o más garrote para la reapertura?

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Pensar lo local, anuncio de distancia física en Australia.

Las personas están casi siempre más dispuestas a cooperar y cumplir de lo que en ocasiones nuestros prejuicios les reconocen. Ahora, nuestros prejuicios no son solo nuestros, son de todos. Es decir, acompañan nuestras decisiones individuales, pero también las colectivas y por estos días de reapertura económica sociedades como la colombiana parecen debatirse por la fórmula de abordar el cumplimiento de las medidas de cuidado para mantener bajo control los contagios por COVID-19.

El “equilibrio” entre zanahoria y garrote es una vieja pregunta de acción pública y las respuestas parciales, como todo, son mediadoras. Depende de problemas, instituciones, recursos, comportamientos. En este caso no es diferente, sin embargo, hay que reconocer las limitaciones a las que se enfrenta el “garrote” en nuestro caso. Problemas de legitimidad, exceso de uso de la fuerza, aplicación inconsistente de las medidas, entre otras, se pueden señalar sobre los líos históricos del Estado colombiano a la hora de echar mano de su garrote.

La zanahoria también tiene sus líos. En particular, la perceptible subestación que muchos gobiernos parecen tener sobre el uso de la cultura ciudadana, la comunicación pública y los estudios del comportamiento por estos días (con contadas e importantes excepciones, claro está). También, porque cuando se acercan a estas perspectivas parecen preferir versiones light del garrote (como el regaño institucional o el vocero público paternalista) o la frase motivacional producto de una sesión de creativos que dedicaron casi todo su tiempo a definir los colores del logo. Abordar esto desde el enfoque de cultura ciudadana requiere más juicio, como el que han asumido algunas administraciones locales, como Bogotá.

Un elemento sustancial en esa aproximación sensata desde la zanahoria reconoce la importancia de las percepciones que tenemos sobre las motivaciones, razones e intereses de otros en nuestro propio comportamiento y en las distancias reconocibles entre percepción y realidad. Es la razón por la que en docenas de encuesta de cultura ciudadana realizadas por años, casi siempre valoramos nuestras motivaciones como nobles y delimitadas por la moral y las de los otros como estratégicas y  delimitadas por su egoísmo. La realidad, como siempre, se encuentra más en el medio: no somos tan buenos como nos percibimos personalmente, pero los demás no son (ni de lejos) tan malos como los representamos.

La semana pasada adelanté un sondeo con personas de varias ciudades colombianas. Por referencias y sin aleatorización, sus resultados no son generalizables, pero nos pueden dar algunas pistas sobre la forma como muchas personas están relacionándose con las medidas de cuidado entendidas como normas sociales. El sondeo preguntaba por los tres comportamientos más asociados a la contribución individual al cuidado y la reducción del riesgo de contagio: el uso correcto del tapabocas, el distanciamiento físico y el recurrente de manos.

Los resultados son muy interesantes porque nos presentan un escenario en el que los sondeados reportan altos niveles personales de cumplimiento de las medidas y una expectativa de parte de los demás de que ellos lo hacen, pero valoran bastante más bajo el cumplimiento por parte de otros. En otras palabras, muchos de nosotros estamos usando el tapabocas, manteniendo la distancia física en la calle y lavándonos las manos de manera recurrente y creemos que los demás esperan que lo hagamos, pero pensamos que los demás no lo hacen. Este dilema de percepción se ha denominado como “ignorancia pluralista” y es la culpable de mucho problemas de coordinación social al dificultar que reconozcamos que los demás están tan dispuestos a cumplir una expectativa social como nosotros o a que cambiemos nosotros mismos un comportamiento sobre una idea irreal de lo que “todo el mundo hace”.

Casi el 95% de las personas que respondieron el sondeo reportaron que usan el tapabocas correctamente la mayoría del tiempo, pero solo el 33% de ellos creen que los demás lo hacen.

