El descuento.

En el decreto 682 quedó reglamentado cómo serán los tres días en los que el Gobierno no cobrará el impuesto del IVA a los colombianos en sus compras.
El 19 de junio de 2020 fue el primer «Día sin IVA» en Colombia.

El 19 de junio, justo antes del amanecer, ya había filas en varios almacenes de cadena. En ocasiones con un metro de distancia entre las personas, en otras, más cerca de lo que nuestras recientemente adquiridas prevenciones lo recomendarían. Abiertas las tiendas, el ingreso fue, de nuevo, organizado en algunos casos, turbulento en otros. La visión de una turba de personas con tapabocas es una que a muchos nos encogió el corazón; del miedo por sus consecuencias sobre el riesgo de contagio del COVID-19, de tristeza por asumir que el duro camino recorrido se va al traste.

En una defensa desesperada -y un poco paternalista- de las personas, hay que decir que las decisiones públicas inconvenientes tienen consecuencias sociales inconvenientes. Lo señalo porque buena parte de las redes sociales y algunos voceros gubernamentales y gremiales culparon a las personas de las situaciones de riesgo y aglomeración que se presentaron. Tienen un poco de razón, pero incluso si reconocemos que la responsabilidad individual fue importante, el problema de lo que pasó el día Sin IVA en Colombia estuvo en otro lado.

Si las autoridades le dan señales a la gente que puede salir, luego de semanas de cuarentena, y que además es deseable que lo haga porque su compra será positiva para la economía, muchas personas van a juntar esas señales para superar sus propias reservas o miedos de hacerlo. Si sumamos que en varios lugares quitaron el pico y cédula y se hicieron invitaciones incluso institucionales a salir a comprar, es apenas natural que muchos usaran todo esto para alimentar su propia subestimación del riesgo.

Esto no excusa las responsabilidades personales de la decisión de salir y quedarse en la aglomeración una vez la persona llegó a la tienda o la de los mismos almacenes con sus medidas para gestionar todo esto. Pero la responsabilidad principal está en quién consideró que esto era conveniente en este momento. La revisión de los efectos de la iniciativa, de la manera como las personas tomarían decisiones y de la preparación de gobierno nacional, gobiernos locales, empresas y personas para gestionarlo no fue suficiente.

Independiente de esto, resulta cuando menos interesante preguntarse por el comportamiento de las personas. En redes se leen muchas suposiciones de “irracionalidad”, “indisciplina”, “consumismo” y demás. Pero ¿qué hizo que los compradores no solo salieran en número de sus casas, sino, que se expusieran en las filas y aglomeraciones como evidentemente, incluso para ellos, no debían?

La información que tenemos sobre las motivaciones de las personas que salieron ese día están referenciadas de alguna manera en las notas (sobre todo internacionales, estupefactas) sobre lo que pasó el 19. Y aunque hay algo de variedad, pareciera existir una combinación de decisión “racional” por aprovechar los buenos precios (sumado en algunos casos al obstáculo presentado por las dificultades de comprar por Internet), más cierta subestimación del riesgo asociado al contagio. En particular, una justificación general de que, aunque hubo aglomeraciones y largas filas, la cosa “no fue tan grave.

Sin embargo, el mismo Ministerio de Comercio reportó a eso del medio día que en todo el país se habían registrado unas 34 aglomeraciones con unas 80.000 personas en total. Sumado a esto, en algunas ciudades como Bogotá o Cali las mismas administraciones municipales se vieron obligadas a cerrar sedes de almacenes por incumplir las normas de distanciamiento físico durante la jornada. No olvidemos que son muchos los casos en países como Corea del Sur, España y Estados Unidos en donde una sola aglomeración fue la culpable de cientos de contagios.

Lo otro para considerar es el efecto que sobre todos nosotros tienen esos videos y fotos de personas guardando un televisor de distancia. Los comportamientos son muy contagiosos, luego de meses de calles semivacías, esas puertas a reventar van a hacer un daño enorme en esos, ya de por si flacos, esfuerzos pedagógicos que ha hecho el país. No solo eso, el cumplimiento de las medidas de prevención son un esfuerzo de acción colectiva, a todos se nos pide cooperar para conseguir un bien común en la reducción del contagio. El principal enemigo de las acciones colectivas es el incumplimiento aprovechado que produce una sensación de defraudación en las personas. Esto lleva a que las personas podamos pensar “y yo para qué me molesto, si nadie más lo hace”. También se pueden ver afectadas la confianza de las autoridades y la legitimidad de sus mensajes, medidas y programas para abordar esta crisis.

Y a pesar de todo esto, hay que continuar con los esfuerzos para reducir los contagios, los riesgos y las afectaciones de esta pandemia. Mucho se ha dicho sobre evitar “humanizar” al virus, es decir, darle propiedades como “enemigo” o “contrincante”, y es cierto, al virus no le importa nuestras desavenencias políticas, incluidas, las que puedan salir de este episodio. De ahí la importancia de no perder de vista lo que en este momento es importante: seguir cuidándonos.

Es hora de continuar con nuestras medidas personales, en medio de nuestras posibilidades, para reducir el contacto físico. Y, sobre todo, es momento de recordar la responsabilidad individual y colectiva que nos cabe en cuidarnos entre todos. Tenemos que insistir -con la determinación de la terquedad- con las personas cercanas, familia, amigos, vecinos, en la importancia de la distancia, el uso correcto del tapabocas y el lavado de manos. Las organizaciones deben asumir también esta tarea con absoluta determinación, así como los gobiernos locales; no es solo en la aplicación de las medidas coercitivas -para eso ya está la Policía- sino en la invitación y movilización ciudadana para actuar colectivamente.

El 19 pudo ser un día complicado para la lucha contra el COVID-19, pero en esencia, no puede cambiar lo importante: la decisión colectiva de que, entre todos, superaremos esto.

Desafíos de la reapertura

Señalización para el distanciamiento físico en el Sistema Metro.

Lo más difícil puede estar por venir. O al menos, eso parece. La reapertura de la economía y la vida social de los últimos días en Colombia (juntos a buena parte del mundo) luego de tres meses de cuarentena, aunque paulatina y esperable, no deja de suponer un reto enorme para el país. En otros lugares donde la reapertura lleva días o semanas, los contagios se han disparado. Que esto no sea sorpresivo no lo hace menos preocupante y, sobre todo, no debería subestimarse respecto a nuestras posibilidades de reducir y controlar la situación.

