Algunas ideas sobre la promoción de comportamientos deseables

Durante la pandemia, hacer énfasis en los comportamientos deseados (y en el cumplimiento generalizado) puede ser clave para promover el cuidado.

Las personas nos comportamos en ocasiones según lo que creemos que son comportamientos generalizados y generalmente aceptados. Es lo que Cristina Bicchieri denomina una norma social: la expectativa de que muchas personas o la mayoría de las personas se comportan de una manera, o expectativa empírica, y la expectativa de que muchas personas o la mayoría esperan que nosotros nos comportemos de esa manera, o expectativa normativa (2005; 2018). Lo que pensemos que son comportamientos deseables para los demás y para alguna autoridad de referencia, como el Estado, resulta clave para el reconocimiento de una norma social. Incluso, la confianza que tengamos en las personas y las instituciones pueden señalar nuestra disposición a reconocer esa norma (Fortou y Silva, en prensa).

De allí la importancia de que los esfuerzos de estrategias de cambio de comportamiento sean cuidadosos en poner el énfasis de mensajes y acciones en los comportamientos deseables y no en lo contrario. Al fin de cuentas, una norma social puede definir un comportamiento deseable, pero también uno indeseable. Resulta común que gobiernos, empresas y organizaciones que quieren promover un comportamiento social u organizacionalmente conveniente utilicen el señalamiento de lo que “no debemos hacer” como mecanismo de comunicación de sus intenciones para desincentivarlo. El lugar donde se pone el énfasis en estos casos es fundamental respecto a la posibilidad efectiva de cambio y puede llevar incluso a que un comportamiento reducido y extraño se vuelva más común por la “publicidad” que le hacen quienes, precisamente, quieren evitarlo.

Esto no supone esconder los problemas o los comportamientos indeseables. Es más, dar esas conversaciones de manera inteligente y controlada puede retroalimentar discusiones sobre ellos, pero sí tener cuidado con la inclinación (en ocasiones común entre medios, organizaciones y gobiernos) de poner el énfasis en lo que no sale tan bien en el comportamiento de las personas. Por otro lado, hacer énfasis en el comportamiento deseado permite que los esfuerzos de cambio de comportamiento echen mano de tres elementos fundamentales: el poder de la influencia social, el poder de las expectativas de comportamiento y las oportunidades de superar brechas de ignorancia pluralista (Silva et al., 2019).

Muchos comportamientos deseables son, ante todo, cooperativos. Es decir, suponen que las personas hagan algo que puede percibirse como un costo individual para conseguir un logro colectivo (Silva, 2020). Pagar impuestos es una pérdida patrimonial individual que, en teoría, se ve recompensada con los servicios públicos que provee el Estado. Pero una motivación fundamental de comportamiento como este es la percepción de que “todos” o “la mayoría” están contribuyendo también. Pagar impuestos es un poco menos doloroso (y puede ser sustancialmente más aceptado) si estamos seguros de que no somos los únicos que lo hacemos y que hay unos pocos o ninguno que no están poniendo de su parte. Una larga lista de intervenciones de promoción del pago a tiempo de impuestos que usan normas descriptivas (“la mayoría lo hace”) son buena evidencia de esto (Larkin et al., 2018).

Esto también nos señala lo relevante que para nuestro propio comportamiento es lo que pensamos que hacen o piensan los otros. Durante buena parte de la segunda mitad del siglo veinte, los experimentos sobre conformidad de Solomon Asch asumieron la tarea de comprender un poco mejor la manera como el comportamiento de los demás determinaba e influenciaba el propio (1995). La influencia de un comportamiento ajeno sobre el nuestro se puede revisar respecto a nuestro grupo de referencia, los creadores de tendencia y las percepciones de mayoría y confianza que tengamos en los demás. Por eso resulta clave que tengamos una percepción positiva de los demás, pero, sobre todo, que pensemos bien de sus motivaciones, intenciones y acciones. Si los comportamientos que consideramos son mayoritarios influencian nuestra propia disposición a seguirlos, más vale que esa percepción de comportamiento generalizado sea respecto a lo que consideramos social o grupalmente deseable.

Aunque no siempre hacer énfasis en el comportamiento deseado es efectivo, como Cialdini et al. (2016) han mostrado, hay algún grado de consenso respecto a que al hacer uso de intervenciones de tipo norma social y comunicación de expectativas en particular, sobre la importancia de señalar lo que queremos promover (Murraín, 2017; Mackie, 2017; Silva et al., 2019). Esto supone un esfuerzo fundamental al momento de diseñar mensajes y acciones que privilegien los comportamientos objetivo y sobre todo, que ayuden a alimentar una percepción positiva respecto a las motivaciones e intenciones de los demás, en particular, los que consideremos como un grupo de referencia.

