El pasado 17 de julio estuve presentando una ponencia sobre el proceso de transformación cultural adelantado en la ciudad de Medellín en el marco de la estrategia «Medellín está llena de Ciudadanos Como Vos» en el módulo «El rol de los medios de comunicación y Behavioral Insights» de el programa de Educación Superior en Adicciones de la Universidad Provincial de Córdoba (Mi intervención inicia en la 1:04:00).
Preguntas y comentarios
Viejas y nuevas palabras.

El mundo está patas arriba. Una pandemia recorre las calles desiertas (más o menos desiertas, realmente), la economía mundial hace agua y las personas enfrentan problemas nuevos y viejos; la bien conocida hambre, la nueva molestia de las reuniones en Teams. El mundo se revuelca en sus tragedias pendientes y se reconforta con sus ideas sobre el futuro, sobre el presente, sobre la posibilidad de que la incertidumbre nos sea propicia, que la suerte nos acompañe. En el medio, las palabras nos traen consuelo. Consuelo y lugar común, porque el mundo, como siempre, está patas arriba.
Probablemente la más infame de las palabras de la pandemia sea “reinvención”. Columnistas, académicos, periodistas, tuiteros y los inevitables “coach” la usan para hablar de “crisis como oportunidad”, de la posibilidad de que de todo esto salgan cosas nuevas, buenas, que de los meses de encierro se monten nuevos negocios, nuevas personas, nuevas vidas sobre las que se fueron entre ahogos en las repletas UCIs. La reinvención puede ser injusta para los muchos que no la están pasando tan bien por estos días; los privilegiados podemos encontrar otras maneras de hacer pan en la casa, pero supongo que a lo que realmente podemos aspirar todos es al aprendizaje. Y a reivindicar nuestra capacidad para resolver pequeños problemas de todos los días. Esos aprendizajes cotidianos van desde establecer mecanismos de “bioseguridad” hogareña, distribuir las responsabilidades del cuidado para poder trabajar y reconocer nuestra propia efectividad para cuidarnos. También se refieren a la comprensión de la vida que nos rodea, a la organización para ayudar a otros, la disposición para movilizarnos (incluso sin hacerlo físicamente) para defender nuestras vidas.
La segunda palabra era popular antes de la pandemia, pero ha regresado a las publicaciones de redes sociales con fuerza por estos días: la empatía. Es una palabra muy bella y debo arrancar por reconocer que la uso bastante. Pero su excesiva popularidad ha enredado un poco su significado y ya hasta hace eco de los llamados vacíos a “ponerse en los zapatos del otro”. Esa acción, tan importante, también puede configurarse en el primer paso del estancamiento de la acción. Entender, de pronto, pero poco más. La injusticia como dolor de estómago. En ese sentido, el biólogo evolutivo Edward Wilson hace una distinción entre “empatía” y “simpatía” absolutamente relevante:
La empatía, la inteligencia para leer los sentimientos de los demás y predecir sus acciones, no es lo mismo que la simpatía, la preocupación emocional que se siente por el apuro de otro combinada con un deseo de proporcionar ayuda y asistencia. Sin embargo, está muy relacionada con la simpatía, y condujo a la simpatía en el decurso de la evolución humana.
El origen de la creatividad, 2018 p. 22.
¿Y qué tal lo resilientes que somos? De nuevo, un término lleno de significado, pero que la costumbre y la insistencia le han quitado mucho de su valor. La resiliencia, además, parece hacer eco de la reinvención, de la posibilidad no solo de aguantar todo esto, de sobrevivirlo, sino de sacar algo de las dificultades; inspiración que llega con el hambre. Lo rescatable en esta coyuntura puede estar en reconocer nuestra posibilidad de adaptarnos rápidamente, con sus tragedias incluidas, a las vueltas inesperadas de la fortuna. La posibilidad del cambio, no la certeza de que lo aguantaremos.
Finalmente, la solidaridad. Las personas señalan el altruismo y la caridad, disposiciones a ayudar a otros en dificultades. Más que otra palabra, recordar y tener en la cabeza esta definición de Cayetano Betancur que amplía el alcance moral de la solidaridad que supera la ayuda por pesar o culpa. En “Las virtudes sociales” el filósofo colombiano hace un repaso por las valoraciones morales más importantes de la vida en sociedad; es un diálogo muy bonito que todos deberíamos leer, decía Betancur que “por solidaridad nos sentimos corresponsables en relación con nuestros semejantes”. Por su situación y su suerte, por cómo están y cómo estarán.
