Ideas urgentes para la cultura ciudadana de la reapertura

A la calle volveremos.

Todo parece indicar que el siguiente paso en el difícil trayecto de este año, en el históricamente terrible 2020, será la reapertura de la actividad económica y social (con controles) que se empezará a adelantar en las siguientes semanas. Me refiero a Colombia, pues otros países han adelantado, con resultados dispares, sus propias reaperturas en los últimos meses. Esto nos presenta enormes retos, según el Instituto Nacional de Salud (INS) los picos de contagios en Bogotá y Medellín aún estarían por llegar, aunque sea comprensible que la ahogada economía local necesite de un poco menos de presión en las válvulas de escape. La decisión, esa mezcla entre opciones regulares y malas que suele configurar la naturaleza de las decisiones públicas, se estaba convirtiendo en inevitable luego de cinco meses de encierro.

Frente a la perspectiva de reapertura en Medellín un punto fundamental es una apuesta robusta por abordar la cultura ciudadana. Por meses, algunas propuestas tímidas han combinado mensajes públicos con activaciones e intervenciones pedagógicas. Sin embargo, hay des conexión en esos mensajes y acciones y sobre todo, algo de timidez en confiar en la importancia de los comportamientos de las personas. El protocolo de bioseguridad mejor construido y el control de las autoridades más sistemático nunca podrá reemplazar el impacto en el cuidado de los contagios del cumplimiento y la cooperación voluntaria de las personas.

Esto también supone reconocer que esa apuesta renovada y robusta por la cultura ciudadana de la pandemia supera al Estado. Necesitamos que las empresas, organizaciones, negocios y ciudadanos de a pie que regresarán a sus actividades económicas y sociales nos juntemos en este esfuerzo colectivo por seguirnos cuidando. No solo nuestra salud está en riesgo, la misma sostenibilidad de la reapertura depende de esto. Si en unos días los contagios se disparan, todas las esperanzas puestas en la reapertura para solventar los problemas económicos en los que nos encontramos habrán sido para nada.

Ahora, lo importante no solo es reconocer la relevancia de que todos pongamos en estos esfuerzos, sino, que lo hagamos desde la seguridad de contar con buenas herramientas, conocimiento y apertura para promover y cambiar comportamientos. Adelantar acciones de cultura ciudadana partiendo de lo que sabemos sobre el diseño de mensajes, ideas sobre comportamientos de cuidado, conversaciones sobre cambio cultural en estos tiempos, los mismos desafíos tempranos de reabrir ciertos sectores, el marco de trabajo en cultura ciudadana en Medellín, entre otras muchas cosas.

Si hacemos todo bien, nos puede ir mejor de lo que sugeriría el pesimismo. Pero necesitamos ayuda: Estado local, organizaciones, empresas, todo el mundo se debe alinear hacia reforzar una agenda de cultura ciudadana, y hacerlo usando el conocimiento que tenemos sobre nuestros dispositivos culturales y disposiciones comportamentales. Sin eso, nos puede ir peor de lo que señala el optimismo. O incluso, mucho peor.

¿Está en riesgo el «modelo Medellín”?

Pin en Wallpapers
Mapa de vías en Medellín y otros municipios del Valle de Aburrá.

En los últimos días docenas de analistas, opinadores, políticos y académicos han señalado en sendas columnas, notas y comentarios la gravedad de la “crisis institucional” por la que pasa Medellín. La decisión del alcalde de la ciudad de dejar a un lado la Junta Directiva de Empresas Públicas de Medellín para que la empresa demandara al consorcio Hidroituango, al igual que hacerlo para pedirle la renuncia al Director de Ruta N (y nombrar su reemplazo), desencadenó la renuncia de ambas juntas y de algunos de sus miembros en otros escenarios de dirección de las entidades públicas de Medellín.

Creo que una manera de analizar esta situación que puede resultar esclarecedora sobre sus consecuencias (y su gravedad) es hacerlo desde una perspectiva “institucionalista”. Es decir, pensar esto de “crisis institucional” en términos de una crisis en las reglas de juego comúnmente acordadas. Más que cualquier otra cosa, cuando analistas y líderes políticos y económicos hablan de “gobierno corporativo” se refieren a un arreglo institucional, esto es: una serie de reglas de comportamiento y decisión que configuraban, entre otras cosas, la forma de coordinación entre el sector público, privado y social en Medellín.

Incumplir una expectativa de comportamiento -una norma-, no es terrible solo porque vaya en contravía de lo que dicta el sistema, sino porque defrauda a los otros involucrados, cuya confianza estaba puesta en que la otra parte cumpliría ese implícito acuerdo de hacer lo esperado. De seguir la norma que todos pensábamos que estaba en uso.

El lío con pasar por encima de esas reglas de juego es que introduce un elemento de desconfianza e impredecibilidad en el juego. Imaginen una partida de parqués en la que, de un momento a otro, un jugador empieza a poner sus propias y nuevas reglas, ahora cada lanzamiento de dados es doble, ahora él saca fichas de la cárcel cuando quiera, ahora este jugador llega al cielo con un único movimiento. Seguramente, frente a este hecho, los otros jugadores protestarán, pero eventualmente, no tendrán otra opción que levantarse de la mesa. El juego habrá terminado.