De ahí la importancia de definir muy bien lo que queremos que sea más común entre las personas y la manera cómo lo presentamos para que complemente una expectativa de comportamiento sobre lo que es mayoritario y deseable. Centrarse en lo deseable, hacerle bulla a lo conveniente y prosocial, volver normal las contribuciones que siendo cotidianas, pueden ser extraordinarias.

Referencias:

  • Asch, S. (1995). Opinions and social pressure. En E. Aronson (Ed.) Readings about the social animal. Nueva York: W. H Freeman.
  • Bicchieri, C (2005). The grammar of society the nature and dynamics of social norms. London, UK: Cambrigde.
  • Bicchieri, C (2018). Nadar en contra la corriente. Cómo unos pocos pueden cambiar los comportamientos de toda una sociedad. Ciudad de México: Ediciones Paidós.
  • Cialdini et al. (2016) Managing social norms for persuasive impact. Social Influence, 1 (1), pp. 3–15.
  • Fortou, J. y Silva, S. (En prensa). Trust and Social Norm Recognition: Evidence from a Latin American City.
  • Larkin, C., Sanders, M.  Andresen, I.  y Algate, F. (2018) Testing Local Descriptive Norms and Salience of Enforcement Action: A Field Experiment to Increase Tax Collection. Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=3167575 or http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.3167575
  • Mackie, G. (2017). Effective Rule of Law Requires Construction of a Social Norm of Legal Obedience. In: Cultural Agents Reloaded: The legacy of Antanas Mockus. Tognato, C. (Ed.). Cambridge: Harvard University Press.
  • Murraín, H. (2017) Transforming expectations through Cultura Ciudadana. In: Cultural Agents Reloaded: The legacy of Antanas Mockus. Tognato, C. (Ed.). Cambridge: Harvard University Press.
  • Prentice, D. A., & Miller, D. T. (1996). Pluralistic ignorance and the perpetuation of social norms by unwitting actors doi:10.1016/S0065-2601(08)60238-5
  • Silva, S.; Garro, J.E.; López, N. y Trujillo, J.P. (2019). Confianza, normas sociales y representaciones del otro. La implementación de la estrategia de cultura ciudadana “Medellín Está Llena de Ciudadanos como Vos”. En: Eslava, A. (Ed.) Lo mejor de las personas. Teoría, implementación y agenda de cultura ciudadana. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT y Alcaldía de Medellín.
  • Silva, S. (2020). Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del covid-19. En: Eslava y Giraldo (Ed.). Pensar la crisis. Perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros. Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT.

El guayabo populista

En varias ciudades de Estados Unidos la victoria de Biden (pero sobre todo la derrota de Trump) fue recibida con celebraciones en las calles como esta en Washington DC.

Trump perdió y aunque esto pronosticaban la mayoría de los modelos y encuestas, la verdad es que muchos analistas estaban nerviosos con el eventual resultado de las elecciones presidenciales estadounidenses y la posibilidad de que los pronósticos, así como en 2016, se equivocaran. Ahora, aunque la victoria de Joe Biden no fue tan aplastante como se esperaba y aunque la campaña de Donald Trump ha anunciado varias iniciativas para demandar los resultados, en el futuro cercano parecen haber pocas dudas al hecho que el próximo 20 de enero Biden asumirá su periodo como presidente. Los estadistas suelen asumir los retos de reconstruir las ruinas institucionales de revolucionarios y reaccionarios. El populismo deja muchas tareas a los hombres sensatos, que en ocasiones serán culpados por sus consecuencias. Biden enfrentará muchos retos sociales, económicos y políticos.

La división y polarización que vive el país es evidente. El Pew Research Center ha medido la distancia entre ideas políticas de los votantes de Trump y Biden, al igual que las percepciones negativas entre ellos. No es solo que piensen diametralmente diferente en asuntos como la migración, los derechos de las minorías o el manejo del COVID-19, es que consideran que las posturas y decisiones de otros ciudadanos son fundamentalmente inconvenientes para el país. De igual forma, la situación social y política, en particular con agendas como la reforma policial y la misma enconada oposición que los republicanos y el mismo Trump establezca, y la situación económica luego de meses de una pandemia global que todavía se resistirá meses en remitir, no son alentadoras.