Aprendizajes cotidianos, simpatía, adaptabilidad y solidaridad. Porque las palabras también se desgastan y el mundo, como nunca, está patas arriba.
Artículo «Minería aurífera informal e imposición de arreglos institucionales incumplidores: análisis institucional del caso de Buriticá, Antioquia, en 2009-2014»

Sobre la cuesta de una montaña, ramificación de la cordillera occidental, se incrusta el municipio antioqueño de Burticá. De vocación agrícola y durante toda su historia, tímidamente minero, el aumento del precio del oro luego de la crisis económica mundial de 2008, llevó a cientos de mineros informales del nordeste antioqueño y el norte de Caldas, llegaran a sus cuestas con maquinaria, explosivos y cambuches a explotar las riquezas concedidas a la empresa canadiense Continental Gold. Esta migración masiva (el municipio pasó de tener unos seis mil habitantes en su casco urbano a casi el doble en cuestión de un par de años) trajo también muchos probelmas de orden público y un choque de maneras de ejercer la minería.
Por décadas, la minería de Buriticá se había ejercido de forma artesanal cuando no por la mina de Continental Gold. Los mineros informales del municipio usaban técnicas de «barequeo» y tenían en general una buena relación con la empresa y el gobierno municipal. Los migrantes que llegaron en 2009 eran diferentes, sus técnicas de explotación eran más tecnificadas y utilizaban maquinaria, socavones y explosivos. Pero su «técnica mientras informal» superaba los asuntos de forma, también incluía una desconfianza sustancial por el Estado, sus leyes y las empresas extranjeras que en general, han ganado las concesiones mineras en Colombia. Este choque de reglas de juego, esta competencia de arreglos institucionales, delimitó buena parte de los conflictos del municipio durante los últimos diez años y en particular, entre el 2009 y el 2014, año en el que la Gobernación de Antioquia y el Gobierno Nacional decidieron desalojar buena parte de los campamentos y minas de los informales en un operativo.
Este artículo recoge algunos elementos de esta historia y sobre todo, un análisis de la dinámica institucional que vivió el municipio cuando dos formas de hacer las cosas, de ver el mundo, se enfrentaron en el marco de la llegada de los mineros informales de fuera del municipio a Buriticá. Se preocupa sobre todo por los arreglos institucionales incumplidores, esto es, el grupo de reglas de juego, valoraciones, representaciones y normas sociales que constituyen el marco de decisión y acción de grupos de personas con relaciones conflictivas con el cumplimiento de las normas legales.
Si les interesan los análisis de conflictos mineros, el cumplimiento e incumplimiento de normas y la influencia de las normas sociales en el comportamiento de las personas, pueden leer el artículo completo aquí:
En honor a las mamás y los papás de la pandemia.

Mi esposa y yo tenemos dos chiquitos, Emilio y Lucía, mellizos de recién cumplidos año y medio. Decir que los amamos más que nada es de esas cosas innecesarias pero importantes que hacemos los papás. También, decir que todo ha ido perfecto en la cuarentena y que la crianza en medio de esta pandemia ha sido sencilla sería decir una de esas mentiras que, en ocasiones, decimos los papás.
Pero las crisis son también momentos para la verdad, para reconocer las limitaciones que tenemos en hacer algo tan fundamental y a la vez tan querido como cuidar a nuestros hijos. También sé que las frustraciones, el cansancio, el miedo, el esfuerzo es todo menos únicamente nuestro. Millones de mamás y papás (y tíos, tías, abuelos, abuelas, hermanos y hermanas que se encargan de la crianza de niños pequeños) viven cosas similares o peores en esta coyuntura.
Así, la crianza de pandemia va desde lo trágico: pérdidas de empleo, ingresos, angustias económicas que han llevado a millones de hogares a la inestabilidad dramática de la inseguridad financiera. Mamás y papás que enfrentan la frustración inmensa, la impotencia absoluta de no poder alimentar a un hijo; la angustia de verlo dormir con frío. Solo puedo imaginar lo terrible de una situación así, y el dolor inmenso que debe acompañar a los padres que se ven obligados a enfrentarla.
Pero esta experiencia conjunta y similar también incluye lo menos horrible, pero igual de relevante para muchos: trabajar, educar y sostener la casa en medio de todo esto. Entiendo, como con muchas cosas por estos días, que estas situaciones salen también de una posición de privilegio, pero en ocasiones, hasta el privilegio puede tener sus días angustiantes y la compensación y culpa de tenerlo no supera la desazón de los días difíciles que nos han tocado a todos por estos tiempos.