Así las cosas, las crisis en los arreglos institucionales llevan a la inestabilidad, al incremento de la incertidumbre. Y en una circunstancia como esta es más probable que los jugadores prefieran cuidar sus propios intereses que cooperar. Destruir este arreglo institucional implica que todos los involucrados no saben que esperar del futuro, que los acuerdos previos ya no funcionan.

Ahora ¿cuál es la importancia de este arreglo institucional local que se encuentra en crisis? Pues que ha puesto en riesgo lo que podría denominarse como la “receta Medellín”, el modelo que durante un par de décadas ha supuesto un marco de relaciones entre los actores sociales de la ciudad. Los acuerdos para trabajar de manera conjunta entre el sector público, privado y social de Medellín para enfrentar sus problemas públicos ha sido un ingrediente importantísimo en esta receta. Uno puede tener reservas sobre algunos elementos de nuestra fórmula, pero desconocer sus logros sería injusto y no preocuparse por su ruptura, inocente o malicioso.

Y esto supone también que todos los que nos inquietamos por los rumbos y las decisiones públicas en nuestra ciudad recelemos de las motivaciones y las consecuencias de esta crisis; y que sobre las perspectivas de incertidumbre de los acuerdos que se han hecho trizas, nos movilicemos para cuidar, vigilar y exigir, que todo el camino que hemos recorrido en la ciudad no se desande.

El anti-heroísmo

Health care workers during the coronavirus pandemic aren't just ...
Manifestación de trabajadores de la salud en Estados Unidos.

Las circunstancias trágicas y extremas de la pandemia ha popularizado, de nuevo, las narrativas públicas sobre heroísmo en las acciones de grupos de personas y ciudadanos que enfrentan asuntos como la atención en salud, la prestación de servicios públicos e incluso, aquellos que siguen una norma o disposición de cuidado. La metáfora del heroísmo puede ser comprensible y en ocasiones bonita, pero también sufre el riesgo de ser injusta, plantear ideales inalcanzables y desconocer los riesgos del «héroe». Hay básicamente tres razones para pensar en lo inconveniente del uso del arquetipo del héroe al referirnos a ciudadanos y sus acciones cotidianas.

Lo primero es que hacerlo de esta forma puede ser injusto con la mayoría de personas que hacen esfuerzos o acciones similares, pero en tanto no “tan extraordinarios” como lo héroes, reciben poco mérito. El heroísmo es excluyente por definición; algunos son héroes porque “otros no lo son”. Y si lo que queremos es promover un comportamiento que nos parece deseable, el lío se arma en que la posibilidad de cambio está en que ese comportamiento sea algo común y no extraordinario. Si el heroísmo es demasiado grande, entonces lo actos “heroicos” (esas cosas por las que admiramos a nuestros héroes) son tan extraordinarias que las personas de a pie no aspiraremos a lograrlas.

De igual manera, el énfasis en el heroísmo puede subestimar los costos de ese heroísmo e incluso la falta de libertad en muchos de los héroes. Muchos médicos y profesionales de la salud lo han señalado por estos días: cumplir con su trabajo no debería ser motivo de heroísmo homérico, entre otras muchas cosas, porque esa expectativa que le ponemos a nuestros héroes parece prepararlos para el sacrificio. Pero aclaro: tener reservas sobre el uso del arquetipo del heroísmo para referirnos a otras personas no supone renegar sobre la admiración o el reconocimiento a otras personas. Pero sí hacerlo con algunas reglas de juego sencillas que buscan evitar ciertos excesos.

Finalmente, hablar de héroes puede ser inconveniente para la posibilidad de reconocer logros colectivos. En el héroe, aunque el costo de sus acciones parece tener fines colectivos, la gloria es personal. No solo eso, el héroe reticente no es más que un sacrificio humano. En el heroísmo personal o grupal perdemos la oportunidad de tener y reconocer logros comunes y colectivos; asuntos conseguidos por el esfuerzos de muchos y el sacrificio de otros tantos. En la coyuntura actual de la crisis del COVID-19 son estas acciones colectivas las responsables de muchas buenas noticias.

También es que hay algo intrínsecamente admirable (pero absolutamente más replicable, que es lo importante) que la silenciosa voluntad de hacer las cosas bien, el compromiso cotidiano que tenemos todos, llenos de errores y limitaciones, por aguantar una cuarentena, atender enfermos, seguir trabajando, cuidar de nuestros hijos, acompañar y apoyar a nuestros vecinos, y así. En contraposición a la narrativa del héroe, la de normalizar comportamientos social y personalmente deseables. Todo el mundo hace eso o la mayoría; o cada vez más personas lo hacen y eso es motivo de orgullo y felicidad, pero colectiva, más allá del personalismo al que hiede el heroísmo en ocasiones.

Una sociedad de ciudadanos, antes que de héroes. En donde lo extraordinario es cotidiano y del heroísmo se sabe por los libros, se le deja a la ficción.

Una guía sencilla para mejores mensajes de prevención del Covid-19.

Esta pieza del gobierno irlandés es un buen ejemplo de comunicación efectiva y sencilla para esta coyuntura.