Mientras todo esto se desenvuelve un poco, hay varias lecciones para todos en el ascenso y la caída de Donald Trump. Primero, incluso en entornos de escepticismo sobre las intenciones de los políticos, reconocer algún nivel de estatura moral en nuestros gobernantes es clave. Lo que se hace desde un lugar de poder semejante señala el camino de lo deseable o indeseable, permitido o reprochable en términos sociales. Tener a un hombre malo como gobernante no es cosa menos, incluso, si pudiera ser bueno en su trabajo (que Trump no lo era).

El populismo es un enemigo de todas las democracias y de la libertad y puede estar a cualquier vuelta de la esquina. Aunque Trump no es una anomalía de la cultura política estadounidense, sí es una de su sistema institucional. Una anomalía en el sistema no saca setenta millones de votos en su candidatura a la reelección. Es decir, sus visiones, ideas y formas no son extrañas para una parte de la población estadunidense conservadora, rural, blanca y temerosa de los cambios, en particular, los que tienen que ver con la composición racial de su país, pero todo el sistema electoral y político de Estados Unidos fue creado para evitar que personajes como Trump ganen la presidencia. El mismo sistema de elección presidencial por votos de electores por estado debía precisamente evitar el populismo y actuar como freno a posibles prospectos de tiranía a los ojos de los redactores constitucionales de la unión americana. De ahí que su derrota sea en partes iguales una victoria demócrata y una victoria de los ajustes institucionales puestos para sacarle el cuerpo a populistas y dictadores.

Lo segundo es la advertencia sobre la influencia de la polarizarización y las historias no concluidas en términos sociales para el riesgo populista. Una historia que países como Colombia, que gaguea en su disposición para asumir su posconflicto, debería tener muy presente. La robustez institucional estadounidense fue puesta duramente a prueba, y parece que sobrevivió el embate de un personaje como Trump. Países con tradiciones de estabilidad democrática menos fuertes pueden venirse abajo rápidamente si personajes como estos llegan al poder. Ese riesgo debería desvelar a los que nos preciamos de la democracia.

Mientras tanto, y mientras todo, no cabe sino alegrarse por unos días de que, en un año por lo demás cargado de giros inesperados, muertes excesivas y en general mala suerte, el redactor de la historia universal nos ha dado a muchos un respiro.

¿Por qué hay tanta corrupción en Colombia?

Democracia feroz de Gustavo Duncan (2018).

Esta semana terminé de leer «Democracia Feroz» de Gustavo Duncan (2018). El libro busca esclarecer un fenómeno particular de la democracia colombiana: las limitaciones que tiene la sociedad civil y la ciudadanía del país para regular y castigar a una clase política particularmente corrupta. Esto resulta llamativo porque, como señala Duncan, la democracia colombiana reúne muchos elementos de lo que idealmente supondría una versión liberal y moderna, desde un diseño institucional con pesos y contra pesos y un sistema electoral con buenas pretensiones de representatividad (en particular luego de la Constitución del 91), una prensa mayoritariamente libre y sobre todo a nivel nacional, relativamente independiente de los poderes políticos, y poblaciones urbanas, educadas y políticamente activas en muchas de las ciudades grandes y medianas del país.

La respuesta de Duncan para esta pregunta pasa por dos argumentos principales. El primero, la relación histórica entre clientelismo, narcotráfico (y paramilitarismo) y la clase política, sobre todo regional, del país. La segunda, la naturaleza informal de la economía colombiana y la necesidad de esta (como de las economías ilegales) de gozar de protección de parte de la clase política. La corrupción en este escenario es solo la moneda de cambio mediante la que se concretan los beneficios del intercambio de esta «mercancía política». Así, el hecho de que más de la mitad de los trabajadores colombianos se desempeñen en la informales y en los eslabones asociados a actividades ilegales como el contrabando, la piratería o el mismo narcotráfico, limita las opciones de oposición de la población a los política capaces de proteger esas economías, pero también los vuelve susceptibles de entrar a hacer parte de las clientelas de los políticos, los contratistas o los dueños de estos negocios.

El libro sugiere la relevancia de asuntos culturales, tanto de la forma cómo nos gobernamos y concebimos la política, como de las formas de asociación a la ley, aunque no son su principal puntos de interés. Leyéndolo, sin embargo, es inevitable pensar en qué elementos de las valoraciones de los ciudadanos colombianos pueden estar contribuyendo a nuestra torpeza a la hora de regular a la clase política. Propongo dos inicialmente: la normalización de la corrupción política y la disonancia cognitiva sobre ideas políticas.