Estas preguntas sobre lo que “uno hace”, “lo que hacen los demás” y “lo que los demás esperan que uno haga” buscan delimitar la posibilidad de ver el cumplimiento de estas medidas como normas sociales. Chistina Bicchieri considera que una norma social puede estar presente cuando se reconoce que es “lo que todo el mundo hace”, o expectativa empírica, y “lo que todos esperan que uno haga”, expectativa normativa. Muchos comportamientos de cooperación como el cumplimiento de las medidas de prevención de contagio del COVID-19 dependen en gran medida de convertirse en normas sociales en uso por parte de las personas.

Aunque un poco más bajo que el uso de tapabocas, la gran mayoría de personas que respondieron el sondeo reportaron su disposición a mantener la distancia física en las calles, y de nuevo, su reporte sobre el comportamiento de los demás fue sustancialmente más bajo.

Entender los comportamientos de cuidado como normas sociales nos permite además identificar maneras de promoverlos. Si las personas consideran estos elementos para su propia disposición a seguir estas indicaciones, es fundamental que la percepción que tenemos de los demás sea no solo positiva, sino acorde a la realidad (esto es, que la mayoría estamos cumpliendo).

El lavado de manos recurrente es, de los tres comportamientos sondeados, el que más bajo autoreporte tiene, al igual que su expectativa empírica y normativa. El reciente énfasis en la importancia del uso del tapabocas y las dificultades de superar la carga cognitiva de lavarse las manos con las condiciones definidas varias veces al día, seguro influyen en estas respuestas.

Así, las personas parecen estar cumplimiento las medidas y reconocen que los demás están pendientes de que ellos lo hagan, pero subestiman mucho el cumplimiento de los otros. Tenemos que abordar, sin timidez o reservas, la agenda de visibilizar, señalar y mostrar el cumplimiento generalizado. Es fundamental para las próximas semanas que la expectativa de cumplimiento de las medidas, en tanto todos lo hacen, lo esperan y lo hacemos, sea una opinión generalmente compartida. Pero para lograr esto, además de más datos, necesitamos del músculo comunicacional y de influencia que solo los gobiernos tienen; esto supone que ellos superen la dicotomía algo falsa entre garrote y zanahoria, que confíen además en la segunda y que esa confianza se vea representada en esfuerzos institucionales relevantes.

Muchas esperanzas en estas últimas líneas. Y si algo nos ha hecho recordar el COVID-19 es que la esperanza es peligrosa pero a la vez, y en ocasiones, un refugio.

Ideas urgentes para la cultura ciudadana de la reapertura

A la calle volveremos.

Todo parece indicar que el siguiente paso en el difícil trayecto de este año, en el históricamente terrible 2020, será la reapertura de la actividad económica y social (con controles) que se empezará a adelantar en las siguientes semanas. Me refiero a Colombia, pues otros países han adelantado, con resultados dispares, sus propias reaperturas en los últimos meses. Esto nos presenta enormes retos, según el Instituto Nacional de Salud (INS) los picos de contagios en Bogotá y Medellín aún estarían por llegar, aunque sea comprensible que la ahogada economía local necesite de un poco menos de presión en las válvulas de escape. La decisión, esa mezcla entre opciones regulares y malas que suele configurar la naturaleza de las decisiones públicas, se estaba convirtiendo en inevitable luego de cinco meses de encierro.

Frente a la perspectiva de reapertura en Medellín un punto fundamental es una apuesta robusta por abordar la cultura ciudadana. Por meses, algunas propuestas tímidas han combinado mensajes públicos con activaciones e intervenciones pedagógicas. Sin embargo, hay des conexión en esos mensajes y acciones y sobre todo, algo de timidez en confiar en la importancia de los comportamientos de las personas. El protocolo de bioseguridad mejor construido y el control de las autoridades más sistemático nunca podrá reemplazar el impacto en el cuidado de los contagios del cumplimiento y la cooperación voluntaria de las personas.