A la fecha, más de 10.000 personas han muerto y unas 300.000 se han enfermado en Colombia por el COVID-19. Es una tragedia. Y, sin embargo, los negocios reventados, las instituciones apretadas y los gobiernos locales ahogados buscan la manera de recuperar algo de normalidad; salvar algunas de las prerrogativas de la vida anterior a la pandemia, mientras se relajan algunos de los elementos de la cuarentena. Parte de lo bien que se haga esta reapertura depende de las capacidades de las organizaciones de movilizar a los ciudadanos para seguirse cuidando. Sin la draconiana cuarentena para reducir casi al máximo las interacciones, dependemos de herramientas como la pedagogía y la comunicación para promover la distancia física, el lavado de manos, el reporte de síntomas, el auto aislamiento en caso de sospecha de contagio y el uso correcto del tapabocas.

La economía del comportamiento y algunas pistas acumuladas de las acciones de cultura ciudadana nos pueden ayudar a encontrar mejores formas (al menos con más posibilidades de ser efectivas) a la hora de diseñar e implementar mensajes y acciones de cuidado. Esta es una lista, incompleta como todas, de diez consejos generales sobre cómo hacerlo. Espero que sean útiles.

1. Céntrense en mensajes de cuidado de los demás. En casi todas las encuestas hechas sobre motivaciones alrededor del mundo (y algunas en Colombia), las personas señalan que cumplen las medidas para cuidar a otros: familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo.

2. Usen mensajes sobre lo que estamos haciendo todos. Señalen que “muchos” o la “mayoría” cumplimos las medidas y seguimos las indicaciones, como efectivamente está ocurriendo. Los comportamientos dependen en ocasiones de nuestra percepción de lo que hacen los demás o creen que es importante que hagamos. Para todos es fundamental saber que otros cooperan, para querer también cooperar.

3. Definan canales y momentos en los que sus mensajes puedan funcionar mejor como recordatorios. El lavado de manos constante, el distanciamiento físico y el uso del tapabocas son comportamientos mejor delimitados por hábitos, de igual forma, la disposición a aplazamiento y la procrastinación pueden afectar que los hagamos con juicio. Un recordatorio puede ser en muchas ocasiones la diferencia entre realizarlos.

4. No se centren en el riesgo personal de contagio. Quienes tienen buena disposición de cuidado, ya lo hacen, y quienes pueden estar delimitados por un sesgo de optimismo (“a mí eso no me va a pasar”) son difíciles de asustar. De nuevo, los mensajes de cuidado mutuo y norma social pueden resultar más efectivos en esta medida.

5. Algunas piezas instructivas pueden ayudar a recodar, mientras que permiten superar barreras cognitivas sencillas. Algunos contenidos, como consejos para que las gafas no se empañen o para que las orejas no se resientan al usar la mascarilla son un buen ejemplo, también juegos más coquetos como unas instrucciones para tomarse una selfie con mascarilla. El objetivo aquí es actuar como recordatorio indirecto del comportamiento y normalizar la adhesión.

6. No subestimen los lugares y los momentos de los mensajes. Poner un instructivo sobre cómo lavarse las manos en los espejos de los baños o enviar mensajes de texto o WhatsApp cada tres horas que recuerdan hacerlo pueden tener buenos efectos en este comportamiento. De nuevo, usando el poder de los recordatorios, pero también usando asuntos como la silenciosa regulación que se produce cuando varias personas tienen la misma señal en un espacio particular.

7. Algunos mensajes y contenidos indirectos sobre la “vida en la pandemia” pueden ser el vehículo perfecto para hablar sobre los comportamientos de cuidado. Una capacitación o conversatorio sobre teletrabajo o salud mental pueden estar llenos de pequeños recordatorios; en este sentido, el objetivo es señalar lo esperables de estos comportamientos y lo generales.

8. Sin caer mucho en el pantanoso mundo de los “influenciadores”, hay que reconocer que las personas sí le hacen caso a otros que consideran relevantes para sus grupos de referencia. Busquen “influenciadores” comunitarios u organizacionales como voceros, más que gente famosa; estas personas pueden señalar tendencias, y su papel funciona mejor como referentes del cambio. De nuevo, atención a la influencia informal y cotidiana, para una persona puede ser más relevante lo que piensan sus vecinos que un cantante.

9. Referencien la información que usen, así sea algo tan sencillo como el instructivo de la puesta de la mascarilla. Hay buena ciencia detrás de la información que tenemos y una buena cita a una fuente con autoridad puede ayudar mucho. De igual forma, y pensando en el punto anterior, hay mucho por hacer en cuestiones de entender a los científicos como influenciadores.

10. Finalmente, eviten metáforas de guerras, batallas y enemigos. Céntrense en esfuerzos colectivos y logros comunes, usen el agradecimiento y el reconocimiento de lo que todos hacemos como medio para resaltar los comportamientos esperados. Pongan el énfasis en las maneras como estamos enfrentando todos esto, pero sin “victorias”.

En estas dos publicaciones pueden encontrar algunas pistas más sobre este tema:

Capítulo “Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del COVID-19”.

Working paper “Comunicar para transformar” – Universidad EAFIT.

10.000

Colombia suma otros 60 muertos por COVID-19 al cumplir tres meses ...
Una brigada de salud en las calles de Bogotá.