Gestionar una cuarentena total puede ser difícil y angustiante para los gobiernos nacional y locales, pero hacerlo con una invitación parcial al cumplimiento de nuevas normas, junto al desgaste y la fatiga que las semanas de encierro han implicado en los bolsillos y los corazones de las personas, presenta infinidad de problemas. Ahora, esto no solo tiene implicaciones para las autoridades; miles de empresas, entidades y organizaciones, desde la multinacional más grande, hasta la tienda de esquina más humilde, enfrentará el eventual retorno a la normalidad y dependeremos de cómo todos nos adaptemos a estas nuevas expectativas para que la reapertura sea tan manejable como la cuarentena.

Hay algunas pistas interesantes y probadas en otros contextos o abordando retos similares de comportamiento. Ideas y aprendizajes que las ciencias del comportamiento (la sicología conductual, la economía del comportamiento, la epidemiología conductual) pueden ofrecer para que las personas y organizaciones tomemos mejores decisiones a la hora de cuidarnos y prevenir el contagio por COVID-19.

En general, encargados de comunicación pública, institucional, salud pública o corporativa, entre todas las personas que por estos días lideran este esfuerzo de prevención, deberían tener en cuenta cuatro reglas generales del diseño de sus sistemas de prevención. Las acciones que adelanten deben ser sencillas, sociables, repetitivas y transparentes.

Sencillas porque es importante que los comportamientos deseados sean tan sencillos de realizar como sea posible. Esa facilidad debe ser física y cognitiva; mejor dicho, deben ser posibles de realiza y posibles de comprender. Esto supone no solo la señalización de lugares y momentos en donde ocurren estos comportamientos, también, encontrar lenguajes instructivos, visuales y ejemplificantes. La señalización debe ser visible para quién debe tener el comportamiento deseado, pero también para todos los demás, aprovechando un poco la expectativa colectiva del comportamiento.

Efectivamente, las intervenciones deben ser sociales en tanto las personas copiamos los comportamientos de los otros. La importancia de las normas sociales y la influencia social es fundamental en este caso. Eso también lleva a que se expliquen los beneficios sociales del comportamiento, como cuidar a otros, a nuestras familias, a nuestros vecinos, a nuestros compañeros de trabajo o estudio. Esto supone recoger información sobre el seguimiento de los comportamientos deseados de las personas de su entorno y usarla para comunicar los logros colectivos, ya sea el cumplimiento mayoritario o el incremento de este (“9 de cada 10 personas se lavan las manos cada dos horas”, “cada vez más personas usan la flexibilidad del teletrabajo para respetar el distanciamiento físico”).

La repetición de los mensajes ayuda también a reforzar esas normas sociales y sobre todo, puede ayudar a evitar confusiones. No podemos dar por sentado que todas las instrucciones o medidas son claras para todos y menos, subestimar el poder de los pequeños recordatorios. Esto supone establecer mecanismos de recordatorios insistes se esos comportamientos deseados, aunque hay que evitar el exceso, en este caso es mejor pecar por él que por defecto. Resulta conveniente en este caso pensar también muy bien lo lugares y momento en los que esos mensajes llegan, un mensaje de texto que recuerda sobre la conveniencia del distanciamiento físico puede ser más pertinente un viernes en la tarde, que un miércoles en la mañana.

Finalmente, todo lo anterior no sirve de mucho si las personas no confían en el enunciador y tienen dudas sobre la veracidad de la información. Las acciones y la información de la organización sobre el manejo de la pandemia y las medidas tomadas deben ser tan transparentes como sea posible y conveniente. En esto es clave señalar que no solo el Estado tiene esta responsabilidad de contar lo que hace y las organizaciones privadas también pueden ver beneficios en contarle a sus empleados y colaboradores lo que están haciendo. Es probable que las personas se sienten mucho más inclinadas a seguir las instrucciones de una institución en quién confían que una para la que tienen reservas.

Ahora bien, entiendo que todo lo anterior son generalidades y que en ocasiones el paso que termina faltando en este tipo de escenarios es el momento en que podemos definir acciones específicas.  Al respecto, el Centro de Análisis Político y la Maestría en estudios del comportamiento de la Universidad EAFIT está poniendo a sus profesores e investigadores al servicio de quién los necesite, en la convocatoria de su primer Consultorio Abierto. Si su organización (grande o pequeña, pública o privada) tiene necesidad de diseñar y poner en práctica acciones que promuevan el cuidado propio y mutuo en esta coyuntura, pueden aplicar en este enlace y acercarse a la posibilidad de tener una sesión de asesoría.

Entre todos tenemos que pensar en las mejores maneras de abordar estos desafíos; encontrar y unir todo el conocimiento a disposición para que la reapertura no nos supere y evitemos tener que regresar al encierro.

Recuperar el exterior

Uno de los famosos refugios nucleares de la Guerra Fría.

Por estos días me resulta imposible sacarme de la cabeza la idea de los refugios nucleares que durante los años cincuenta y sesenta se construyeron en Estados Unidos y que fueron tan populares como la solución para proteger a la población estadounidense en el caso de una guerra nuclear con la Unión Soviética. Su versión más elaborada no solo pretendía salvar las vidas que acabarían las explosiones, sino, proveer un hogar subterráneo para que miles de supervivientes pudieran hibernar mientras pasaba el invierno nuclear que se esperaba en este escenario apocalíptico. Estas personas regresarían a la superficie luego de años de encierro, a encontrar un mundo devastado y diferente al que habían dejado y con el objetivo, quizás inocente, de recuperar al menos parte de la vida que habían perdido cuando las bombas empezaron a caer.

Poniendo en cintura el dramatismo (porque obviamente las magnitudes son absolutamente distintas), estos días de reactivación de la vida social, de la actividad económica, de la “normalidad”, dirían algunos, guarda similitudes con ese escenario postapocalíptico que sugerían esos refugios y que, por suerte, evitamos.

En efecto, estos son momentos en los que, para los que evitamos al máximo salir durante estas semanas de cuarentena, y gozamos del privilegio de poder tomar esa decisión, regresar al exterior ha implicado recuperar la luz, el viento, el olor de la vida en movimiento. Ya estamos retornando a nuestras vidas de antes del encierro, al menos a algo parecido. Esto tiene matices, muchos nunca la dejaron y otros ya llevan un par de semanas vagando por ciudades semi desiertas, algo acaso más tenebroso que cuando están solas, como sobrevivientes del fin del mundo.