Por normalización me refiero al hecho de que existe una creencia en buena parte de la población colombiana de que «todos los políticos roban». Algunos datos lo sugieren. En la Encuesta de Cultura Ciudadana de Medellín de 2019 el 83% de las personas estaban de acuerdo con que «más de la mitad de los funcionarios públicos eran corruptos», en las otras ciudades donde se ha hecho la encuesta este porcentaje es del 87%. No sorprende que en la misma encuesta, solo el 8% de los encuestados en Medellín confíen en «los políticos» y en las otras ciudades, el 5%. En la Encuesta Mundial de Valores de 2019, solo el 2,6% de los colombianos señalaron que ninguna de las autoridades públicas estaban libres de corrupción.

Esto supondría una idea generalizada de que los “políticos roban” y de que la política como labor es inseparable de algún grado de beneficio personal por encima de la conveniencias públicas. Esto no solo puede actuar sobre votantes y ciudadanos que parecerían anestesiarse contra noticias sobre algunas cosas “menores” o esperables del quehacer político, pero también crear un entorno de normas sociales para los mismos políticos, respecto a lo que es esperado y deseable y lo que no, en su trabajo. De esta manera, el “todos lo hacen, por tanto no está tan mal” funcionaría hacia dentro y hacia afuera, en algún grado, de la política.

El segundo asunto intentaría explicar la razón por la que una persona defiende a un político acusado o condenado por un acto de corrupción y del que no recibe ningún beneficio directo (en la forma de protección o recurso material vía clientelismo). Esto puede explicar el apoyo que muchos políticos que basan su poder en las formas tradicionales y novedosas de la corrupción tienen en grandes ciudades o incluso, en el llamado «voto de opinión». Aquí podríamos decir que algo de ese apoyo, y en particular de esa defensa, se presenta por fenómenos de disonancia cognitiva respecto a las ideas y apoyos políticos. Para este tipo de disonancia, la polarización y los medios sociales son los mejores aliados. La primera caldea el ambiente de la discusión pública y «une» mucho más cada facción respecto a tener la razón y a que los demás estén equivocados. Los medios sociales permiten intercambiar información parcial y beneficiosa solo para un lado (al igual que información falsa o que pone en duda la información oficial o de medios tradicionales), como nunca antes.

Duncan termina el libro llamando a una agenda de abordaje de la corrupción en el reconocimiento de lo que funciona, investigación independiente de medios, presión de la sociedad civil, y de lo que es necesario que pase, en particular la inclusión y amansamiento de los amplios sectores de economía y política colombiana en la informalidad. La comprensión de los elementos culturales y conductuales asociados también suponen un paso adelante sobre una agenda siempre urgente y fundamental para estos años de cambio en Colombia: la lucha contra la corrupción.

Presentación en el XIII Foro Juvenil de Cultura Ciudadana «Soy joven, soy ciudad».

El pasado 16 de octubre tuve el honor de participar del XIII Foro Juvenil de Cultura Ciudadana «Soy joven, soy ciudad» organizado por el colegio San Luis Beltrán y la Corporación Santa Marta Vital. La presentación giro alrededor de las agendas de cultura ciudadana, la posibilidad del cambio cultural y la importancia de que los jóvenes agencien estos procesos. El foro incluyó una genial presentación de Alicia Peñaranda sobre redes sociales, activismo y cambio cultural y la socialización de varios contenidos generados por los mismos jóvenes de la ciudad sobre cultura ciudadana. Aquí pueden verlo completo o acceder en este enlace.

¿Cómo pueden las empresas construir confianza con sus clientes y la sociedad?

La aseguradora «Lemonade» es un muy buen ejemplo de la importancia de la confianza como elemento principal de la estrategia de negocio y las preocupaciones sociales de una empresa.

¿Usted confía en su banco? ¿O en su prestador de servicio de telefonía, en su empresa de servicios públicos o en su cadena de comida rápida preferida? Si la respuesta es positiva ¿por qué y en qué se ve reflejada esa confianza? ¿En comprar de nuevo o adquirir un nuevo producto, en pagar a tiempo, en recomendarlo a otros, en sentir que los logros de la organización son logros propios (o cercanos)? ¿En defender a la empresa si alguien habla mal de ella o intenta pasar legislación que es inconveniente?

El sicólogo y economista Dan Ariely propone cinco pilares de la construcción de confianza entre instituciones y organizaciones (en particular empresas) y las personas que se relacionan de forma directa o indirecta con ellas. El primer pilar, las relaciones de largo plazo señala la relevancia de que las interacciones entre persona y organización puedan ser repetitivas, sostenidas y por un periodo extendido de tiempo. El tiempo permite estabilizar expectativas y genera reputación, así los involucrados en las interacciones tienen mejores pruebas sobre la confiabilidad de su contraparte. En general, las relaciones de largo aliento son relaciones basadas en la confianza y las interacciones repetitivas son más beneficiosas para los involucrados porque ambos saben que pueden beneficiarse y sobre todo, que no serán dañados por el otro.