El problema de las tragedias lentas es que es más sencillo que ignoremos su magnitud. No es extraño, hace parte de disposiciones que tenemos todos para evitar que nos sobrecojan cosas como esta. Es la razón por la que un accidente aéreo moviliza a toda una ciudad, pero las muertes de tránsito, que matan en un año el triple de personas, no lo logran. La concentración de las muertes, en estos casos, parece la clave para la indignación y el dolor colectivo. El goteo es anestésico.

Algo similar parece ocurrir con las muertes del COVID-19. Se suman diariamente, se presentan en esa pieza del Ministerio de Salud como un conteo más, un número para saber en dónde estamos. Evitar que esas muertes no sean más que la contabilidad de la pandemia es en parte responsabilidad de nosotros. Pero también de los medios y el gobierno. Pensemos por un momento en la magnitud de la pérdida que estamos viendo para nuestro país, para familias, organizaciones, barrios y ciudades. Al ritmo que vamos, hoy o mañana acumularemos 10.000 muertos por la pandemia en Colombia.

Lo primero es darle contexto al número ¿qué son 10.000 vidas menos? ¿10.000 personas ausentes?

10.000 es la mitad de los muertos de la avalancha de Armero y cien veces los muertos de la bomba del avión de Avianca. 10.000 es la población total del municipio de Manaure en el Cesar, cada mujer, hombre, niño y niña que lo habitan. 10.000 es doce veces el aforo del Teatro Colón de Bogotá y un tercio de la capacidad total del Estadio El Campín. Si esas 10.000 personas se pararan una al lado de la otra, manteniendo los 2 metros de distancia física de cuidado sugerida por la OMS, cubrirían toda la distancia de una Maratón. Si dijéramos los nombres de esas 10.000 personas nos tomaría 8 horas y 20 minutos terminar. Si intentáramos recordar algo más de ellos, como su canción favorita, el equipo del que eran hinchas o su fecha de cumpleaños, nos tomaría uno o dos días. 10.000 es el doble de los muertos por accidentes de tránsito de toda Colombia en un año y un número muy cercano a los homicidios anuales de nuestro país. Ahí dos problemas parecidos.

Lo segundo es ponerle historias, nombres y rostros a esas vidas que perdimos.

¿Están por ahí sus familias, sus amigos y conocidos? ¿Quieren o necesitan decir algo de ellos y de lo mucho que los extrañan? En este sentido, aunque los medios de comunicación han hecho esfuerzos interesantes (desde portadas con sus nombres, hasta reportarías de la situación en los hospitales), necesitamos más. También esfuerzos de parte de comunidades, organizaciones y personas de a pie y el mismo gobierno. Ese trabajo no solo honra a los que hemos perdido y sus familias, enfrenta la tendencia natural, pero no por eso menos terrible, de entumecimiento. Esta debe ser parte de nuestras tareas, junto al cuidado, de las próximas semanas, robarle el duelo a los fríos números.

Hay que evitar que se entumezca nuestra capacidad de apreciar esta tragedia y que olvidemos su magnitud. De eso puede depender la memoria de esos 10.000 ausentes.

Viejas y nuevas palabras.

La Plaza Botero de Medellín, en cuarentena.

El mundo está patas arriba. Una pandemia recorre las calles desiertas (más o menos desiertas, realmente), la economía mundial hace agua y las personas enfrentan problemas nuevos y viejos; la bien conocida hambre, la nueva molestia de las reuniones en Teams. El mundo se revuelca en sus tragedias pendientes y se reconforta con sus ideas sobre el futuro, sobre el presente, sobre la posibilidad de que la incertidumbre nos sea propicia, que la suerte nos acompañe. En el medio, las palabras nos traen consuelo. Consuelo y lugar común, porque el mundo, como siempre, está patas arriba.

Probablemente la más infame de las palabras de la pandemia sea “reinvención”. Columnistas, académicos, periodistas, tuiteros y los inevitables “coach” la usan para hablar de “crisis como oportunidad”, de la posibilidad de que de todo esto salgan cosas nuevas, buenas, que de los meses de encierro se monten nuevos negocios, nuevas personas, nuevas vidas sobre las que se fueron entre ahogos en las repletas UCIs. La reinvención puede ser injusta para los muchos que no la están pasando tan bien por estos días; los privilegiados podemos encontrar otras maneras de hacer pan en la casa, pero supongo que a lo que realmente podemos aspirar todos es al aprendizaje. Y a reivindicar nuestra capacidad para resolver pequeños problemas de todos los días. Esos aprendizajes cotidianos van desde establecer mecanismos de “bioseguridad” hogareña, distribuir las responsabilidades del cuidado para poder trabajar y reconocer nuestra propia efectividad para cuidarnos. También se refieren a la comprensión de la vida que nos rodea, a la organización para ayudar a otros, la disposición para movilizarnos (incluso sin hacerlo físicamente) para defender nuestras vidas.