Sin embargo, hay esperanza en el aire cargado del encierro; vientos de cambio en la descompresión de nuestras casas y apartamentos. En la calle se respira, así sea tras los ocasionalmente sofocantes tapabocas, un aire límpido y aspiracional. Y sobre esto, permítanme cometer un pecado venial que en ocasiones juzgamos con mucha dureza: ser optimista.

Lo que veo de manera individual, colectiva e institucional es un esfuerzo (como suma de muchos esfuerzos) por encontrar soluciones a apremiantes problemas, denunciar injusticias, cambiar la sociedad y superar esta crisis. Los conocimientos de profesores y tecnócratas, la voluntad de directivos y servidores públicos, el compromiso de líderes sociales y voluntarios, acciones colectivas que han permitido conversaciones, reflexiones y acciones que no solo nos están salvando día a día de esta tragedia, nos pueden estar prometiendo cierta renovación para luego de la pandemia.

Ese será el tono y la forma de lo que nos espera, me caben pocas dudas. Puede que en el camino haya duros tropiezos, ya hemos visto muy de cerca la posibilidad de tener que recuperar la dureza de la cuarentena si el contagio así lo exige y también las dificultades económicas y sociales de estos meses de encierro, pero insisto en que por encima de todo esto, se intuye una voluntad y resolución colectiva que solo pueden engendrar los tiempos difíciles.

No hemos superado todo esto, ni muchos menos, y para muchas personas y comunidades, puede que ni siquiera haya pasado lo peor, sin embargo, al asomarnos a tientas detrás de la puerta que tanto estuvo cerrada, duda en el semblante y preocupación en el ceño, sería injusto no reconocer que al golpe de la luz sobre el rostro le cabe un atisbo de esperanza. Y sobre esa pequeña posibilidad podemos empezar a recuperar el exterior, fuera de nuestros pequeños refugios.

Sobre la necesidad de la exploración espacial.

Una emoción que nos regresó a muchos a la niñez rodeó el lanzamiento del cohete Falcon de la misión SpaceX el pasado 30 de mayo. Histórico en tanto el primer cohete de construcción privada que llevaba astronautas a la Estación Espacial Internacional y el primer lanzamiento en casi 8 años que se realizaba desde suelo estadounidense. Pero es innegable que más allá de estas consideraciones, hay algo en los trajes de ciencia ficción de los valientes astronautas, la sala de control de la misión llena de contenido entusiasmo, la plataforma que expulsa vapores y nerviosismo, y el emocionante conteo para el despegue que a muchos nos llena de aventurera alegría. La exploración espacial es probablemente de las empresas humanas más bonitas, emocionantes, esperanzadoras.

Lanzamiento del cohete Falcon de la misión SpaceX.

Ahora, no todos pensamos así. Las redes sociales se plegaron en general al entusiasmo del despegue de la misión SpaceX, pero pudimos ver también revivir de las cenizas de las buenas razones una crítica común a la exploración espacial: su utilidad y “alto costo” respecto a problemas más apremiantes y urgentes de los seres humanos.

Porque siempre que hay un nuevo hito espacial como este se recicla esta crítica común pero descuidada a los esfuerzos de exploración espacial de la humanidad. Según esta idea, los recursos usados para el nuevo cohete, al nuevo trayecto, el experimento novedoso en la Estación Espacial Internacional, la pretensión de volver a la Luna y una eventual misión tripulada a Marte, estarían mejor en algo “útil”, que por qué “con tanta pobreza” en este mundo, nos gastábamos la plata en esas cosas innecesarias.

Este argumento tiene tres problemas. El primero se refiere a lo que se consideraría la facilidad del intercambio de destino del recurso. Es decir, asumir que el tema es tan simple como coger plata de una cosa y usarla para otra. Esto desconoce mucho de la forma cómo los gobiernos, las sociedades y ahora las empresas, definen cómo usan sus recursos y los efectos que el uso de esos recursos tiene sobre otros asuntos. No solo eso, también supone pretender que hay otro montón de usos innecesarios de los recursos comunes que podrían redirigirse a, por ejemplo, el apremiante problema de la pobreza, como el entretenimiento y muchas preocupaciones de investigación científica que no deben tener aplicaciones necesariamente útiles para este problema.

El segundo problema de esta crítica se refiere a la subestimación de los efectos sobre la tecnología y prosperidad económica consecuencia de los desarrollos espaciales. En general este sería el mejor de los argumentos utilitarios de la exploración espacial, pero es que la lista no solo es larga, sino sustancial por los efectos sobre la calidad de vida de las personas de estos desarrollos. Así, las tomografías axiales computalizadas, las luces LED, los sistemas de purificación de agua, la comida congelada y deshidratada, los detectores de humo, las prótesis biónicas, la fórmula para bebes, entre mucho otros, la conforman. Ahora, todo esto supone dejar de lado el conocimiento que hemos ganado sobre nuestro mundo y universo, la exploración del espacio nos ha permitido conocer muchísimo más del planeta que habitamos, su sistema solar y la mecánica del espacio.

Una adenda a este segundo problema tiene que ver con la ciencia y el conocimiento valorado solo por la utilidad económica que produce. Incluso si ignoramos los réditos económicos directos de los desarrollos tecnológicos asociados a la exploración espacial, se podrían justificar en la necesidad humana de conocer más sobre el universo. Siguiendo esa crítica hasta el extremo ¿para qué gastar dinero en observatorios astronómicos, facultares de física, estudios en ingeniería aeroespacial y cualquier otra de las disciplinas que supuestamente no nos ayudan a resolver problemas terrestres?

El tercero es probablemente el menos importante, si se compara con los anteriores, pero no es por eso menos relevante para esta discusión: la posibilidad de inspiración y superación de nuestras limitaciones como humanidad que suponen las misiones espaciales y todo lo que se asocia a su desarrollo. Señalaba el genial divulgador científico Carl Sagan en Cosmos que “la atracción que sentimos por los lugares remotos ha sido moldeada meticulosamente por la selección natural como un elemento esencial para nuestra supervivencia”. Que somos exploradores, necesitados de conocimiento y aventura, inspirador por siempre por nuestra insaciable curiosidad.

Y que de esa necesidad de comprender el mundo está también hecha la humanidad y ese cohete. Y ese cosquilleo en el estómago que nos dio a mucho su despegue.