Esto también supone reconocer que esa apuesta renovada y robusta por la cultura ciudadana de la pandemia supera al Estado. Necesitamos que las empresas, organizaciones, negocios y ciudadanos de a pie que regresarán a sus actividades económicas y sociales nos juntemos en este esfuerzo colectivo por seguirnos cuidando. No solo nuestra salud está en riesgo, la misma sostenibilidad de la reapertura depende de esto. Si en unos días los contagios se disparan, todas las esperanzas puestas en la reapertura para solventar los problemas económicos en los que nos encontramos habrán sido para nada.

Ahora, lo importante no solo es reconocer la relevancia de que todos pongamos en estos esfuerzos, sino, que lo hagamos desde la seguridad de contar con buenas herramientas, conocimiento y apertura para promover y cambiar comportamientos. Adelantar acciones de cultura ciudadana partiendo de lo que sabemos sobre el diseño de mensajes, ideas sobre comportamientos de cuidado, conversaciones sobre cambio cultural en estos tiempos, los mismos desafíos tempranos de reabrir ciertos sectores, el marco de trabajo en cultura ciudadana en Medellín, entre otras muchas cosas.

Si hacemos todo bien, nos puede ir mejor de lo que sugeriría el pesimismo. Pero necesitamos ayuda: Estado local, organizaciones, empresas, todo el mundo se debe alinear hacia reforzar una agenda de cultura ciudadana, y hacerlo usando el conocimiento que tenemos sobre nuestros dispositivos culturales y disposiciones comportamentales. Sin eso, nos puede ir peor de lo que señala el optimismo. O incluso, mucho peor.

¿Está en riesgo el “modelo Medellín”?

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Mapa de vías en Medellín y otros municipios del Valle de Aburrá.

En los últimos días docenas de analistas, opinadores, políticos y académicos han señalado en sendas columnas, notas y comentarios la gravedad de la “crisis institucional” por la que pasa Medellín. La decisión del alcalde de la ciudad de dejar a un lado la Junta Directiva de Empresas Públicas de Medellín para que la empresa demandara al consorcio Hidroituango, al igual que hacerlo para pedirle la renuncia al Director de Ruta N (y nombrar su reemplazo), desencadenó la renuncia de ambas juntas y de algunos de sus miembros en otros escenarios de dirección de las entidades públicas de Medellín.

Creo que una manera de analizar esta situación que puede resultar esclarecedora sobre sus consecuencias (y su gravedad) es hacerlo desde una perspectiva “institucionalista”. Es decir, pensar esto de “crisis institucional” en términos de una crisis en las reglas de juego comúnmente acordadas. Más que cualquier otra cosa, cuando analistas y líderes políticos y económicos hablan de “gobierno corporativo” se refieren a un arreglo institucional, esto es: una serie de reglas de comportamiento y decisión que configuraban, entre otras cosas, la forma de coordinación entre el sector público, privado y social en Medellín.

Incumplir una expectativa de comportamiento -una norma-, no es terrible solo porque vaya en contravía de lo que dicta el sistema, sino porque defrauda a los otros involucrados, cuya confianza estaba puesta en que la otra parte cumpliría ese implícito acuerdo de hacer lo esperado. De seguir la norma que todos pensábamos que estaba en uso.

El lío con pasar por encima de esas reglas de juego es que introduce un elemento de desconfianza e impredecibilidad en el juego. Imaginen una partida de parqués en la que, de un momento a otro, un jugador empieza a poner sus propias y nuevas reglas, ahora cada lanzamiento de dados es doble, ahora él saca fichas de la cárcel cuando quiera, ahora este jugador llega al cielo con un único movimiento. Seguramente, frente a este hecho, los otros jugadores protestarán, pero eventualmente, no tendrán otra opción que levantarse de la mesa. El juego habrá terminado.

Así las cosas, las crisis en los arreglos institucionales llevan a la inestabilidad, al incremento de la incertidumbre. Y en una circunstancia como esta es más probable que los jugadores prefieran cuidar sus propios intereses que cooperar. Destruir este arreglo institucional implica que todos los involucrados no saben que esperar del futuro, que los acuerdos previos ya no funcionan.