El segundo pilar de Ariely es la transparencia. Esto es, la disposición de la organización a comunicar sus decisiones y acciones, a explicar sus motivaciones y en general, a estar dispuesto a responder y atender los requerimientos sobre sus actuaciones sin intentar evitar que sean evidenciables. El tercer pilar, muy relacionado con el segundo, es la intencionalidad, es decir, la posibilidad que tienen las personas de conocer y reconocer como benevolentes, las intenciones que tiene la organización al tomar decisiones y emprender acciones específicas. Si la transparencia supone que hay que «parecer», la intencionalidad, que hay que «ser». Las empresas que además de transparentes son capaces de evidenciarle a las personas que sus intenciones son socialmente convenientes suelen ser más exitosas a la hora de establecer relaciones de confianza con sus clientes y la sociedad en general.

El cuarto pilar de Ariely es la regulación (o vindicación o posibilidad de castigo). Señala la importancia de que las personas puedan regular a la organización, presentar quejas y reclamos, por ejemplo, y que esos requerimientos no solo sean atendidos, sino que se establezcan canales abiertos, robustos y sencillos para que esto ocurra tanto como sea necesario. El quinto y último pilar de la confianza institucional para empresas es la alineación de incentivos. Para Ariely uno de los principales elementos de la confianza es la conexión entre las motivaciones, ideas e intereses de organizaciones, clientes y personas. Esto es, la posibilidad de que quieran lo mismo y sepan que quieren y hacen las cosas por lo mismo. Esto parece evidente, pero no por eso es más común ¿Cuántas empresas en Colombia le preguntan a las personas que constituyen sus clientes o actores de interés por la definición de sus agendas sociales o de responsabilidad social corporativa? ¿Cuántas los involucran en la definición de sus políticas éticas o de reducción de daño a terceros?

Ariely no solo escribe sobre los ideales de las agendas de construcción de confianza empresarial. Su trabajo con Lemonade, una aseguradora estadounidense que ayudó a definir esta misma propuesta de cinco pilares, ha constituido un modelo de negocio en el que la confianza que deposita en las personas supera el discurso. En Lemonade, los asegurados pueden pedir un seguro y cobrarlo sin la gran mayoría de garantías y pruebas que otros seguros suelen exigir. Esto no solo lo hace mucho más ágil que los competidores, lo hace ver más benevolente y confiado. Depositar confianza en las personas suele producir reciprocidad de su parte; ese compromiso implícito de la acción confianza suele verse recompensado. La empresa también utiliza parte de sus ganancia para hacer donaciones a varias causas sociales, pero lo hace según ha sido definido por sus propios clientes. La prosocialidad de la acción corporativa no solo es necesaria, debe permitir involucrar a sus clientes y actores de interés y si es posible, hacerlo participes de sus agendas de impacto social.

Al final, la cuestión sobre la confianza en las empresas, la propuesta de Ariely y las experiencias de Lemonade señalan la importancia fundamental que las organizaciones empresariales deben dar a dos preguntas ¿Qué tanto confían realmente en sus clientes y en las personas? y ¿Qué estarían dispuestas a hacer para manifestar esa confianza?

Presentación del libro «Pensar la crisis: perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros».

Hace un par de meses la Universidad EAFIT presentó el libro «Pensar la crisis: Perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros«, editado por Adolfo Eslava y Jorge Giraldo. El libro reúne una serie de reflexiones sobre los primeros meses de la pandemia y sus consecuencias sobre la vida de las personas y las discusiones políticas que han delimitado el 2020. Recientemente, en el marco de una invitación de la Maestría en estudios del comportamiento, varios de sus autores tuvimos la oportunidad de conversar sobre nuestros capítulo. Aquí pueden ver el evento:

Sobre las «malas» ideas de cultura ciudadana para el COVID-19

El «covidcasco», en la India.

Hace unos días las camisas desgarradas de Twitter se volvieron a desgarrar por una intervención musical que la aerolínea Avianca realizó en uno de sus vuelos junto a la Filarmónica de Medellín. Los instrumentos escogidos, los vientos, no fueron para nada bien recibidos en la mitad de una pandemia global que se contagia principalmente por medio de la saliva de las personas. La idea hubiera resultado bonita en otro contexto y también da cuenta de la difícil situación en la que se encuentra el sector cultural nacional por culpa de las limitaciones de actividades que siguen delimitando la cotidianeidad del fin del mundo.