Lo primero es la posibilidad empática y simpática de entender la importancia de muchas cosas que seguro dábamos por sentado. Los trabajos de cuidado fueran formales o informales, pagos o no pagos, que nos permitían tener vidas laborales, que funcionan como la columna central de la crianza de nuestros hijos han sido subestimados de manera injusta y sistemática. Familiares, empleados de cuidado y servicio, instituciones educativas y de guarderías, incluso vecinos y amigos, merecen nuestra eterna gratitud.
Vivir estos meses de nuestros dos chiquillos en esta situación ha sido particular, pero seguro compartido con la experiencia de otros padres. Pensar en el sufrimiento indignado de un papá que escucha acercarse a la moto de alto cilindraje y su bulla intensa que no es más que testamento de las inseguridades del conductor, cuando apenas acaba de lograr dormir a su bebé o hijo pequeño.
Al igual que alcanzar ese nivel de cansancio en el que la visión se hace borrosa y el ánimo adquiere una exasperación permanente; moverse, levantarse, sentarse, parecen esfuerzos en donde hay más voluntad que capacidad. Nublado el ceño, uno se mueve como en sueños, en una competencia extrañísima en la que el primero en dormirse pierde. Pero hay que seguir arrullando o jugando o intentando que coman.
O hay que acompañar una clase virtual en la que el niño no quiere estar, mientras se responden mensajes de Whattapp a medias y se planea lo que será el almuerzo. Para luego suplir la falta de atención prestada al profesor que al otro lado del monitor hizo lo que pudo, con actividades y tareas complementarias que intentan mantener la ilusión de un proceso educativo normal. Sin contar con los niños que, encerrados, sacrifican todos los días valiosísimo tiempo de su vida social, de juego y amigos.
Y, además, aunque el tiempo y la repetición ya normalizaron los gritos, risas y lloriqueos que resuenan en las esquinas de las reuniones de Zoom y Teams, las primeras semanas vieron a miles de papás y mamás intentando mantener el hilo en una presentación mientras hacían señas al aire, Intentando calmar una caótica mañana hogareña. Pocas veces he visto tan sinceramente angustiados a muchos compañeros de trabajo que en su búsqueda de hacer de la reunión virtual con niños una cosa “profesional”.
Pero estas angustias, de alguna manera, se compensan. No creo que hayamos sido diseñados por nadie (al menos nadie más que la benevolente pero firme mano de la evolución), pero hay una profunda inteligencia en el equilibrio que tienen labores como la crianza. Por cada noche en vela, por cada pataleta, por cada comida lenta y frustrante, hay una sonrisa, una nueva palabra o la primera vez que los mellizos parecen hablar entre ellos con un galimatías de excesiva ternura.
Durante la pandemia, mi esposa y yo hemos podido ser testigos (si estuviéramos en nuestros trabajos presenciales seguro nos lo perdemos) de los primeros pasos, las primeras palabras articuladas, los primeros juegos imaginarios y todo un montón de experiencias con Emilio y Lucía que han compensado con creces las veces en las que sus gritos y juegos interrumpieron esa reunión por Teams que de todos modos era innecesaria.
Mi admiración para todas esas mamás y papás (e insisto, y abuelas y abuelos y tíos y tías y todos los que cuidamos niños pequeños) que han hecho lo mejor que han podido durante esta pandemia; a los que enfrentan las tragedias enormes y a los que enfrentamos las molestias menores; nuestra recompensa se encuentra en la satisfacción del equilibrio.
Y de ese equilibrio, aunque precario, se hacen los días. Y los días pasan.
Capítulo «Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del COVID-19».

El libro «Pensar la crisis. Perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros» fue editado por Adolfo Eslava y Jorge Giraldo y publicado por la Editorial Universidad EAFIT. Su objetivo era recoger diferentes ideas y perspectivas de un grupo variado de académicos alrededor de la pandemia del COVID-19. El texto reúne reflexiones de temas tan variados como los cambios al orden mundial, el futuro del liberalismo, los estudios del comportamiento y la labor de ser padres en medio de las dificultades de la cuarentena.
Incluye también un capítulo de mi autoría, centrado en lo que algunos aprendizajes de las ciencias del comportamiento nos pueden decir sobre las decisiones y acciones cotidianas de las personas en la mitad de esta crisis y en las pistas que estas mismas ideas nos pueden dar para promover comportamientos individuales y acciones colectivas de cuidado. Pueden acceder a la versión digital gratuita del libro en este enlace.
Y aquí descargar mi capítulo:
Problemas públicos y cuarentena.