Ahora ¿cuál es la importancia de este arreglo institucional local que se encuentra en crisis? Pues que ha puesto en riesgo lo que podría denominarse como la “receta Medellín”, el modelo que durante un par de décadas ha supuesto un marco de relaciones entre los actores sociales de la ciudad. Los acuerdos para trabajar de manera conjunta entre el sector público, privado y social de Medellín para enfrentar sus problemas públicos ha sido un ingrediente importantísimo en esta receta. Uno puede tener reservas sobre algunos elementos de nuestra fórmula, pero desconocer sus logros sería injusto y no preocuparse por su ruptura, inocente o malicioso.

Y esto supone también que todos los que nos inquietamos por los rumbos y las decisiones públicas en nuestra ciudad recelemos de las motivaciones y las consecuencias de esta crisis; y que sobre las perspectivas de incertidumbre de los acuerdos que se han hecho trizas, nos movilicemos para cuidar, vigilar y exigir, que todo el camino que hemos recorrido en la ciudad no se desande.

El anti-heroísmo

Health care workers during the coronavirus pandemic aren't just ...
Manifestación de trabajadores de la salud en Estados Unidos.

Las circunstancias trágicas y extremas de la pandemia ha popularizado, de nuevo, las narrativas públicas sobre heroísmo en las acciones de grupos de personas y ciudadanos que enfrentan asuntos como la atención en salud, la prestación de servicios públicos e incluso, aquellos que siguen una norma o disposición de cuidado. La metáfora del heroísmo puede ser comprensible y en ocasiones bonita, pero también sufre el riesgo de ser injusta, plantear ideales inalcanzables y desconocer los riesgos del “héroe”. Hay básicamente tres razones para pensar en lo inconveniente del uso del arquetipo del héroe al referirnos a ciudadanos y sus acciones cotidianas.

Lo primero es que hacerlo de esta forma puede ser injusto con la mayoría de personas que hacen esfuerzos o acciones similares, pero en tanto no “tan extraordinarios” como lo héroes, reciben poco mérito. El heroísmo es excluyente por definición; algunos son héroes porque “otros no lo son”. Y si lo que queremos es promover un comportamiento que nos parece deseable, el lío se arma en que la posibilidad de cambio está en que ese comportamiento sea algo común y no extraordinario. Si el heroísmo es demasiado grande, entonces lo actos “heroicos” (esas cosas por las que admiramos a nuestros héroes) son tan extraordinarias que las personas de a pie no aspiraremos a lograrlas.

De igual manera, el énfasis en el heroísmo puede subestimar los costos de ese heroísmo e incluso la falta de libertad en muchos de los héroes. Muchos médicos y profesionales de la salud lo han señalado por estos días: cumplir con su trabajo no debería ser motivo de heroísmo homérico, entre otras muchas cosas, porque esa expectativa que le ponemos a nuestros héroes parece prepararlos para el sacrificio. Pero aclaro: tener reservas sobre el uso del arquetipo del heroísmo para referirnos a otras personas no supone renegar sobre la admiración o el reconocimiento a otras personas. Pero sí hacerlo con algunas reglas de juego sencillas que buscan evitar ciertos excesos.

Finalmente, hablar de héroes puede ser inconveniente para la posibilidad de reconocer logros colectivos. En el héroe, aunque el costo de sus acciones parece tener fines colectivos, la gloria es personal. No solo eso, el héroe reticente no es más que un sacrificio humano. En el heroísmo personal o grupal perdemos la oportunidad de tener y reconocer logros comunes y colectivos; asuntos conseguidos por el esfuerzos de muchos y el sacrificio de otros tantos. En la coyuntura actual de la crisis del COVID-19 son estas acciones colectivas las responsables de muchas buenas noticias.