Aprendizajes de la inesperada virtualidad de clase

Facebook viral alumnos reciben clases virtuales de educacion ...

En muchas universidades del país andamos por estos días finalizando el primer semestre de clases de este año. Ha sido, evidentemente, un semestre atípico, no tanto por la virtualidad, pues muchos profesores y estudiantes hemos tenido experiencias en clases virtuales anteriormente, sino por lo inesperado de la “virtualización” de clases que iniciaron presenciales. Porque en lo repentino y forzoso del cambio radica la causa de la mayoría de las dificultades que ha causado esto. Los contenidos de clase no estaban preparados para ser virtuales y su traducción puede ser un proceso de ensayo y error desgastante y frustrante para todos; pero también asuntos como la falta de equipos y problemas de conexión hicieron de muchas clases un reto enorme.

Todo esto no superaría las dificultades técnicas y pedagógicas de la virtualidad si ignoráramos sus causas. No nos encontramos en las casas por decisión personal o capricho, sino guardándonos (si podemos) de una pandemia, y mientras lo hacemos, el mundo sigue enfrentándose a una crisis como pocas en muchos años. Estar en las casas no ha sido tampoco sencillo, el hogar puede ser muy diferente para todos, desde las consecuencias de salud mental y violencia física que ocurren en algunos contextos, hasta el más silencioso desgaste cotidiano del encierro. La casa no es igual para todos e incluso el más querido de los hogares puede empezar a pesar luego de semanas de cuarentena.

Pero hay aprendizajes bonitos en todo esto. Lo primero es que la distancia pudo en muchos casos aumentar la cercanía entre profesores y estudiantes. Son muchas las historias de colegas que pudieron conocer mejor a sus estudiantes (y viceversa) resolviendo los líos asociados a esta coyuntura. Esto también puede ocurrir en las clases presenciales por encima de la crisis, pero es bastante evidente que las circunstancias difíciles de estos momentos permitieron conexiones que hubieran sido improbables en otro contexto, casi innecesarias.

Lo segundo es la creatividad. Esto parece obvio, pero no podemos subestimar la tendencia a acomodarse a formas tradicionales de dar clase que implica la presencialidad. Esto puede pasar sobre todo en clases magistrales y teóricas en las que el margen de maniobra para la innovación es bajo, pero en donde incluso el profesor más bien intencionado puede empezar a estancarse en las maneras como aborda los temas de clase. La virtualidad forzada, en una lógica parecida a la destrucción creativa de Schumpeter, nos obligó a muchos a buscar alternativas de contenido, pedagogía y sobre todo, evaluación. Y esa búsqueda pudo tener varios descaches, como en todo proceso de cambio, pero también estuvo lleno de aciertos, de buenas ideas para clase.

Les comparto dos de esos buenos descubrimientos de mis propias clases. Ambas en el curso de Teoría del Desarrollo que ven estudiantes de Comunicación Social y Ciencias Políticas de la Universidad EAFIT. El primero fue un taller para aplicar la herramienta de diseño de intervención comportamental EAST del Behavioral Insight Team luego de leer el Informe de Desarrollo del Banco Mundial de 2015 “Mente, sociedad y conducta”. La idea era que los estudiantes diseñaran propuestas de intervención conductual para ayudar a que promover hábitos de cuidado durante la pandemia del COVID-19. De ese ejercicio salieron ideas realmente buenas sobre el tema, desde mercados preseleccionados en los supermercados y carros de mercado ajustados para reducir el acaparamiento de los primeros días de la crisis, hasta estrategias de comunicación y recolección de datos ciudadanos para aumentar el lavado de manos.

El segundo ejercicio fue un relato distópico corto para revisar los problemas y teorías del desarrollo vistos en clase. Hicimos un taller de literatura de ciencia ficción distópica y ya por estos días estoy recibiendo entregas muy interesantes sobre aventuras en mundos paralelos, futuros desconocidos y frente a tecnologías tenebrosas que ponen de manifiesto los líos de desigualdad, autoritarismo, pobreza y degradación medioambiental de nuestros días.

Ninguna de estas dos entregas dependía necesariamente de la virtualidad (bien podrían haberse hecho en clases presenciales), pero la necesidad de encontrar otras formas de acercarnos a los temas nos llevó a profesores y estudiantes a adelantarlos. Y estas son solo dos de mis experiencias, que, además, soy poco hábil en herramientas digitales, hay muchísimas buenas ideas pedagógicas de profes que conozco y que vieron en esta coyuntura una oportunidad de mejorar sus cursos.

El último aprendizaje tuvo como escenario la docencia, pero la ha superado. Estos han sido días de recordar algo que, reconozco, podemos olvidar de manera injusta: la distribución desigual de privilegios sociales. No son solo económicos, aunque en su mayoría se acompañan. Tener un empleo formal y “teletrabajable”, en una empresa u organización que haya hecho los enormes esfuerzos posibles para mantener la nómina; las dinámicas del hogar, la casa misma, como espacio físico, las certezas medias de un futuro no tan malo. Las clases de este semestre, sobre todo cuando debimos abordar muchos líos que enfrentaron algunos estudiantes por sus circunstancias vitales, insisten en las diferencias marcadas, injustas y vergonzosas que señalan las costuras desgastadas de nuestra sociedad.

Señalar estos tres aprendizajes no buscan, ni mucho menos, quitarle importancia a todos los problemas que esta tragedia nos está significando en pérdida de vidas, prosperidad y tranquilidad, pero creo que es posible hacer ambas cosas: reconocer sus consecuencias terribles y encontrar resquicios de esperanza en los tiempos extraordinarios que nos ha tocado vivir.

El mundo a través de mi lente.

Cómo se ven las fotos con los diferentes tipos de lentes? | Crehana MX

Desde los veinte años tengo miopía. Nunca fui capaz de usar lentes de contacto y por eso, las gafas que uso son tan parte de mi vida cotidiana como cualquier otra parte de mi cuerpo, quitármelas es lo último que hago antes de dormirme y ponérmelas, lo primero al abrir lo ojos. Sin ellas, el mundo es un paisaje turbio y amorfo, como intentar ver debajo del agua en un lago agitado. Mis gafas me permiten ver una versión de mundo donde las líneas son claras y las distancias calculables. Dependo tanto de ellas que en ocasiones no puedo evitar imaginar si no las tuviera, si estuviera condenado a ver el mundo por el turbio velo de mis retinas desgastadas. Mis gafas son la ventana a mi realidad, los lentes con los que puedo ver el mundo.