Por esos mismos días, un «youtuber» (¿o Influencier? Ya es difícil distinguir estos títulos) del Caribe colombiano publicó un video con cámara escondida en el que le daba cachetadas a un cómplice que usaba incorrectamente el tapabocas en la calle, siempre junto a algún desprevenido con el suyo por debajo de la boca o nariz. El video fue un éxito de viralidad y muchos de los comentarios reconocían, probablemente con cierta ironía, el potencial de la broma para promover el uso del tapabocas en Colombia.

No son las únicas «malas» ideas recientes relacionadas con la activación cultural y la agenda de prevención de la crisis del COVID-19, en esta lista en Twitter se ha ido recogiendo una selección amplia y diversa de acciones (cuando menos, extrañas) para promover los comportamientos de cuidado en la pandemia. Esto no pretende señalar que no hayan muchos asuntos interesantes sobre la utilización de la intervención cultural en esta crisis, como el uso que están dando varias administraciones municipales y distritales colombianas (en particular Bogotá y Medellín) a las normas sociales sobre uso de tapabocas y mantenimiento de distancia física.

Las acciones artísticas también pueden ser fundamentales para evidenciar la magnitud de la tragedia que ha supuesto el COVID-19 y las fallas de los gobiernos a la hora de proteger a sus ciudadanos, como esta instalación de 20.000 sillas por parte de sobrevivientes del virus para «visualizar» una por cada diez personas muertas en Estados Unidos. De ahí que hablar de intervenciones «malas» no sea una crítica a lo llamativo o teatral. Precisamente en Bogotá se ha desplegado «Alas de distancia«, una estrategia en la que grupos de artes escénicas disfrazados de colibríes intervienen espacios críticos para recordar a las personas las distancias seguras en el espacio público.

Así las cosas ¿Cómo podemos distinguir a las «buenas» de las «malas» ideas de intervención cultural en este contexto? Aquí tres criterios, incompletos, para avanzar en esa dirección.

El primer criterio es algo obvio, pero no por eso menos importante: la intervención o acción no debería suponer un riesgo en sí misma (o un uso irresponsable o mentiroso de la información). Un ejemplo para esto son las intervenciones que suponen la aglomeración de personas, sean como espectadores o parte de la intervención. En Indonesia la utilización de «ataúdes para reflexionar» sobre el mal uso del tapabocas supuso la confirmación de masas de curiosos. Lo que hicieron Avianca y FilarMed entraría en esta categoría.

El segundo criterio se refiere al diseño basado en un comportamiento específico. Este criterio puede no implicar la inconveniencia general de una intervención, pero claramente es importante que una vez se despliegue la acción, sea evidente para las personas qué se espera de ellos. Acciones demasiado generales, como muchas de las que han intentado aumentar la percepción de riesgo con el uso del miedo, pueden reconocerse desde esta limitación. La Policía Nacional colombiana, por ejemplo, organizó durante las primeras semanas de cuarentena desfiles funerarios centrados en asustar a las personas para cumplir las medidas del gobierno.

El tercer criterio se refiere a la expectativa puesta en la agencia y las motivaciones de las personas, y la información disponible y recolectada para ese diseño. Digamos que es un criterio sobre la forma en la que se diseñan intervenciones que buscan, al final, modificar un comportamiento que se asume es socialmente inconveniente. Promover el uso correcto del tapabocas, facilitar el cálculo de las distancias de seguridad (mientras de motiva su cumplimiento), aumentar el lavado de manos luego de situaciones de riesgo, no es ni sencillo, ni debería subestimar la importancia de tener un amplio conocimiento sobre las motivaciones, las oportunidades y las capacidades de esos comportamientos y las funciones de intervención que mejores resultados pueden lograr.

De esta manera, ni darle cachetadas a la gente cuando no usa tapabocas, ni tocar trompetas en un avión parecen ser buenas ideas. Tampoco los disfraces por los disfraces, o el miedo por el miedo. Si queremos evitar el camino al infierno es importante reconocer esto: las equivocaciones y los aciertos, los lugares y escenarios en donde parece que se toman decisiones basadas en conocimiento y preocupadas por su efectividad desde el cambio cultural y en dónde no.

¿Por qué hablamos tan poco de los incidentes viales en Colombia?

«Los 270», una activación de visibilización de las víctimas de incidentes viales en Medellín en 2017.