También es que hay algo intrínsecamente admirable (pero absolutamente más replicable, que es lo importante) que la silenciosa voluntad de hacer las cosas bien, el compromiso cotidiano que tenemos todos, llenos de errores y limitaciones, por aguantar una cuarentena, atender enfermos, seguir trabajando, cuidar de nuestros hijos, acompañar y apoyar a nuestros vecinos, y así. En contraposición a la narrativa del héroe, la de normalizar comportamientos social y personalmente deseables. Todo el mundo hace eso o la mayoría; o cada vez más personas lo hacen y eso es motivo de orgullo y felicidad, pero colectiva, más allá del personalismo al que hiede el heroísmo en ocasiones.

Una sociedad de ciudadanos, antes que de héroes. En donde lo extraordinario es cotidiano y del heroísmo se sabe por los libros, se le deja a la ficción.

10.000

Colombia suma otros 60 muertos por COVID-19 al cumplir tres meses ...
Una brigada de salud en las calles de Bogotá.

El problema de las tragedias lentas es que es más sencillo que ignoremos su magnitud. No es extraño, hace parte de disposiciones que tenemos todos para evitar que nos sobrecojan cosas como esta. Es la razón por la que un accidente aéreo moviliza a toda una ciudad, pero las muertes de tránsito, que matan en un año el triple de personas, no lo logran. La concentración de las muertes, en estos casos, parece la clave para la indignación y el dolor colectivo. El goteo es anestésico.

Algo similar parece ocurrir con las muertes del COVID-19. Se suman diariamente, se presentan en esa pieza del Ministerio de Salud como un conteo más, un número para saber en dónde estamos. Evitar que esas muertes no sean más que la contabilidad de la pandemia es en parte responsabilidad de nosotros. Pero también de los medios y el gobierno. Pensemos por un momento en la magnitud de la pérdida que estamos viendo para nuestro país, para familias, organizaciones, barrios y ciudades. Al ritmo que vamos, hoy o mañana acumularemos 10.000 muertos por la pandemia en Colombia.

Lo primero es darle contexto al número ¿qué son 10.000 vidas menos? ¿10.000 personas ausentes?

10.000 es la mitad de los muertos de la avalancha de Armero y cien veces los muertos de la bomba del avión de Avianca. 10.000 es la población total del municipio de Manaure en el Cesar, cada mujer, hombre, niño y niña que lo habitan. 10.000 es doce veces el aforo del Teatro Colón de Bogotá y un tercio de la capacidad total del Estadio El Campín. Si esas 10.000 personas se pararan una al lado de la otra, manteniendo los 2 metros de distancia física de cuidado sugerida por la OMS, cubrirían toda la distancia de una Maratón. Si dijéramos los nombres de esas 10.000 personas nos tomaría 8 horas y 20 minutos terminar. Si intentáramos recordar algo más de ellos, como su canción favorita, el equipo del que eran hinchas o su fecha de cumpleaños, nos tomaría uno o dos días. 10.000 es el doble de los muertos por accidentes de tránsito de toda Colombia en un año y un número muy cercano a los homicidios anuales de nuestro país. Ahí dos problemas parecidos.

Lo segundo es ponerle historias, nombres y rostros a esas vidas que perdimos.

¿Están por ahí sus familias, sus amigos y conocidos? ¿Quieren o necesitan decir algo de ellos y de lo mucho que los extrañan? En este sentido, aunque los medios de comunicación han hecho esfuerzos interesantes (desde portadas con sus nombres, hasta reportarías de la situación en los hospitales), necesitamos más. También esfuerzos de parte de comunidades, organizaciones y personas de a pie y el mismo gobierno. Ese trabajo no solo honra a los que hemos perdido y sus familias, enfrenta la tendencia natural, pero no por eso menos terrible, de entumecimiento. Esta debe ser parte de nuestras tareas, junto al cuidado, de las próximas semanas, robarle el duelo a los fríos números.

Hay que evitar que se entumezca nuestra capacidad de apreciar esta tragedia y que olvidemos su magnitud. De eso puede depender la memoria de esos 10.000 ausentes.

Viejas y nuevas palabras.