Pero la miopía, o el astigmatismo o la presbicia, no son las únicas limitaciones de nuestra visión de la realidad. Todos estamos condicionados por las lentes de nuestra racionalidad limitada para entender el mundo y muchas de nuestras ideas, impresiones, percepciones y valores suelen ser representaciones de estos sesgos, heurísticas y reglas que configuran el tamiz, casi siempre inconsciente, por el que pasa la información que recibimos.

Uno de los temas en los que nuestra racionalidad limitada puede tener consecuencias más complicadas es sobre nuestras ideas políticas y sobre los políticos. En su libro “La mente de los justos”, Jonathan Haidt señala la influencia que la disonancia cognitiva y la disposición evolutiva que tenemos a organizarnos en grupos y desarrollar lealtades grupales que reafirman nuestra identidad, tiene sobre la dificultad para nuestras cabezas de aceptar argumentos contrarios a nuestra ideas iniciales o identidades ideológicas.

Pero no son, ni de lejos, nuestras únicas limitaciones. El sicólogo comportamental Daniel Kahneman y su colega Amos Tversy dedicaron su carrera académica (y por esto el primero recibió un nobel de economía) a identificar los diferentes atajos mentales que nuestra mente realiza para evitar verse enfrascada en ineficientes cavilaciones y razonamientos en la vida diaria. Richard Thaler y Cass Sunstein retomaron buena parte de estas lecciones para su popular libro “Nudge”, sobre las maneras en que se podía ajustar la manera como tomamos decisiones con pequeños ajustes a condiciones, marcos y señales que nos llega con la información. Todo esto en el entendido que nuestro cerebro es mucho más influenciable de lo que nos gustaría a la hora de tomar decisiones y señalar cursos de acción de lo que por demás, pueden ser importantes momentos de nuestras vidas.

En “¿Por qué hacemos lo que hacemos?” otro psicólogo conductual, John Bargh, recoge otro ingrediente en esta mezcla de elementos prestos a obligarnos humildad: el inconsciente. Bargh señala que el pasado, como nuestras herencias evolutivas y las experiencias vitales (por tempranas que sean), el presente, como el contexto físico y las normas sociales, y el futuro, como nuestros objetivos y deseos, pueden ejercer una influencia tremenda sobre nuestras decisiones sin que siquiera nos demos cuenta.

A la luz de todo esto quizás una de las acciones de mayor responsabilidad que podríamos tomar de manera personal y colectiva es reconocer (e intentar no olvidar) nuestras propias limitaciones; nunca sacarnos de la cabeza que tenemos nuestra propia lente puesta y que la información que recibimos, lo que nos dicen y lo que vemos, entra a nuestra cabeza deformado por su prisma. Que nos podemos equivocar, que los otros pueden tener la razón.

Ahora, este reconocimiento de falibilidad puede no resultar popular en estos tiempos en que se espera y enarbola una especie de extraña autosuficiencia. Políticos, líderes de opinión, gerentes y todos los demás, nos paseamos por el mundo evitando reconocer los más mínimos errores o la posibilidad de que no seamos justos, ecuánimes y neutrales al tomar decisiones y dar discusiones. Esto no solo lleva a errores constantes en las decisiones de personas, organizaciones y Estados, también a la estancación y somnolencia de las discusiones que no llevan a nada porque nadie da su brazo a torcer o las que se evitan por considerase inútiles.

Todo esto podría evitarse o al menos ponerse bajo un razonable control, si en un único acto de humildad, nos preocupamos por reconocer la posibilidad de la duda; el reconocimiento de nuestros límites, la influencia de nuestra lente.

Normas, excesos y los límites del cumplimiento.

Habrá puestos de control con Policía y Ejército para cumplimiento ...
El transporte público, escenario especial del control de la pandemia.

Las últimas semanas han sido no solo los tiempos de la pandemia, sino, la de las normatividades de emergencia. A las disposiciones del Gobierno Nacional se suman, según municipios y departamento, las de Alcaldías y Gobernaciones; cuarentenas, toques de queda, distancias, excepciones y formas de uso de tapabocas diferenciadas por ideas, evidencias y en ocasiones, caprichos de los gobernantes.

No es decir que buena parte de las limitaciones que tenemos actualmente en Colombia no sean necesarias, lo son. Lo que sabemos del virus sigue manteniendo que la distancia entre personas es la mejor manera de, al menos, ralentizar el ritmo de contagio y hacer más manejable y menos mortal la pandemia. Pero también hay que reconocer que el COVID-19 pone de manifiesto problemas subyacentes en los sistemas políticos y económicas de los países y que en el nuestro ha dado algo de combustible al viejo vicio de confiar demasiado en las normas (sobre todo las duras y las complicadas) para resolver todos los problemas. La panacea leguleya.

Mauricio García Villegas, que ha estudiado el cumplimiento de las normas en libros como “Normas de papel” o “El Orden de la Libertad”, ha señalado siempre, con mucha sensatez, dos de los problemas más comunes del legalismo colombiano. El primero se refiere a las limitaciones que tiene un Estado con diferenciados niveles de control y presencia en su territorio para hacer cumplir las normas. El segundo, los problemas de legitimidad que son comunes a estas disposiciones y a las autoridades que las tiene que hacer cumplir, sobre todo, cuando las normas son implementadas de forma diferenciada y en ocasiones, con excesos de fuerza innecesarios.

Estos dos problemas colombianos (aunque en general, latinoamericanos) son importantes porque el cumplimiento de las normas se puede asociar a tres elementos principalmente: la legitimidad que reconozcamos en la norma y quién la dicta, el cálculo de conveniencia sobre cumplir, incumplir y sus consecuencias sobre nosotros, y el hecho de que la norma esté alineada con una expectativa colectiva o individual de comportamiento, esto es, una norma social, una costumbre o una regla moral.

En muchas ocasiones, los excesos normativos llevan a incentivar el incumplimiento de esas mismas normas. Las autoridades deben ser razonables al establecer reglas de juego, evitar al máximo el legalismo, en tanto dureza de las normas y dificultades y trabas para acceder a sus beneficios. La incapacidad de aguantarse la necesidad de parecer duros, técnicos y tecnológicos lleva en ocasiones a decretar disposiciones que hagan que las personas se vean casi obligadas a incumplir.