Llevamos meses en estas. La vida encerrada por semanas y luego, por goteos indecisos o imprudentes (parece que no hay mucho punto medio) recuperamos algo de la calle. Negocios vuelven a abrir, empresas retoman labores, las personas usan tiempos acordados para trotar, hacer diligencias o tomar algo de aire. Y aunque en el horizonte cercano parece acercarse un aumento de casos (el tan esperado y temido “pico”), es improbable que una cuarentena a nivel nacional como la del primer semestre vuelva a decretarse.
Algunas personas han descrito una característica especial en el COVID-19, una especie de valoración sobre su capacidad de “desnudar” problemas sociales que por alguna razón eran desatendidos o abordados parcialmente. El caso de las deficiencias en los sistemas de salud y prevención epidemiológica del mundo es el más claro, pero hay muchos otros, en particular las dinámicas de pobreza, desigualdad y exclusión a servicios sociales básicos de grandes porciones de la población.
Al forzar nuestros sistemas políticos y sociales al extremo, la pandemia ha puesto en evidencia las brechas, pero también ha agravado o cambiado las dinámicas de algunos problemas públicos que hacen parte de las agendas tradicionales de discusión de política pública. En Colombia, el encierro de los primeros meses dio un respiro al viejo compañero de camino que es la violencia y la inseguridad. Solo en Antioquia, el homicidio tuvo una reducción de casi del veinte por ciento en marzo y abril respecto a los casos del año pasado. Tendencias similares se vieron en delitos como el hurto, la extorsión y las lesiones personales.
Pero no toda la violencia se redujo. La violencia intrafamiliar y de género aumentó (medida en este caso por el número de denuncias, que supone algo de subregistro) y que señaló lo complejo y trágico de un fenómeno en el que aparentemente el aumento en la frecuencia de las relaciones familiares aumenta su incidencia.
Otros problemas públicos en los que la calle y la actividad es fundamental vieron sus cifras negativas reducidas por la cuarentena. Los incidentes viales y sus heridos y muertos se redujeron también; similar a las reducciones en contaminación del aire (explicada en su mayoría por el parque automotor) que vivieron las principales ciudades del país. Pero, de nuevo, otros asuntos como la salud mental y en particular el suicidio se agravaron. En Medellín, durante la cuarentena (hasta finales de mayo) se presentó un aumento del veintiséis por ciento en casos de suicidio.
Y ahora que retornamos poco a poco a una especie de normalidad, también los problemas que parecían haber dado un respiro durante la cuarentena se están desquitando. De nuevo, los delitos aumentan, como si los hurtos y homicidios hubieran quedado pendientes. A los agravados asuntos económicos y sociales del paso de la pandemia hay que sumar los “viejos” problemas de siempre y el hecho de que tanto el Gobierno Nacional como los gobiernos locales han tenido que destinar porciones inesperadas de su presupuesto a atender la emergencia y que los planes de desarrollo locales quedaron en buena medida definidos por las perspectivas de la pandemia.
Ahora bien, como muy razonablemente señala Jorge Giraldo en su más reciente columna en El Colombiano, los problemas que enfrentamos superan los indicadores objetivos (tasa de desempleo, niveles de victimización, reducciones en ingresos y aumentos en precios), sino que suelen estar sazonados, y en ocasiones explicados, por elementos en indicadores subjetivos. La confianza en las instituciones, la percepción de seguridad o la percepción de corrupción son algunos de los más conocidos.
En estos elementos subjetivos la pandemia también ha tenido algo que decir. Según la última encuesta de Invamer-Gallup para Colombia, la corrupción superó al empleo y a la salud como el problema más apremiante en la cabeza de los colombianos, mientras la ya resentida confianza en instituciones públicas tuvo bajones históricos, como el descalabro de una de las instituciones que más confianza había generado en el país, el Ejército Nacional, por los casos de violencia sexual de las últimas semanas.
Frente a problemas viejos y nuevos, agravados en su mayoría, los demás “desquitándose”, arcas vacías e instituciones desconfiables, el panorama, en cualquier caso, es poco alentador.
Participación en «Concervezatorio» | «Hablemos de derechos, ley seca y cultura ciudadana».
El pasado 4 de julio estuve conversando con el panel del «Concervezatorio» sobre las implicaciones de las medidas de Ley Seca y toque de queda en Colombia; hablamos sobre limites normativos, defensa de libertades individuales y posibilidades desde la cultura ciudadana.
Entrevista en 360 Radio | “Ley seca y toque de queda terminan siendo medidas vacías”.
En la entrevista revisamos las implicaciones y limitaciones de las medidas de toque de queda y ley seca que algunos gobiernos locales colombianos han tomado para controlar los contagios de la COVID-19.