La Plaza Botero de Medellín, en cuarentena.

El mundo está patas arriba. Una pandemia recorre las calles desiertas (más o menos desiertas, realmente), la economía mundial hace agua y las personas enfrentan problemas nuevos y viejos; la bien conocida hambre, la nueva molestia de las reuniones en Teams. El mundo se revuelca en sus tragedias pendientes y se reconforta con sus ideas sobre el futuro, sobre el presente, sobre la posibilidad de que la incertidumbre nos sea propicia, que la suerte nos acompañe. En el medio, las palabras nos traen consuelo. Consuelo y lugar común, porque el mundo, como siempre, está patas arriba.

Probablemente la más infame de las palabras de la pandemia sea “reinvención”. Columnistas, académicos, periodistas, tuiteros y los inevitables “coach” la usan para hablar de “crisis como oportunidad”, de la posibilidad de que de todo esto salgan cosas nuevas, buenas, que de los meses de encierro se monten nuevos negocios, nuevas personas, nuevas vidas sobre las que se fueron entre ahogos en las repletas UCIs. La reinvención puede ser injusta para los muchos que no la están pasando tan bien por estos días; los privilegiados podemos encontrar otras maneras de hacer pan en la casa, pero supongo que a lo que realmente podemos aspirar todos es al aprendizaje. Y a reivindicar nuestra capacidad para resolver pequeños problemas de todos los días. Esos aprendizajes cotidianos van desde establecer mecanismos de “bioseguridad” hogareña, distribuir las responsabilidades del cuidado para poder trabajar y reconocer nuestra propia efectividad para cuidarnos. También se refieren a la comprensión de la vida que nos rodea, a la organización para ayudar a otros, la disposición para movilizarnos (incluso sin hacerlo físicamente) para defender nuestras vidas.

La segunda palabra era popular antes de la pandemia, pero ha regresado a las publicaciones de redes sociales con fuerza por estos días: la empatía. Es una palabra muy bella y debo arrancar por reconocer que la uso bastante. Pero su excesiva popularidad ha enredado un poco su significado y ya hasta hace eco de los llamados vacíos a “ponerse en los zapatos del otro”. Esa acción, tan importante, también puede configurarse en el primer paso del estancamiento de la acción. Entender, de pronto, pero poco más. La injusticia como dolor de estómago. En ese sentido, el biólogo evolutivo Edward Wilson hace una distinción entre “empatía” y “simpatía” absolutamente relevante:

La empatía, la inteligencia para leer los sentimientos de los demás y predecir sus acciones, no es lo mismo que la simpatía, la preocupación emocional que se siente por el apuro de otro combinada con un deseo de proporcionar ayuda y asistencia. Sin embargo, está muy relacionada con la simpatía, y condujo a la simpatía en el decurso de la evolución humana.

El origen de la creatividad, 2018 p. 22.

¿Y qué tal lo resilientes que somos? De nuevo, un término lleno de significado, pero que la costumbre y la insistencia le han quitado mucho de su valor. La resiliencia, además, parece hacer eco de la reinvención, de la posibilidad no solo de aguantar todo esto, de sobrevivirlo, sino de sacar algo de las dificultades; inspiración que llega con el hambre. Lo rescatable en esta coyuntura puede estar en reconocer nuestra posibilidad de adaptarnos rápidamente, con sus tragedias incluidas, a las vueltas inesperadas de la fortuna. La posibilidad del cambio, no la certeza de que lo aguantaremos.

Finalmente, la solidaridad. Las personas señalan el altruismo y la caridad, disposiciones a ayudar a otros en dificultades. Más que otra palabra, recordar y tener en la cabeza esta definición de Cayetano Betancur que amplía el alcance moral de la solidaridad que supera la ayuda por pesar o culpa.  En “Las virtudes sociales” el filósofo colombiano hace un repaso por las valoraciones morales más importantes de la vida en sociedad; es un diálogo muy bonito que todos deberíamos leer, decía Betancur que “por solidaridad nos sentimos corresponsables en relación con nuestros semejantes”. Por su situación y su suerte, por cómo están y cómo estarán.