Ahora, esto también es un problema. El goteo incesante de pequeños incumplimientos, personas trotando a la hora que no se permite; una conversación entre vecinos en la puerta de la casa, en la acera luego, en medio de la calle al final; una mercada de pico y cédula que alarga bastante su recorrido, que incluye una visita familiar o a un amigo. Poco a poco desgastan las normas y disposiciones de la cuarentena, son las filtraciones de la presa a punto de reventarse. La labor del Estado no es solo la de forzar el cumplimiento de estas normas, también la de decidir con razonabilidad y sensatez hasta donde dobla el brazo, hasta donde aguantan las limitaciones de su aparato y las necesidades y percepciones de las personas.

Porque las normas necesitan también estar acompañas de amenazas creíbles. Otro problema de prohibir o regular un imposible es que su misma pretensión socava sus perspectivas de efectividad. Pero también porque entender a la regulación como principal instrumento de intervención de la realidad, nos condena a ver la coerción y su amenaza como escape facilista a los retos de movilizar a los ciudadanos, deja de lado todo el repertorio que tiene el Estado (y los líderes políticos y sociales) de invitar a los ciudadanos desde compromisos de corresponsabilidad, las peticiones razonables de autocuidado y los programas inteligentes de cultura ciudadana.

Las normas por sí solas (y en particular si son intransigentes y complicadas), nos han demostrados doscientos años de amplias legislaciones y poco cumplimiento en Colombia, nunca serán suficientes.

Comunicación, comportamiento y cultura ciudadana.

cuarentena-medellin

Lo que vemos, leemos y escuchamos influye en nuestro comportamiento. Esta afirmación puede resultar bastante obvia para muchos, pero en ocasiones parece que olvidamos o decidimos ignorar estas verdades intuitivas que todos compartimos. Ahora, más allá de que pensemos que esto es cierto, hay muy buena evidencia sobre el efecto directo y potente que puede tener la manera como se nos presenta información en los momentos en los que tomamos decisiones, desde las más cotidianas e irrelevantes, como la marca de jabón de ropa que compramos, hasta las más relevantes y complejas, como por quién votamos en una elección presidencial.

Hay tres fenómenos conductuales que explican buena parte de la relación entre comunicación y comportamiento y que pueden dar buenas pistas sobre agendas de cultura ciudadana por estos tiempos en que los cambios sociales y conductuales se han vuelto tan relevantes en la agenda pública.

El primero es denominado por la sicología conductual como “primado” (priming). Supone la influencia que poner una idea en la cabeza de las personas antes de que tomen una decisión puede tener sobre ésta. El Informe de Desarrollo de 2005 “Mente, Sociedad y Conducta” del Banco Mundial reproduce un ejemplo de un experimento adelantado en la India en el que recordarle la casta a la que pertenecía a un grupo de estudiantes llevaba a que los estudiantes de castas más altas tuvieran mejores desempeños en pruebas de matemáticas y los de menos castas, peores desempeños, respecto a un grupo de control que solo debía realizar la prueba.

El segundo es la influencia social. El sicólogo Solomon Asch realizó muchos experimentos sobre este fenómeno y hay muchas aproximaciones de sicología social para entender la manera como nuestros comportamientos afectan los de las demás personas. En esencia, la evidencia nos señala que nuestro comportamiento se encuentra inconscientemente delimitado por nuestra percepción, conocimiento y experiencia con el comportamiento de los otros. Si creemos o vemos que muchos hacen algo (y que ese algo parece “lo normal”), es más probable que ese sea nuestro propio comportamiento.

El tercero son las normas sociales. Cristina Bicchieri señala que las normas sociales explican los comportamientos en los que las personas creemos que son generalizados y que serán regulados por nuestros pares si no los seguimos. Mejor dicho, los comportamientos delimitados por normas sociales son los que tenemos porque creemos que mucha gente los tiene y pensamos que, si no los tenemos, habrá alguna consecuencia social sobre ese incumplimiento. Las normas sociales se suelen construir y reforzar por lo que pensamos de los demás, pues pocas veces es posible tener información exacta sobre el comportamiento en la vida real.

Ahora, entendiendo los mecanismos por medio de los cuales se concreta esa relación entre la forma e información que recibimos y nuestro comportamiento, vale la pena estar atento de los momentos en que la comunicación, buscando que las personas tengan un comportamiento A o no tengan un comportamiento B, terminan incentivando ese mismo comportamiento B. La crisis del COVID-19 nos ha presentado con varios ejemplos en que gobiernos y medios de comunicación han cometido este error de enmarque en sus comunicaciones. Un reciente ejemplo es esta nota del periódico El Colombiano de Medellín, “37 desacatos por hora a encierro en el Valle de Aburrá”.

Aunque la labor principal de los medios no es la resolución de problemas colectivos, es probable que los mismos autores y editores del texto pretendan que su título y artículo funcionen como disuasión para los incumplidores; la indignación y denuncia como fuente de posible modificación de conducta es bastante popular. Sin embargo, es más probable que las noticias de lo que, parece ser, es un incumplimiento generalizado de las medidas de cuarentena tengan el efecto contrario, en tanto pueden “primar” sobre el comportamiento señalado y afectar la percepción de cumplimiento de los otros.

Lo más frustrante de casos como este es que la información disponible y la realidad del problema la mayoría de las veces permiten una construcción titular y enmarque de la noticia diferentes. Ese “37 desacatos por hora” del titular es la división del tiempo de cuarentena por las 28.000 multas que se han puesto en el Valle de Aburrá. Ambos datos vistos sin contexto parecen muy altos, pero ¿qué representa eso en toda la población de los diez municipios de esta zona? Uno también podría titular esto diciendo que solo al 0,76% de la población del Valle de Aburrá le han puesto un comparendo, o que al 99,2% no le han puesto comparendos durante la cuarentena.

Este cambio de marco en la noticia no solo puede tener efectos más positivos sobre los comportamientos que, todos asumimos, son socialmente convenientes en este momento, sino que resultan incluso más justos con lo que a todas luces ha sido un cumplimiento generalmente juicioso de las medidas de cuarentena en las ciudades del Valle de Aburrá. Tener presente la posible influencia en los comportamientos de la manera como contamos las cosas, sean gobierno, medios de comunicación o incluso, personas de a pie, puede ayudar muchísimo a alcanzar objetivos comunes.