La segunda palabra era popular antes de la pandemia, pero ha regresado a las publicaciones de redes sociales con fuerza por estos días: la empatía. Es una palabra muy bella y debo arrancar por reconocer que la uso bastante. Pero su excesiva popularidad ha enredado un poco su significado y ya hasta hace eco de los llamados vacíos a “ponerse en los zapatos del otro”. Esa acción, tan importante, también puede configurarse en el primer paso del estancamiento de la acción. Entender, de pronto, pero poco más. La injusticia como dolor de estómago. En ese sentido, el biólogo evolutivo Edward Wilson hace una distinción entre “empatía” y “simpatía” absolutamente relevante:

La empatía, la inteligencia para leer los sentimientos de los demás y predecir sus acciones, no es lo mismo que la simpatía, la preocupación emocional que se siente por el apuro de otro combinada con un deseo de proporcionar ayuda y asistencia. Sin embargo, está muy relacionada con la simpatía, y condujo a la simpatía en el decurso de la evolución humana.

El origen de la creatividad, 2018 p. 22.

¿Y qué tal lo resilientes que somos? De nuevo, un término lleno de significado, pero que la costumbre y la insistencia le han quitado mucho de su valor. La resiliencia, además, parece hacer eco de la reinvención, de la posibilidad no solo de aguantar todo esto, de sobrevivirlo, sino de sacar algo de las dificultades; inspiración que llega con el hambre. Lo rescatable en esta coyuntura puede estar en reconocer nuestra posibilidad de adaptarnos rápidamente, con sus tragedias incluidas, a las vueltas inesperadas de la fortuna. La posibilidad del cambio, no la certeza de que lo aguantaremos.

Finalmente, la solidaridad. Las personas señalan el altruismo y la caridad, disposiciones a ayudar a otros en dificultades. Más que otra palabra, recordar y tener en la cabeza esta definición de Cayetano Betancur que amplía el alcance moral de la solidaridad que supera la ayuda por pesar o culpa.  En “Las virtudes sociales” el filósofo colombiano hace un repaso por las valoraciones morales más importantes de la vida en sociedad; es un diálogo muy bonito que todos deberíamos leer, decía Betancur que “por solidaridad nos sentimos corresponsables en relación con nuestros semejantes”. Por su situación y su suerte, por cómo están y cómo estarán.

Aprendizajes cotidianos, simpatía, adaptabilidad y solidaridad. Porque las palabras también se desgastan y el mundo, como nunca, está patas arriba.

En honor a las mamás y los papás de la pandemia.

Mi regalo de día del padre.

Mi esposa y yo tenemos dos chiquitos, Emilio y Lucía, mellizos de recién cumplidos año y medio. Decir que los amamos más que nada es de esas cosas innecesarias pero importantes que hacemos los papás. También, decir que todo ha ido perfecto en la cuarentena y que la crianza en medio de esta pandemia ha sido sencilla sería decir una de esas mentiras que, en ocasiones, decimos los papás.

Pero las crisis son también momentos para la verdad, para reconocer las limitaciones que tenemos en hacer algo tan fundamental y a la vez tan querido como cuidar a nuestros hijos. También sé que las frustraciones, el cansancio, el miedo, el esfuerzo es todo menos únicamente nuestro. Millones de mamás y papás (y tíos, tías, abuelos, abuelas, hermanos y hermanas que se encargan de la crianza de niños pequeños) viven cosas similares o peores en esta coyuntura.

Así, la crianza de pandemia va desde lo trágico: pérdidas de empleo, ingresos, angustias económicas que han llevado a millones de hogares a la inestabilidad dramática de la inseguridad financiera. Mamás y papás que enfrentan la frustración inmensa, la impotencia absoluta de no poder alimentar a un hijo; la angustia de verlo dormir con frío. Solo puedo imaginar lo terrible de una situación así, y el dolor inmenso que debe acompañar a los padres que se ven obligados a enfrentarla.

Pero esta experiencia conjunta y similar también incluye lo menos horrible, pero igual de relevante para muchos: trabajar, educar y sostener la casa en medio de todo esto.  Entiendo, como con muchas cosas por estos días, que estas situaciones salen también de una posición de privilegio, pero en ocasiones, hasta el privilegio puede tener sus días angustiantes y la compensación y culpa de tenerlo no supera la desazón de los días difíciles que nos han tocado a todos por estos tiempos.

Lo primero es la posibilidad empática y simpática de entender la importancia de muchas cosas que seguro dábamos por sentado. Los trabajos de cuidado fueran formales o informales, pagos o no pagos, que nos permitían tener vidas laborales, que funcionan como la columna central de la crianza de nuestros hijos han sido subestimados de manera injusta y sistemática. Familiares, empleados de cuidado y servicio, instituciones educativas y de guarderías, incluso vecinos y amigos, merecen nuestra eterna gratitud.

Vivir estos meses de nuestros dos chiquillos en esta situación ha sido particular, pero seguro compartido con la experiencia de otros padres. Pensar en el sufrimiento indignado de un papá que escucha acercarse a la moto de alto cilindraje y su bulla intensa que no es más que testamento de las inseguridades del conductor, cuando apenas acaba de lograr dormir a su bebé o hijo pequeño.

Al igual que alcanzar ese nivel de cansancio en el que la visión se hace borrosa y el ánimo adquiere una exasperación permanente; moverse, levantarse, sentarse, parecen esfuerzos en donde hay más voluntad que capacidad. Nublado el ceño, uno se mueve como en sueños, en una competencia extrañísima en la que el primero en dormirse pierde. Pero hay que seguir arrullando o jugando o intentando que coman.