Aprendizajes cotidianos, simpatía, adaptabilidad y solidaridad. Porque las palabras también se desgastan y el mundo, como nunca, está patas arriba.

Problemas públicos y cuarentena.

Expertos advierten que el empleo en Colombia tardará años en ...
La tasa de desempleo en Colombia, según el DANE, superó el 20% durante la Pandemia.

Llevamos meses en estas. La vida encerrada por semanas y luego, por goteos indecisos o imprudentes (parece que no hay mucho punto medio) recuperamos algo de la calle. Negocios vuelven a abrir, empresas retoman labores, las personas usan tiempos acordados para trotar, hacer diligencias o tomar algo de aire. Y aunque en el horizonte cercano parece acercarse un aumento de casos (el tan esperado y temido “pico”), es improbable que una cuarentena a nivel nacional como la del primer semestre vuelva a decretarse.

Algunas personas han descrito una característica especial en el COVID-19, una especie de valoración sobre su capacidad de “desnudar” problemas sociales que por alguna razón eran desatendidos o abordados parcialmente. El caso de las deficiencias en los sistemas de salud y prevención epidemiológica del mundo es el más claro, pero hay muchos otros, en particular las dinámicas de pobreza, desigualdad y exclusión a servicios sociales básicos de grandes porciones de la población.

Al forzar nuestros sistemas políticos y sociales al extremo, la pandemia ha puesto en evidencia las brechas, pero también ha agravado o cambiado las dinámicas de algunos problemas públicos que hacen parte de las agendas tradicionales de discusión de política pública. En Colombia, el encierro de los primeros meses dio un respiro al viejo compañero de camino que es la violencia y la inseguridad. Solo en Antioquia, el homicidio tuvo una reducción de casi del veinte por ciento en marzo y abril respecto a los casos del año pasado. Tendencias similares se vieron en delitos como el hurto, la extorsión y las lesiones personales.

Pero no toda la violencia se redujo. La violencia intrafamiliar y de género aumentó (medida en este caso por el número de denuncias, que supone algo de subregistro) y que señaló lo complejo y trágico de un fenómeno en el que aparentemente el aumento en la frecuencia de las relaciones familiares aumenta su incidencia.

Otros problemas públicos en los que la calle y la actividad es fundamental vieron sus cifras negativas reducidas por la cuarentena. Los incidentes viales y sus heridos y muertos se redujeron también; similar a las reducciones en contaminación del aire (explicada en su mayoría por el parque automotor) que vivieron las principales ciudades del país. Pero, de nuevo, otros asuntos como la salud mental y en particular el suicidio se agravaron. En Medellín, durante la cuarentena (hasta finales de mayo) se presentó un aumento del veintiséis por ciento en casos de suicidio.

Y ahora que retornamos poco a poco a una especie de normalidad, también los problemas que parecían haber dado un respiro durante la cuarentena se están desquitando. De nuevo, los delitos aumentan, como si los hurtos y homicidios hubieran quedado pendientes. A los agravados asuntos económicos y sociales del paso de la pandemia hay que sumar los “viejos” problemas de siempre y el hecho de que tanto el Gobierno Nacional como los gobiernos locales han tenido que destinar porciones inesperadas de su presupuesto a atender la emergencia y que los planes de desarrollo locales quedaron en buena medida definidos por las perspectivas de la pandemia.

Ahora bien, como muy razonablemente señala Jorge Giraldo en su más reciente columna en El Colombiano, los problemas que enfrentamos superan los indicadores objetivos (tasa de desempleo, niveles de victimización, reducciones en ingresos y aumentos en precios), sino que suelen estar sazonados, y en ocasiones explicados, por elementos en indicadores subjetivos. La confianza en las instituciones, la percepción de seguridad o la percepción de corrupción son algunos de los más conocidos.