La clave es no subestimar la influencia de una nota, un título o una redacción y, en tanto haya oportunidades para mejorar el desempeño de las personas en situaciones a todas luces complejas, no dejarlas pasar por la tentación de un titular llamativo o una indignación pasajera.

¿Qué haría Marco Aurelio?

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Emperador y filósofo, Marco Aurelio.

Las últimas semanas de pandemia han visto la constante referencia al “estoicismo” necesario para sobrellevar estos difíciles tiempos. Encierro, enfermedad y muerte despiertan miedos en todos nosotros que parecen superar la tranquilidad, que rondan siempre la vida, pero cuya cercanía nunca se vuelve cómoda. Algunos artículos y columnas han rescatado las ideas de varios filósofos griegos y romanos, recogidos bajo una misma escuela, para referenciar la manera de asumir los sacrificios que las circunstancias actuales nos imponen.

El primer estoico, fundador de la escuela, fue Zenón de Citio, un comerciante que luego de conocer de la vida de Sócrates en Atenas quiso saber “dónde se congregaban hombres cómo aquel”, se hizo discípulo de un filósofo cínico que frecuentaba la Academia e inició un tardío ejercicio filosófico. Sus ideas principales, que le sobrevivieron sin muchos cambios durante los casi quinientos años en los que la escuela estoica influenció el mundo antiguo, se podrían resumir en tres grandes principios.

El primero se refiere a que el mayor bien, el que deben perseguir los sabios, es la virtud y que todo lo demás les debe ser indiferentes. Ahora, para los estoicos la virtud se veía representada en lo que podría entenderse como el segundo principio, la disposición a vivir conforme a la naturaleza y al logos, es decir, a lo que los estoicos nombraban la razón universal. Esa concordancia dependía, sobre todo, de seguir el tercer principio, la comprensión y aplicación de la dicotomía del control, que señala las cosas que controlamos, las que no y cómo actuar ante ambas.

Probablemente sea alrededor de esta dicotomía que han surgido algunas de las reducciones injustas respecto a actuar o pensar “como un estoico” y a ese mito de los estoicos como atormentados y ascéticos sabios de barba blanca que aguantan todos los males sin decir o no hacer nada. La desgraciada, pero llevada de forma resignada no es el ideal estoico y aunque en el pensamiento de su escuela hay algún nivel de admiración sobre esto, no es ni mucho menos una filosofía sobre el sacrificio irracional o la resignación absoluta.

Al contrario, los estoicos valoraban sacar satisfacción de las cosas sencillas y no apegarse a los bienes externos; esto supone ver la felicidad como la comprensión simple de la vida que nos ha tocado a suertes, las cosas que podemos y no podemos cambiar y la influencia absoluta de la naturaleza del Universo en todo esto. De esta forma, los sabios se deben preocupar por asumir lo que les llegue, con habilidad y diligencia. En tanto no es su potestad definir qué les llega, ni cuándo, deben concentrarse en lo que sí pueden controlar, el cómo.

De esta forma, los estoicos plantean que hay tres tipos de sucesos en la vida de las personas: aquellos que controlamos totalmente, aquellos que controlamos parcialmente (o que podemos influenciar en alguna medida) y aquellos que no controlamos.

Imaginen que al revisar el pronóstico del tiempo se dan cuenta que mañana lloverá. La primera decisión que pueden tomar es levantarse temprano previendo el difícil tráfico que seguramente retrasará su transporte matutino. Esa decisión es una prerrogativa personal y en efecto, no dependió de nadie más (o de nada más) que de nosotros mismos. Está, como dirían los estoicos, bajo nuestro control.

La segunda disposición sería poner la alarma del despertador para levantarnos temprano. Si al día siguiente logramos levantarnos temprano o no, puede verse influenciado por otras disposiciones o circunstancias, como pasar una buena noche o incluso, que la alarma funcione correctamente. Aunque tenemos un buen grado de control sobre esto, no depende exclusivamente de nosotros. Finalmente, aunque queramos o no, hagamos una danza del agua o enterremos tenedores en el suelo, el hecho de que mañana llueva o no, no depende en ninguna medida de nosotros. Al respecto, Epicteto, uno de los estoicos griegos más influyentes de la escuela, señalaba que debemos hacer lo mejor con las cosas que están en nuestro control, y tomar el resto como nos lo disponga la naturaleza.

Como decía anteriormente, el estoicismo ha sido caricaturizado en muchas ocasiones como resignación obediente a los eventos que pasan en la vida. Pero esto es incorrecto. “Actuar conforme a la naturaleza” como señalan los estoicos busca que, frente a situaciones que no están bajo nuestro control, las personas no hagamos cosas que nos hagan perder la tranquilidad (el valor más alto que dan los estoicos a la vida). Así, si mañana va a llover, tomamos las precauciones como levantarnos temprano y establecer la alarma para despertarnos. Si mañana va a llover, al salir a la calle, sacamos una sombrilla. Poco más.

Probablemente el más célebre de los pensadores estoicos sea el emperador Marco Aurelio, que gobernó el imperio romano entre el año 161 y el 180 de nuestra era. Sus escritos se recogen también en un popular libro, uno que ha introducido a muchas personas en el pensamiento estoico, “Meditaciones”. El texto reúne las ideas dispersas y cotidianas del emperador en varios momentos de su vida y nos da una visión humana de las reflexiones de un estoico, sobre todo, al ver las dificultades que el mismo emperador confiesa a la hora de vivir a la altura de expectativas tan altas.

Uno de los elementos más bonitos de las ideas de “Meditaciones” y que se encuentra en el pensamiento de otros filósofos estoicos, es el del cosmopolitanismo. En efecto, a diferencia de muchas personas en su época (y muchas en las nuestra) los estoicos recelaban de las tribus, nacionalidades e identidades excluyentes de las personas. Hierocles, otro estoico griego, definió la idea estoica del cosmopolitanismo en sus círculos concéntricos de la “preocupación”. Los círculos van desde los más cerrados y próximos con nuestra familia, siguiendo conciudadanos, luego compatriotas y al final toda la humanidad. La idea del estoicismo es tratar a todas las personas de esos círculos, por alejados que sean, como a la familia.