O hay que acompañar una clase virtual en la que el niño no quiere estar, mientras se responden mensajes de Whattapp a medias y se planea lo que será el almuerzo. Para luego suplir la falta de atención prestada al profesor que al otro lado del monitor hizo lo que pudo, con actividades y tareas complementarias que intentan mantener la ilusión de un proceso educativo normal. Sin contar con los niños que, encerrados, sacrifican todos los días valiosísimo tiempo de su vida social, de juego y amigos.

Y, además, aunque el tiempo y la repetición ya normalizaron los gritos, risas y lloriqueos que resuenan en las esquinas de las reuniones de Zoom y Teams, las primeras semanas vieron a miles de papás y mamás intentando mantener el hilo en una presentación mientras hacían señas al aire, Intentando calmar una caótica mañana hogareña. Pocas veces he visto tan sinceramente angustiados a muchos compañeros de trabajo que en su búsqueda de hacer de la reunión virtual con niños una cosa “profesional”.

Pero estas angustias, de alguna manera, se compensan. No creo que hayamos sido diseñados por nadie (al menos nadie más que la benevolente pero firme mano de la evolución), pero hay una profunda inteligencia en el equilibrio que tienen labores como la crianza. Por cada noche en vela, por cada pataleta, por cada comida lenta y frustrante, hay una sonrisa, una nueva palabra o la primera vez que los mellizos parecen hablar entre ellos con un galimatías de excesiva ternura.

Durante la pandemia, mi esposa y yo hemos podido ser testigos (si estuviéramos en nuestros trabajos presenciales seguro nos lo perdemos) de los primeros pasos, las primeras palabras articuladas, los primeros juegos imaginarios y todo un montón de experiencias con Emilio y Lucía que han compensado con creces las veces en las que sus gritos y juegos interrumpieron esa reunión por Teams que de todos modos era innecesaria.

Mi admiración para todas esas mamás y papás (e insisto, y abuelas y abuelos y tíos y tías y todos los que cuidamos niños pequeños) que han hecho lo mejor que han podido durante esta pandemia; a los que enfrentan las tragedias enormes y a los que enfrentamos las molestias menores; nuestra recompensa se encuentra en la satisfacción del equilibrio.

Y de ese equilibrio, aunque precario, se hacen los días. Y los días pasan.

Problemas públicos y cuarentena.

Expertos advierten que el empleo en Colombia tardará años en ...
La tasa de desempleo en Colombia, según el DANE, superó el 20% durante la Pandemia.

Llevamos meses en estas. La vida encerrada por semanas y luego, por goteos indecisos o imprudentes (parece que no hay mucho punto medio) recuperamos algo de la calle. Negocios vuelven a abrir, empresas retoman labores, las personas usan tiempos acordados para trotar, hacer diligencias o tomar algo de aire. Y aunque en el horizonte cercano parece acercarse un aumento de casos (el tan esperado y temido “pico”), es improbable que una cuarentena a nivel nacional como la del primer semestre vuelva a decretarse.

Algunas personas han descrito una característica especial en el COVID-19, una especie de valoración sobre su capacidad de “desnudar” problemas sociales que por alguna razón eran desatendidos o abordados parcialmente. El caso de las deficiencias en los sistemas de salud y prevención epidemiológica del mundo es el más claro, pero hay muchos otros, en particular las dinámicas de pobreza, desigualdad y exclusión a servicios sociales básicos de grandes porciones de la población.

Al forzar nuestros sistemas políticos y sociales al extremo, la pandemia ha puesto en evidencia las brechas, pero también ha agravado o cambiado las dinámicas de algunos problemas públicos que hacen parte de las agendas tradicionales de discusión de política pública. En Colombia, el encierro de los primeros meses dio un respiro al viejo compañero de camino que es la violencia y la inseguridad. Solo en Antioquia, el homicidio tuvo una reducción de casi del veinte por ciento en marzo y abril respecto a los casos del año pasado. Tendencias similares se vieron en delitos como el hurto, la extorsión y las lesiones personales.

Pero no toda la violencia se redujo. La violencia intrafamiliar y de género aumentó (medida en este caso por el número de denuncias, que supone algo de subregistro) y que señaló lo complejo y trágico de un fenómeno en el que aparentemente el aumento en la frecuencia de las relaciones familiares aumenta su incidencia.

Otros problemas públicos en los que la calle y la actividad es fundamental vieron sus cifras negativas reducidas por la cuarentena. Los incidentes viales y sus heridos y muertos se redujeron también; similar a las reducciones en contaminación del aire (explicada en su mayoría por el parque automotor) que vivieron las principales ciudades del país. Pero, de nuevo, otros asuntos como la salud mental y en particular el suicidio se agravaron. En Medellín, durante la cuarentena (hasta finales de mayo) se presentó un aumento del veintiséis por ciento en casos de suicidio.

Y ahora que retornamos poco a poco a una especie de normalidad, también los problemas que parecían haber dado un respiro durante la cuarentena se están desquitando. De nuevo, los delitos aumentan, como si los hurtos y homicidios hubieran quedado pendientes. A los agravados asuntos económicos y sociales del paso de la pandemia hay que sumar los “viejos” problemas de siempre y el hecho de que tanto el Gobierno Nacional como los gobiernos locales han tenido que destinar porciones inesperadas de su presupuesto a atender la emergencia y que los planes de desarrollo locales quedaron en buena medida definidos por las perspectivas de la pandemia.