En estos elementos subjetivos la pandemia también ha tenido algo que decir. Según la última encuesta de Invamer-Gallup para Colombia, la corrupción superó al empleo y a la salud como el problema más apremiante en la cabeza de los colombianos, mientras la ya resentida confianza en instituciones públicas tuvo bajones históricos, como el descalabro de una de las instituciones que más confianza había generado en el país, el Ejército Nacional, por los casos de violencia sexual de las últimas semanas.

Frente a problemas viejos y nuevos, agravados en su mayoría, los demás “desquitándose”, arcas vacías e instituciones desconfiables, el panorama, en cualquier caso, es poco alentador.

Elogio a la moderación

De cabezas calientes y vehementes posturas están tapizados los mayores excesos de la historia humana. Y por eso, los excesos en certezas, propuestas e ideas no suelen ser buenos presagios para el bien común. Esto aplica para la política, sobre todo, pero también para las empresas, familias y vidas personas. En todo, pareciera, hay un valor sustancial en la moderación como filosofía de vida.

Si nos centramos en el liderazgo político y las agendas de transformación social, hay que señalar que la mayoría de los cambios importantes suelen ser incrementales, no revolucionarios. Y cuando son revolucionarios, la posibilidad de que se echen para atrás son mayores. Aproximarse a las reformas con moderación puede resultar poco atractivo en ciertos casos (más en los tiempos actuales de indignación constante), pero pueden llegar a ser más sostenibles y convenientes para una sociedad.

También hay que reconocer el riesgo que nos presentan las alternativas. Algunas pueden estar mucho más dispuestos a negociar asuntos que consideramos valiosísimos, en particular la libertad, por el afán de conseguir cambios urgentes. La vociferación y el extremismo también suele ser el reino de las coqueterías autoritarias. Muchos gobernantes eternos iniciaron sus carreras como “reformadores radicales”; los estadistas han sido pausados y en ocasiones, temerosos, no temerarios.

Porque en la moderación hay duda en donde en el extremismo solo hay certezas. La moderación supone reconocer la posibilidad de equivocación e incluso, la necesidad del error como parte del aprendizaje social y personal. La moderación supone reconocer la preocupación por las formas e instituciones como una en la sostenibilidad y la estabilidad.

Estas son razones para defender la moderación, promoverla como aproximación a los asuntos públicos, pero en ningún caso, debería subestimar la frustración de las personas que, esperando ajustes urgentes, lentos o demorados, ven en la moderación una apuesta por el apaciguamiento, un respeto por las formas que termina aparentando ser reaccionario. Y reconocer también que, en ocasiones, detrás de la moderación fingida de escode la intención de demora de quién teme los cambios.

Estas excepciones no pueden hacernos renegar de las ventajas de las posturas y las formas políticas de la moderación, solo estar atentos a señalar a sus impostores. Pero también poner en la agenda la necesidad de acompañar mejor esos ajustes, de recuperar la confianza (ganarla por primera vez en muchos casos) de la agenda democrática, liberal y moderada.

La moderación suele acompañar la parquedad e incluso, lo que muchos llamarían falta de carisma en esta coyuntura actual de personajes llamativos y personalidades apabullantes como recetas del mercadeo político. No es una condición absoluta, pero al menos bastante común. La misma moderación puede resultar en un rasgo poco atractivo como aproximación a la política y las decisiones públicas, al menos, siempre será más responsable que la demagogia reformista y siempre será menos tajante que el extremismo de conservación.

Reconocer esto no tiene, ni mucho menos, nada de novedoso: la mayoría de las filosofías de vida y religiones han exhortado a la moderación, desde estoicos, hasta peripatéticos, desde la tradición religiosa judeocristiana, hasta el budismo; en el camino, códigos de comportamiento como el bushido, hasta los textos moralizantes de la ilustración.

Pero la falta de novedad no le quita importancia a la invitación por rescatar la moderación en el discurso y las decisiones políticas. Y esto -no sobrestimar lo nuevo por nuevo- también es de moderados. Qué dicha.