En este sentido, los estoicos señalaban que, si todas las personas estamos en función del logos, la razón universal, eso nos convierte en iguales ante la naturaleza y que, por tanto, la patria de los sabios es el cosmos y sus compatriotas, la humanidad. Esto es fundamental porque da paso a una ética de la solidaridad universal, al respecto, Crísipo de Solos, un estoico griego más, señalaba que, si alcanzar la virtud incluía la beneficencia, es decir, la virtud de ayudar a los demás, y si la beneficencia es una especia de justicia, que es la virtud social más importante, ser virtuoso depende de que ayudemos a los otros. Una dicha.

Quizás sea por eso, por sus ideas sobre cómo sobrellevar situaciones que parecen superarnos usando la razón y la dicotomía del control y la esperanza de un mundo en el que todos seamos compatriotas, en que la solidaridad sea virtud superior, por lo que resuenan tanto por estos días los estoicos. De hecho, Marco Aurelio decía que los hombres han nacido los unos para los otros y que considerando lo corta que es la vida, siempre que se pueda, ha que procurar ser bueno con los demás.

Y que, por ahora, para muchos que buscan un poco de fuerza para sobrellevar todo esto, eso pueda resultar de ayuda.

Un pequeño empujón a la solidaridad

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La Cruz Roja colombiana siempre será una buena alternativa para donar. Aquí encuentran más información.

Las últimas semanas nos han puesto de manifiesto algo que no debemos olvidar: nuestra disposición, la de todos, a ayudar a los demás, a ayudarnos unos a otros, a ayudarnos para superar lo que, a todas luces, y a cada momento que pasa, se está convirtiendo en una situación desesperada. En Medellín esa disposición pudo recoger unos catorce mil millones de pesos y en Bogotá más de cincuenta mil en sendos teletones de días pasados. Estas expresiones más grandilocuentes de la solidaridad solo se suman a formas más pequeñas y cotidianas del altruismo. Creo que la verdadera gran prueba de que estamos predispuestos para preocuparnos por otros son los cientos de iniciativas sociales, muy organizadas o absolutamente espontaneas, que han empezado a recoger donaciones en dinero, suministros y comida para ayudar a todos los que pasan por momentos difíciles por culpa de la cuarentena del COVID-19.

Ahora bien, la solidaridad es una disposición prosocial, es decir, que tiene efectos positivos sobre los grupos sociales, y puede ocurrir, sobre todo respecto a donaciones como de las que estamos hablando, de forma impulsiva o deliberada. En la primera, ocurre cuando vemos o conocemos de algo que nos estimula de manera emocional a realizar la donación. En la segunda, calculamos, revisamos opciones y tomamos una decisión que creemos informada sobre cómo, a quién y cuánto donar. Ambas son prosociales.

Estas iniciativas particulares y grupales, nacidas de esta crisis, para ayudar a otros han sido respondidas con probablemente las expresiones de solidaridad más grandes de las que tengamos memoria. Millones de personas han donado lo que tienen, les sobra o les falta, para que otros tengan, al menos, comida sobre sus mesas. Pero por grande que sea esa solidaridad, siempre hará falta y no solo eso, los aprendizajes de cómo canalizar ese sentimiento moral pueden ser muy relevantes para las agendas de altruismo para después de la pandemia.

Así las cosas ¿cómo aumentamos las donaciones?

La economía del comportamiento tiene algunas pistas. En efecto, hay bastante evidencia sobre cómo ciertos ajustes en la manera en que se presenta la información y en particular, se permite que la gente done, puede activar positivamente el impulso de hacerlo, sobre todo, cuando hablamos de la solidaridad impulsiva.

Lo primero parece obvio, pero no por eso es menos relevante: hay que facilitar la manera como la gente puede donar a una causa. Ahora, si hacen parte de una iniciativa comunitaria o particular, esa facilidad debe mantener algunos visos de formalidad, porque de lo contrario puede producir desconfianza. Ese equilibrio entre sencillez y estructura es clave para que la gente evite recurrir a excusas de dificultad para dejar de lado su motivación para donar.

Lo segundo tiene que ver con la retroalimentación inmediata de la acción. Las acciones altruistas otorgan recompensas internas y externas a las personas. Las primeras los hacen sentir bien consigo mismo porque su acción activa su conciencia moral, las segundas, porque les permiten sentir o recibir reconocimiento de parte de sus pares. Ambos incentivos son poderosísimos; a todos nos gusta sentir que somos buenas personas y saber que los demás creen que lo somos. Esto se puede hacer fácilmente con agradecimientos, fotos o videos personalizados. Lo importante es que esa recompensa simbólica llegue tan rápido y sea tan clara como sea posible para el donante.

Una tercera opción es apelar a las normas sociales. Las personas nos comportamos en muchos escenarios de acuerdo con como creemos que los demás lo están haciendo y esperan que nosotros lo hagamos. Sobre todo, aquellos que consideramos “los nuestros”, nuestros pares, ya sean amigos, compañeros de estudio o trabajo, o conciudadanos. Aquí la clave es la posibilidad de compararnos con los demás, esto puede funcionar respecto a información sobre las donaciones totales recibidas (algo que es bastante común en estas iniciativas), pero funcionaría mejor si fuera posible determinar y señalar quiénes o de dónde han donado. Al usar normas sociales, la clave es la identificación de la persona con los otros, que pueda ver que “otros como él” lo han hecho. Pedir a quienes donan a una iniciativa que recomienden su organización o iniciativa solidaria puede ayudar a señalar la norma social y generar confianza sobre la donación al mismo tiempo.

Finalmente, hay que hacerlo personal, anecdótico y relacionable. Varios estudios han encontrado que las donaciones aumentan cuando las personas pueden conocer relatos reales e individuales de quienes recibirían la donación. Esto es complejo porque supone mucho tacto para evitar explotar las dificultades de las personas o usar el pesar más asociado a la caridad que a la solidaridad.  Por eso es solo recomendable si, primero, hay muy buena voluntad y cuidado sobre el daño en quienes participarían, y segundo, si lo que sale es producido de manera evite estos problemas de fondo.

Ninguna de estas ideas desconoce, sin embargo, que la solidaridad sea un atributo natural de los seres humanos. Es más, si no fuera sencillo activarlo, pocas de ellas funcionarían. Pero las personas podemos sufrir de fallos de contexto o sesgos propios que nos dificultan seguir la intención inicial de ayudar a los demás. Estos pequeños empujones pueden mejorar nuestra disposición al altruismo y en el camino, servir de gran apoyo a quienes adelantan estas iniciativas y a quienes, al final, reciben por medio de las donaciones la manera se seguir sobrellevando esta tragedia colectiva de los últimos meses.