El mantenimiento de la concordia: lo que Plutarco tiene para decirle a los políticos actuales.

Plutarco, un historiador, filósofo y político griego que vivió en tiempos romanos (S. I y II), escribió obras de historia y filosofía moral, “Consejos políticos” trata, en particular, sobre el carácter de los hombres de gobierno.

Decía Plutarco que el fin más alto del servicio público es evitar “el conflicto social”. La principal tarea de los políticos es el mantenimiento de la concordia, es decir, el acuerdo colectivo y la armonía entre todos los actores sociales respecto a las formas y alcances de sus discusiones, debates, competencias y enemistades. La política en este sentido es un esfuerzo sistemático por evitar la violencia y degradación de las relaciones sociales. Para Plutarco, una ciudad es un “colectivo de ciudadanos identificados con un proyecto común de convivencia” (2009: 42),

En el ejercicio de la política nos podemos perder en las preocupaciones presentadas por intereses personales, grupales o incluso en asuntos menores como las peleas partidistas o ideológicas. Por eso no resulta excesivo insistir en que la política debe considerarse como la búsqueda del bien común, especialmente, el mantenimiento de la concordia. Actuar de tal manera que se busque el mayor bien para la mayor cantidad de personas, la mayor cantidad de veces, anteponiendo en muchos casos los intereses colectivos a las ambiciones personales.

A principios del siglo I el historiador griego Plutarco le escribió un libro de consejos a un amigo que empezaba a ejercer un magisterio en Asia Menor. La lista de cuestiones reúne asuntos como la relación con adversarios, la respuestas del poder, la importancia de evitar trabajar desde el ego, pero su principal preocupación es señalar que la política debe centrarse en el “bien de la comunidad en su conjunto” (Plutarco, 2009: 32).

Si la política tiene como objetivo la concordia, su ejercicio debe enfocarse en sacar a relucir lo mejor de las personas. Esto exige ser previsor respecto a los efectos que nuestras decisiones tendrán en los comportamientos de los demás, pero, sobre todo, nos obliga a actuar con una preocupación constante por los costos colectivos de estas decisiones. En efecto, no puede haber un beneficio personal (por grande que parezca) que vaya en contravía de la preservación de la concordia.

De esta manera, atacar a otros buscando llamar la atención o ganar preminencia supone un riesgo y un inconveniente. El riesgo es que el apoyo ganado por los ataques llegue por razones mezquinas (envidia del atacado, por ejemplo) y que, por tanto, sea demasiado fluctuante. El inconveniente se expresa en los costos asumidos para la confianza de la discusión política y el cargo (si lo ostenta) de quien es atacado. Ambas razones reivindican que los objetivos de las discusiones políticas deben ser las evidencias, las decisiones, los resultados, los comportamientos públicos y las políticas, no las personas. En la búsqueda del bien común se privilegian los argumentos sobre las ideas, y se debe tener mucho cuidado de no usar el fuego en las discusiones encendidas. Hay pocas cosas tan peligrosas para mantener la concordia en una ciudad como un político que le echa leña al fuego del debate público de forma irresponsable porque solo le importa ganar, así sea para convertirse en gobernante de las cenizas.

El mantenimiento de la concordia también señala la necesidad de cuidar las formas de la discusión política, particularmente, evitar al máximo la rabia, la grosería y el enojo en el debate público. Hay algo innegablemente patético en la rabia, la gritería y la grosería; una sobrecompensación forzada de algo que hace falta. La seguridad es siempre serena, la fuerza es ante todo tranquila. El dominio propio es entonces señal de seguridad y certeza; representa la posibilidad de tomar decisiones desde la prudencia. No solo eso, la serenidad como forma de discusión política es un aporte sustancial para mantener la concordia en el debate público. Pocas cosas se extienden con tal facilidad como la furia.

Así, la preocupación por la concordia en la sociedad colombiana, en donde la violencia política y la desconfianza en el sistema político han sido reglas de la historia reciente de la nación, resulta todavía más relevante. Además, propone una difícil discusión sobre las relaciones entre actores políticos, sobre todo en el ejercicio de gobierno y oposición. De esta manera, la preocupación que propone Plutarco por la concordia tiene esas dos esferas de operación. La primera, la concordia como el mantenimiento de la civilidad y la discusión argumentada en el debate público; y la segunda, la atención a no poner en la mitad de la discusión –menos si se ha perdido la civilidad- a las instituciones del Estado como víctimas de esas peleas.

Referencias:

Plutarco (2009). Consejos políticos / Sobre el exilio. Madrid: Alianza Editorial.

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