Ahora bien, como muy razonablemente señala Jorge Giraldo en su más reciente columna en El Colombiano, los problemas que enfrentamos superan los indicadores objetivos (tasa de desempleo, niveles de victimización, reducciones en ingresos y aumentos en precios), sino que suelen estar sazonados, y en ocasiones explicados, por elementos en indicadores subjetivos. La confianza en las instituciones, la percepción de seguridad o la percepción de corrupción son algunos de los más conocidos.

En estos elementos subjetivos la pandemia también ha tenido algo que decir. Según la última encuesta de Invamer-Gallup para Colombia, la corrupción superó al empleo y a la salud como el problema más apremiante en la cabeza de los colombianos, mientras la ya resentida confianza en instituciones públicas tuvo bajones históricos, como el descalabro de una de las instituciones que más confianza había generado en el país, el Ejército Nacional, por los casos de violencia sexual de las últimas semanas.

Frente a problemas viejos y nuevos, agravados en su mayoría, los demás “desquitándose”, arcas vacías e instituciones desconfiables, el panorama, en cualquier caso, es poco alentador.

Elogio a la moderación

De cabezas calientes y vehementes posturas están tapizados los mayores excesos de la historia humana. Y por eso, los excesos en certezas, propuestas e ideas no suelen ser buenos presagios para el bien común. Esto aplica para la política, sobre todo, pero también para las empresas, familias y vidas personas. En todo, pareciera, hay un valor sustancial en la moderación como filosofía de vida.

Si nos centramos en el liderazgo político y las agendas de transformación social, hay que señalar que la mayoría de los cambios importantes suelen ser incrementales, no revolucionarios. Y cuando son revolucionarios, la posibilidad de que se echen para atrás son mayores. Aproximarse a las reformas con moderación puede resultar poco atractivo en ciertos casos (más en los tiempos actuales de indignación constante), pero pueden llegar a ser más sostenibles y convenientes para una sociedad.

También hay que reconocer el riesgo que nos presentan las alternativas. Algunas pueden estar mucho más dispuestos a negociar asuntos que consideramos valiosísimos, en particular la libertad, por el afán de conseguir cambios urgentes. La vociferación y el extremismo también suele ser el reino de las coqueterías autoritarias. Muchos gobernantes eternos iniciaron sus carreras como “reformadores radicales”; los estadistas han sido pausados y en ocasiones, temerosos, no temerarios.

Porque en la moderación hay duda en donde en el extremismo solo hay certezas. La moderación supone reconocer la posibilidad de equivocación e incluso, la necesidad del error como parte del aprendizaje social y personal. La moderación supone reconocer la preocupación por las formas e instituciones como una en la sostenibilidad y la estabilidad.

Estas son razones para defender la moderación, promoverla como aproximación a los asuntos públicos, pero en ningún caso, debería subestimar la frustración de las personas que, esperando ajustes urgentes, lentos o demorados, ven en la moderación una apuesta por el apaciguamiento, un respeto por las formas que termina aparentando ser reaccionario. Y reconocer también que, en ocasiones, detrás de la moderación fingida de escode la intención de demora de quién teme los cambios.

Estas excepciones no pueden hacernos renegar de las ventajas de las posturas y las formas políticas de la moderación, solo estar atentos a señalar a sus impostores. Pero también poner en la agenda la necesidad de acompañar mejor esos ajustes, de recuperar la confianza (ganarla por primera vez en muchos casos) de la agenda democrática, liberal y moderada.

La moderación suele acompañar la parquedad e incluso, lo que muchos llamarían falta de carisma en esta coyuntura actual de personajes llamativos y personalidades apabullantes como recetas del mercadeo político. No es una condición absoluta, pero al menos bastante común. La misma moderación puede resultar en un rasgo poco atractivo como aproximación a la política y las decisiones públicas, al menos, siempre será más responsable que la demagogia reformista y siempre será menos tajante que el extremismo de conservación.

Reconocer esto no tiene, ni mucho menos, nada de novedoso: la mayoría de las filosofías de vida y religiones han exhortado a la moderación, desde estoicos, hasta peripatéticos, desde la tradición religiosa judeocristiana, hasta el budismo; en el camino, códigos de comportamiento como el bushido, hasta los textos moralizantes de la ilustración.

Pero la falta de novedad no le quita importancia a la invitación por rescatar la moderación en el discurso y las decisiones políticas. Y esto -no sobrestimar lo nuevo por nuevo- también es de moderados. Qué dicha.

Fatiga

Coronavirus: nuevas señales urbanas para mantener el ...
Muchos espacios públicos buscan nuevas maneras se funcionar reduciendo los riesgos de contagio.

Otro día pasa. Ceder a la rutina, seguir sus pasos, repetir y repetir. Dormir. Otro día pasa. Esperar un cambio, leer noticias con la terca esperanza, decepcionarse. Otro día pasa. Cedemos de nuevo a la rutina, al miedo, a la fatiga.