Esta semana, la trágica muerte de José Duerte, un ciclista lanzado fuera de un puente al ser embestido por un conductor en la vía a Sopó. La atención de medios y redes sociales se dirigió hacia los incidentes viales, en particular los que involucran a ciclista y su vulnerable situación en Colombia, con reportajes, videos de nuevas denuncias y declaraciones institucionales sobre programas, acciones y voluntades políticas. Sin embargo, no será sorpresivo que en los próximos días (si es que ya no está ocurriendo) el tema vuelva a caer en la oscuridad del anonimato cotidiano.

Ese es uno de los principales líos para abordar con los recursos y decisiones necesarias el problemas de seguridad vial del país: la naturaleza dispersa y «cotidiana» de los choques, lesiones y muertes. Sus efectos, que no son ni subestimarles, ni pequeños, se normalizan con mucha facilidad. Por eso la insistencia de académicos, organizaciones y académicos que trabajen en la seguridad vial de llamar a los incidentes así, y no «accidentes», intentado resaltar que son prevenibles y bajarle un poco a la percepción de que son «cosas que pasan». En efecto, en tanto la gran mayoría de los incidentes viales ocurren por fallas humanas, por comportamientos, son absolutamente prevenibles y exigen la intervención activa y decidida del Estado.

De acuerdo a la Agencia Nacional de Seguridad Vial, en 2019 murieron 6.634 personas en incidentes viales en Colombia. Este año tiene cifras «atípicas», explicadas por el encierro y reducción de la actividad producto de la pandemia, por eso casi todas las municipalidades y el mismo gobierno nacional señalan reducciones en incidentes, en particular entre marzo y junio de 2020. Pero el año pasado en Medellín murieron 247 personas y 31.629 resultaron heridas, según el Observatorio de la Secretaría de Movilidad. Las características del fenómenos son también bien conocidas; sus protagonistas, bien entendidos. Por ejemplo, la relevancia de los motociclistas, jóvenes y hombres en todo esto. El 21% de los muertos y el 28% de los lesionados en la ciudad son hombre de entre 20 y 29 años que conducían una moto.

Los puntos de mayor riesgo también están muy bien definidos (al menos en las grandes ciudades), usando de nuevo el ejemplo de Medellín, hay muy buena información de que las glorietas son los puntos más álgidos en incidentes. Sabemos también que el exceso de velocidad, la falta de pericia y los problemas de «convivencia» en la vía (como el que ocasionó la muerte de José Duarte) son las principales causas.

Así pues, Colombia tiene una necesidad urgente de adelantar una agenda nacional de seguridad vial y cultura ciudadana para las vías. La mejor manera de honrar a las víctimas de estas fallas del Estado es intentar solventarlas esas fallas; comprometerse a reducir las muertes en las vías del país, echando mano de todo el conocimiento que tenemos. Hay mucho por hacer para mejorar la convivencia de los actores viales en las vías (en particular, para proteger a los más vulnerables). Por el lado de la pedagogía, siempre apreciaré mucho este ejercicio basado en la empatía, el programa de cultura ciudadana de Medellín «En los pedales del ciclista» o campañas de comunicación como «Estrellas negras» que conectaron la percepción de riesgo, la visibilización del fenómenos y el uso de referentes culturales colombianos.

Pero el primer paso (y es un paso fundamental) para que esto pueda ocurrir es que el tema no abandone de la manera cómo recurrentemente lo hace, la atención del público, los medios y los políticos. Las presiones cotidianas a los servidores y autoridades públicas que en cada municipio y departamento gestiona esto es clave (secretarios de movilidad o tránsito, directores de policía o entidades de tránsito): preguntarles qué están haciendo, qué pretenden hacer y cuáles son las metas en términos de reducción de incidentes, muertos y lesionados que se han trazado. La acción política de control también ayuda, en Medellín, el concejal Daniel Carvalho dirige una comisión accidental sobre seguridad vial que permite que periódicamente se haga seguimiento a la gestión de la administración pública.

Evitar las normalizaciones de las tragedias también es responsabilidad de quiénes estamos buscando el siguiente motivo de indignación, la próxima tendencia en redes. Al olvidar o distraernos les fallamos a las víctimas pasadas y futuras de este problema.

¿Cuál será nuestro legado?