Elogio a la moderación

De cabezas calientes y vehementes posturas están tapizados los mayores excesos de la historia humana. Y por eso, los excesos en certezas, propuestas e ideas no suelen ser buenos presagios para el bien común. Esto aplica para la política, sobre todo, pero también para las empresas, familias y vidas personas. En todo, pareciera, hay un valor sustancial en la moderación como filosofía de vida.
Si nos centramos en el liderazgo político y las agendas de transformación social, hay que señalar que la mayoría de los cambios importantes suelen ser incrementales, no revolucionarios. Y cuando son revolucionarios, la posibilidad de que se echen para atrás son mayores. Aproximarse a las reformas con moderación puede resultar poco atractivo en ciertos casos (más en los tiempos actuales de indignación constante), pero pueden llegar a ser más sostenibles y convenientes para una sociedad.
También hay que reconocer el riesgo que nos presentan las alternativas. Algunas pueden estar mucho más dispuestos a negociar asuntos que consideramos valiosísimos, en particular la libertad, por el afán de conseguir cambios urgentes. La vociferación y el extremismo también suele ser el reino de las coqueterías autoritarias. Muchos gobernantes eternos iniciaron sus carreras como “reformadores radicales”; los estadistas han sido pausados y en ocasiones, temerosos, no temerarios.
Porque en la moderación hay duda en donde en el extremismo solo hay certezas. La moderación supone reconocer la posibilidad de equivocación e incluso, la necesidad del error como parte del aprendizaje social y personal. La moderación supone reconocer la preocupación por las formas e instituciones como una en la sostenibilidad y la estabilidad.
Estas son razones para defender la moderación, promoverla como aproximación a los asuntos públicos, pero en ningún caso, debería subestimar la frustración de las personas que, esperando ajustes urgentes, lentos o demorados, ven en la moderación una apuesta por el apaciguamiento, un respeto por las formas que termina aparentando ser reaccionario. Y reconocer también que, en ocasiones, detrás de la moderación fingida de escode la intención de demora de quién teme los cambios.
Estas excepciones no pueden hacernos renegar de las ventajas de las posturas y las formas políticas de la moderación, solo estar atentos a señalar a sus impostores. Pero también poner en la agenda la necesidad de acompañar mejor esos ajustes, de recuperar la confianza (ganarla por primera vez en muchos casos) de la agenda democrática, liberal y moderada.
La moderación suele acompañar la parquedad e incluso, lo que muchos llamarían falta de carisma en esta coyuntura actual de personajes llamativos y personalidades apabullantes como recetas del mercadeo político. No es una condición absoluta, pero al menos bastante común. La misma moderación puede resultar en un rasgo poco atractivo como aproximación a la política y las decisiones públicas, al menos, siempre será más responsable que la demagogia reformista y siempre será menos tajante que el extremismo de conservación.
Reconocer esto no tiene, ni mucho menos, nada de novedoso: la mayoría de las filosofías de vida y religiones han exhortado a la moderación, desde estoicos, hasta peripatéticos, desde la tradición religiosa judeocristiana, hasta el budismo; en el camino, códigos de comportamiento como el bushido, hasta los textos moralizantes de la ilustración.
Pero la falta de novedad no le quita importancia a la invitación por rescatar la moderación en el discurso y las decisiones políticas. Y esto -no sobrestimar lo nuevo por nuevo- también es de moderados. Qué dicha.
Artículo «Identificando a los protagonistas: : el mapeo de actores como herramienta para el diseño y análisis de políticas públicas».

Las políticas públicas son los instrumentos políticos con los que gobiernos y sociedades intentan modificar la realidad para resolver un problema público. Se sustentan en la consideración de la posibilidad de cambiar el mundo, sobre todo, en que las decisiones y acciones de las poblaciones y grupos que pueden estar ocasionando el problema, sea diferente. Éste énfasis en la importancia de las personas, organizaciones y entidades en la comprensión de los problemas públicos y en su eventual resolución a través de la implementación de la política pública, señala la importancia que para la disciplina tienen lo «actores concernidos». Esto es, todos los personajes que son relevantes en un escenario social específico.
Este artículo revisa el valor que para el proceso de política pública (Agenda, diseño, implementación, evaluación) tienen las herramientas de mapeo de actores. En particular, reconoce el valor diagnóstico de estas aproximaciones y también, la posibilidad de que se conviertan en sí mismas en herramientas de movilización política para quienes pueden apoyar un proceso de política pública. El artículo revisa tres casos de utilización de metodologías de mapeo de actores en Medellín y Antioquia y señala algunos aprendizajes generales sobre su utilización.