Mientras las medidas de la cuarentena en Colombia fluctúan, en algunos casos abriendo espacios, actividades y escenarios de interacción, en otros, volviéndolos a cerrar (sobre todo, si así lo consideró el gobierno local), el cansancio del encierro se hace más evidente. La fatiga de cuarentena no solo es real, hace parte de un fenómeno más amplio de fatiga sobre el seguimiento de medidas de protección y seguridad personal que afecta a otros riesgos a la salud de las personas.

La fatiga es la medida en la que algo se nos empieza a volver insoportable.

Esta fatiga permite que reduzcamos lo que hacíamos para cuidarnos en los primeros momentos de la cuarentena (cuando el peligro era presente, urgente y reciente) ¿se acuerdan cuándo limpiábamos cada esquina de los paquetes de servilletas del mercado? ¿O que nos cambiábamos toda la ropa luego de sacar a dar una vuelta al perro? Aparte de que la evidencia ha subestimado la importancia de estas acciones, muchos hemos dejado de hacerlas porque el riesgo del contagio empieza a deslizarse de nuestras prioridades.

Ahora bien, hay niveles de fatiga y formas en las que los que la sufren la han enfrentado. En efecto, hay una distancia enorme entre dejar de hacer alguno de los rituales de limpieza que hacíamos hace tres meses y hacer una fiesta con docenas de invitados. Y aunque sea impopular, deberíamos hacer un esfuerzo por entender ambos casos y antes de los juzgamientos rápidos o incluso los llamados tan comunes a “sanciones ejemplares”, revisar las maneras en las que sería más efectivo reducir estos deslices en el cumplimiento del cuidado en la pandemia.

Lo otro es reconocer que el fenómeno no es, ni mucho menos, “colombiano”, que en todos los países que se han implementado cuarentenas estrictas por varios meses, ha ocurrido algo similar, de ahí las impresionantes fotos de playas llenas de bañistas en el sur de Reino Unido o en la Florida o de los cafés parisinos a reventar de comensales.

También, que la fatiga como la estoy describiendo es en buena parte una prerrogativa del privilegio. Que muchas personas no se han podido dar el lujo de cansarse del estar encerrados en sus casas y que muchas lo hacen en detrimento absoluto de sus situaciones económicas o, irónicamente, de su propia salud. Por eso tampoco podemos ver la fatiga como un fenómeno individual o personal, también es colectiva, institucional, social y política. Nos agotamos todos juntos.

Nada de esto que digo es una apología para que se aumente el ritmo de la reapertura o se eliminen medidas que buscan protegernos, solo la comprensión de un fenómeno que estamos viviendo y que, si no lo gestionamos correctamente, puede hacerle mucho daño al objetivo común de cuidarnos del virus.

Siendo así las cosas ¿qué podemos hacer? ¿hay esperanza de que no nos venza la fatiga de cuarentena?

Hay dos escenarios de trabajo en este sentido. El primero es personal y se refiere a lo que podemos hacer cada uno de nosotros para reducir el efecto de la fatiga sobre nuestra salud mental y los eventuales relajamientos de las medidas que hemos venido tomando para cuidarnos. En este sentido, las técnicas señaladas por muchos medios a inicios de esta pandemia, sobre el uso de la meditación, el ejercicio y el mantenimiento de lazos sociales (así sean desde la distancia física) son clave. Pero lo más importante es encontrar nuevas maneras de enmarcar el riesgo, real y efectivo, al que seguimos estando expuestos. El efecto más nocivo de la fatiga es la subestimación del riesgo que produce, entonces ¿si el miedo inicial ya no es suficiente, que motivación podemos encontrar para cumplir las medidas de cuidado? Nuestra salud, la salud de otros o incluso algo tan aparentemente superficial como “mantener la buena racha de no haberse contagiado” puedan ayudar.

El segundo escenario es institucional y organizacional y se refiere a lo que gobiernos y empresas pueden hacer para controlar los efectos de la fatiga en las personas. Lo más importante es evitar una sobre publicitación del incumplimiento, la policía ha tomado la costumbre en los últimos días de presentar a los incumplidores de la cuarentena como criminales, frente a consolas de música incautadas como si fueran fusiles. Esto es sumamente torpe porque, por un lado, alimenta la idea (probablemente exagerada) de que “mucha gente” está incumpliendo la cuarentena en las personas, y por el otro, no funciona como disuasión de nada. Años de experiencia sobre control de comportamientos de fallos de acción colectiva como este pueden atestiguar que avergonzar a las personas no sirve sino para que intenten ocultarlos.

Seguir avanzando en las intervenciones que permiten ciertas “válvulas de escape” social en circunstancias controlables, también puede ayudar. Me refiero a la demarcación de distancia física en parques, la disposición de horarios escalonados para hacer ejercicio e incluso, el acompañamiento institucional a los eventuales incumplimientos ¿cómo hacer una reunión de personas con los menores riesgos posibles para una familia o grupo de amigos? Aunque nos incomode es una pregunta que vale la pena responder, puede hacer que una oportunidad grande de contagio se vuelva solo una inconveniencia social.

Reconocer esta fatiga no supone ceder a ella completamente, ni dejarse sobrecoger por sus consecuencias. No es una derrota de la voluntad que hemos tenido todos de enfrentar este reto enorme que nos lanzó la fortuna, al contrario, reconocerlo, entenderlo y enfrentarlo es la única manera de ponerlo bajo control. Y que otro día pase.