El zigurak de Uruk, mucho mejor conservado que el de Etemenanki

Etemenanki es el nombre del emplazamiento del zigurat -pirámide escalonada- más importante de la antigüedad en la ciudad de Babilonia. Miles de obreros y esclavos seguro trabajaron por décadas para transportar, cortar y colocar las enormes piedras; moldear, hornear y poner los millones de ladrillos de barro y luego decorar con frescos y dibujos curvilíneos la inmensa estructura. La pirámide es la base de un templo dedicado al dios principal del panteón mesopotámico, Marduk, pero es innegable que su construcción respondió sobre todo a la motivación de las glorias más terrenales, a la posibilidad de un rey babilonio de desplegar todo este poder hace más de dos mil quinientos años. No por nada, varios reyes de la región hicieron otro tanto con sus obras religiosas.

El resultado de la construcción era tan impresionante que algunos historiadores creen que inspiró la historia bíblica de la Torre de Babel. Es probable que a su terminación, el poderoso monarca quedara satisfecho y orgulloso de la manera como verían su gobierno en el futuro, del legado que ahí mismo, sobre los logros de su poder, evidenciarían todas las personas por venir. Por eso mismo sería genial que conociéramos su nombre, que supiéramos quién mandó a construir ese imponente templo. O que el templo hubiera sobrevivido a las guerras, al húmedo clima de la región o a las ansias de materiales de construcción de las generaciones que lo usaron como cantera por siglos. Hoy solo quedan patéticos montículos de la gloria de un soberano anónimo para la posteridad.

Los viejos dioses, los héroes olvidados, los faraones anónimos que descansan en decadentes sarcófagos deben mirar a los buscadores de fama y fortuna y sonreír. Un par de siglos después que Etemenanki fuera construida, un hombre le echó fuego al templo de Artemisa en Éfeso. El templo era una magnifica estructura a la que todos los monarcas y nobles del mundo griego enviaban donaciones; en sus columnas había una silenciosa pero despiadada competencia por quién había donado la mayor cantidad de dinero a la estructura. Pero a pesar de esto, ardió. Y el gobernador persa de la provincia tuvo que torturar al pirómano para conocer su nombre y sus motivaciones. Era Eróstrato y según su confesión, había incendiado el templo para ganar fama eterna. Si ese era el lugar más famoso del mundo griego (incluido en las siete maravillas del mundo antiguo), él sería recordado en la posteridad por ser su destructor.

Eróstrato fue exitoso hasta cierto punto. Su nombre fue célebre en la antigüedad y se encuentran referencias suyas en la literatura romántica y moderna. Pero también es muy probable que muchos que leen estas líneas apenas se enteren de su existencia y que la mayoría lo olviden en algunos días. Lo terrible también se olvida, la fama por destrucción también se reducirá a cenizas.

En la antigüedad el temor era el olvido por culpa de la decadencia del tiempo, la pérdida de los manuscritos, la degradación de los monumentos y edificios. ahora no tenemos ese temor, todo se guarda, todo existe, nada nunca muere realmente. Pero la búsqueda de la gloria y la fama actual es profundamente más competitiva y al conseguirla, fugaz. El mismo ritmo loco en el que la información circula logra sepultar cualquier atisbo de recordación; no hay miedo al olvido, sino al constante reemplazo. Es igual de desconocido el anónimo constructor del Zigurat babilonio, que el influenciador entre millones de influenciadores. Y la historia será tan odiosa -tan justa, mejor- con ambos.

Todo esto va a que veamos con escepticismo las trampas de la recordación, las tentaciones vacías del reconocimiento. Y a que recelemos de aquellos que parecen muy preocupados por su legado y no por sus acciones; líderes políticos y empresariales, pero también personas «de a pie«. Marco Aurelio señalaba esto en sus «Meditaciones»: que hasta los más poderosos monarcas caían en el olvido. Que esa era una consecuencia tan natural como la muerte para las personas y que la búsqueda de fama o reconocimiento, sobre todo si se atravesaba en la vida tranquila y benevolente, era uno de los peores vicios (y más insulsos) de los hombres.

Y quizás ahí se encuentre la pista más importante: en tanto irrelevante, irrelevante. Por ejemplo, no pasa nada si esta entrada al blog recibe pocas visitas y lecturas. No pasa nada.

Participación en «¿Cómo desvincularnos de las conductas violentas?».

El pasado viernes 2 de octubre tuve la oportunidad, gracias a la invitación de las Secretarías de Cultura Ciudadana y Educación de la Alcaldía de Medellín, de participar del conversatorio «¿Cómo desvincularnos de las conductas violentas?» de la programación de la Semana de la Convivencia de la ciudad. Las ideas giraron entorno a la posibilidad de desarrollar una agenda de no-violencia y construcción de confianza y el papel del capital social en la prevención de la violencia y la promoción de la convivencia. En este video pueden ver el conversatorio completo: